Tras casi dos años de espera, mañana se estrena en los cines españoles "El hombre sin pasado", un modélico (aunque también arquetípico) thriller de acción surcoreano plagado de brutales secuencias de muerte y destrucción. Perfecta para una tarde tonta de primavera, vaya.
Podéis encontrar una reseña algo más extensa y razonada, además de una duda filosófica sobre el funcionamiento de las distribuidoras españolas de cine, siguiendo este enlace hasta la web Nuestros Comics.
jueves, mayo 03, 2012
martes, mayo 01, 2012
Bastien Vivès, en modo Russ Meyer
Para
los que llevamos ya un tiempo siguiendo la trayectoria de Bastien
Vivès como autor de comic (auteur, perdón, que el muchacho
es galo), comprobar cómo la honda sensibilidad y el subyugante
lirismo de obras previas (“El gusto del cloro”, “En mis ojos”)
desaparecen para dejar paso a un cruel relato pornográfico en “Los
melones de la ira” supone un auténtico shock.
Gestado
en el seno (¡ja!) de la editorial independiente Les Requins Marteaux como parte de
su colección BD Cul, en la que distintos autores de culto ofrecen su particular visión del sexo en viñetas, “Los melones de
la ira” aparece ahora en nuestro país de la mano de Diábolo
Ediciones, la editorial que hasta la fecha ha venido publicando la
obra de Vivès en solitario en España. Comete Diábolo la
imprudencia de ignorar el formato original de la publicación francesa y lanzar a la calle “Los melones de la ira” en similar edición
al resto de obras traducidas de Vivès (tamaño comic-book, tapas
duras), perdiéndose con el cambio las connotaciones underground,
casi de Biblia de Tijuana, del material en su versión primigenia.
“Los
melones de la ira” es una pequeña transgresión de los códigos habituales de un
hábil guionista y deslumbrante dibujante que no pretende aquí
sentar cátedra, sino explorar sin ataduras un género que hasta
ahora sólo había rozado tangencialmente. Es cierto que “Amistad estrecha” contenía escenas de una sexualidad explícita, pero
éstas respondían a una finalidad dramática que poco tenía que ver
con la intención pornográfica del tebeo que nos ocupa. Tras un
título que remite directamente a la novela de John Steinbeck “Las
uvas de la ira” y una portada que homenajea al lienzo de Andrew
Wyeth “El mundo de Christina”, Vivès indaga en la inocencia de una
familia del medio rural cuya hija mayor, Magalie, posee unos pechos
de tamaño descomunal. Aquejada de terribles dolores de espalda, y pese a la
reticencia de un padre que desconfía de la gente de ciudad, la
muchacha acabará buscando el consejo de la clase médica para
encontrar una solución a su problema. Desconocedora de los
protocolos sanitarios y burocráticos, Magalie será insistentemente
violada, sin oponer resistencia, por cuanto doctor y político acabe
cruzándose en su camino. Y serán unos cuantos.
Vivès
repite en “Los melones de la ira” el trazo suelto y
milagrosamente sintético con que ya había deslumbrado en “Polina”,
logrando un aspecto gráfico sobresaliente para una obra que, sin
embargo, deja bastante que desear en términos argumentales. Parece
claro que el joven artista galo no pretende hacer de “Los melones
de la ira” más que un divertimento momentáneo, una pequeña
diablura subida de tono, y quizás por eso resulte algo injusto
exigirle al tebeo la misma profundidad dramática y el mismo calado
emocional de anteriores propuestas. Pero no es menos cierto que “Los
melones de la ira” no pasa de ser una anecdótica fábula, nada
sutil y escasamente excitante, sobre lo perverso que puede ser el
comportamiento del hombre moderno ante una apetecible joven
desvalida. En el fondo, tal vez lo único que Vivès deseaba era una excusa para
dar rienda suelta a una de sus filias sexuales más evidentes.
Sólo
recomendado, en fin, para completistas del parisino sin problemas de
liquidez.
sábado, abril 28, 2012
Los Héroes Más Poderosos de la Tierra
“Y
entonces llegó un día, un día diferente a cualquier otro, en el
que los Héroes Más Poderosos de la Tierra se unieron contra una
amenaza común... Para luchar contra un enemigo que ningún héroe
podría vencer solo. Ese día nacieron Los Vengadores”.
Ultimate Whedon
Dr. Banner or how I learned to love the Hulk
"Los Vengadores" es, por tanto, una película honesta en su falta de pretensiones dramáticas, gloriosa en su propuesta exclusivamente lúdica y definitivamente incontestable como producto destinado al fanboy que sabe de qué va la cosa. Sería inexacto decir que el film se habría convertido en un claro favorito si lo hubiese visto cuando tenía 15 años, porque disfrutándolo en la enorme pantalla de una sala oscura, con un gran bol de palomitas de maíz regado con generosas dosis de agua carbonatada y edulcorante con sabor a cola, he vuelto a sentirme como si aún tuviera 10.
'Nuff said!
Assembled
En
2008, la división cinematográfica de Marvel Comics dio el
pistoletazo de salida a un ambicioso proyecto de traslación de su
universo de ficción a la gran pantalla con el estreno de “Iron Man”. La cinta dirigida por Jon Favreau sentó el tono narrativo y el aspecto estético de lo que finalmente acabaría convirtiéndose en toda
una saga de adaptaciones de los super-héroes de la Casa de las Ideas
al Séptimo Negocio (Arte, perdón, Arte). A ese primer peldaño de
lo que los propios protagonistas del film denominaban “Iniciativa
Vengadores” le siguieron otras
superproducciones protagonizadas por el increíble Hulk, el poderoso Thor y el Capitán América, así como una segunda entrega de las aventuras del enlatado Tony Stark. Todas ellas, cintas más o menos
acertadas o discutibles que apostaban por el entretenimiento camp
antes que por las aspiraciones dramáticas de otros super-héroes de celuloide coetáneos, estaban contextualizadas en un universo común,
con continuas menciones en unas a los acontecimientos sucedidos en
las otras. El objetivo último era sentar las bases para una
franquicia que alcanza ahora sus consecuencias definitivas (o
ultimate, si se
prefiere) con el estreno de “Los Vengadores”, la película en la
que todos los héroes presentados anteriormente se reúnen para, como
reza la mítica leyenda impresa en los tebeos, hacer frente a un
enemigo que ninguno de ellos podría vencer solo.
Tanto
es así que, al tener por fin una visión de conjunto del plan
cinematográfico marvelita, resulta inevitable percibir las aventuras
individuales de estos héroes en pijama casi como un único bloque
narrativo, al modo de una primera temporada televisiva que deriva en
una season finale,
“Los Vengadores”, que llega para cerrar un gran arco argumental y
establecer un nuevo punto y aparte en las correrías de sus personajes principales. Las cintas anteriores funcionaban como capítulos
piloto para cada uno de sus respectivos protagonistas, pero la auténtica chicha la pone la película que ayer
llegaba a las pantallas españolas. Se deduce de todo esto, claro,
que afrontar “Los Vengadores” sin tener conocimiento de los films
precedentes llevará a más de uno a no situar debidamente caracteres
e hilos argumentales y a perderse en las numerosas referencias a
hechos pasados que adquieren ahora una absoluta relevancia.
Ultimate Whedon
El
encargado de engarzar todas las tramas individuales en un único y
mastodóntico crossover es el director y guionista Joss Whedon, conocido
entre el fandom por ser el creador de “Buffy Cazavampiros”
y “Firefly”, amén de haber realizado un trabajo sobresaliente a
los mandos de la cabecera “Astonishing X-Men” (una de las
mejores etapas que los mutantes de la Marvel hayan vivido en
décadas). Whedon, que también tiene en su currículum el fabuloso
libreto de la primera “Toy Story” de Pixar (ahí es nada) y la
tronchante serie para internet “Dr. Horrible's Sing-Along Blog”,
opta junto a su co-guionista Zak Penn por la solución más obvia,
pero también la más lógica, para lograr un equilibrio entre las
aportaciones de cada personaje protagonista a la acción y ofrecer el
mayor espectáculo pirotécnico jamás visto en un film de
super-héroes hasta la fecha: traducir a imagen real las dos sagas de
“The Ultimates” con las que Mark Millar y Bryan Hitch
establecieron una versión actual e intencionadamente cinematográfica
de los Vengadores clásicos.
El
trabajo de adaptación por parte de Whedon y Penn resulta modélico.
Pese a que la estructura del relato beba directamente del tebeo de
Millar y Hitch, “Los Vengadores” contiene tantas referencias a la
continuidad ultimate de Marvel como a la tradicional, y
aspectos tan icónicos como el pasado villanesco de Ojo de Halcón
(Jeremy Renner, molando bastante) o el dudoso juego de lealtades de
la Viuda Negra (Scarlett Johansson, luciendo palmito) son
reinterpretados en el film de un modo tan original como respetuoso.
El hecho de que Loki (Tom Hiddleston, más entonado que en su
anterior encarnación del personaje), el malvado hermano de Thor
(Chris Hemsworth, rubio, supervitaminado y cumplidor), sea el
encargado de poner en jaque a la organización liderada por Nick
Furia (Samuel L. Jackson haciendo de Samuel L. Jackson) y obligue a
éste a reunir a un grupo capitaneado por el supersoldado
extemporáneo Steve Rogers (Chris Evans, correcto como el inocente
boy scout de las barras y estrellas) y al genio, filántropo,
playboy y héroe trash Tony Stark (Robert Downey Jr., perfecto
una vez más) es también un evidente reflejo de aquel número 1 de
“Los Vengadores” escrito por Stan Lee y dibujado por Jack Kirby
en el que la primera formación de los Héroes Más Poderosos de la
Tierra se juntaba para soplarle los mocos al dios de las mentiras
asgardiano. Esta sensación de ser una película para fans y hecha
por fans alcanza sus cotas máximas en una escena post-créditos
que dejará absolutamente indiferentes a los espectadores ajenos al
material viñetístico original, pero que hará aullar de placer geek
al marvelita de pro. Al menos ésa es la intención.
Que
cada uno de los héroes tenga su momento de gloria en este circo de
seis pistas y que ninguno acabe por adueñarse totalmente de la
película es otro de los grandes méritos del guión escrito a cuatro
manos por Whedon y Penn. Al menos hasta la gran traca final, en la
que un enorme tipo verde vestido con unos ridículos pantalones
morados se gana al respetable a base de risas y hostias como
panes.
Dr. Banner or how I learned to love the Hulk
Quizás
el mayor handicap al que debía hacer frente esta “Los
Vengadores” era la traición de Edward Norton, que había
protagonizado en 2008 “El increíble Hulk” para posteriormente
renegar del film y dejar a Marvel sin su Bruce Banner de carne y
hueso. Su sustitución, asignada finalmente al intérprete Mark
Ruffalo, era uno de los aspectos que más chirriaban en el conjunto
del proyecto Vengadores. La suerte
no es que Ruffalo defienda con profesionalidad un personaje cuya
mitología siempre ha resultado un poco simple para las necesidades
dramáticas de la gran pantalla (de ahí que Ang Lee tuviera que
retorcer tanto el concepto original para otorgarle una inesperada ¿e
indeseada? profundidad a su adaptación del personaje en 2003), sino
que la elección del actor que dé vida a Banner sea, a fin de
cuentas, irrelevante. El goliat esmeralda,
una portentosa creación CGI que se dedica a destruir todo cuanto
encuentra a su paso, no precisa de un trasfondo psicológico
especialmente trabajado siempre y cuando su presencia en pantalla
esté tan contenida y calculada como en la presente “Los Vengadores”.
Reservarse a Hulk para los frenéticos 40 minutos finales del film es
quizás el mayor acierto del Whedon guionista en toda la película,
pues es el monstruo gamma
quien protagoniza las escenas que sin duda más darán que hablar (y
regodearse) al público cuando éste abandone la sala.
Si
bien hasta el momento la película resulta un derroche de ritmo y
precisión narrativa, es en ese último acto, el de la épica y la
destrucción masiva, donde el Whedon director ofrece también lo
mejor de sí mismo. El cineasta no sólo planifica cuidadosamente la
acción para que uno nunca se pierda en medio de una bacanal de
brillantes explosiones, coreografías imposibles y líneas de diálogo
que ponen a prueba la escala Farnsworth de molonidad,
sino que factura además algunos planos de arrolladora potencia
visual (como esa magnífica secuencia sin cortes que recorre
Manhattan uniendo todos los focos de interés de la contienda gracias
a un hábil trucaje digital) que dejan a Michael Bay en el lugar que
merece dentro del gremio de artesanos de blockbusters:
el lodo. Es francamente meritorio que Whedon haya resuelto así de bien su segunda incursión en la gran pantalla (tras su debut en "Serenity", el largometraje que ponía punto y final a su space-western catódico "Firefly"), más aún si hablamos de un proyecto tan desorbitadamente caro y con tanto hype a sus espaldas como éste.
"Los Vengadores" es, por tanto, una película honesta en su falta de pretensiones dramáticas, gloriosa en su propuesta exclusivamente lúdica y definitivamente incontestable como producto destinado al fanboy que sabe de qué va la cosa. Sería inexacto decir que el film se habría convertido en un claro favorito si lo hubiese visto cuando tenía 15 años, porque disfrutándolo en la enorme pantalla de una sala oscura, con un gran bol de palomitas de maíz regado con generosas dosis de agua carbonatada y edulcorante con sabor a cola, he vuelto a sentirme como si aún tuviera 10.
'Nuff said!
jueves, abril 26, 2012
White on White
John
Anthony Gillis es un tipo inquieto. Tras años dedicado al negocio de
la tapicería, probó suerte en el mundillo musical como baterista,
aunque finalmente sería reconocido por sus habilidades al micro y la
guitarra como parte del dúo White Stripes. Casado con la
percusionista Meg White, de la que obtendría su ahora célebre
apellido, Jack desarrolló una carrera fuertemente influenciada por
el blues alla Led Zeppelin en la formación con la que firmó
gitazos como “Fell in love with a girl”, “My doorbell”
o la archiconocida “Seven nation army” (de la que tantas y tantas
versiones hemos escuchado hasta la fecha). A lo largo de la década 2k, The White Stripes se hicieron mundialmente famosos, vendieron discos a cascoporro y lograron ese ansiado cameo en "Los Simpson" que lo acredita a uno como celebridad de pata negra. El divorcio no pareció ser
un impedimento para seguir creando música juntos (según se ve, Jack
es un tipo que se toma los divorcios con mucha filosofía), y aunque
la pareja se había disuelto sentimentalmente en el año 2000, la ruptura
que realmente inquietó a sus seguidores fue la que Jack y Meg
anunciaron en febrero de 2011: los White Stripes desaparecían como
banda de rock. Pese a la existencia de varios proyectos desarrollados
en paralelo a sus trabajos junto a su ex (The Racounters por un lado,
The Dead Weather por otro, amén de puntuales colaboraciones con otros artistas), los pasos de Jack White parecían
inevitablemente encaminados desde entonces hacia una carrera en solitario que cristaliza
ahora con “Blunderbuss”.
No
deja de resultar significativo que el single de presentación del
proyecto, “Love interruption”, contenga un estribillo que reza “I
won't let love disrupt, corrupt or interrupt me”. Como si fuera el título de una obra de Malevich, Jack White quiere hacer de "Blunderbuss" un disco suyo y sólo suyo, sin
interferencias creativas de ningún tipo (especialmente aquéllas que
lleven bragas y sujetador). Un segundo adelanto aparecido hace
semanas, “Sixteen saltines”, engañaba al público potencial
vendiendo un agresivo trallazo guitarrero en la línea de su trabajo previo con los White
Stripes. La canción es tremenda, pero también un espejismo.
“Blunderbuss” ofrece un sonido más limpio y sosegado, con un notable protagonismo del piano y claros ramalazos de country y folk.
Nada que uno deba lamentar, dicho sea de paso. Teniendo tal vez en
cuenta que su debut en solitario sería analizado con lupa por
crítica y público, White ha recopilado 40 minutos de carne magra
musical en los que no se percibe atisbo de traspiés o relleno. Lejos
de diluir el entusiasmo que miles de melómanos profesan hacia el
ex-tapizador de Detroit, “Blunderbuss” supone un ilusionante
punto y aparte en su trayectoria musical. Quizás el mejor disco, en el global, que este hijo bastardo y yanki de Robert Plant y Jimmy Page haya firmado hasta la fecha.
El tiempo de luto ha terminado: The
White Stripes han muerto; larga vida a Jack White.
jueves, abril 19, 2012
Preestrenos: "Kiseki (Milagro)"
"Kiseki (Milagro)", la última película del realizador japonés Hirokazu Kore-eda, llegará mañana a los cines españoles. Mi condición de colaborador en la web Nuestros Comics me ha permitido verla antes de su estreno y plasmar mis impresiones en esta reseña.
domingo, abril 15, 2012
10 actores de cine actual que ya tienen mi entrada vendida
(Previously
on el Abismo: “10 directores de cine actual que ya tienen mi entrada vendida”)
1 - Christian Bale
Camaleónico, entregado y
meticuloso hasta la obsesión, Christian Bale es un jodido profesional. Resulta difícil reconocer en el perturbado Patrick
Bateman de “American Psycho” (fiel adaptación de la divertida y
sangrienta novela de Bret Easton Ellis) al niño atrapado en un campo
de concentración japonés que soñaba con aviones de combate en “El
imperio del sol”. El pasmo fue total cuando el mismo tipo brindó
su imagen más enfermiza y esquelética a “El maquinista” para a
continuación enfundarse, apenas unos meses después, unos cuantos
kilos de músculo y la negra capa del cruzado de Gotham en “Batman
Begins”. Bale repetiría con Christopher Nolan en una de las
películas más injustamente infravaloradas de la pasada década, ese
magnífico juego de ilusionismo autoconsciente que es “El truco
final (El prestigio)”, y en una de las mejores (si no la mejor)
películas de super-héroes de todos los tiempos: “El caballero oscuro”. Entre blockbuster y blockbuster, Bale ha
encontrado tiempo para ponerse a las órdenes de Terrence Malick en
“El nuevo mundo”, para encarnar a Jesucristo en una tv movie
llamada “María, la madre de Jesús” y para superar después
cualquier cota previa de divinidad dando vida al mismísimo Robert
Zimmerman en el poliédrico anti-biopic “I'm not there”. Cristo,
Bob Dylan y Batman: a ver quién es el guapo que supera eso.
Lo último:
Bale recibió un merecido Oscar por su fabulosa interpretación de
Dicky Eklund en el drama pugilístico “The Fighter”. Justo antes
había participado en la particular versión postmoderna (cámara en
mano y grano digital de nivel
primera comunión) que
Michael Mann filmó sobre la figura de John Dillinger en “Enemigos públicos” y en el polémico reboot/precuela/secuela de la saga Terminator firmado por McG, cuyos avatares de rodaje le permitieron
pronunciar su frase más famosa hasta la fecha.
Lo próximo:
todavía pendientes del estreno de “Las flores de la guerra” de
Zhang Yimou, un drama inspirado en los terribles hechos acontecidos
durante la invasión japonesa de Nanking (los mismos en que se basaba
la escalofriante “Ciudad de vida y muerte”), seguramente lo
veremos antes en el sonado estreno de la tercera bat-entrega
de Nolan, “The dark knight rises”. Posteriormente Bale
protagonizará “Out of the furnace”, un drama criminal escrito y
dirigido por Scott Cooper (el artífice de “Corazón rebelde”), y
tendrá sendos papeles en dos (¡dos!) nuevas películas realizadas
por el ¿visionario? Terrence Malick: “Lawless” y “Knight of
Cups”.
2 - Michael Fassbender
En apenas unos meses,
Michael Fassbender ha pasado de ser un secundario prometedor a
convertirse en uno de los protagonistas más apreciados por
directores, críticos y (en menor medida) espectadores del mundo
entero. No es de extrañar: el tipo tiene clase, físico, mirada y talento más que suficientes para resultar tan aterrador
como atormentado, para transmitir alegre frivolidad o abismal
profundidad, para ser el galán o el villano, el príncipe o el
mendigo, el espartano, el centurión o el bastardo.
Lo último:
Fassbender tuvo un 2011 de lo más movidito: encarnó al Sr.
Rochester en una notable revisión del clásico de Charlotte Brontë
“Jane Eyre”; se puso el casco de Magneto en la estimulante
precuela de “X-Men” (“Primera generación”) debida a Matthew
Vaughn; se dio de leches con Gina Carano en la mejor escena de
“Haywire (Indomable)”, última película de Steven
“hago-lo-que-me-sale-de-la-punta”
Soderbergh; interpretó formidablemente a Carl Jung en la superlativa
aproximación a los padres de la psiquiatría realizada por
Cronenberg en “Un método peligroso” y se ganó para siempre mi
respeto y devoción con su papel de adicto al sexo en la magistral “Shame”:
mi película favorita, hasta la fecha, de cuantas he visto en
pantalla grande a lo largo de 2012.
Lo próximo:
dos colaboraciones con Ridley Scott: la inminente, hypeada
y muy prometedora (jaja, ¿lo pilláis?) “Prometheus” y la aún
en pre-producción “The Counselor”, con un guión escrito ex
profeso para la pantalla por Cormac McCarthy. Fassbender estará
también en lo próximo de Steve McQueen (el director negro e inglés
con el que ya trabajó en “Hunger” y “Shame”, no el fallecido
icono rubio estadounidense): “Ten years a slave”.
3 - Joseph Gordon-Levitt
El viejo general marciano
atrapado en el cuerpo de un niño en la serie “3rd rock from the Sun” (televisada en España bajo el originalísimo título “Cosas de
marcianos”) dio paso al brillante actor juvenil que encarnaba a un
Philip Marlowe de secundaria en la estupenda “Brick” y,
finalmente, al carismático intérprete adulto que se enamoraba hasta
el tuétano en “(500) days of Summer”, mi comedia sentimental
preferida desde “Alta fidelidad”. Por el camino quedaron también
la conocida chorrada adolescente “10 razones para odiarte” (en la
que el gran público descubrió el rostro de otro dotado actor de su
generación, el tristemente fallecido Heath Ledger), el fracaso de
crítica y público de Spike Lee “Milagro en Santa Ana” y un
inapropiado escarceo con el cine palomitero más estruendoso:
“G.I.Joe”. Pese a los altibajos en su trayectoria profesional,
Gordon-Levitt es hoy por hoy uno de los actores más pujantes del
panorama internacional y, lo que es más importante, una absoluta debilidad personal.
Lo último:
una versión metalera y extravagante de Mary Poppins titulada
“Hesher” y una divertida y emotiva comedia sobre el cáncer,
“50/50”. Por motivos que se me escapan, ninguna llegó a
estrenarse en España. Ah, y “Origen”, claro.
Lo próximo:
repetir a las órdenes de Christopher Nolan en “The Dark Knight
Rises”, salvar el día como repartidor de envíos urgentes en
bicicleta en “Premium Rush”, perseguirse a sí mismo (a Bruce
Willis, en realidad) en una trama de paradojas temporales titulada
“Looper” (en la que repetirá con el director de “Brick”) e
interpretar al hijo de Abraham Lincoln en el biopic que prepara
Steven Spielberg sobre el presidente estadounidense. Por si todo
esto pareciese poco, 2013 será el año en que Gordon-Levitt
realizará, tras varios cortometrajes, su debut como director de
largos en “Don Jon's Addiction”, en la que también tendrá un
papel protagonista junto a Scarlett Johansson y Julianne Moore.
4 - Ryan Gosling
“El joven Hércules”
abandonó la televisión en el año 2000 para debutar en pantalla
grande con el edulcorado drama deportivo “Titanes. Hicieron
historia”, en el que compartía plano con Denzel
“King-Kong-ain't-got-shit-on-me” Washington. A partir de
ahí, su carrera estaría marcada por la elección de títulos de
discreta comercialidad (“Half Nelson”, “Lars y una chica de
verdad”, “Blue Valentine”) que sin embargo acabarían
certificando su buen olfato para los papeles dramáticamente
estimulantes y su preferencia por el cine con trasfondo. Con todo, no
fue hasta los últimos meses que Gosling pasó de ser un rostro
apenas conocido a convertirse en un actor de culto.
Lo último:
2011 fue el “año
Gosling” casi tanto
como el “año
Fassbender”. El
canadiense estrenó tres cintas muy distintas en las que demostraba
rotundamente su versátil talento: la divertidísima (aunque
finalmente fallida) comedia “Crazy, stupid love”, el potente
drama retro-neo-noir
“Drive” y el sobrio thriller político “Los idus de marzo”.
Lo próximo:
mogollón de cosas: trabajar una vez más con Derek Cienfrance (el
tipo que lo dirigió en “Blue Valentine”) en “The place beyond
the pines”; protagonizar lo nuevo de Nicolas Winding Refn (en la
cresta de la ola gracias a “Drive”), “Only God forgives”
(¡toma título!); reunirse con Emma Stone (su partenaire en “Crazy,
stupid love”) en “Gangster squad”, una recreación criminal de
los años 40 a cargo del director de “Zombieland” (Ruben
Fleischer), y participar en una de las próximas películas de
Terrence Malick: “Lawless”.
5 - Viggo Mortensen
Lejos de sufrir el “síndrome
de Mark Hamill”, la
popularidad obtenida al interpretar a Aragorn en la trilogía de “El
señor de los anillos” sirvió a Viggo Mortensen para convertirse
en un cotizado actor capaz de seleccionar sus siguientes trabajos
movido únicamente (es un decir) por sus inquietudes artísticas. Su
excelente conexión con el director David Cronenberg en “Una
historia de violencia” hizo de Mortensen el nuevo actor fetiche del
cineasta canadiense, con el que repetiría poco después en la
igualmente magnífica “Promesas del este”. Pese a todo, en España
se le identifica más con su voluntariosa (aunque fallida)
encarnación de ese Capitán Alatriste trasladado al celuloide, desde
las novelas de Arturo Pérez-Reverte, por Agustín Díaz-Yanes.
Lo último:
una adaptación formidable de la novela de Cormac McCarthy “La
carretera” y una interpretación de lujo, encarnando al padre del
psicoanálisis Sigmund Freud, en el último film (al menos hasta que
se estrene “Cosmopolis”) de Cronenberg, “Un método
peligroso”.
Lo próximo:
Mortensen participa en la traslación a la gran pantalla del
manifiesto por excelencia del movimiento beat,
“En la carretera” de Jack Kerouac, que prepara Walter Salles
(“Diarios de motocicleta”) y protagonizará el drama criminal
“Todos tenemos un plan” escrito y dirigido por la argentina Ana
Piterbarg.
6 - Daniel Day-Lewis
Semi-retirado en Florencia
(?), a donde se dice que acudió para aprender los secretos de la
zapatería (??), el pie izquierdo del último mohicano sólo camina
por la senda del cine cuando la intensidad del papel ofrecido
consigue estimular su punto G interpretativo. Day-Lewis apenas ha
participado en nueve películas desde 1990; más que suficientes, sin
embargo, para afianzar su estatus de actor versátil e involucrado al
110% en cada proyecto. Desde su descomunal actuación en “Gangs
of New York”, en la que se proclamaba amo y señor de cada plano
por el que asomaba su desencajado careto tuerto, parece haberle
cogido gustillo al exceso tanto en el lenguaje corporal como en la
expresión verbal.
Lo último:
un Oscar por su torrencial y sobreactuada interpretación de Daniel
Plainview en la kubrickiana
(y maravillosa, en mi nada modesta pero siempre discutible opinión)
“There will be blood” (a.k.a. “Pozos de ambición”, a.k.a.
“que el título en castellano lo elija el becario”) y un esfuerzo
notable, pese al muy discreto resultado final, en el
musical-remake-tontería del “8 y ½” de Fellini: “Nine”.
Lo próximo: Day-Lewis
será Abraham Lincoln en el cacareado biopic firmado por Spielberg
(hay otra versión de la vida del presidente estadounidense, algo
menos rigurosa y a cargo de Timur “balas-con-efecto”
Benkmambetov, pendiente también de estreno). A continuación se
pondrá a las órdenes de Martin Scorsese para encarnar a un
sacerdote jesuita en el Japón del siglo XVII en “Silence”.
7 - Leonardo DiCaprio
De forro de carpeta de
quinceañeras a heredero de Robert de Niro. De guapo estomagante con
cara de angelote a intérprete volcado en papeles torturados. De
protagonista del mega-éxito comercial de James Cameron “Titanic”
(estos días repuesto en 3-D en las carteleras de medio mundo) a niño
bonito de Martin Scorsese. Qué lejanos parecen los días de bodrios
como “La playa” o “Rápida y mortal”: el Leonardo DiCaprio
que quedará para los anales es el de “Atrápame si puedes”,
“Gangs of New York”, “El aviador”, “Infiltrados” y
“Revolutionary Road”.
Lo último:
la infravalorada o sobrevalorada (según uno vea el vaso, o el cine,
o a Scorsese) “Shutter Island”, la sobrevalorada o justamente
reconocida (según uno vea a Christopher Nolan, o la “Paprika” de
Satoshi Kon, o los tebeos de “Patoaventuras”) “Origen
(Inception)” y la excelentemente interpretada e inexplicablemente
soporífera “J. Edgar” (a Clint Eastwood siempre lo vemos con
buenos ojos, incluso cuando mete la pata).
Lo próximo:
repetir en “El Gran Gatsby” junto a Baz Luhrmann (el director que
le ofreció el papel de Romeo en la versión glam del clásico
shakespeariano), estrenarse con el cineasta más reverenciado por la
muchachada
(¡nui!) en “Django Unchained” y seguir mamando de la teta de
Scorsese en “The wolf of Wall Street”.
8 - Ricardo Darín
El secreto de Darín está
en sus ojos, claro. Como Paul Newman, pero menos guapo y más
porteño, el protagonista de la tierna y descacharrante “El hijo de
la novia” es capaz de transmitir cualquier sentimiento con la
mirada. Así, resulta igual de convincente como un maquiavélico
timador sin escrúpulos (“Nueve reinas”) que como un padre de
familia políticamente comprometido (“Kamchatka”). Puestos a
elegir una sola de sus películas, la cosa está bien fácil: su
última colaboración con Juan José Campanella es una de las cintas más redondas de la pasada década.
Lo último:
cagarla a lo grande en el fiasco de Fernando Trueba “El baile de la victoria” y resarcirse algo después a)
bordando un difícil registro dramático en “Carancho” y b)
haciendo suyo el papel de maniático misántropo alla
Jack Nicholson en la divertida y muy humana “Un cuento chino”.
Lo próximo:
ponerse de nuevo a las órdenes de Pablo Trapero (director de
“Carancho”) en “Elefante blanco” y compartir plano con el
estupendo intérprete patrio Eduard Fernández en lo último del
cineasta catalán Cesc Gay, “Una pistola en cada mano”.
9 - Javier Bardem
El actor español más
querido en Hollywood (con permiso de Antonio Banderas) y más odiado en
España (con permiso de Francisco Camps) es uno de los intérpretes
más inconformistas, inquietos y (para bien o para mal) honestos del
momento. No cabe duda de que fueron sus roles de Reinaldo Arenas y
Ramón Sampedro en “Antes que anochezca” y “Mar adentro”,
respectivamente, los que le abrieron las puertas de la industria
yanki, pero tras rechazar una colaboración con Steven Spielberg en
la tramposa “Minority Report” muchos creímos que estaba dando
carpetazo a sus posibilidades como actor en las "ligas mayores" (entrecomillo y cursiveo, que la cosa va con sorna). Su
estelar y oscarizada aportación a “No es país para viejos” de
los Coen lo convirtió sin embargo en uno de los actores con los que
todo director actual quiere trabajar. Aún así, para mí su mejor escena en una película todavía sigue siendo ésta.
Lo último:
Bardem lo bordó en “Biutiful”, el trabajo más reciente del
realizador mexicano Alenjandro González Iñarritu. La pena es que el
film no estuviese a la altura de la compleja y veraz interpretación
protagonista. En el mismo año, 2010, colaboró en un proyecto
hollywoodiense de lo más alimenticio y banal titulado “Come, reza,
ama” en el que compartía escenas con Julia Roberts.
Lo próximo:
estará (sí, él también) en alguna de las dos películas que
Terrence Malick pretende estrenar en los próximos meses, aunque poco
más ha trascendido de su colaboración con el responsable de “El árbol de la vida”. Antes, posiblemente, lo veremos encarnando al
villano del nuevo Bond, “Skyfall”, en la que promete ser una de
las cintas más interesantes de la franquicia. Dirige mi admirado Sam
Mendes (“American Beauty”, “Camino a la Perdición”,
“Revolutionary Road”).
10 - Clint Eastwood
Aunque últimamente nos
hayamos acostumbrado a asociar antes su nombre con su faceta como
director que con su vocación interpretativa, lo cierto es que
Eastwood debe ser considerado por méritos propios uno de los actores
de cine más icónicos, carismáticos y venerables de las cinco
últimas décadas. ¿Por qué? Porque él ha bebido más cerveza, ha meado más sangre, ha echado más polvos y ha chafado más huevos que todo el resto de intérpretes de esta lista juntos.
Lo último:
“Gran Torino”, magistral elegía al personaje típicamente
eastwoodiano.
En el crepúsculo de su vida, Walt Kowalski es Harry Callahan, el
sargento Highway, Frankie Dunn e incluso el imperdonable William
Munny, todos en uno.
Lo próximo:
“Trouble with the curve”, un drama ambientado en el mundo del
béisbol (con reminiscencias de “Moneyball”) donde compartirá
pantalla con Amy Adams y Justin Timberlake. A los mandos del proyecto
figura su habitual asistente de dirección, Robert Lorenz, así que
este abandono del retiro actoral por parte de Eastwood se percibe más
como un favor personal que como un interés real en retomar su
carrera ante las cámaras. Qué más da: será un placer volver a ver
al tito Clint en la gran pantalla.
jueves, abril 12, 2012
¿La Gran Novela Americana del siglo XXI?
“Freedom
is just another word for nothing left to lose”
(“Me and Bobby McGee” de Kris Kristofferson... aunque seguramente te
suene más la versión de Janis Joplin)
En
literatura, la obsesión con la Grandeza
se traduce habitualmente en la redacción de meticulosos adoquines
pensados para impresionar a crítica y público con la plasmación de
un fresco histórico, preferiblemente coral y de mucha enjundia
socio-política, que capture eso que los entendidos denominan
“zeitgeist”.
Inexperto como soy en materia literaria, debo confesar que no he
leído muchas de esas novelas popularmente consideradas Grandes.
De los clásicos rusos, prácticamente nada. Ídem para los franceses. De los americanos aún
menos (¿Philip Roth no es el padre de Tim Roth?). Por eso me cuesta
tanto confirmar la Grandeza
de “Libertad”, última novela escrita por Jonathan Franzen que ha
dividido a la crítica entre unos pocos que la califican de mediocre
o directamente mala (con John Banville a la cabeza de la liga
internacional de haters
de Franzen, colectivo que incluye a ociópatas
autóctonos como Carlos Boyero) y una inmensa mayoría que se postra
ante ella reconociéndola como la primera Gran Novela
Americana del siglo XXI.
El
ambicioso argumento de este bloque de celulosa de casi 700 páginas
sigue a la familia Berglund durante años, moviéndose adelante y
atrás en el tiempo, mientras desgrana la situación nacional de los
EE.UU. a mediados de la década 2000. Así, la importancia de los
atentados del 11-S, las políticas exteriores de la administración
W. Bush, el papel desempeñado por el lobby judío en estas mismas
políticas, la explotación de las energías no renovables o la
fabricación de armamento militar por parte de grandes empresas
conectadas con la clase gobernante inciden directamente en las vidas
de Walter Berglund (activista ecológico de moral aparentemente
intachable), su esposa Patty (antigua estrella del baloncesto
universitario que ahora busca su realización personal como perfecta
ama de casa e inmejorable vecina), sus hijos Joey y Jessica y el
amigo de la familia Richard Katz (músico marginal al que de pronto
le sobreviene un inesperado éxito comercial). Las propias aspiraciones literarias de Franzen se ven confirmadas por las
alusiones explícitas a “Guerra y paz” de Tolstoi, otro fresco
histórico (ya he usado antes esta expresión, sí, pero es que me
parece la más precisa para definir la novela) sobre el amor
en tiempos revueltos (¿hay
algún tiempo que no lo sea?).
“Libertad”
nos habla de los avatares del matrimonio, de las complicadas
relaciones entre padres e hijos, de la naturaleza egoísta de la
amistad y del amor (dos ideas muy difíciles de separar, según
Franzen), de la envidia hacia nuestros propios seres queridos, del
compromiso del ser humano con el medio ambiente, de las distintas
doctrinas políticas entre las que se debate la población
norteamericana, del sexo, la drogas y el rock'n'roll... De algún
modo, abarca todo aquello que viene de serie
con el hecho de pertenecer a la case media estadounidense. Pero,
sobre todo, “Libertad” habla de cómo la palabra que le da título
define las contradicciones del ciudadano acomodado del siglo XXI.
Cómo el hecho de poder decidir plenamente hacia dónde encaminar
nuestra vidas nos lleva a comprender lo poco que sabemos sobre
quiénes somos y quiénes queremos ser. La posibilidad de elegir nos
obliga a hacerlo, y sólo nosotros responderemos por esas decisiones
cuando llegue la hora de hacer examen de conciencia.
Pese
a poner de manifiesto las hipocresías del sector Demócrata, Franzen
no oculta en ningún momento su aversión hacia los Republicanos
encabezados por Bush Jr. y Cheney. Tampoco se corta al criticar
duramente la campaña estadounidense en Irak ni al proclamar por boca
del músico Richard Katz (en mi cabeza, un híbrido perfecto entre
Ryan Adams y Justin Vernon) su odio a las nuevas tecnologías. Parece
incluso que existen en el personaje de Walter Berglund trazas evidentes de la propia biografía del escritor, como su énfasis en la
protección de especies de aves en peligro de extinción (Franzen
trabaja con la organización sin ánimo de lucro American Bird
Conservancy) o sus tajantes ideas acerca de la superpoblación. Y es
por la misma razón que un servidor apenas puede contener las arcadas
al leer los artículos firmados por Juan Manuel de Prada o Salvador
Sostres por lo que respeta tanto la inteligencia cívica de tipos como Manuel
Rivas, Javier Marías o, desde ahora, Jonathan Franzen: porque
sus textos revelan la personalidad de sus autores. Y Franzen me
parece un fulano francamente inteligente.
Sin
embargo, nada de esto es realmente trascendente si lo analizamos al
margen de la experiencia literaria. La Grandeza
no reside en las buenas intenciones de un autor (que se lo digan si no al último Springsteen, muy en la onda de Franzen... y de Barack Obama, ya puestos), sino en su capacidad
para construir con ellas una novela susceptible de entretener,
conmover y agitar la conciencia del lector. Y ahí es donde Banville
y Boyero pueden irse olvidando de mi apoyo, porque ¡cuánto he
disfrutado con la lectura de “Libertad”! Hacía tiempo que no
devoraba un libro con tanta fruición, con auténtica ansia lectora.
Desde la saga fantástica de George R. R. Martin “Canción de hielo y fuego”, creo. Y no será porque no haya leído otras novelas de
mi agrado entre ambos títulos. Pero sólo a veces sucede que los
libros lo abducen a uno de sus quehaceres cotidianos y lo obligan a
regresar a sus letras varias veces al día por pura necesidad de
seguir adelante con su disfrute. Cuando comencé a leer “Libertad”
no me esperaba, ni por asomo, la facilidad con la que Franzen refleja
las emociones humanas (a veces de un modo demasiado preciso, incluso,
para una materia tan irracional como son los sentimientos), su
habilidad maestra para ir y venir por una línea temporal de treinta
años sin que al lector le atosiguen las fechas y el complejo
entramado de acontecimientos que ha debido asimilar hasta entonces,
la fluidez de los diálogos y la capacidad apabullante de
identificación que un servidor ha sentido con uno o varios aspectos
de cada uno de sus protagonistas. Es tan fácil entender las
motivaciones de Walter, Patty y Richard que inevitablemente, en más
de una ocasión, he pensado mientras leía: “yo actuaría
así”. O, mejor/peor aún, “de
hecho, yo actué así”.
Empecé
a leer “Libertad” el sábado 31 de marzo, justo después de
subirme al tren que me llevaría de Madrid a Galicia para disfrutar
de la Semana Santa en compañía de mis familiares y amigos. Me pasé
las 6 horas del trayecto enfrascado en sus páginas y no lo solté
hasta que se anunció por megafonía la parada de Santiago de
Compostela. Terminé de leer el libro el lunes 9 de abril, en el tren
de vuelta a Madrid, y tuve que hacer un esfuerzo importante para que
la persona que ocupaba el asiento contiguo al mío no percibiera el
brillo lacrimoso que llevaron a mis ojos las palabras de su último
capítulo.
Así
que si me preguntas si “Libertad” me parece la nueva Gran
Novela Americana, la única
respuesta posible por mi parte es “y yo qué sé”.
Pero eso no quita, claro, que me parezca una novela realmente grande
(con mis queridas minúsculas). Tanto, que la obra de Franzen
inmediatamente anterior, “Las correcciones”, tiene ya un espacio
V.I.P. reservado en mi Torre de Lecturas Pendientes
(léase con voz de ultratumba).
miércoles, abril 11, 2012
Preestrenos: "Alps"
El próximo viernes llegará a las carteleras españolas "Alps", el último largometraje hasta la fecha de Giorgos Lanthimos, director de la perturbadora y fascinante "Canino" (que hizo acto de presencia en mi top 10 cinematográfico de 2010).
Fiel a su compromiso con la web Nuestros Comics, un servidor os ofrece una breve crítica de la película clickando en este enlace.
Fiel a su compromiso con la web Nuestros Comics, un servidor os ofrece una breve crítica de la película clickando en este enlace.
miércoles, abril 04, 2012
Mi nombre es gladiador
En Semana Santa las parrillas televisivas se llenan de kilométricas
pelis de romanos que a veces poco o nada tienen que ver con el
significado religioso de estas fechas. Pese a ser una persona de convicciones cristianas, a mi abuela el peplum
que le llevaba la vida era “Gladiator”, la cinta de Ridley Scott
por la que Russell Crowe ganó un Oscar como mejor actor en marzo de
2001. Por un inesperado beneficio colateral del alzheimer, mi abuela
pudo ver “Gladiator” por primera vez en innumerables ocasiones.
Ella recordaba vagamente lo mucho que le había gustado el film, pero cada
vez que lo revisábamos juntos redescubría la venganza de Máximo
Décimo Meridio y se emocionaba con cada giro de guión y con cada
escena de batalla como si nunca antes la hubiera visto. No sé
cuántas veces disfruté de “Gladiator” con mi abuela; sé que a
ella se le humedecieron los ojos en todas las ocasiones.
De
algún modo, “Gladiator” se convirtió con el tiempo en una de
esas cosas que mi abuela y yo teníamos en común. Igual que hacer
todos los días, durante mis años de educación secundaria, el crucigrama de “La Voz de Galicia” (y reírnos
siempre con la fórmula “-Juguete de niño -Aro”,
que recitábamos casi como un gag de pareja cómica
al estilo Tip y Coll). Igual que debatir el domingo al mediodía
acerca del último artículo de Pérez-Reverte leído unas horas
antes en la revista dominical que venía con el periódico. Sí, mi abuela
era una jodida groupie
de Arturo Pérez-Reverte.
Esta
Semana Santa se cumplen 9 años de su muerte. La de mi abuela, digo,
no la de Pérez-Reverte (ése aún sigue dando guerra, para desgracia
de los ministros de exteriores españoles). Vivía, desde mucho antes
de que yo naciera, en el mismo edificio en que nos criamos mi hermano
y yo, justo en el piso superior a la vivienda de mis padres en
Pontedeume, pero se puso gravemente enferma durante un viaje a
Ponferrada, a casa de una de mis tías, y allí pasó sus últimos
días. Cuando recibí la noticia de su delicado estado
de salud yo estaba en Pontevedra compartiendo unos días de
relajación académica
con mis compañeros de la universidad. Fue entonces cuando se firmó
el contrato de amistad irrevocable que aún me une con dos de mis
mejores amigos. Recuerdo cómo él consiguió hacer mudar mis
lágrimas en una risotada catárquica formulando uno de los chistes
más tontos que he oído nunca sobre el Equipo A, y cómo ella no soltó mi mano durante el largo rato que tardé en recomponerme en el
umbral del restaurante donde nuestro grupo de colegas se había reunido para cenar antes de irnos a casa por vacaciones. Es curioso
cómo en el momento de darle a alguien el pésame solemos utilizar
fórmulas más o menos establecidas, como ésa que dice “aquí
me tienes para lo que haga falta”.
Aquella noche ellos estuvieron ahí para lo que hizo falta de verdad.
No sé qué habría sido de mí en ese momento si no los hubiera
tenido a mi lado, y sólo espero poder estar a la altura de las
circunstancias siempre que ellos me necesiten “para lo
que haga falta”.
Un
par de días después fui con mis padres y mi hermano a Ponferrada a
visitar a mi abuela, que estaba ingresada en el hospital. Como no había
ninguna esperanza de recuperación por su parte, parecía
natural asumir que aquello era una despedida en toda regla, un último
adiós antes de dejarla marchar. Cuando entré en la habitación
donde yacía tumbada en una cama, le cogí la mano y le di un beso y vi
cómo abría los ojos para posar su mirada en mi rostro. A veces me
pregunto si fue el efecto de todos los sedantes que recorrían su
cuerpo en aquellos instantes, o el delirio pre-comatoso que confundía sus pensamientos, lo que la llevó a decir las siguientes
palabras, que cualquiera podría haber interpretado como los
desvaríos de una anciana moribunda, pero en mi fuero interno
sospecho que eran en realidad un síntoma de la más asombrosa
lucidez.
“Mi gladiator”, dijo
sonriente.
El
espantoso vacío que su fallecimiento instaló en el ánimo de sus
familiares durante los meses posteriores fue convirtiéndose con el paso
de los años en una mina de buenos recuerdos. El auténtico vacío
habría sido olvidar los momentos que pasamos juntos. Por suerte sus
hijos, sus nietos y desde hace un tiempo también sus bisnietos
podemos recordarla contando anécdotas (“anécoras”,
las llamaba ella empleando el mismo sentido del humor y el mismo
gusto por el jugueteo con el lenguaje que la llevaban, octogenaria
ya, a afirmar que “no
todo el monte es orgasmo”)
como aquélla del desconocido que carraspeó rudamente a su lado cuando se la
cruzaba por la calle y ella, por no llevar el audífono puesto,
confundió el gutural sonido con un saludo y respondió: “disculpe,
no le había visto, muy buenos días”.
Hace 9
años que no resuelvo un crucigrama. Tampoco voy nunca a visitar su
tumba. Tal vez porque no creo en la vida ultraterrena. Tal vez porque
la lápida con su nombre inscrito no me recuerda los estupendos años
que compartimos (mis 19 primeros, sus 19 últimos), sino los tristes
días inmediatamente posteriores a su muerte. Sin duda me siento más
cerca de ella cada vez que reponen “Gladiator” en televisión.
lunes, abril 02, 2012
Preestrenos: "Take shelter"
Últimamente he tenido un poco descuidada mi plaza como colaborador (en menesteres cinematográficos) en la web Nuestros Comics. El inminente estreno de "Take shelter", un drama psicológico al borde del misterio sobrenatural, ha propiciado una nueva reseña firmada por un servidor y publicada en aquellos pagos.
Para conocer mi opinión sobre el film no tenéis más que clickar en este enlace.
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