Por eso fui al cine a ver
“Looper” con una mezcla de excitación y cautela. Porque se trata de una
producción de ciencia-ficción escrita y dirigida por un tipo (Rian Johnson)
fogueado en la libertad creativa del cine independiente (ahí está su
deslumbrante debut en “Brick”) y responsable de un par de episodios de la
maravillosa “Breaking Bad”; protagonizada por un reparto de lo más atractivo y
centrada en el fascinante tema de los viajes en el tiempo. Cuando las luces se
apagaron y la proyección comenzó, parecía claro que sólo había dos formas de
salir de aquella sala 120 minutos después: admirando “Looper” por su rigor o
maldiciéndola por su tramposo guión.
El argumento del film sitúa al
espectador en el año 2044. Aunque en esa fecha los viajes en el tiempo aún no
han sido descubiertos, en el plazo de otros treinta años sí lo serán. Como en
ese (aún más) futuro 2074 los métodos de investigación criminológica-forense
son prácticamente infalibles, las mafias con acceso a la tecnología de
desplazamiento temporal eliminarán a sus víctimas enviándolas a 2044, cuando
unos asesinos especializados llamados loopers les darán matarile y se desharán de un cadáver que, a efectos legales,
ni siquiera existe. El protagonista del film es Joe, un looper cuya cómoda y amoral existencia se desmoronará
cuando deba afrontar el último cometido de todos los miembros de su gremio:
eliminar a su futuro yo, enviado desde el mañana para “cerrar el
bucle”.
Partiendo de esta premisa,
Johnson logra concretar una propuesta casi insólita en los tiempos que corren:
una película de ciencia-ficción para adultos, con clara vocación comercial, que
no descuida el retrato de personajes, que no toma por estúpido al espectador y
que además encuentra por el camino su propia personalidad, heredada pero no
fotocopiada de esa larga tradición fantástica que va desde el inevitable
referente distópico de “Blade Runner” hasta el anime japonés (con Katsuhiro Otomo a la cabeza) pasando
por el primer “Terminator” de
James Cameron y obviando (afortunadamente) que alguna vez existió algo llamado
“The Matrix”. “Looper” es una cinta con redaños, que no se amedrenta ante las
decisiones difíciles, que no resulta predecible por mucho que uno reconozca los
múltiples lugares comunes del género y que además posee pegada emocional. La
clase de cinta que podría haber firmado un David Cronenberg o un Paul Verhoeven
en los años 80 (cuando el fantástico todavía no había sido prostituido e
infantilizado desde los despachos de Hollywood en aras del negocio fácil), y
que a estas alturas uno sólo podría imaginarse en manos de Christopher Nolan o
de, tal vez (y sólo tal vez), un inspirado Vincenzo Natali.
Quizás la mayor virtud de
“Looper” sea su calculado sentido del equilibrio: formalmente atrevida sin caer
en el mero ejercicio de estilo, plena de ritmo y escenas trepidantes sin
resultar gratuita en términos de pirotecnia, narrativamente compleja sin devenir jamás confusa, asentada en un genuino sentido trágico sin hacer ascos
a puntuales apuntes humorísticos, montada con mimo (soberbio uso de las elipsis
y de, claro, los saltos temporales) e interpretada con convicción por un
reparto sólido que rehuye el histrionismo en el que a veces caen, acomplejadas,
las cintas del ramo. No hay en “Looper” un solo actor que desentone: ni el
carismático Bruce Willis (que interpreta al Joe viejo), ni la cautivadora Emily Blunt (cuyo personaje
posee una presencia en la trama que va mucho más allá del presumible interés
romántico por parte del protagonista), ni los secundarios Paul Dano
(espléndido, como de costumbre) y Jeff Daniels (a quien reconozco haber cogido simpatía tras redescubrirlo, tantos años después, en “The Newsroom”).
Todos cumplen con holgura su cometido, por vertebral o testimonial que éste
resulte.
Mención aparte para un Joseph Gordon-Levitt titánico, que asume aquí un doble desafío actoral: por un lado,
sacudirse la imagen de “niño bueno”
apuntalada en títulos como “(500) days of Summer” o (la incomprensiblemente
inédita en España) “50/50” encarnando con convicción al joven y salvaje Joe, y
por el otro hacerlo siguiendo el hierático libro de estilo interpretativo de
Bruce Willis. El protagonista de “Hesher” (también inédita en nuestro país, qué cosas) triunfa clamorosamente en
ambas facetas, ayudado por una caracterización facial excelente que, unida al
talento del actor, hace que uno jamás dude que ambos intérpretes son el mismo
personaje en distintos momentos de su vida.
El resultado es una película tan
intensa y entretenida de cabo a rabo que hasta un purista de la lógica
espacio-temporal como yo ha abrazado tras la proyección una insospechada
tercera opción: olvidarme alegremente de las farragosas implicaciones de sus
sinsentidos temporales (que los hay) y caer rendido a los pies de su rotunda
inteligencia cinematográfica y su arrollador encanto de tragedia griega
futurista.










































