lunes, julio 21, 2008

Perdónales, señor...

...porque no saben lo que hacen.

...scratching...


Diseño para camiseta. O fondo de escritorio. O algo.

GZCrea 2008

He recibido un mail informándome de que me han otorgado el tercer premio en el Certame Galego de Creadores Novos GZCrea 2008 en la modalidad de banda deseñada. La noticia, según acabo de descubrir, también puede leerse aquí.

Siempre es una satisfacción hacer lo que a uno le gusta (escribir y dibujar comics, en mi caso) y que además le premien por ello.

Los ganadores del primer y segundo premio de este año han sido Martín Romero y Lola Lorente, respectivamente. También ha habido una mención de honor para el finalista Diego Campos. A falta de ver las obras galardonadas, sólo puedo remitir a sus autores mi más sincera enhorabuena y desear que se publique pronto el libro con las historias ganadoras, al que ya ansío hincar el diente. Supongo que esto sucederá en el mes de Octubre, que es cuando tiene lugar la entrega de premios como parte de las actividades del Festival de Banda Deseñada de Ourense. Desconociendo los pormenores del evento, sí puedo avanzar que las obras seleccionadas estarán expuestas durante los días que dure el Festival, así que si alguien se pasa por allí podrá echarle un ojo a mi historieta “Carta dende a fronte”.

Para los que no puedan acudir, cuelgo aquí unas páginas:

Y aprovecho el momento para agradecer su inestimable apoyo, consejo y crítica a Eva, Iria, Miriam, Ángeles, Noe, Quela, Emma, Xeo, Viti, Héctor, los Ávila Twins y por supuesto a mi hermano, que es casi tan parte de esto como yo y que si no firma también el comic es por puritito ego del autor, jejeje…

Plasta, el primate gafapasta


Un lugar maldito donde probar suerte

“Prefiero intentar tocar la luna que adivinar los pensamientos de una puta”.
Al Swearengen

Confieso que nunca me habría acercado a la serie de televisión “Deadwood” si no fuera por dos razones de peso: 1) que tengo que documentarme para una historieta ambientada en el oeste que estoy intentando escribir, lo cual me ha llevado a lanzarme sobre cualquier película o tebeo enmarcado en dicha época “cual mosca sobre enorme montón de maloliente mierda” (como diría Zapp Brannigan); y 2) que Javier Marías, uno de los más exitosos y talentosos escritores españoles de nuestro tiempo, le dedicó un artículo de esos que escribe para “El País Semanal” a “Wild” Bill Hickok, uno de los personajes principales de la serie.

Frustrados todos mis intentos de hacerme con ella “vía equina” (es una serie realmente difícil de descargar por Internet), me decidí a comprarla en DVD (circunstancia poco habitual en mí, tratándose de una serie de la que no había visto ni el episodio piloto) confiando únicamente en el presumible buen gusto cinematográfico del señor Marías y en el prestigio de la HBO, cadena de televisión con una media de calidad fuera de toda duda gracias a producciones como “Los Soprano”, “Six feet under”, “Roma”, “Sexo en Nueva York” o la reciente “In treatment”.


Vista la primera temporada, la única conclusión posible es que mereció la pena correr el riesgo y comprarla prácticamente a ciegas porque “Deadwood” es de lo mejorcito que he visto en cuanto a series de TV (¿cuántas veces habré dicho esta frase en los últimos dos años? En algún momento va a empezar a sonar a trola, lo sé...)

La acción se sitúa en 1876 en la reserva india de Black Hills, dos semanas después de la última acción del general Custer. La fiebre del oro ha provocado que una gran muchedumbre marchara en busca de mejor suerte a un lugar sin ley fuera de los límites políticos de los Estados Unidos de América. Allí se establece el campamento de Deadwood, un lugar peligroso donde la vida vale menos que una mierda de caballo en la suela de las botas.

Entre los habitantes del campamento están Seth Bullock, sheriff retirado que pretende abrir una ferretería junto a su socio Sol; el citado Bill Hickok, legendario pistolero que viaja en compañía de sus inseparables amigos Charlie Utter y Calamity Jane; los Garrett, un matrimonio adinerado de Nueva York que pretende incrementar su fortuna gracias a la extracción de oro, o Al Swearengen, auténtico protagonista y alma de la serie, propietario del salón “The Gem”, proxeneta e intrigante y uno de los bastardos más carismáticos jamás vistos en la pequeña pantalla. Hay muchos más personajes (un doctor, un periodista, muchas prostitutas, una tullida, un par de yonkis, un reverendo, varios niños, un buen puñado de variopintos bastardos e incluso algún indio salido de entre la vegetación como por arte de magia) y todos pululan por el argumento de “Deadwood” con una naturalidad pasmosa, como si narrar las vidas de los habitantes de un pueblo fuera un juego de niños para unos guionistas que hacen de los diálogos uno de los puntos fuertes de la serie (mención especial para la oratoria de Swearengen, repleta de bilis y mala baba).

El nivel interpretativo está altísimo, gracias a rostros semi-conocidos del cine como Timothy Olyphant (secundario en “La vecina de al lado”, protagonista en “Hitman” y villano en “La jungla 4.0”), Keith Carradine (antaño co-protagonista junto a Harvey Keitel de “Los duelistas” de Ridley Scott), Brad Dourif (quien fuera Grima Lengua de Serpiente en “El señor de los anillos” de Peter Jackson), William Sanderson (J.F.Sebastian en “Blade Runner”) o Powers Boothe (el poli con cara de mala gente en “Escalofrío”, de Bill Paxton). Todos ellos vienen a demostrar que un actor puede ser tan bueno como el reto que suponga su personaje (y vista “Hitman”, créanme cuando digo que yo no daba un duro por las habilidades interpretativas de Timothy Olyphant; pues aquí, fíjense qué cosas, lo borda). Pero el premio gordo es para Ian McShane (visto recientemente en la fantasía familiar “Los seis signos de la luz”), que interpreta a Swearengen y a quien a buen seguro se le escatimó algún Emmy por culpa de esa bestia parda que era el Tony Soprano de James Gandolfini.


Por otro lado, y como ya viene siendo habitual en las producciones de la HBO, “Deadwood” no tiene el aspecto de una serie de televisión al uso sino el de una dignísima producción de cine emitida por capítulos. Técnicamente, desde la fotografía y el montaje hasta el vestuario y los decorados, nada desmerece a los westerns que durante años pudimos ver en la gran pantalla. De hecho, “Deadwood” es bastante más realista que muchos de éstos, pues consigue capturar la suciedad, la miseria y la dudosa moralidad del Salvaje Oeste mejor que la mayoría de ejemplares del género. Abreviando, podría decirse que se acerca más al aspecto crudo y mugriento de “Sin perdón” o “Grupo salvaje” que a la interpretación más o menos aséptica y poco creíble que ofrecían los clásicos de Anthony Mann o John Ford, donde todo el mundo tenía la camisa limpia y las prostitutas no sufrían picores en la entrepierna.

Poco más resta añadir sobre una serie que se merece todas las alabanzas posibles; que ha corrido el riesgo de acercarse a un género que estaba de capa caída en el cine y conseguir resultados mucho mejores que aquellos a los que las salas de proyección nos habían acostumbrado desde aquel glorioso William Munny encarnado por Clint Eastwood.

Mi recomendación es que la vean. Que la vean todos y cada uno de los que estén leyendo esto. Y que la vean, por supuesto, en gloriosa versión original, disfrutando de la riqueza de acentos de los personajes, del farfulleo de Calamity Jane, de la maravillosa interpretación de Geri Jewell (que da vida a Jewel, la tullida que limpia el burdel), de la expresiva ironía que apuñala el aire con cada frase que esgrime la lengua de Al Swearengen. Y de esa palabra malsonante a la que se hace necesario erigir un monumento: “cocksucker!”.

martes, julio 15, 2008

Abecedario personal: M de Moore, Alan

He aquí el decálogo de Alan Moore, mejor guionista de tebeos de todos los tiempos (en mi nada modesta pero, por supuesto, discutible opinión) y persona con escaso gusto en el vestir:

1 – Amarás al Dr. Manhattan sobre todas las cosas.


2 – No pronunciarás la palabra “Kimota” en vano.


3 – Santificarás la infancia.


4 – Honrarás a las Prometheas pasadas, presentes y futuras.


5 – No matarás una idea.


6 – No tendrás pensamientos ni deseos impuros con las niñas de los cuentos de hadas.


7 – No levantarás falso testimonio contra la corona de Inglaterra (por la cuenta que te trae, ramera).


8 – No robarás en Neópolis.


9 – No cometerás actos impuros con entidades vegetales.


10 – No codiciarás a la viuda de un vampiro.


Palabra de Moore, gloria a ti, oh barbudo de Northampton.

Maldito Haneke

En 1997, Michael Haneke dirigió la película alemana “Funny games”, que narraba cómo dos adolescentes se presentaban a la puerta de la casa de campo de una familia de clase pudiente pidiendo huevos de parte de los vecinos. Acto seguido, los secuestraban y los torturaban durante toda una noche. La película fue muy polémica, suscitó un gran debate acerca de la violencia entre los jóvenes y obtuvo unas críticas inmejorables.

Ahora acaba de estrenarse “Funny games U.S.”, conversión de aquella al mercado anglosajón. Digo “conversión” porque no se trata tanto de un remake al uso como de una recreación de la misma película dirigida a un sector diferente del público (como sucede con las conversiones de videojuegos de una plataforma a otra: el mismo juego, distinta consola). La dirige el propio Haneke respetando la cinta original plano a plano pero cambiando el idioma y los actores: a los desconocidos de 1997 (uno de ellos acabaría protagonizando la maravillosa “La vida de los otros”) les sustituyen Tim Roth y Naomi Watts como el aterrorizado matrimonio y Brady Corbet y Michael Pitt como los sádicos jovenzuelos en busca de diversión. Todos los actores están sublimes en sus respectivos roles, aunque lo más probable es que Michael Pitt resulte el más recordado de cara a la posteridad gracias a un personaje odioso, desagradable y terrorífico, digno heredero del Malcolm McDowell de “La naranja mecánica”.


Como servidor no ha visto la versión alemana de “Funny games”, poco más puede decir acerca de los parecidos y diferencias entre ambas (aunque por lo oído y leído, deduzco que apenas existen divergencias técnicas). Haneke demuestra unos cojones de toro al abordar la película de la forma en que lo hace, dejando los momentos de violencia física fuera de plano y permitiendo que sean los diálogos, los silencios, la música y el montaje los que generen terrible repulsión en el espectador.

Porque “Funny games U.S.” es una película repulsiva. Su excelencia formal, sus magníficas interpretaciones y su desasosegante guión impiden que el espectador disfrute ni un solo segundo. Ni siquiera el humor negro de los captores provoca un atisbo de sonrisa. La ruptura de la cuarta pared, recurso narrativo que casi nunca tiene buenos resultados en el cine (he aquí una memorable excepción), no consigue distanciarnos del dolor que se muestra en pantalla sino que, al generar esa sensación de “juego divertido”, produce aún más repulsión y rechazo. Viendo “Funny games U.S.” sólo se consigue pasarlo mal. Obviamente, ésa es la intención de Haneke, que busca hacernos sentir como si un millón de gusanos nos devorasen el alma mientras una hiena rabiosa nos mastica los ojos, así que lo apropiado es aplaudir su maestría como realizador, concederle los honores de haber llevado a cabo una obra maestra del cine y después mandarlo a tomar por culo por el mal rato que nos hace pasar con su película. Me pregunto si la mujer de Haneke (si es que la tiene) le deja abrazarla y darle besos por las noches…


No soy la clase de espectador que se amilana con la violencia en el cine. He visto muchas películas a lo largo de mi vida, algunas realmente grotescas y salvajes, de las que te dejan mal cuerpo al acabar y te hacen comerte el coco durante el resto del día; pero nunca había sentido la necesidad de salir del cine durante una proyección; cosa que sí ha pasado con “Funny games U.S.” En un momento dado, una voz en mi interior dijo “no lo aguanto más, tengo que salir de la sala”. Por suerte o por desgracia no lo hice. Me quedé allí sufriendo como una res en el matadero y esperando que aquello acabase lo más pronto posible. La lectura positiva que saco de esta anécdota es que ahora ya sé (por si me quedaba alguna duda) que no soy un sociópata ni un sádico. Soy incapaz de disfrutar con la violencia “real”.

Así que si tú ya has visto “Funny games U.S.” y lo has pasado bien, si te has reído a mandíbula batiente con los chascarrillos de los torturadores y has salido del cine pensando “ojala salga pronto en DVD para poder verla una segunda vez”, tengo algo que decirte: aléjate de mi familia y de mis amigos, puta escoria psicótica. No te lo advertiré dos veces.

Por mi parte, no me considero con fuerzas de recomendarle la película a nadie, a pesar de que muy posiblemente sea una de las mejores cintas que tengamos la oportunidad de ver en pantalla grande a lo largo de este 2008. Si queréis verla, allá vosotros y vuestra tolerancia al horror…

Maldito Haneke. Malditos huevos.

domingo, julio 13, 2008

Amén

Lo venía comentando esta tarde en el coche con mi hermano, a tenor del visionado que estamos haciendo de la serie "Deadwood" (en cuanto me vea los dos capítulos que me faltan de la primera temporada intentaré hacer una reseña). Y fue llegar a casa, echar un vistazo a mis webs habituales y encontrarme con esto. Y, para redondear, esto otro.

Amén, hermano Casciari.

¡Viva Islandia!

"(...)
Þú siglir á fljótum
Yfir á gömlum ára
Sem skítlekur
Þú syndir að landi
Ýtir frá öldugangi
Ekkert vinnur á
Þú flýtur á sjónum
Sefur á yfirborði
Ljós í þokunni"



[Orgasmo musical: así definiría "Ara batur", tema central del nuevo y fascinante disco de Sigur Rós, "Með suð í eyrum við spilum endalaust" (no me preguntéis qué carajo significan el título del disco y los versos que abren esta entrada... a saber si lo he escrito bien). O quizás el tema central sea "Festival", otra joya para esta corona con forma de compact disc. Los islandeses han vuelto por la puerta grande con un trabajo que alberga la sensibilidad de siempre pero con un halo optimista. Parafraseando la crítica de Joan S. Luna en "Mondo sonoro": "(…) escucharlo es tener claro que mañana saldrá el sol de nuevo y que aún habrá quien nos quiera". Hermosas palabras para un hermoso disco.]

El "toque Shyamalan"

Antes de entrar en faena, aclaremos algo: las películas de M. Night Shyamalan provocan sentimientos extremos; o las adoras o las detestas. Un poco como el propio Shyamalan, que tiene defensores y detractores a partes iguales. Es el precio a pagar por tener un estilo, una temática y unas virtudes y defectos tan perfectamente reconocibles. “Voz propia”, que dicen los críticos profesionales.

Confieso pertenecer al bando de los defensores salvo en el caso de “El bosque”, que me decepcionó tanto en su momento que aún no he conseguido darle una segunda oportunidad. Tal vez en unos años, quién sabe… Pero, básicamente, soy de los que esperan cada nueva película suya con una mezcla de ilusión (por contemplar la última obra de un artista que siempre es él mismo, virtud muy poco común en el cine comercial actual) e inquietud (por si esta vez la crítica acierta y la película es un patinazo). La crítica estadounidense, por cierto, aborrece a Shyamalan, así que cuanto peor sea su valoración, mayores mis esperanzas de que el hindú no me defraude.


“El incidente”, no obstante, apenas había generado polémica. Las informaciones anteriores a su estreno eran favorables y, sin embargo, poco entusiastas. Si a eso le sumamos que su protagonista principal, Mark Wahlberg, es uno de los actores más insípidos del panorama cinematográfico, todo hacía presagiar un plato bien cocinado, con buenas materias primas y guarnición generosa, pero algo escaso de sal.

“El incidente” narra el fatídico día en que miles de personas del Noreste de EE.UU. comienzan a quitarse la vida en masa sin que nadie conozca la razón. Alarmados por el suceso (de hecho, la película se titula “The happening” en inglés), los no afectados comienzan una carrera desesperada hacia el interior del país, escapando del área de influencia de esta pandemia suicida. Entre los que huyen se encuentran dos profesores de secundaria, encarnados por Wahlberg y John Leguizamo, acompañados de la esposa del primero (excelente Zoey Deschanel) y la hija del segundo (Ashlyn Sanchez).


Como sucede siempre en el cine de Shyamalan, el terrorífico planteamiento sirve casi en exclusiva como telón de fondo para el drama emocional: aquí, el distanciamiento entre los recién casados Wahlberg y Deschanel. Así, el director reincide en la incomunicación como tema central de su filmografía. Ya la trató, también dentro del contexto matrimonial, en “El sexto sentido” y “Unbreakable” (me niego a llamarla "El protegido"), y bajo otras formas en “Señales” (la incomunicación entre el hombre y Dios), “El bosque” (la incomunicación entre padres e hijos usada como herramienta para la sobreprotección) y “La joven del agua” (la incomunicación entre un hombre que lo ha perdido todo y el resto de la sociedad). No es de extrañar, por tanto, que “El incidente” genere cierta sensación de paramnesia en el espectador.

Por suerte, Shyamalan tiene un gran pulso narrativo y se permite momentos de auténtico genio como, por ejemplo, construir el clímax de la película con cinco pasos sobre la hierba (la última vez que se vio algo parecido fue en “Kill Bill vol.2”). Y es que el hindú, pese a repetir todas sus manías como guionista (ese sentido del humor algo naïf, esas conversaciones en que a veces uno no sabe si a los protagonistas se les ha ido la mano con los opiáceos, ese arraigado concepto de “la mano divina detrás de todo”), demuestra nuevamente la existencia de dos grupos de cineastas bien distintos: los “simplemente directores” por un lado y los “autores” por el otro. Y por menor que sea una película en la filmografía de estos últimos, siempre resultará más interesante que cualquiera de las firmadas por los primeros.


Resultó cierto, por tanto, que faltaban unas arenas de sal en la receta, pero el chef Shyamalan ha sabido paliarlo con un par de buenos escalofríos, un concepto muy claro de cuál es su cine y cómo debe hacerse y, además, mucha más sangre de la que nos tiene acostumbrados a ver…

(…así que quizás le dé esa nueva oportunidad a “El bosque” antes de lo que pensaba. Sospecho que mis argumentos me han convencido incluso a mí…)