viernes, mayo 18, 2012

Carta de suicidio de un melómano atormentado

(La siguiente nota fue hallada junto al cuerpo sin vida del conocido ociópata Monsieur Pinetree -un espantoso amasijo de sangre, hueso y vísceras en el momento en que una de las muchachas del servicio encontró el cadáver en el interior de su cámara de música-. La reproducimos aquí de forma íntegra, pues tal es la disposición que se deduce de sus últimas voluntades)


Estimado lector:

Déjeme aclararle, antes de nada, que no temo a la parca, y que por ello he decidido abrazarla alegremente para que me libre de vagar por este pesaroso mundo con la vergüenza de haber cometido tamaño crimen contra todo lo que en otro tiempo consideré sagrado. “La muerte es hermosa y amiga nuestra; sin embargo, no la reconocemos porque se nos presenta enmascarada, y su máscara nos espanta”, escribió Chateaubriand en sus memorias, y ahora que vislumbro esa terrible máscara frente a mí, no puedo más que sentir sosiego y gratitud. La culpa de mi hondo pesar (y el motivo de mi temprana defunción por mi propia mano) la tiene un caballero llamado Rufus Wainwright. O tal vez sea yo el único culpable, pues es mi pecado la herejía y mi acto de expiación el suicidio. Me explicaré.


Decir que Monsieur Wainwright es uno de tus músicos favoritos otorga cierto charme entre los melómanos más exquisitos que acuden a las reuniones de sociedad en los más prestigiosos salones de la capital. Significa que uno es un tipo sensible, gay-friendly, que sabe apreciar la frívola luminosidad de una desvergonzada tonada al piano al tiempo que valora en su justa medida la excelsa introspección de una interpretación digna del más exigente examen de conservatorio. La música de Rufus Wainwright podría ser una perfecta banda sonora para cualquier pieza teatral escrita por mi buen amigo Oscar, por ejemplo.

En mi despreocupada inocencia, yo creía que Wainwright era uno de mis músicos favoritos y me vanagloriaba de ello. Cuando lo mencionaba en los salones, el connoisseur atento a mis palabras (ciudadanos tan respetados en el estudio melódico como el Barón Nadir, el Vizconde de Tenenbaum o la Duquesa Aimantée) me miraba dibujando en su semblante un gesto cortés, como si inmediatamente reconociese en mí a un igual. El lego en la materia adquiría la clásica expresión que viene a decir “oh, buen dios, no sé de qué o quién estamos hablando, pero con todas esas w's en su apellido debe ser algo digno de alabanzas”. Sumándole a este aprecio hacia Rufus mi conocida debilidad por las obras de Lord Stevens, Lady Hegarty y del libertino Capitán Wolf, no cabía duda de que un servidor formaba parte de esa selecta minoría afiliada a la música de la “Liga de los Invertidos Extraordinarios” (casi puedo oír el látigo de la ortodoxia restallando sobre mi cabeza y acusándome de homofobia por este último comentario... pero, ¿qué me importa?, el escarnio es para los vivos).


Así pues, un servidor se encontraba en una inmejorable posición de fama y reconocimiento social. O, como he escuchado decir a la infanta Marguerite en tantas ocasiones: yo molaba.

Pero, siendo honesto, debo confesar que creía que Rufus Wainwright era uno de mis músicos favoritos cuando, en realidad, no lo era. Fui consciente de esta terrible revelación hace unos días, escuchando en mi iGramófono la nueva opus del neoyorkino, que responde al título de “Out of the game” (“Dehors du jeu”, para quien prefiera una franca traducción). Tras un tibio primer acercamiento, me decidí a reproducirlo tantas veces como hiciese falta hasta que acabase contagiándome de su excéntrica jovialidad. “Es lo que tienen los genios”, me decía, “que uno siempre tarda en aprender a apreciarlos”. A medida que las estériles escuchas se sucedían, recordaba no sin cierto desagrado cómo en el pasado ya me había visto en situaciones semejantes frente a anteriores trabajos del norteamericano como “Release the stars” o “All days are nights: songs for Lulu”, o cómo me había sentido obligado a glosar en público las virtudes del directo de Wainwright, negándome a reconocer (ante los demás y ante mí mismo) que la primera mitad del recital al que asistí hace dos años exactos me resultó considerablemente adormecedora.


Temiendo ser expulsado de ese selecto club de amantes de la música fascinados por Monsieur Wainwright, insistí hasta la saciedad en la audición de los 12 cortes que conforman “Out of the game” hasta que pude cantarlos al derecho y al revés (y aún en latín y esperanto) como si yo mismo los hubiese compuesto. Si no podía disfrutar realmente con la nueva obra de Wainwright, al menos me empaparía tanto de ella como fuese posible para que los otros miembros de nuestra logia rufusiana jamás sospechasen lo evidente: que lejos de parecerme un mal trabajo (más bien al contrario, lo considero un álbum francamente meritorio), “Out of the game” me aburre.

¡Oh, maldita sea mi alma impía, cuánto me aburre!

Advertido de mi propia felonía, de este falaz proceder que vengo manteniendo en las últimas jornadas en todo lo que atañe al que otrora considerase uno de mis creadores musicales de referencia, en morbosos sueños rememoro decepciones pasadas y me despierto en plena noche aterrado por el convencimiento, tan evidente ahora, de que sólo hubo dos títulos a Rufus debidos, “Want one” y “Want two”, que realmente elevasen mi espíritu hasta esa idolatría que el resto de mis camaradas todavía parece profesar con el más sincero de los ánimos.


Perseguido por mi propia vergüenza, sabiéndome un infiel entre auténticos devotos del maestro, decidí aliviar este insoportable peso sobre mi conciencia del único modo digno que he logrado vislumbrar. Con firme disposición he adquirido en la iTienda un veneno musical de repugnante celebridad entre la liga de asesinos: la dosis más ínfima es irremediablemente letal, y a los delirios iniciales que comienzan tras su deglución le siguen unas violentas convulsiones en cadera y columna vertebral que terminan por desvencijar la osamenta del infeliz que lo haya ingerido. Ya empiezo a sentir cómo mi entendimiento se confunde y dale y las palabras se colapsan en un torrente de verborrea sin sentido porque ella quiere su rumba.

Dejo constancia en esta epístola fatal de mi suicidio y de mis razones para acometerlo, para que así ninguno de mis allegados dude en el futuro de mi integridad y mi compromiso con la honradez musical, y me despido ya tu sabeh dedicándole al mesías gay mis últimos pensamientos: adiós Rufus, adiós fontes, adiós regatos pequenos...

Suyo afectísimo, en la vida y en la muerte,
Hieronymus Pinetree, Caballero de Cydonia y siervo leal de su Majestad la Reina Bulsara.


Post Scriptum: Muero en 1, 2, 3, 4.

5 comentarios:

Nonchalant Debonair dijo...

La espera fue larga, pero mereció la pena. No me refiero al disco de Mr. W (oh, coincidencia en la inicial con Oscar) sobre cuyo juicio volvemos a coincidir, sino a este artículo glosándolo. Sólo querría añadir que a mí más de la mitad del álbum de debut de Rufus me parece a la altura de ambos Want. Foolish Love, por ejemplo, la sigo considerando una de sus mejores canciones y cada vez que la escucho me pone un nudo en la garganta. Pero ya hace demasiados años que no compone números como ese. Además pienso que la producción de Mark Ronson, como ocurrió en el caso de Poses, su segundo trabajo, no es la más adecuada para su música.

El Barón (en el destierro) de Nadir.

charlie furilo dijo...

Noooooooooooooooo!!! Vd. Merece una forma mas digna y menos cruel de acabar con su vida que recurriendo a esa ponzoñosa melodia!!!!

No he escuchado el disco (para variar, últimamente estoy de un descolgado de todo que comienza a asustarme...) pero lo he pasado genial leyendo tu original reseña. Saludos del otrora gentil e ilustre Comisario Furi, dedicado a otros menesteres por avatares de la vida, pero siempre fiel a su Enseña y presto a su servicio en cuanto a vos os plazca llamarle a su lado.

Jero Piñeiro dijo...

Gracias, Barón. Como comprenderá, algo tenía que urdir para no repetir punto por punto sus propias palabras sobre la última obra de Mr. W.

La crueldad de la penitencia no es más que un reflejo de la gravedad del crimen cometido, Comisario Furilo. Espero que esos menesteres que lo mantienen alejado de los salones de sociedad sean tan gratos como presupongo.

David dijo...

No tengo ni idea de quién es el tal Rufus Wingwrighwhea (hace tiempo fui expulsado de los salones más selectos de la cultura elitista y bienpensante, y me enorgullece decir que salí de ellos con un portazo), pero este post me ha parecido maravilloso. Tanto que lo cuelgo en facebook, fíjate.

Jero Piñeiro dijo...

Muchas gracias por el elogio, David. Vaya por delante que no tengo ni idea de cuáles son tus gustos musicales, pero si tienes curiosidad por conocer algo más de Rufus Wainwright (aunque tal vez no sea el caso), yo te recomendaría que escuchases su disco "Want one": me parece una auténtica joya.