viernes, julio 20, 2012

Optimus Alive 2012: parte 1

El pasado fin de semana se celebró en el Paseo Marítimo de Algés, en Oeiras (Lisboa), la edición 2012 del festival Optimus Alive. Poseedor de una entrada desde que se anunciase la presencia de uno de mis grupos favoritos, el abajo firmante llevaba todo el año aguardando el momento de agarrar saco de dormir y tienda de campaña y partir en inmejorable compañía (gracias, P. gracias, F.) hacia el país luso para quitarse al fin la espinita de ver en directo a Thom Yorke, Johnny Greenwood y el resto de radiocabezudos. Ese concierto, no obstante, sería el colofón a un cartel espectacular que durante tres días convertiría a Lisboa en uno de los puntos calientes del panorama musical veraniego, en paralelo con el BBK Live de Bilbao (con el que el festival portugués compartía varios cabezas de cartel).


Como no es mi intención relatar aquí cada pormenor de un viaje que dio muchísimo de sí (también, o quizás sobre todo, en el terreno personal), dejadme que me centre en el aspecto musical de la experiencia con una sola advertencia: fui al Optimus Alive a lo que fui. Ni pensaba tragarme cuanto concierto se me pusiese delante (había que estar frescos y en forma para disfrutar de los grupos realmente interesantes) ni acudí allí con intenciones periodísticas (por mucho que ahora estéis leyendo estas líneas): yo había ido a ver a Radiohead.

Un cartel prometedor.

The Stone Roses
13 de julio, 23:10

Desde que los descubrí (muy tarde, como es mi costumbre) en su espléndido debut homónimo (uno de esos LP's que siempre aparecen en las listas de discos favoritos de los medios británicos), The Stone Roses se convirtieron en una debilidad personal. Además de su buen hacer musical, la banda capitaneada por el vocalista Ian Brown y el guitarrista John Squire estaba envuelta en un halo mítico debido a su prematura disolución: su segundo álbum, “Second coming”, resultó incomprendido e injustamente vilipendiado por muchos de los que cinco años antes alababan su audacia y buen gusto. Envueltos en la clásica espiral decadente de las rock stars (divisiones internas, conciertos para el olvido, etc.), The Stone Roses pusieron punto y final a su trayectoria conjunta en 1996. Hasta ahora.

Sí, están mayores.

Cuando en 2011 se anunció que la banda de Manchester volvía a los escenarios, servidor se sintió ilusionado y reticente a un tiempo. Ilusionado ante la posibilidad de ver en directo a una banda legendaria por la que sentía predilección. Reticente porque a nadie se le escapan los motivos de esta clase de regresos extemporáneos. Pero si a los Héroes del Silencio les salió la jugada redonda (allá por 2007), ¿por qué no darle un voto de confianza a los Stone Roses?

El voto de confianza, como después se demostró, era inmerecido. Del mismo modo en que puedo afirmar que su participación como cabezas de cartel en el Optimus Alive 2012 era uno de los motivos más destacados para decidirme entre este festival y el BBK Live, también puedo decir que el de los Stone Roses no fue solamente el peor concierto al que asistí el pasado fin de semana, sino posiblemente uno de los espectáculos musicales más vergonzosos que recuerdo haber presenciado en mi vida.

Lo que más molaba de Ian Brown era la chaqueta de Etiopía que llevaba.

Poco importó que John Squire ejerciese de guitar hero luciendo músculo rockero en cada solo instrumental: el cantante Ian Brown dio auténtica lástima sobre el escenario. El tipo, un cincuentón enjuto y demacrado (tanto que no te extrañaría cruzártelo en la estación de autobuses de Compostela y que te pidiese un euro para tomar el coche de línea a Betanzos) con pintas de abuelo Gallagher, se dedicó a sabotear el trabajo de sus compañeros desafinando prácticamente en cada verso. Cuando Brown callaba y cedía el protagonismo al resto de la banda, el concierto crecía, la música volvía a captar la atención del público y los fans históricos (centenares de maduritos británicos empuñando vasos de plástico con el logo de Super Bock) asentían satisfechos. Cuando Brown abría la boca, un rictus de espanto y vergüenza ajena reflejaba el ánimo turbado del público presente. Lamentable.

Optimusómetro:




Justice
14 de julio, 01:30

La otra gran promesa de la noche del viernes (además del encuentro con las adorables S. y M., que se habían acercado desde Vigo unas horas antes) era la presencia del dúo francés Justice, baluartes de una electrónica agresiva y festiva para todos los públicos (pues su debut es uno de los discos del género más celebrados por los legos en la materia... como un servidor). El concierto ofreció un repaso a los hits del grupo, remezclados para la ocasión en una suerte de sesión non-stop de tralla bailable. La música sonó de lujo, llevando a los miles de asistentes a un trance discotequero de saltos, sudor y beats, pero hubo varios aspectos que convirtieron lo que podría haber sido un recital memorable en (simplemente) una actuación más dentro del cartel del Optimus 2012.

Justice. Petándolo.

Para empezar, no hubo visuales como tal. La puesta en escena del dúo ha permanecido inalterada en los últimos tiempos: una mesa rodeada de amplis, con una gran cruz luminosa como mascarón de proa y acompañada por fogonazos de luz que ciegan al público desde la retaguardia. Una presentación más que atractiva siempre que las pantallas laterales del escenario permitan apreciar de cerca el trabajo en vivo de los artistas. Cosa que no ocurrió, pues dichas pantallas proyectaban una imagen del escenario tomada de frente, más pequeña incluso que el tamaño real de los objetos enfocados, resultando de ello tres imágenes redundantes que no permitían, a partir de cierta distancia, distinguir si aquellas dos figuras situadas tras la mesa eran efectivamente Gaspard Augé y Xavier de Rosnay o dos cualesquiera plantados allí para hacer bulto.

¿Augé y de Rosnay? Pregúntale a los de la primera fila. Yo no pongo la mano en el fuego.

Si a ello le añadimos la frialdad inherente a una actuación donde, literalmente, no existe una fuente orgánica de sonidos (todo estaba pregrabado, así que quiero pensar que se mezclaba en directo), y una escasísima duración para un teórico cabeza de cartel (apenas una hora y sin bises de ningún tipo), el cómputo global revela un concierto tan intenso y enérgico como impersonal y excesivamente breve: un arrebato de sexo salvaje que acaba en coitus interruptus.

Optimusómetro:




Mumford & Sons
14 de julio, 20:45

Tras el decepcionante primer día (y no sólo en el aspecto estrictamente musical; aquella noche tuvimos en apenas tres horas más líos y preocupaciones que en todo el resto del fin de semana), la segunda jornada del Optimus Alive 2012 comenzó de forma inmejorable. Aunque un servidor ya se olía que la banda compuesta por Marcus Mumford (voz y percusión), Ben Lovett (coros, teclado y acordeón), Winston Marshall (coros y banjo) y Ted Dwane (coros, contrabajo, batería y guitarra) tenía un directo prometedor, ni de coña se imaginaba que las canciones de su álbum “Sigh no more” (y algunas de su inminente segundo LP, “Babel”) iban a sonar tan bien en vivo.

Gente entrañable. Si hasta parecen limpios...

Fue un concierto breve porque el grupo todavía no tiene material para más (me faltó en el setlist, por ponerme quisquilloso, el tema titular de su debut), pero esa hora escasa de música contuvo más energía positiva y electricidad emocional que las dos actuaciones que pude ver el día anterior juntas. Y eso que Mumford y sus muchachos no hacen nada particularmente original para ganarse el favor del público: se dedican a tocar lo mejor que saben, a interpretar canciones irresistibles y a sonreír de medio lado con su pose de niños buenos del folk-rock inglés. Sólo con eso les llega y les sobra para tener un directo fantástico.

Optimusómetro:




Florence + the Machine
14 de julio, 22:10

La primera decepción del Optimus Alive llegó un par de días antes de hacer el petate y comernos 600 kilómetros de autopista hasta la capital lusa. A través de un comunicado de prensa bastante estándar, la británica Florence Welch anunciaba la cancelación de su espectáculo y nos dejaba a todos los que venimos siguiéndola desde el estupendo “Lungs” (y a todos los que nos decantamos por el Optimus en lugar del BBK) con un palmo de narices. Los tres viajeros (P., F. y un servidor) hicimos durante días las cábalas más surrealistas (desde Placebo hasta un holograma de El Fari, creo que no nos faltó por citar un solo grupo que no estuviese ya en el cartel del Optimus), pero no fue hasta el mismo día en que el concierto de Florence + the Machine estaba originalmente programado que supimos en quién recaería la responsabilidad de sustituir a la Welch: Morcheeba. Pos bueno, pos fale, pos m'alegro.

"Tengo las cuerdas vocales jod***s"

Momento pues para hacerse con un bocata de frango y un refrigerio en alguno de los baratísimos puestos de comida que había esparcidos por el recinto (baratísimos en relación a cómo se las suelen gastar en los festivales españoles) y de reagruparnos para decidir nuestro próximo movimiento: ¿The Cure o Katy B.?

Optimusómetro (para Florence + the Machine, a Morcheeba no le prestamos ni la mínima atención):




The Cure
15 de julio, 00:00

Mientras que P. y F. decidieron concederle a Eduardo Manostijeras Robert Smith la escucha de un par de temas antes de moverse al escenario Heineken para disfrutar del recital drum'n'bass de Katy B., yo afiancé mi posición en el palco principal del Optimus junto al estupendo blogger musical (y mejor persona) Tenenbaum y su no menos estupenda hermana, con los que habíamos quedado esa tarde para disfrutar en amor y compañía de lo que restaba de festival.

El novio cadáver.

Llegados a este punto, conviene que sepáis que todo lo que hayáis podido escuchar sobre Robert Smith es rigurosamente cierto. El concierto de The Cure fue una cosa desmesurada (3 horas de éxitos a machete) que posiblemente contribuyó a humedecer la ropa interior de aquellos fieles que jaleaban al proto-emo desde la platea, pero que a mí, pese a sus muchas virtudes, acabó superándome.

Que sí, que estos tíos tocan de maravilla, que Smith mantiene la voz tan en forma como el primer día y que The Cure tienen temazos en su repertorio para dar y tomar, pero a la altura de “Boys don't cry” servidor sentía que allí ya no tenía nada más que ver; que ya estaba todo el pescado vendido. Igual es el precio a pagar cuando uno se planta ante un “dinosaurio del rock” (y lo digo en el sentido más halagador posible) sin tener los deberes hechos: ni The Cure es una de mis bandas de cabecera ni me conozco al dedillo la vida y milagros de su líder. Tal vez si en lugar de Smith y cía. ese mismo concierto lo hubiesen dado U2 o Peter Gabriel, ahora estaría escribiendo esta crónica en términos muy diferentes. Con todo, no puedo negarle a la banda su superlativa profesionalidad y su entrega absoluta sobre el escenario.

Optimusómetro:




El rasta do campismo
15 de julio, ni idea de la hora exacta... pero tarde en la madrugada

Con todo, quizás la sorpresa más inesperada de la velada fue la que nos aguardaba de vuelta al camping, tras una noche bastante productiva de por sí. De camino a nuestras tiendas, a kilómetros de distancia de donde aún se seguían celebrando los conciertos del Optimus, nos encontramos en el bar do campismo (abierto las 24 horas) con un show semi-improvisado a cargo de un alegre cantante y guitarrista rastafari y sus felicísimos compañeros de carretera. Arremolinados en turno a él, ocupando varias docenas de sillas de playa, un puñado de portugueses, alemanes, británicos y españoles bailamos y cantamos los temas más insólitos (desde Oasis hasta Shaggy pasando por Ben E. King) en un ambiente de anuncio veraniego de cerveza imposible de planificar de antemano. Estas cosas ocurren de forma espontánea. Fluyen. Y se quedan en el recuerdo como uno de esos pequeños momentos casi soñados que a veces se presentan sin previo aviso en el transcurso de un viaje más o menos programado.

Optimusómetro:



Nos fuimos al saco muertos de cansancio, pero eufóricos. Por el día vivido, bastante más satisfactorio que el anterior; pero sobre todo por la promesa, a tan sólo unas horas vista, de uno de los conciertos más esperados de nuestras vidas. Al día siguiente tocaba Radiohead...


jueves, julio 12, 2012

Relecturas estivales II: "Hulk: Futuro imperfecto"

Segundo asalto de estos reencuentros tebeísticos veraniegos, protagonizado esta vez por uno de los comics de super-héroes más quintaesenciales que recuerdo haber leído jamás. Y es que hay títulos que recogen todos los conceptos que enaltecen a un género, y lo hacen además sin ostentación ni exceso de gravedad: siendo manifestaciones puras y genuinas de la temática a la que se adscriben. En el caso de los héroes pijameros, uno de mis tebeos de cabecera (y que curiosamente hacía demasiado tiempo que no revisitaba) es “Hulk: Futuro imperfecto”, de Peter David y George Pérez.

Portada original del primer episodio de "Futuro imperfecto".

No he leído absolutamente nada de la larga etapa (¡12 años!) que Peter David pasó al frente de la serie regular del coloso esmeralda, pero lo cierto es que tampoco es necesario haberlo hecho para abordar la lectura de estos 2 prestigios aparecidos en EE.UU. en 1992 y 1993 y posteriormente editados en España, primero por Planeta de Agostini en su formato original (en los 90) y después (ya en 2008) por Panini en un tomo recopilatorio de tapas duras. “Futuro imperfecto” presenta una historia autoconclusiva que se puede entender sin complicaciones aún siendo un completo neófito en la mitología del increíble Hulk, pero que sin duda se disfrutará bastante más si uno posee algunas nociones básicas sobre la continuidad del universo Marvel.

El deprimente futuro del universo Marvel, según Peter David y George Pérez.

El argumento del tebeo nos sitúa en un futuro postapocalítico en el que las guerras y la radiación han convertido el planeta en un páramo inhabitable. Todos los super-héroes y super-villanos han desaparecido y tan sólo una ciudad bautizada con el (poco sutil) nombre de Distopía alberga los últimos despojos de lo que un día fue la civilización humana. Gobernada con puño de hierro por un tirano invencible conocido como Maestro, Distopía cuenta con un pequeño pero entregado grupo de rebeldes que planea derrocar al dictador para restaurar la libertad entre los supervivientes. Tras acceder a la máquina del tiempo del difunto Doctor Muerte (el archienemigo de los Cuatro Fantásticos), los rebeldes viajarán al pasado (es decir, al presente del universo Marvel) para pedirle al increíble Hulk que los acompañe en su lucha contra Maestro. El gigante verde (que en el momento de publicarse esta historia pasaba por una de sus épocas racionales, en las que mantiene la personalidad y los recuerdos de su alter ego Bruce Banner intactos) accederá a regresar con ellos a la futura Distopía y ayudarles en su misión, sólo para descubrir que el metahumano conocido como Maestro es el propio Hulk dentro de 100 años.

Splash-page antológica.

Con estos mimbres (que Mark Millar reciclaría recientemente en su desvergonzado “El viejo Logan”), Peter David plantea un guión que aúna ciencia-ficción (con mis queridas paradojas temporales), personajes carismáticos, acertadas reflexiones sobre el carácter corruptor del poder absoluto, acción por un tubo y una importante carga épica y emocional (la última página siempre me ha parecido especialmente poética).

Como panes, en efecto.

Y todo ello dibujado por un George Pérez tan enfermizamente meticuloso como ya nos tiene acostumbrados, introduciendo innumerables guiños y referencias visuales que uno puede rastrear a lo largo de un centenar de páginas magníficamente narradas y espectacularmente ilustradas... por mucho que el estilo gráfico de Pérez pueda parecer algo anticuado al lector actual, tan viciado por el amerimanga y el decompressive storytelling de los tiempos modernos.

Después de "¿Dónde está Wally?" llega "¿Dónde está Fuego Solar?".

Resulta, por tanto, que “Futuro imperfecto” representa para el abajo firmante todo lo que un buen comic de super-héroes debería ser: una de esas obras honestas y fundamentalmente lúdicas que emanan sense of wonder sin renunciar a las dosis recomendables de testosterona y molonidad. Y uno de mis 5 ó 6 tebeos Marvel favoritos de todos los tiempos, aunque no haya mucha gente dispuesta a compartir esta afirmación.


Más relecturas estivales:

martes, julio 10, 2012

Zapatos rotos

Tú no hables”, dice el hombre antes de cruzar el umbral; y el niño, cada día más alto, cada día con más preguntas, asiente con la cabeza, toma a su padre de la mano y aprieta con fuerza los labios, como si de otro modo fuesen a escapársele inconscientemente las palabras. Al otro lado de la puerta está Ulises, que recibe a los recién llegados con su kilométrica sonrisa de negociante y una frase que se arrastra guturalmente desde su garganta hasta la punta de la lengua: “bue'os días, jó'enes, ¿có'o pue'o hace'es fe'ices?”.

Ulises el zapatero; así lo ha llamado siempre todo el mundo. Porque Ulises siempre ha sido zapatero, como lo fue su padre antes que él. Y aunque Ulises no echa de menos a aquel hombre que le enseñó a golpes cómo utilizar el gouger y el escarificador, siempre le ha estado agradecido por legarle una profesión y una máxima que le ha servido de mantra durante más de ochenta años: “un cliente satisfecho es un cliente que vuelve”.

Si Ulises hubiese sido un sistema solar en lugar de un ser humano, la zapatería que heredó de su padre habría sido su sol. Allí pasó las mejores horas de su vida, martillando, encolando, agujereando y cosiendo. Escuchando la radio diez u once horas al día. Devorando los bocadillos, los cafés y los licores que Teresa, su mujer, le bajaba a lo largo del día desde el piso de arriba. Ulises era metódico y vivía entregado a su profesión. Saludaba a cada cliente con una sonrisa enorme, gigantesca, y una fórmula de bienvenida que todas las familias del barrio ya asociaban irremediablemente con su persona: “Buenos días (o buenas tardes), don Fulano (o doña Mengana), ¿cómo puedo hacerle feliz?”.

A Ulises apenas le interesaba el fútbol. Tampoco la política ni la religión. Pero podía pasarse horas enteras charlando amigablemente con cualquiera de sus parroquianos, tanto daba que fuesen compradores nuevos o habituales, de prácticamente cualquier tema que surgiese en la conversación. Su sofística no era excesivamente elaborada, y sólo se regía por un mandamiento inquebrantable: el cliente siempre tiene la razón. Así, un observador atento podría haber comprobado cómo, a las diez de una mañana, Ulises escupía vehementemente sobre la memoria de Caracremada junto al padre Sarmiento (que emitía siempre un chasquido de satisfacción con la lengua al contemplar el brillo que sólo Ulises conseguía imprimir a la negra piel de sus zapatos de domingo), para descubrirlo a las seis de la tarde guiñándole el ojo con complicidad a don Robustiano, aquel maestro de escuela que siempre encontraba una excusa para no poner un pie en la iglesia y que los nacionales habían estado a punto de fusilar en febrero del 39.

Por no gustarle, a Ulises ni siquiera le gustaba su mujer. Se había casado con Teresa casi por imposición. Porque Teresa, que una vez había sido la reina de las fiestas del barrio, pasaba cada mañana por delante de la zapatería de camino a la fuente y siempre asomaba la cabeza para dedicarle a aquel tipo tan amable y atento con todo el mundo un “buenos días, Ulises” cargado de esperanzas. Porque Ulises, que sólo pensaba en arrebatarle clientes a la competencia y en ahorrar otra peseta para cambiar el cristal del escaparate por uno más resistente a los balonazos de la chiquillada, sentía constantemente la mirada acusadora de su madre y de su tía Inés, que no entendían cómo “el empresario más querido y respetado del barrio” había cumplido ya los veintiocho años sin que se le conociese un solo amorío.

Lo que ocurría realmente es que a Ulises no le gustaba nadie. Tampoco su hijo Elías, que nació casi tres años después de que Teresa desfilase de blanco inmaculado por el atrio de la Iglesia de las Virtudes. Si había algo más molesto en el sistema solar de Ulises que esa esposa que había accedido a dejar entrar en su casa por pura obligación, era aquella ruidosa criatura que se afanaba constantemente en eclipsar la cálida luz solar de su zapatería con sus llantos y sus toses y sus anemias y sus peleas con los demás niños del colegio. Elías era una frustración constante de la que Ulises sólo conseguía zafarse durante las horas que dedicaba a sus clientes y a los zapatos de éstos. El niño jamás tuvo mano para el oficio, y por más que Ulises lo reprendía y atizaba para que se instruyese en el arte de “labrar el zapato” (ésa era otra de las expresiones que Ulises había heredado de su padre), el haragán apenas había sido capaz de aprender a atarse los cordones por sí solo.

Con el tiempo, Teresa decidió que la única forma en que Elías podría sobrevivir en aquella casa era manteniéndolo lo más alejado posible de la órbita de su padre, y de un modo consciente el ama de casa asumió el rol de diana para la insatisfacción y los estallidos de violencia de Ulises, cada día más disociado en el piso de arriba del zapatero parlanchín y servicial que los clientes veían trabajar incansablemente en la planta baja del edificio.

Un día Elías se hizo adulto y se marchó de casa. Ulises supo que el chico escribía cada semana a su madre, pero Teresa jamás leyó en voz alta una sola de aquellas cartas, y Ulises nunca tuvo la menor curiosidad por saber qué había sido de su único hijo. Cuando Teresa falleció, ajada y seca su figura de antigua reina de las fiestas, Ulises se quedó solo y feliz. Desde entonces se dedicó únicamente a escuchar la radio y a trabajar el calzado, aunque con el tiempo la clientela comenzó a escasear y las docenas de zapatos que durante una época reparaba a diario acabaron convirtiéndose en el dorado y neblinoso recuerdo de un hombre que poco a poco fue perdiendo las fuerzas, la memoria e incluso el habla, pero nunca, jamás, su formidable sonrisa para el único cliente que aún acude regularmente a solicitar sus servicios.

...

Media hora después, mientras abandonan el hogar para jubilados, el muchacho interroga a su padre: “¿Por qué siempre que venimos a ver al abuelo nos hacemos pasar por desconocidos?”El hombre duda un instante entre varias respuestas posibles. “Porque un cliente satisfecho es un cliente que vuelve”, dice finalmente con un gesto de cansancio, sosteniendo dulcemente con la mano derecha los dedos de su hijo (cada día más alto, cada día con más preguntas) mientras con la izquierda sujeta un par de zapatos remendados que volverán a estar rotos la semana que viene.

lunes, julio 09, 2012

¿Amazing?

La primera pregunta lógica ante un reboot cinematográfico debería ser: ¿es necesario? En el caso de “Batman”, por ejemplo, yo lo vi bastante claro. Poco se podía salvar de la franquicia iniciada por Tim Burton y llevada a cotas inimaginables de estupidez kitsch por el inefable Joel Schumacher. Ergo, el reboot parecía una buena idea. En el caso de “Superman”, dadas las circunstancias, es probable que también (y eso que a mí me gustó “Superman Returns”), y por consiguiente en menos de un año veremos una nueva versión de la gran S dirigida por Zack Snyder y producida por Christopher Nolan. “Fantastic Four” y “Daredevil” me parecen buenos ejemplos de franquicias que necesitan un lavado de cara antes de ser nuevamente presentadas ante el público.

Pero… ¿“Spider-man”? ¿En serio?

El héroe viste ahora un uniforme más... ¿moderno?

Con todo, una vez el reboot está en marcha, esa primera pregunta deja de ser relevante y otra distinta se impone: ¿es dicho reboot, independientemente de su necesidad, una buena película? Con “The Amazing Spider-man” ya en cartelera, hablar de la trilogía arácnida dirigida por Sam Raimi en la década pasada no tiene demasiado sentido. La saga hace tábula rasa con nuevos intérpretes, nuevo equipo técnico y nuevas aspiraciones: darle al amistoso vecino marvelita una pátina de oscuridad, introspección y romanticismo teenager (por mucho que estos tres aspectos puedan parecer irreconciliables) que lo acerque tanto al público maduro que babea con las aventuras de “El caballero oscuro” como al sector juvenil que no se pierde cada nueva entrega de la saga “Crepúsculo”.

Garfield y Stone en un remedo comiquero de "Física o química".

A tal efecto, se contrata a un director con poca experiencia y fácil de manipular, Marc Webb (artífice de la entrañable “(500) days of Summer”), a un par de jóvenes actores prometedores (Andrew Garfield, visto en “La red social” y “El imaginario del doctor Parnassus”; Emma Stone, conocida por su trabajo en “Bienvenidos a Zombieland”, “Crazy Stupid Love” y “Criadas y señoras”), a otros tantos veteranos que den empaque al reparto (Martin Sheen y Sally Field, curtidos en mil y un rodajes) y se mete todo en el recombinador neogénico del doctor Curt Connors a la espera de que el coctail resultante sea algo remotamente parecido a lo que el estudio necesita para reflotar una saga que nunca se había hundido en taquilla.

Ilógicamente, Spider-man se pasa casi toda la cinta a cara descubierta.

Y tal vez el estudio esté satisfecho con el engendro final (las crifras de recaudación tendrán la última palabra), pero es difícil que “The Amazing Spider-man” se gane el beneplácito del cinéfilo mínimamente exigente. Carente de personalidad dramática o estilística, la cinta parece escrita por un autómata al que se le hayan facilitado unos parámetros muy específicos que en el film aparecen hilvanados de un modo caprichoso y naïf. Diálogos de besugo, situaciones incoherentes, personajes desdibujados (¿cuáles son las motivaciones del villano?) y unas escenas de acción bastante discretas (dadas las alegrías que el cine de super-héroes nos ha brindado recientemente) son la tónica general de una producción que apenas levanta el vuelo durante el fugaz cameo de Stan Lee, único momento cómico que realmente consigue hacerme esbozar una sonrisa. Y es que incluso los chistes del protagonista, ese Spider-man supuestamente bufonesco que tantas alegrías ha dado durante décadas a los lectores de tebeos, están tan mal escritos (y tan espantosamente doblados al castellano, añado) que el personaje termina por caerme mal.

El villano de la función es en este caso el Lagarto, una de las némesis clásicas del personaje.

Habrá quien opine que esta última adaptación cinematográfica del lanzarredes neoyorkino es más respetuosa con el espíritu del material original. Habrá quien diga que los cambios introducidos en el nuevo guión alejan al film de la esencia del tebeo creado por Lee y Ditko en 1962. A mí esta cuestión me parece irrelevante ante una película tan aburrida, falta de carisma y definitivamente olvidable.

Si este desastre cinematográfico resulta ser el principio de una trilogía, conmigo que no cuenten para las secuelas.

(Y sí, hay escena post-créditos...)

(…pero es una mierda.)

jueves, julio 05, 2012

Relecturas estivales I: "Verano indio"

Dadas una serie de circunstancias1, 2 y 3, he decidido aprovechar la estación estival para reducir el consumo ociopático al mínimo y dedicarme a recuperar viejas lecturas que llevaban una buena temporada cogiendo polvo en las estanterías de mi hogar galaico. Tebeos que hacía mucho tiempo que no hojeaba o que, directamente, nunca había vuelto a leer, y que por unas u otras razones bien merecían una reseña en este blog. Y qué mejor manera de empezar estas relecturas estacionales que con un título tan apropiado como “Verano indio”, de Hugo Pratt y Milo Manara.


Publicada originalmente en 1986, la primera colaboración entre el veneciano y el veronés (habría una segunda, “El Gaucho”, en 1991) supone una libre adaptación de (o al menos un drama claramente inspirado en) la novela “La letra escarlata” de Nathaniel Hawthorne. La historia de “Verano indio” transcurre en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, donde la tribu abenaki y los colonos europeos mantienen una frágil tregua que derivará en guerra abierta cuando Abner Lewis, hijo de una mujer desterrada del asentamiento de New Canaan, interfiera en la violación de la joven sobrina del Reverendo Black por parte de dos nativos.


“Verano indio” es una obra que refleja de un modo casi bipolar las personalidades artísticas de sus dos autores. Mientras Pratt manifiesta una vez más su predilección por la aventura histórica con tintes melodramáticos, Manara reviste el relato con la poderosa carga erótica que es santo y seña de toda su obra. Esta dualidad tan acentuada proviene posiblemente de la libertad creativa que el creador de Corto Maltés concedió al alter ego de Giusseppe Bergman a la hora de abordar gráficamente el relato: Manara debía ceñirse a los diálogos escritos por Pratt pero podía interpretar cada escena a su antojo, desarrollándola visualmente como le apeteciese. Sólo así se entienden los caprichos lúbricos que el dibujante se permite frecuentemente a lo largo del tebeo y que no aportan demasiado a la historia, más allá de permitirnos disfrutar con el siempre espectacular dominio que Manara posee de las formas femeninas y con su habitual catálogo de gestos provocativos.


Habrá quién piense que este ingrediente lascivo es uno más de los muchos atractivos que posee “Verano indio”, y que pedirle a Manara que rebaje su habitual dosis de satirismo sería precisamente privarle de una de sus principales señas de identidad, pero a mí esa omnipresente sexualidad me parece injustificada e incluso ha acabado por sacarme del relato en alguna ocasión. Tal vez yo sea un lector tan puritano como aquellos habitantes de Nueva Inglaterra que marcaban a fuego los rostros de las mujeres adúlteras, chi lo sa.


Pese a ello, también soy de la opinión de que “Verano indio” no sería el magnífico tebeo que es si estuviese dibujado por cualquier otro artista. El trabajo desarrollado por Manara en este centenar y medio de páginas es de una belleza plástica abrumadora, y su nivel de detallismo en los fondos, vestimentas y fisonomías resulta loable desde todo punto de vista. Contrastando con su componente erótico, existen también en “Verano indio” innumerables viñetas que transmiten una honda impresión poética e incluso épica. Sus primeras 13 páginas, un prodigio de decompressive storytelling sin apenas diálogos (veinte años antes de que los guionistas de Marvel nos vendieran el concepto como novedoso), suponen, en mi nada modesta pero siempre discutible opinión, una cima narrativa del medio y uno de los arranques más fascinantes que recuerdo haber leído en un tebeo.


De este modo, la relectura de “Verano indio” ratifica la sensación que me había formado hace años de estar ante una obra tan ciclotímica como imprescindible, capaz de desdibujar la frontera entre sus virtudes y sus defectos según la percepción personal de cada lector.





1: que acabo de regresar a la casa donde me crié, sancta sanctorum de mi vida tebeística, para pasar una larga temporada,
2: que últimamente hay pocas novedades editoriales que me seduzcan y, sobre todo,
3: que estoy sin un duro y con pocas probabilidades de mejorar mi condición económica de la noche a la mañana.

lunes, julio 02, 2012

Doble y nada

No me gustan los álbumes dobles de estudio. Como concepto, digo. Está claro que hay algunos estupendos, no creo que nadie se atreva a poner eso en duda. Pero, por norma general, los dobles álbumes me parecen un conjunto desmesurado de canciones que habría funcionado infinitamente mejor si se le hubiese aplicado un criterio de selección más riguroso. Si echamos un vistazo a los grupos de pop-rock en habla hispana que han publicado un álbum doble en los últimos tiempos, la moraleja se presenta con esclarecedora rotundidad: títulos como “Gato negro, dragón rojo”, “El viaje a ninguna parte” o el tan celebrado “Honestidad brutal” habrían resultado redondos si se hubiesen recortado unos cuantos/bastantes minutos de su extensión total. Para eso existen las caras B y los discos de rarezas, maldita sea.

Los últimos en subirse al carro del álbum doble han sido Love of Lesbian. Por las razones de siempre, claro: están en la cresta de la ola y han llegado a la conclusión, al más puro estilo Piero Manzoni, de que todo lo que salga de sus gargantas, instrumentos y sintetizadores debe ser arte. Porque sí, porque ellos lo valen. Y, sobre todo, porque tienen un montón de fans que correrán como locos a comprar lo que sea que publiquen a continuación de su exitosísimo “1999 (o cómo generar incendios de nieve con una lupa enfocando a la luna)”. Tanta es su popularidad actual.


“Las noches eternas”, primera mitad de este nuevo lanzamiento de los catalanes, es directamente un rollo. Se salvan dos o tres canciones porque tienen ese punto desenfadado que le recuerda a uno los buenos tiempos de “Cuentos chinos para niños del Japón”, el disco con el que un servidor se enamoró lesbianamente de Santi Balmés y cía. El resto no son más que aburridas peroratas pretendidamente profundas, plagadas de ripios grandilocuentes y sensibleras notas surgidas de un omnipresente teclado. Todo ello impregnado de una inquietante atmósfera íntima y personal que huele a material descartado de su largo anterior. No falta, por supuesto, el clásico interludio de minuto y medio (¿instrumental? ¡mejor! con el audio de una película de fondo) para que todo parezca tope conceptual e introspectivo.

“Oniria e insomnia” cierra el primer acto elevando considerablemente el nivel de calidad esgrimido anteriormente, pero no es hasta el arranque del segundo disco (“Los días no vividos”) que un servidor consigue reconocer las virtudes que hicieron de Love of Lesbian uno de los grupos revelación del pop español en la pasada década. “Nadie por las calles” es, para el abajo firmante, la última gran canción de los lesbianos hasta la fecha: metales, campanillas y algunos crescendos realmente logrados le confieren esa energía y vitalidad que tanto se echaba en falta en las once composiciones del primer disco.


“Los días no vividos” es bastante más entretenido y escuchable que su soporífero antecesor, pero tampoco llega a ser redondo. Son sólo 8 cortes (entre los que se incluye otro interludio innecesario), algunos tan certeros como “Wio (antenas y pijamas)”, donde por fin la banda se reencuentra con un sentimentalismo que no indigesta, y otros tan olvidables como el titular, en el que la épica pop alla Arcade Fire descarrila al ceñirse al paso marcado por una melodía inane. La dupla final formada por las discotequeras “Radio Himalaya” y “Los toros en la Wii (fantástico)” recupera el buenrollismo pegadizo que en otros trabajos corría de la mano de “Algunas plantas” o “Me amo”, y el doble álbum concluye con uno de sus momentos más inspirados: esos coros finales que entonan un “fantástico parapá-paraparara” que le deja a uno la sonrisa pintada en la cara. Pero la cruda realidad se impone al pulsar de nuevo el play y descubrir que “Las noches eternas. Los días no vividos” es un trabajo tan excesivo y repleto de paja como la gran mayoría de dobles álbumes publicados a lo largo de las últimas décadas: un fracaso parido desde la soberbia que nace de un éxito tan arrollador como -ay- traicionero. Lo que podría haber funcionado bastante bien como un álbum único se cae a pedazos al duplicar sus errores y dividir entre dos sus aciertos.

Es la historia de siempre. Se nos rompió el amor lesbiano de tanto usarlo.

domingo, julio 01, 2012

"This is a man's world..."

"...but it wouldn't be nothing without a woman or a girl”


Cartelería fina.

Por regla general, la quinta temporada de una serie de televisión dramática no suele ser la mejor. Si observamos la evolución de algunas de las cabeceras históricas del medio, solamente llegar hasta una quinta temporada manteniendo unos ciertos estándares de calidad resulta en sí mismo un auténtico logro. La mayoría de las series de éxito se tuercen después de su segunda o tercera remesa de episodios al demostrarse agotado el punto de partida en el que se sustentan. O bien se vuelven repetitivas (como “House” o “Dexter”, imposibles de tomar en serio más allá de sus tres o cuatro entregas iniciales) o bien degeneran en argumentos culebronescos que sólo buscan enganchar al espectador con cliffhangers imposibles para que vuelva a sintonizar su canal la próxima semana (como ocurría en las devaluadas “Lost” o “Prison Break” y también, otra vez, en “Dexter”). Algunas de las mejores teleseries de la historia (“A dos metros bajo tierra”, “The Wire”) decidieron dar el carpetazo a personajes y tramas en su quinta temporada sabiendo que estirar más el chicle supondría echar por tierra un prestigio bien ganado. Fue una sabia decisión de la que la superlativa “Breaking Bad” parece haber tomado buena nota, pues su inminente quinta temporada ha sido anunciada como la última. Sé que me faltan aún muchas series dramáticas importantes por descubrir (“El ala oeste de la casa blanca”, “The Shield”, “Battlestar Galactica”) pero, de todas las que he visto hasta ahora, la única que ha conseguido mantenerse con buena salud más allá de su quinta temporada ha sido “Los Soprano”. Y, curiosamente, esa quinta temporada (de las seis y pico que duró la producción de la HBO) se revela, aún con todos sus méritos, una de las menos brillantes... lo cual, tratándose de "Los Soprano", significa tanto como decir que sería la mejor temporada del 90% del resto de series emitidas en los últimos 15 años.

Por eso me sorprende tanto que, tras todo lo bueno que un servidor escribió en su momento sobre “Mad Men”, su reciente quinta entrega me haya parecido la mejor hasta la fecha.

El reparto principal de "Mad Men". Clase.

La serie protagonizada por un grupo de publicistas que viven en la Nueva York de los años 60 se ha convertido por méritos propios en un referente cultural. Su cuidada estética retro es motivo de portadas y reportajes en las revistas de moda y decoración. Su canon de belleza física (el semental de mandíbula cuadrada y pelo en pecho que personifica Don Draper, la mujer de curvas generosas representada por la über-pelirroja Joan Holloway) desmiente la actual predilección por los andróginos hombres-niño y las tops rectilíneas y enjutas de las pasarelas. En el momento de mayor condena hacia el tabaco y el alcohol, “Mad Men” consigue que el consumo de las (llamadas) drogas blandas luzca más glamuroso que nunca en pantalla; tanto, que más de un entusiasta prohibicionista del nuevo milenio se habrá preguntado cuán atractiva luciría su sonrisa con un Lucky Strike encaramado a su labio inferior.

El hombre-hombre.

Pero ese gusto por el detalle visible no es más que el envoltorio de una serie que sigue fresca, cinco temporadas después, gracias a sus sólidos valores narrativos. Más allá del innegable buen gusto estético, tres son los pilares que en mi nada modesta pero siempre discutible opinión hacen de “Mad Men” una de las mejores (si no la mejor) ficciones televisivas del momento: la evolución de personajes, la impredictibilidad y la sutileza.

Momento para el recuerdo de esta quinta temporada: "Zou bisou bisou"

Como narración de largo recorrido, “Mad Men” es una propuesta que necesita de cierta indulgencia inicial por parte del espectador. Ajena a continuarás atropellados y grandes giros argumentales, la creación del showrunner Matthew Weiner (curtido a los guiones en la mentada “Los Soprano”; dato nada casual) describe metódicamente a sus protagonistas en el día a día de unas vidas perfectamente veraces y creíbles. Lo hace, además, dibujando sus perfiles psicológicos no tanto a través de lo que dicen y hacen como mediante lo que callan. En “Mad Men” la inacción, la palabra tragada antes de tomar forma, la lágrima que no acaba de rebasar el párpado, dicen tanto o más de Peggy Olsen o Pete Cambpell que sus éxitos y fracasos profesionales o las conversaciones que mantienen a lo largo del día con sus respectivas familias y compañeros de trabajo. “Mad Men” es, en esencia, una serie sobre profesionales de la comunicación incapacitados para comunicarse como personas.

Pete Campbell, en el centro: es difícil saber si lo odias o sólo te parece patético.

Hay quien se queja de que “Mad Men” es esa serie en la que “nunca pasa nada”, desdeñando los complejos procesos psicológicos que mantienen a sus protagonistas en continua evolución. También hay quien la acusa de ser moralmente deleznable: sexista, racista y homófoba. Estos son, claro, quienes confunden la ideología de los personajes con la filosofía de la cabecera. Aquellos espectadores que hayan estado atentos a la progresión de caracteres como Joan, Peggy o el propio Draper habrán comprobado fehacientemente que los guionistas de “Mad Men” tienen un plan a largo plazo que acabará poniendo, a su debido momento, los puntos en cada i y las cruces en cada t. Un plan del que el espectador jamás consigue adivinar el próximo movimiento porque, como sucede con nuestras propias vidas, la lógica argumental de “Mad Men” no parece trazada siguiendo un modelo narativo previsible y convencional: los acontecimientos se suceden por el azar y la consecuencia, pero nunca por el capricho de un escritor decidido a llevar a los personajes a un lugar concreto sin importarle cuánto deba resentirse la veracidad del relato.

Don y Joan: química y complicidad.

Y así, de un modo apenas perceptible, cada escena, cada plano de “Mad Men” esconde un mensaje sutil, una metáfora visual o dramática que conforma una pieza más en el puzzle psicoanalítico de un momento histórico (los años 60) y de una sociedad (la occidental) que empezaban por aquel entonces a asentar las bases de lo que ahora son: un mundo de hombres... gobernado por mujeres.

miércoles, junio 20, 2012

Entre el subamor y el superodio

Uno ha de aprender a vivir con sus propias contradicciones. Supongo.

A veces se da el caso de que una obra (sea una película, un tebeo, una novela o un disco) genera en el abajo firmante toda suerte de sentimientos encontrados e, incluso, aparentemente irreconciliables. También me pasa con algunas personas pero, como diría Michael Ende, "ésa es otra historia que deberá ser contada en otro momento". El último esfuerzo discográfico del grupo jienense Supersubmarina (¿no es su propio nombre, con esos prefijos antitéticos, un oxímoron en toda regla?) trae de nuevo aparejada esta sensación de incongruencia que ya me habían despertado su primer álbum, “Electroviral”, y el posterior EP “Realimentación”.

Supersubmarina es, de entrada, un grupo que no debería gustarme. Porque suenan a refrito (Lori Meyers + Vetusta Morla + un-no-sé-qué-de-radiofórmula-que-me-recuerda-a-El-Canto-del-Loco), porque sus letras son bochornosas, porque sus melodías son de una sencillez alarmante y porque cuando quieren “ponerse sociales” (lo intentaban en “Electroviral” con “XXI” y lo vuelven a intentar ahora, con cierto tufo coyuntural, con “El baile de los muertos”) me parece estar escuchando a esos niños que salen en la tele explicando cosas que no terminan de comprender para que los adultos puedan reírse a gusto de su inocencia.


Y, aún así, no puedo negar que la escucha de “Santacruz” me produce una clase de vergonzante satisfacción musical que me lleva a preguntarme seriamente cuáles son los méritos reales de Supersubmarina. El más obvio es su capacidad adictiva: la mitad de las canciones incluidas en este segundo álbum es tan pegajosa como un chicle en la suela del zapato; como una esquirla de palomita de maíz adherida al velo del paladar. La propuesta de los andaluces es apreciable en las distancias cortas: temas breves y enérgicos con estribillos que se asimilan a la primera escucha; un buen puñado de singles potenciales que darían para un nuevo EP tan convincente como el previo “Realimentación” (que funcionaba, precisamente, por su contundente brevedad).

Las iniciales “Canción de guerra”, “Santacruz”, “Hermética” y “En mis venas” forman un cuarteto que se disfruta alegremente del tirón, pese a sus evidentes carencias líricas (en “Hermética” les faltaron “diabética”, “osmótica” y “helvética” para llevarse la muñeca chochona). Estas cuatro primeras, ya digo, me gustan bastante. Luego la cosa comienza a torcerse con “Tu saeta”, que baja las revoluciones permitiendo al oyente rascarse el paladar para quitarse el cuerpo extraño que nota al tragar, y en esas dudas el hechizo se rompe y uno se da cuenta de que quizás ya va siendo hora de cambiar de banda sonora y ponerse algo realmente alimenticio. Poco ayuda que la inmediatamente posterior “Para dormir cuando no estés” suene tan descaradamente a Vetusta Morla que uno se pregunte si no se habrá descargado comprado el disco del grupo equivocado.


Pasada la vergüenza ajena de la mentada “El baile de los muertos” (el epítome de la canción protesta del nuevo siglo: ¡qué malos son los mercados y las hipotecas!) llega “De las dudas infinitas”, una de esas baladas pastelosas que me daría repelús si no fuese porque, inesperadamente, consigue ponerme más tierno que el pan Bimbo sin corteza. Lo sé, yo tampoco me lo explico. Con “Cometas” me pasa como con esa muchacha de aspecto interesante que de pronto se echa un eructo poniendo cara de gorila y pierde de golpe todo su sex-appeal. En este caso, una imaginativa conjugación del verbo “converger” me saca de la canción desde su segunda estrofa y luego ya no puedo tomármela en serio por más que el contagioso estribillo se esfuerce por traerme de vuelta al redil.

Contra todo pronóstico, el último tercio del disco aún guarda dos sorpresas positivas. Mientras “Hogueras” ejerce de estimulante cierre con aires funkies (y unos lalalás finales que pueden dar mucho de sí en el directo), “Tecnicolor” se revela desde la primera escucha como el auténtico hit del LP. Da igual que la letra sea otra parida marca de la casa (con un extraviado “joder” que no suena ni la mitad de macarra de lo que probablemente pretendían los supersubmarinos): el estribillo es tan rematadamente bailongo y buenrollista que a uno casi se le olvidan los acantilados musicales que ha tenido que escalar para llegar hasta estas alturas de “Santacruz”.

Se repiten punto por punto, entonces, las sensaciones generadas hace un par de años por “Electroviral”: las canciones de Supersubmarina que no me ruborizan me hacen estúpidamente feliz. Y lo cierto es que a día de hoy sigo sin decidirme entre ubicarlos en la parcela del subamor o desterrarlos al ámbito del superodio. Pedazo de guilty pleasure, en todo caso.

domingo, junio 17, 2012

El reino de Anderson

Por regla general, los realizadores de cine con un estilo narrativo y estético especialmente característico suelen generar las más polarizadas reacciones entre los espectadores. Tipos como Tim Burton, Quentin Tarantino o Jean-Pierre Jeunet, tan fieles a su propio libro de estilo que en numerosas ocasiones uno no puede evitar preguntarse cuánto hay de personalidad y cuánto de autoplagio en su obra, mueven al encarnizamiento más visceral en el ámbito del debate entre aficionados al cine. Dentro de este grupo de directores, uno de los más esquivos para el gran público es Wes Anderson, claramente reducido (en términos comerciales) a la consideración de autor de culto, además de ser uno de los que suscita los rechazos y adhesiones más pronunciados. Pareciera que, haga Anderson lo que haga, sus defensores encontrarán razones más que suficientes para encumbrarlo y sus detractores sentirán que el responsable de títulos como “Viaje a Darjeeling” o “Fantástico Mr. Fox” ha vuelto a tomarles el pelo.


El estreno hace unos días de su último largometraje (recientemente proyectado en el Festival de Cannes) ofrece una ocasión perfecta para que los seguidores de Anderson nos rindamos a sus nuevas ocurrencias, sus críticos se desgañiten arremetiendo contra su condición de icono gafapasta y, sobre todo, los desconocedores de su filmografía puedan descubrir al realizador de Houston (Texas) a través de uno de los trabajos que mejor representan su imaginario personal.


“Moonrise Kingdom” viaja hasta 1965 para retratar el amour fou entre Sam (encarnado por el debutante Jared Gilman), un boy-scout huérfano e incomprendido, y Suzie (una también primeriza Kara Hayward), ávida devoradora de literatura fantástica que se siente aprisionada en una familia de afectos desnaturalizados. La pareja planeará una fuga hacia lo salvaje que revolucionará el pequeño pueblo costero donde se cruzan las infelices vidas del jefe de exploradores Ward (Edward Norton), el policía depresivo Sharp (Bruce Willis) o la pareja de abogados (y padres de Suzie) formada por Walt y Laura Bishop (Bill Murray y Frances McDormand, respectivamente). Completan el espectacular reparto de la cinta los nombres de Harvey Keitel, Tilda Swinton y Jason Schwartzman.


Bastan apenas 30 segundos de “Moonrise Kingdom” para identificar inequívocamente la mano de su responsable tras las cámaras: la característica paleta cromática, el ecléctico uso de la música (que, además de las composiciones originales de Alexandre Desplat, en esta ocasión abarca diversas piezas de Benjamin Britten, Hank Williams y Françoise Hardy), el zoom vintage y los siempre reconocibles travelings laterales despejan cualquier duda posible. También encontramos en la película su personalísimo humor, más simpático que descacharrante, y esa melancolía implícita en la visión que el director tiene de las relaciones humanas (con la familia desestructurada como constante telón de fondo).


Las mejores escenas de “Moonrise Kingdom” provienen del sentido de descontextualización omnipresente en el libreto firmado por Anderson y su colaborador habitual Roman Coppola (hijo de Francis Ford y primo de Jason Schwartzman). Mientras los niños protagonistas reflexionan y se comportan como adultos de lógica intachable, los supuestos adultos riñen como chiquillos incapaces de tomar conciencia de sus auténticas emociones. Los boy-scouts son presentados como un cuerpo militar regido por una disciplina espartana, permitiendo diálogos y situaciones que homenajean en tono y forma a los clásicos bélicos y al cine de evasiones. Pese al marcado tono fabulístico de la cinta, la corrección política brilla por su ausencia: Sam es un niño de doce años que fuma en pipa y tiene conversaciones sobre mujeres mientras bebe cerveza; Suzie experimenta sin rubor las vicisitudes del despertar sexual y protagoniza estallidos de violencia que terminan en sanguinario acuchillamiento. Pese a la imagen cándida de su cartel y a estar protagonizada por críos, “Moonrise Kingdom” no es una película para niños, sino una película para aquellos adultos capaces aún de recordar con nostalgia la ingenuidad con que los niños viven el sentimiento del primer amor. Lo cual no significa que “Moonrise Kingdom” no sea una cinta cándida a pesar de todo. Lo es, y mucho.


Detrás de su kitsch extravagancia audiovisual, del patetismo de sus personajes de mediana edad y de sus surrealistas situaciones tragicómicas, Wes Anderson se descubre una vez más como un romántico disfrazado de cínico, y también como uno de los directores más personales e inconfundibles del panorama cinematográfico actual. “Moonrise Kingdom” es la última muestra de su gran talento, aunque también una de esas películas que uno no se siente capacitado para recomendar a todo el mundo. A mí el realizador de Texas ha vuelto a conquistarme pero, tal y como decía en el primer párrafo, “hipsters gonna hip” y “haters gonna hate”. Advertidos quedáis.