viernes, agosto 08, 2008

Viñetas desde o Atlántico 2008

Por primera vez en once años no voy a poder asistir al salón del comic "Viñetas desde o Atlántico", uno de los más destacados de la geografía española y posiblemente el más agradable de visitar (en tanto que presta más atención al comic como medio artístico que como actividad mercantil). El nivel de los autores invitados a esta edición es tan alto como en las ocasiones precedentes. Los afortunados que acudan al festival (que se celebrará en la ciudad de A Coruña entre los días 11 y 17 de agosto) tendrán la oportunidad de conocer a personalidades tan destacadas del noveno arte como Paco Roca, Howard Cuse, Oliver K, Daniel Acuña, David Aja, Catel Muller, José-Louis Bocquet o el gran Solano López (co-creador junto a Oesterheld del clásico del comic argentino "El Eternauta"), entre otros.

Además, aprovecho para recomendar a todo el mundo que no deje de visitar la exposición sobre la revista "Retranca".

El cartel de este año es obra de Jean-Louis Tripp, co-dibujante junto a Loisel de la serie "Magasin général" e invitado del año anterior.

Para más información sobre las charlas, exposiciones y demás, no dudéis en visitar el blog oficial de "Viñetas desde o Atlántico".

jueves, agosto 07, 2008

Vampiros en la HBO

Se ha estrenado en USA el episodio piloto de "True blood", la nueva serie de Alan Ball que comenzará a emitir de forma regular a partir del 7 de septiembre la cadena HBO. La historia trata sobre la convivencia entre humanos y vampiros, una vez éstos se han revelado al mundo como reales.

Con estos datos en mente, servidor tenía grandes esperanzas puestas en la serie (no conviene olvidar que Ball es el creador de esta maravilla, que las producciones de la HBO poseen una media de calidad prácticamente insuperable y que el vampirismo es un tema que, bien tratado, puede dar mucho de sí).

Pero las primeras reacciones no auguran nada bueno, lo cual resulta verdaderamente decepcionante. Aquí tenéis las impresiones de Hernán Casciari en Espoiler (el mejor blog sobre televisión en lengua castellana), y aquí una reseña para la edición digital de "El mundo".

Está claro que la veré tan pronto como algún alma caritativa le acople unos subtítulos en castellano, pero realmente no me esperaba unas primeras críticas tan nefastas...


Como diría Rick: "siempre nos quedará The wire".

miércoles, agosto 06, 2008

El señor de la noche contraataca

Pido perdón por la confusión que pueda generar el título de esta entrada. Existe un tebeo de Frank Miller y Lynn Varley que se titula (al menos en una de sus ediciones españolas) “DK2: El señor de la noche contraataca”, y que es una abominable secuela de uno de los mejores comics de super-héroes de todos los tiempos, “El regreso del señor de la noche”. Pero esta entrada no hará más alusión que la previa a ese tebeo. Lo que sucede es que ayer tuve la oportunidad de ver al fin “The dark knight”, la esperadísima secuela de “Batman begins”, y cuando salí del cine el primer pensamiento que cruzó mi mente fue: “El imperio contraataca”.

Al igual que ocurrió en la saga original de “Star Wars” (cuando “Star Wars” era CINE, con mayúsculas, y no “Sensación de vivir” con sables láser), esta segunda entrega de la trilogía de Batman es más oscura, más intensa y saca mejor partido de los personajes, elevándolos a un nuevo nivel dramático.



“Batman begins” supuso, hace tres años, una alegría para todos aquellos que alguna vez hemos disfrutado de un tebeo del hombre murciélago. Después de dos películas notables a cargo del esperpéntico Tim Burton, la saga había caído en manos del vergonzante Joel Schumacher, que con “Batman Forever” y “Batman y Robin” consiguió hundir la imagen que el gran público (precisamente aquel que no conoce los comics) tenía del protector de Gotham. La Warner (productora de las películas y propietaria de DC Comics, editorial que posee los derechos del personaje) se vio entonces en la obligación de hacer borrón y cuenta nueva si quería seguir exprimiendo la (otrora) gallina de los huevos de oro. Christopher Nolan fue el director elegido para un nuevo proyecto que actualizaría el concepto y narraría de nuevo (mejor dicho, por primera vez en la gran pantalla) la génesis del personaje sin tener en cuenta las cuatro películas precedentes.

Si bien “Batman begins” no era un film sobresaliente, contenía la esencia pura de lo que una película protagonizada por Batman debía ser. El casting fue acertadísimo: Christian Bale resultó tanto el Bruce Wayne como el Batman definitivos; Gary Oldman parecía no interpretar a Jim Gordon, sino sencillamente ser Jim Gordon; Michael Caine, Morgan Freeman, Tom Wilkinson y Liam Neeson conformaban un excelente plantel de secundarios (los cuatro son grandísimos intérpretes que ya nada tienen que demostrar) y Cillian Murphy conseguía dar vida a un convincente Espantapájaros. Tan sólo Katie Holmes parecía fuera de lugar entre un reparto que, a todas luces, le venía grande. El guión, en comparación con los de las anteriores películas de la franquicia, resultaba maduro y convincente, manteniendo la pureza del concepto original y recreando algunos de sus factores clave (los gadgets, el entrenamiento, la bat-señal) sin que resultaran ridículos ni pareciesen estar fuera del tono realista del film. Sus grandes “peros” eran una obvia descompensación del ritmo y la escasa experiencia de Nolan como director de escenas de acción, que en la mayoría de los casos se saldaron con un montaje confuso que impedía apreciar lo que realmente estaba ocurriendo en pantalla. Con todo, los fans del hombre murciélago tenían buenos motivos para estar contentos; más aún gracias a aquel final que vaticinaba una inminente secuela en la que el villano no sería otro que el Joker (posiblemente el mejor villano de entre todas las galerías de villanos de todos los super-héroes que existen).

Empleando “Batman begins” como firme base sobre la que seguir reconstruyendo la leyenda cinematográfica del hombre murciélago, la gran duda era si Nolan y compañía conseguirían lo que a muchos les parecía imposible: hacernos olvidar aquel memorable Joker de Jack Nicholson (en el primer “Batman” de Burton) y conseguir mantener (o incluso elevar) el nivel de calidad.

Vista “The dark knight”, puedo afirmar sin ningún género de dudas que ambos propósitos han sido holgadamente cumplidos. Magna cum laude, diría yo.


Posiblemente el primer aspecto que salga a colación en cualquier conversación venidera sobre “The dark knight” sea el trabajo que llevó a cabo en la película el actor Heath Ledger, desgraciadamente fallecido antes del estreno. Obviamente, para una gran mayoría el interés en su interpretación estará inequívocamente ligado al morbo puro y duro, pero lo cierto es que su Joker es sencillamente impresionante. Kilométricamente alejado de la imagen pop (y rematadamente kitsch) con que Nicholson dotó al príncipe del crimen en 1989, Ledger se hunde profundamente en la psicosis del personaje, dando vida a un auténtico monstruo que no resulta simpático en casi ningún momento (reconozco haberme reído con su “truco de magia”), sino directamente grotesco y terrorífico. El Joker de “The dark knight” es el gatillo con que el caos se dispara en las calles de Gotham; un agitador de la parte más irracional, primitiva y anárquica del ser humano. Su finalidad no es el poder, el dinero o la gloria. Busca la degeneración de una moral que, según él, no es más que fachada. Es un corruptor de las mentes bienpensantes que utiliza la televisión como púlpito y el C-4 como comunión (lo cual enlaza con una de las ideas más importantes que subyacen bajo todo el argumento de la cinta: el pánico a los atentados en las grandes metrópolis americanas y la guerra contra el terror). Es obvio que el referente empleado por Christopher Nolan, David S. Goyer y Jonathan Nolan a la hora de escribir las intervenciones del Joker en el guión de “The dark knight” fue la interpretación que Alan Moore hizo del personaje en “La broma asesina” (magnífico tebeo ilustrado por el también magnífico Brian Bolland).

Pero por mucho que Ledger vaya a llevarse póstumamente todos los aplausos, no sería justo dejar que su labor ensombreciera la de aquellos actores que ya estaban en “Batman begins” y que consiguen mejorar lo ya visto en ésta, dando una imagen más rica y compleja de sus respectivos personajes. Christian Bale vuelve a brillar de nuevo como Bruce Wayne (adoro las escenas en que se presenta como un millonario frívolo con un toque excéntrico) y a hacer “esa cosa tan guay” con la voz cuando se enfunda el traje de murciélago. Gary Oldman está, de nuevo, sublime como Jim Gordon. Michael Caine tiene menos minutos que en la película precedente, lo cual no quita que siga siendo el mejor Alfred que pudiera imaginarse, y Morgan Freeman simplemente se deja llevar por un personaje al que dota de gran peso con sólo un par de intervenciones en pantalla.

A ellos hay que sumar las intensas interpretaciones de los recién llegados Aaron Eckhart, soberbio Harvey Dent (sobre todo mientras “solo” es Harvey Dent) y Maggie Gyllenhaal, que sustituye a Katie Holmes en el rol de Rachel Dawes superándola con creces, componiendo un personaje más creíble y empático, pese a resultarme tan poco atractiva físicamente como la señora de Tom Cruise.

Los grandes aciertos de “Batman begins” siguen presentes en “The dark knight”. Algunos, como la excelente banda sonora de James Newton Howard y Hans Zimmer, apenas han necesitado retoques (salvo un par de temas, como el correspondiente al personaje del Joker). Funcionaba perfectamente en la primera entrega y vuelve a hacerlo del mismo modo en ésta, potenciando el sentimiento épico y oscureciendo el componente dramático de la historia.


La dirección ha mejorado mucho. Nolan se muestra más confiado en las escenas de acción (curiosamente hay menos que en “Batman begins”, pero mucho más satisfactorias) y demuestra que lo suyo no son los super-héroes, sino el thriller y el suspense. “The dark knight” no tiene el tratamiento de un blockbuster de acción, sino el de un gran drama policíaco-criminal al estilo del “Heat” de Michael Mann. El uso de los efectos especiales por ordenador es muy contenido, lo cual ayuda a otorgarle una sensación de veracidad muy valiosa de cara al resultado final, y pese a que hay grandes tiroteos y descomunales escenas de destrucción urbana, Nolan nunca parece perder la perspectiva de que su cine se apoya en los personajes y su drama, no en meros fuegos de artificio.

En oposición a “Batman begins”, el ritmo de “The dark knight” es intensísimo, sin bajones a lo largo de sus dos horas y media de metraje. De hecho, podría decirse que es incluso demasiado intenso. Desde esos cinco magistrales primeros minutos de arranque hasta el épico fin de fiesta, la película es una auténtica montaña rusa, un frenético devenir de acontecimientos que no permite ni un segundo para ir al baño a mear esa coca-cola que has comprado a la entrada del cine. Apenas puede uno respirar (y ya digo que no es porque haya mucha acción, sino porque hay mucha narración). En “The dark knight” pasan muchas cosas. Muchísimas. Y todas ellas bastante impredecibles, la verdad (al menos tanto como permite el hecho de adaptar situaciones que aquellos que conozcan el comic ya saben que tienen que verse inevitablemente reflejadas en la película).

Después de todo lo dicho hasta ahora, el lector supondrá que nos encontramos ante un film de diez, si bien eso no es en absoluto cierto. “The dark knight” es una película magnífica, vibrante y totalmente absorbente, pero no es una cinta perfecta. La transformación psicológica del personaje de Harvey Dent resulta algo forzada (lo exige el argumento, es verdad; pero algo chirría en esa conversación que mantiene con el Joker antes de la traca final) y, aunque el guión es estupendo, sigue persistiendo cierta ausencia de sutileza en los diálogos que ya resultaba reprochable en “Batman begins”. Todo se dice de forma demasiado explícita, quizás porque nos hallamos, no conviene olvidarlo, ante una película con clara vocación comercial. Y al gran público hay que darle las cosas bien masticaditas, no sea que tenga que pensar demasiado.


Pero, ¡qué demonios! Se trata de la mejor adaptación al cine de un comic de super-héroes (superando, esta vez sí, al “Superman” de Richard Donner) y posiblemente de la segunda o tercera mejor adaptación de un tebeo (sin restricción de géneros) a la gran pantalla.

Así que, merecidamente, “The dark knight” ya forma parte de la historia del CINE.





DOS APUNTES:

1) Tengo que verla una segunda vez cuando regrese a España. La vi en V.O. en un cine de Bruselas, donde ponen al mismo tiempo los subtítulos en francés y flamenco en pantalla (algo un poco lioso, la verdad), por lo que la experiencia no fue todo lo redonda que podría haber sido si los subtítulos hubiesen estado en castellano o inglés. De todos modos, estoy convencido de que mi opinión sobre la película no empeorará cuando vuelva a verla. Lo más probable es que incluso mejore…


2) Le tenía un poco de “cosa” a esa bat-moto que salía en los trailers y en alguna imagen promocional. Es el tipo de cosas que suelen usarse para vender muñequitos articulados y explotar las posibilidades mercantiles de esta clase de producciones, pero que no funcionan muy bien dentro de la lógica interna de la película. Contra todo pronóstico, no solo me ha gustado mucho la forma en que es utilizada, sino que además tiene todo el sentido del mundo (dentro del repertorio de gadgets de Batman, claro).

lunes, agosto 04, 2008

Si una noche de verano un blogger...

El metalenguaje es, quizás, uno de los fenómenos de la creación artística que más me fascina. Existe, según mi punto de vista, algo particularmente mágico en el hecho de que una entidad creada, una ficción, se interrogue A sí misma SOBRE sí misma EN sí misma.

Existen cientos de ejemplos de este fenómeno.

Algunos son simplemente anecdóticos: el plano en que Tyler Durden señala el círculo negro en la esquina del fotograma que indica el cambio de rollo fílmico en “El club de la lucha” (David Fincher); las dos últimas páginas de la miniserie “Wanted” (Mark Millar/J.G.Jones) o el rebobinado de metraje de “Funny games” (Michael Haneke). Son anecdóticas, reitero, porque sus despuntes metalingüísticos no alteran sustancialmente el devenir de los acontecimientos narrados. Suponen simplemente un guiño, una mirada cómplice al lector/espectador, dando a entender que el propio producto es consciente de la naturaleza del medio al que se adscribe (el cine en “El club de la lucha” y “Funny games”; el tebeo en “Wanted”).

Luego hay otros casos mucho más radicales, aquellos en los que la consciencia de la propia obra como tal interfiere rotundamente en los acontecimientos que en ella se narran. Si tuviera que elegir tres ejemplos modélicos, uno de cada una de mis artes predilectas (y excluyo la música porque en ella el metalenguaje apenas se reserva pequeñas gracietas como el “Tribute” de Tenacious D), serían “Animal man” en comic, “Adaptation” en cine y, hasta ahora, “La historia interminable” en literatura.

“Animal man” es, en principio, un tebeo de super-héroes protagonizado por Buddy Baker, un tipo que, también en principio, recibió poderes animales a causa del contacto con un extraño meteorito caído en la Tierra. Digo y remarco la expresión “en principio” porque pese a que ésta es la génesis original del personaje (allá por el año 1965, de la mano de Dave Word y Carmine Infantino), fue el trabajo como guionista de Grant Morrison en la serie que el personaje protagonizó a partir del año 1988 el que estableció unos nuevos parámetros (y estándares de calidad) que se alejaban radicalmente de su concepción original, convirtiéndolo en un héroe de andar por casa que progresivamente se iba despreocupando de las peleas con supervillanos y las cruzadas ecologistas para interrogarse sobre su propia existencia como ser ficticio cuya vida era decidida por un escritor (el propio Morrison) que lo hacía sufrir con el fin de entretener a los lectores. En un momento dado, Buddy Baker miraba hacia el exterior de la viñeta que lo contenía preso en el papel y exclamaba (en clara alusión al lector): “¡te veo!”


El concepto resultó tan chocante y novedoso que aún a día de hoy se considera la etapa de Grant Morrison en “Animal Man” como uno de los comics de super-héroes más importantes de la historia y la obra cumbre del guionista escocés, quien desde entonces ha firmado infinidad de nuevos trabajos (muchos de ellos íntimamente ligados también al concepto del metalenguaje, como la inédita por estos lares “Flex Mentallo”), generalmente con un éxito de público bastante aceptable, pero que nunca han sobrepasado la leyenda que se fraguó en las narraciones protagonizadas por el hombre con poderes animales. Tampoco el personaje tuvo en lo sucesivo aventuras dignas de una efusiva recomendación, pese a una etapa medio decente a cargo de Jamie Delano y Steve Pugh a mediados de los 90 (y que nada tenía que ver con el asunto a tratar en esta entrada).

“Adaptation”, por su parte, es la segunda película surgida de la alucinante sinergia intelectual generada entre el director Spike Jonze y el guionista Charlie Kaufman, los cuales ya habían trabajado juntos en la sobresaliente “Cómo ser John Malkovich”.

“Adaptation” cuenta la historia de un guionista de cine, Charlie Kaufman (exacto, el nombre del guionista real de la película), al que se le encarga el trabajo de adaptar la novela “El ladrón de orquídeas”. Lo que en un principio parece un trabajo sencillo se torna, debido a las obsesiones, manías y traumas del escritor, en una odisea personal hacia la búsqueda del amor propio y la confianza en sí mismo. No ayuda, claro, la presencia del hermano gemelo de Charlie, Donald, a su vez aspirante a guionista y persona desenfadada y autoindulgente que saca de quicio al protagonista con su visión simplista pero más feliz de la vida. Uno de los clímax de la película (hay dos, uno de carácter intelectual y otro puramente emocional, al final) nos presenta a Charlie en pleno éxtasis de inspiración dictándole a su grabadora el argumento de una película protagonizada por él mismo en la que su agente le encarga la adaptación de la novela “El ladrón de orquídeas”, lo cual lo lleva a una crisis personal de la que saldrá precisamente en el momento en que decida dictarle a su grabadora el argumento de una película protagonizada por él mismo en la que su agente le encarga la adaptación de…

“Adaptation” no es sólo un excelente ejercicio de metalenguaje, sino también una película maravillosa y 100% recomendable para todos aquellos que quieran ver algo diferente, fresco y original. Y se trata además de la mejor interpretación (doble, para más inri) de Nicolas Cage en toda su carrera.

Kaufman, por cierto, estrena en breve su primera película como director (y por supuesto guionista), “Synecdoche New York”, interpretada por Phillip Seymour Hoffman (lo cual siempre es una buena noticia).


Finalmente, “La historia interminable” hubiera sido mi opción más segura a la hora de ejemplificar el fenómeno del metalenguaje en la literatura… si no fuera porque hace apenas unos días terminé de leer “Si una noche de invierno un viajero”, del escritor cubano (italiano de adopción) Italo Calvino. La leí por recomendación indirecta del Barón Rampante, quien escribió en su estupendo blog una reseña que supuso el empujón necesario para que servidor se desperezase, saliese a la calle y la comprase en la librería más cercana.

“Si una noche de invierno un viajero” es, en síntesis, la sublimación del metalenguaje. El libro se abre con la frase “Estás a punto de leer la nueva novela de Italo Calvino, “Si una noche de invierno un viajero””, una declaración de intenciones en toda regla, y a partir de ahí el escritor nos presenta la historia de un lector (el Lector), al que trata siempre en segunda persona, que acaba de comprar el libro de Calvino y que, tras leer el primer capítulo de la obra, descubre que lo que viene a continuación no es, como cabría esperar, el segundo episodio de la misma, sino el primer capítulo de una novela totalmente distinta, inconexa de la original.

“Si una noche de invierno un viajero” presenta la búsqueda por parte del Lector de una obra completa que poder leer de principio a fin. Búsqueda que le llevará, por un lado, a leer sucesivamente los primeros capítulos de diez novelas diferentes y, por el otro, a inmiscuirse en una extraña trama de traductores chiflados, escritores en crisis y hasta ufólogos en busca de libros inspirados por entidades alienígenas (no me lo invento, lo juro). Todo ello construido en torno al que a la postre será el gran tema central de la obra: el acto de leer.

Calvino disecciona la realidad misma de ponerse frente a un libro y zambullirse en él, tratando pormenorizadamente todas las implicaciones que el acto mismo de leer pudiera conllevar. Desde el hecho de compartir lo leído con una persona de gustos afines (o discordantes) hasta la desquiciada obsesión de un escritor por alcanzar la supresión total del ego para lograr el libro objetivamente perfecto, todo lo relacionado con la lectura (y la escritura como acto previo inherente a la misma) está contenido en “Si una noche de invierno un viajero”.

Además, claro está, de esos diez comienzos para diez novelas distintas que el Lector (y el lector) jamás llegará a concluir. Son diez capítulos iniciales escritos con diez estilos diferentes, pretendiendo la sensación de una autoría no compartida, y que van, según mi apreciación personal, desde lo anodino hasta lo fascinante. Algunos justificarían por sí solos la lectura de toda la obra que los circunscribe. Y es en estos, supongo que de forma nada casual, donde he podido vislumbrar la alargada sombra de mi admiradísimo Jorge Luis Borges.

Resulta difícil sopesar “Si una noche de invierno un viajero” en la misma balanza en que uno pondría habitualmente al resto de novelas. Se presenta, desde su concepción, como algo mucho mayor que una novela cualquiera. Es, hasta cierto punto, diez medias novelas más una, pero cómo decía aquella adivinanza: ¿cuántas moscas volando son diez medias moscas más una mosca y media? Su lectura es absorbente por momentos, pero en ocasiones el ritmo decae al saltar de una supuesta novela a otra, o a la novela real que las engloba a todas y que también posee, a su vez, capítulos memorables junto a otros algo aburridos. Persiste tras su lectura, eso sí, la sensación de haber asistido a algo único, a una obra que asume los riesgos de investigar más allá de los límites de la narrativa convencional, adentrándose conscientemente en el cenagoso terreno de la experimentación del que muy pocos autores consiguen salir con vida (literariamente hablando). Calvino puede presumir con orgullo de haber vuelto para contarlo; y de contarlo, además, sin la arrogancia del escritor pagado de sí mismo ni la insufrible densidad del que se cree hacedor de una gran novela perdurable, de ésas que bien podrían sustituir la dosis diaria de un adicto al diazepam.


Ah, una pista: las medias moscas no vuelan.

jueves, julio 31, 2008

¡...por el culo te la hinco!


“Lo mejor de envejecer es el hecho de seguir vivo, ya que sólo hay otra alternativa y ésa no me gusta.”

(Michael Caine, en una entrevista a “Cinemanía” nº155)

miércoles, julio 30, 2008

Super-héroe irresponsable y bebedor busca...

Según he leído por ahí, el primer borrador de “Hancock”, la nueva película de Peter Berg interpretada por Will Smith, Charlize Theron y Jason Bateman, narraba una historia oscura y cínica sobre un super-héroe inmoral que se dedicaba a emborracharse y conquistar a las mujeres de las que se encaprichaba, estuvieran éstas comprometidas o no.

De aquello queda en esta versión estrenada en salas sólo una pequeñísima pátina, reducida casi a la anécdota. El dudoso super-héroe encarnado por Smith es alcohólico, sí, y se enamora (o algo) de la mujer de un profesional de las relaciones públicas que, tras ser rescatado por el protagonista, le ofrece en agradecimiento remodelar su imagen y congraciarlo con un público que lo aborrece. Pero no hay atisbo de oscuridad y cinismo. Se trata, en principio, de una comedia para toda la familia, hecha a la medida de un Will Smith totalmente perdido en su personaje, convencido de que el magistral truco interpretativo para resultar antipático consiste en poner cara de estar padeciendo un episodio agudo de aerofagia. A cada minuto de metraje transcurrido, el nivel interpretativo de “Hancock” se aproxima más y más al cero absoluto.

Pero, como es habitual en esta clase de productos, el problema no puede achacarse a los actores, a las labores de producción ni, incluso, al trabajo del director (mercenario e impersonal). El problema es, por supuesto, el guión.

El argumento de “Hancock” es absurdo. Una tontería que podría haber sido pergeñada por un niño de 12 años mientras juega con sus figuras de acción articuladas (y ni aún así; las tramas que servidor ideaba cuando jugaba con los G.I.Joe eran bastante más elaboradas). El origen del personaje y sus poderes recuerdan vagamente a los “Eternos” de Jack Kirby pero sin pizca de la colorista mitología de aquellos. El guión del film conjuga, de manera bastante heterogénea, cuatro películas diferentes: la primera es una comedia disparatada; la segunda, un pseudo-drama carcelario de superación personal; la tercera, una cinta de acción superheroica y la cuarta y última, un drama romántico. Pero las cuatro mini-películas que componen “Hancock” fracasan estrepitosamente en sus intenciones: la comedia no logra arrancar más que tenues sonrisas (salvo un par de gags, ya vistos, por cierto, en el trailer); el drama carcelario aburre, por predecible y prescindible; el blockbuster de tortas se queda a medio gas, con unas escenas de acción infladitas de presupuesto pero que no se disfrutan en absoluto, no hay tensión, no emocionan (y los FX cantan demasiado, algo imperdonable a estas alturas del cotarro); y el drama romántico, que surge de un inesperado (y mal resuelto) giro argumental, provoca vergüenza ajena.


El ritmo, lógicamente, resulta insostenible. Y, qué queréis que os diga, si aún hubiera una pelea final gigantesca (¡uno de los mandamientos fundamentales del cine palomitero de super-héroes, por dios!), uno abandonaría la sala pensando que, aunque el dinero de la entrada es ya irrecuperable, al menos tuvo su pequeña dosis de acción por un tubo. Pero ni eso. El combate final es breve, anticlimático y poco o nada espectacular.

Mi recomendación personal es que no paguéis por ver “Hancock” en cine. Que paséis de alquilarla en DVD cuando salga. Que no os la descarguéis del eMule. Gastaos el dinero en un fascículo de “Tresillos de colección”, el último número de “Loros de hoy” o un disco en oferta de Danza Invisible. O mucho mejor, en droga. En serio, estará mejor invertido.

Al menos antes de la proyección pasaron los trailers de “Zohan” (descacharrante, por mucho que la película vaya a ser una basura de tomo y lomo) y la prometedora “Quantum of Solace”.

¿Es grave?


Dentro de unos años se hablará de estos tipos con la clase de respeto y gratitud que hoy se les tienen a Faemino y Cansado, Tip y Col o Martes y Trece. El por qué lo tenéis en sketches como éste. Con sólo recordarlo me parto de risa yo solo...

Plasta, el primate gafapasta (II)

...the twenty little tragedies begin...

“(...)
And she would throw a feather boa in the road
If she thought that it would set the scene
Unfittingly dipped into your companions
Enlighten them to make you see

And there's affection to rent
The age of the understatement
Before the attraction ferments
Kiss me properly and pull me apart
(...)”

[“The age of the understatement”, tema que abre y da nombre al primer elepé de The Last Shadow Puppets, proyecto conjunto de Alex Turner, vocalista de los Arctic Monkeys, y Miles Kane, cantante de The Rascals. Al disco aún le faltan muchas escuchas pero, a pesar de que no soy excesivamente afín al sonido brit, esta canción me parece un temazo como la copa de un pino. Y la portada del disco tiene clase, ¿que no?]

lunes, julio 28, 2008

"Mi kung fu es más fuerte que el tuyo..."

(Perdonad el título chorra de la entrada, pero siempre había querido decir esa frase. Y ahora, al grano).


Las películas animadas de Dreamworks suelen darme mala espina. Salvo “Shrek” y su primera secuela (la tercera resultó una gran decepción), el resto se me han antojado siempre muy poco interesantes. Pese a lo mucho que me gusta el cine de animación, hay pelis como “Madagascar” o “El espantatiburones” que no llaman en absoluto mi atención. Quizás sea porque su estética me resulta hortera, porque la calidad de la animación no está a la altura (a la altura de Pixar, quiero decir) o porque los trailers son rematadamente sosos.

Sea como fuere, servidor iba a ver “Kung Fu Panda” con curiosidad pero, al tiempo, con unas expectativas bastante discretas.

Fue una sorpresa, por tanto, descubrir que a los cinco minutos de metraje (esa maravillosa escena de introducción realizada en las tradicionales 2-D), la película de John Stevenson y Mark Osborne me había ganado completamente para la causa.

“Kung Fu Panda” es una película que consigue fintar con elegancia sus múltiples limitaciones. La animación sigue sin estar al nivel que continuamente demuestran (y continúan mejorando) los tipos de Pixar. Pese a haberse estrenado años después, sigue un par de puntos por debajo del trabajo técnico que pudimos disfrutar en, por ejemplo, “Los Increíbles”. Por otro lado, su argumento es previsible y tópico, de una linealidad total. La evolución de los personajes es la obvia y esperada. Es, en resumen, una actualización en clave zoológica de las viejas películas del género, en las que el profano del kung fu debe descubrir su fuerza interior y dominar las artes marciales para salvar a la familia, escuela o aldea de turno. En este caso, el profano en cuestión es Po, un oso panda regordete y torpe que es además un auténtico friki de las artes marciales (posee incluso las figuritas articuladas de “los Cinco Furiosos”, a la manera de cualquier coleccionista de merchandising de “Star Wars” o “Evangelion”) y que trabaja en el restaurante de fideos de su padre. Pese a que su progenitor está convencido de que el destino de Po es heredar el negocio familiar y dedicar su vida a la venta del fideo, Po siempre ha sentido que su camino está en la senda del kung fu y bla bla bla… A estas alturas deduzco que ya habréis adivinado cómo prosigue el asunto.

Entonces, ¿dónde radica el acierto de “Kung Fu Panda”? La respuesta es sencillísima: se trata de una de las pelis de animación 3-D más divertidas de cuántas se han estrenado en los últimos años. Te hace reír a carcajadas, te hace vibrar con unas secuencias de acción fantásticamente coreografiadas e, incluso, alcanza ciertas cotas de lirismo en los momentos más puramente zen (merced al impagable maestro galápago). No hay ni un solo concepto nuevo en este “Kung Fu Panda”, pero todas las viejas ideas lucen impecablemente. Y continúan funcionando tan bien como el primer día. Quizás por eso sea la mejor película de animación jamás surgida de los estudios Dreamworks.
Pero quizás, también por lo mismo, no consiga pasar a la historia. O tal vez sea porque pronto llegará a nuestras pantallas cierto robot recogedor de basura que…