miércoles, julio 09, 2008

Kobetasonik 2008

Vais a tener que perdonar el retraso de esta entrada, pero últimamente he estado muy liado (pero mucho mucho).

El Kobetasonik 2008 se celebró los días 20 y 21 de Junio en Bilbao y allí estuvo el menda en compañía del padre Karras y el Peli, para disfrutar de un fin de semana metalero. No es que yo sea un auténtico Hijo del Metal; me gustan mucho algunos grupos del género (Metallica, System of a Down, algunos discos de Blind Guardian o Iron Maiden), pero a poco que uno se fije en mi perfil de blogger se percatará que no soy un “metalero de pro”. Tampoco por las pintas, debo añadir (ahí soy más bien “gafapasta”, para bien o para mal). Así que entre aquella marabunta de melenas, cadenas y muñequeras con pinchos, servidor parecía (parecía, ojo) un poco fuera de lugar.

No es que eso importe, visto lo visto, porque los metaleros son una de las tribus urbanas más pacíficas e integradoras que conozco (todo lo contrario de lo que la gente piensa, y es que el público de El Canto del Loco es bastante más tocapelotas que el de Gamma Ray)… siempre que haya cerveza cerca, por supuesto.

Pero vayamos al grano musical:


Kobetasonik, día 1 (de 2)

Los tres gallegos llegamos a Kobetamendi a la hora en que empezaba el concierto de Apocalyptica, cuarteto de chelos eléctricos especialista en versionar a Metallica que sorprendió (además de con una interpretación magnífica de los hits de los más duros de San Francisco) con un “Heroes” (sí, el de Bowie) de quitarse el sombrero. También le hicieron hueco a “In the hall of the mountain king”, el clásico de Edvard Grieg (que además apeló a mi nostalgia universitaria: para un trabajo de la facultad tuve que montar un trailer de una peli de terror inventada utilizando ese audio). Fue un buen punto de partida para una tarde que resultó algo sosa: los Gamma Ray estuvieron cumplidores sin más, Ministry ruidosos (así que nos fuimos por ahí a tomar algo) y Helloween muy divertidos (sin excesos en lo musical). Los cabezas de cartel del primer día eran Judas Priest, banda celebérrima que a mí me aburrió bastante (que se le va a hacer, Rob Halford tiene papada…), así que volvimos pronto para Bilbao a descansar y reponernos de cara al día siguiente, el cual (éste sí) iba a colmar todas mis expectativas…



Kobetasonik, día 2 (de 2)

Curiosamente, el segundo día empezó más flojo. Nos perdimos a Arch Enemy para poder dormir a gusto (falta hacía) y llegamos para unos bochornosos Brujería, antítesis del buen gusto musical que incluso se permitieron hacer versiones cannábicas del gran éxito de Los del Río, “La Macarena” (ahora comenzaré a recibir amenazas de muerte de mejicanos revolucionarios metaleros).

Luego ya tocó esperar. Nos plantamos en el escenario 1 (había 2, ocupados por turnos, por esa regla actual de no hacer esperar al público entre concierto y concierto) y vimos como a lo largo de la tarde el foso se iba llenando de caras con estrellas, demonios y gatos pintadas en blanco, negro y plata. Todo el mundo hacía referencia a capítulos de “Padre de Familia” y poco importaba qué grupo saliera a tocar a continuación. La gente estaba allí para ver a KISS (¡toma, y yo!).

Durante la espera, pudimos disfrutar del Michael Schenker Group, pensado por y para el lucimiento de su guitarrista (el Michael Schenker del nombre), que terminó el concierto mucho mejor de cómo lo empezó (el inicio fue algo frío) y del espectacular directo de Dio, que dio una auténtica lección de cómo debe ser un concierto de rock duro. La banda estuvo soberbia y el propio Dio se lució con una voz que resiste como pocas al paso del tiempo, una energía desbordante (quien se la diera al Halford -con papada- de la noche anterior) y un repertorio excelente de canciones tanto de sus épocas en Deep Purple o Rainbow como en su carrera en solitario. Fue, en lo estrictamente musical, el mejor concierto del Kobetasonik 2008.

Entre tanta espera, servidor se perdió, en el escenario 2, los conciertos de Europe (una pena, me apetecía escuchar “The final countdown” en directo y así satisfacer al niño que llevo dentro) y “Blind Guardian” (éste sí que me entristeció de verdad; “A night at the opera” es uno de mis discos favoritos de todos los tiempos… tal vez en otra ocasión); pero supe que el sacrificio había merecido la pena en cuanto comenzó la…

…KISS-teria!

Sabía que iba a ser grande, pero no tanto. Kiss es a las bandas de rock lo que el Circo del Sol a los perroflautas de la puerta del Gadis. Poco importa que su música no pase de intrascendente rock setentero (ochentero en los peores momentos) o que Gene Simmons sea un bajista del montón y tenga que suplir sus carencias como intérprete con unos (poco) eróticos movimientos de su hipertrofiada lengua, porque esto no va de música, sino de espectáculo puro y duro. Y de conexión con el público, claro.
Para eso Alá/Apolo/Cthulhu/quien-sea puso en el mundo a ese ambiguo caballero de crines en el pecho que responde al nombre de Paul Stanley y que ejerce de vocalista y líder de la banda. Stanley es una máquina, un animal del directo. Coge al público, lo mastica, lo escupe y lo vuelve a engullir. Le dice qué cantar, qué gritar, cuándo reír, cuándo bailar y cómo hacerlo. Y el público se deja llevar como un impúber ante la meretriz suprema, porque sabe que va a ser el polvo de su vida.

Por si eso fuera poco, los Kiss llevan consigo una pirotecnia que ríete tú de las Fallas de Valencia, hacen volar a Simmons después de que éste escupa unos tres litros de sangre sin dejar de reírse y mover la lengua como un turbador demonio hentai, lanzan a Paul Stanley por una tirolina hasta una torre en el centro del público desde donde canta “Love gun”, elevan la batería (durante el solo) gracias a un enorme sistema mecánico que la sitúa varios metros por encima del suelo y en medio de todo ello se permiten una coña a costa del “Stairway to heaven” de Led Zeppelín. Todo medido, contado y pesado para obsequiar con casi dos horas y media de show a un público entregadísimo que terminó exhausto, sudado y satisfecho.

A alguien se le ocurrió que era una buena idea que fuera Slayer quien cerrase el festival, pero las colas para los buses que bajaban a Bilbao al terminar el recital de Kiss demostraron que la gente había ido a lo que había ido y que, una vez obtenido el preciado botín, poco importaba quién pudiera salir después a tocar.
Poco más hay que contar de ese par de días irregulares, en los que Dio y los Kiss subieron espectacularmente la nota media y me dejaron con ganas de llegar a casa y escuchar una vez más temas como “Rainbow in the dark” o “Shout it out loud”.

Oh, y por si no quedó suficientemente claro: ¡Rob Halford tiene papada!

domingo, julio 06, 2008

El secreto está en la Masa

Tras la excelente sorpresa que resultó ser el “Iron Man” de Robert Downey Jr. (uy, perdón, de Jon Favreau, es que uno se olvida de quién era el auténtico responsable del asunto…) servidor iba a ver “El increíble Hulk” envuelto en un mar de dudas.


Siendo el segundo proyecto oficial de la división cinematográfica de Marvel, ¿mantendría el alto nivel de diversión y frikismo de la película del latas? ¿Sería una secuela de la reciente y olvidable adaptación dirigida por Ang Lee y protagonizada por el soso Eric Bana? Si no lo era, ¿contaría una vez más el origen del personaje, sacrificando con ello buena parte del metraje? ¿Tardaríamos de nuevo hora y media en poder disfrutar de una mísera escena de acción? ¿Sería el director Lou Leterrier (artífice de pelis de acción para individuos con encefalograma plano como “Transporter”) el mejor candidato posible para realizar una película que tiene a Edward Norton (actor superdotado y muy crítico con los resultados de sus propios trabajos) como protagonista?

Todas estas incógnitas tienen su respuesta en los primeros 15 minutos del film.

La película no es una secuela, pero tampoco está desvinculada de la anterior (vamos, que ni sí ni no, sino todo lo contrario). Podría decirse que ocurre algo parecido a lo que sucedía con “Posesión infernal” y “Terroríficamente muertos” (ambas de Sam Raimi). En “El increíble Hulk” los créditos recrean, mediante flashback, el origen de los poderes del personaje, ligeramente reescrito para la ocasión (y añadiendo un nuevo factor de coherencia respecto al resto del universo cinematográfico Marvel) y acto seguido la acción se desplaza a Brasil (donde concluía la cinta de Ang Lee), con un Bruce Banner fugitivo que vive en una favela, trabaja en una fábrica de embotellamiento de refrescos y busca, gracias a la meditación y a un pequeño laboratorio casero, una cura para su enorme y verdoso problema.


Ya en las primeras escenas puede advertirse lo que será, a nivel cualitativo, la tónica general del film: interpretaciones tibias por parte del elenco actoral (exceptuando a Edward Norton, que hace todo lo humanamente posible por dotar de vida al arquetípico héroe), una dirección absolutamente despersonalizada (y que confirma a Leterrier como el mercenario audiovisual que es), un guión esquemático y predecible que, no obstante, tampoco contiene ningún momento de vergüenza ajena, y un montaje apresurado que obvia cualquier posibilidad de indagación en la psique y motivaciones de los personajes en su afán de “tirar palante” y llegar cuanto antes a los puntos fuertes de la peli: la acción y los FX.


Porque si hay algo claro (para todo el mundo menos para Ang Lee) es que cuando uno va al cine a ver una película de Hulk, lo que espera es poco diálogo y mucho “¡Hulk aplasta!”, y de eso aquí tenemos en cantidad.

El goliat esmeralda corre, salta y reparte hostias como panes gracias al holgado presupuesto del film. Las últimas técnicas de animación digital permiten que, pese a ser un puñado de bytes superpuestos sobre imagen real, el monstruo verde logre cotas de interpretación superiores a las de, por ejemplo, su compañera de reparto Liv Tyler (lánguida y sin carisma alguno, siempre a punto de hacer pucheros en élfico). Además, la pelea final entre Hulk y el villano Abominación (que hasta esos últimos minutos en que da el salto al digital puro y duro estaba interpretado por Tim Roth, que pasaba por allí) es tan espectacular como cabría esperar tras lo prometido en los trailers.


En cuanto a guiños frikis, la película tiene su buena ración, desde los inevitables cameos de Stan Lee y Lou Ferrigno hasta el chiste a costa del pantalón morado, pasando por menciones a Rick Jones y Doc Samson (al parecer lo veremos en la versión extendida para DVD) o la presencia de las conversaciones por chat entre Mr. Green y Mr. Blue (que remiten directamente a la etapa de Bruce Jones en los comics) y del “momento helicóptero” tan recurrente en las aventuras recientes del personaje (me vienen a la cabeza, así a bote pronto, “Banner!” de Azzarello y Corben y “The Ultimates” de Millar y Hitch).

Así que sólo puedo concluir diciendo que, pese a ser una película que se olvida al minuto de abandonar la sala, “El increíble Hulk” es entretenida, luce músculo cuando la situación lo requiere y sirve bastante bien como precuela no sólo para una más que evidente segunda parte (en la última media hora ya queda presentado el futurible nuevo villano, otro enemigo clásico del personaje) sino también para el enorme proyecto que Marvel Studios empezó a insinuar en “Iron Man” y que aquí vuelve a dejarse entrever…

viernes, junio 20, 2008

Renovación o muerte (y todos sus amigos)

"(...)
God is in the houses and god is in my head
And all the cemeteries in London
I see god come in my garden but I don’t know what he said
For my heart it wasn’t open
Not open

Singing la la la la la la ehh
And the night over London hey

Singing la la la la la la eh
There’s no light over London today"




[Coldplay es una gran banda, de ésas que ya tienen a una legión de críticos, detractores y fans desencantados deseando acribillar cada nuevo trabajo el mismo día en que sale al mercado, un poco como les ocurre a Radiohead, U2 o Metallica (estos últimos, me temo, merecidamente). Pero lo cierto es que, aunque haya muchas sorpresas en el renovado/redirigido sonido del grupo, “Viva la vida or death and all his friends” es un muy buen disco. No entraré a valorar si es mejor o peor que los precedentes (temas como “Yellow”, “Trouble”, “The scientist” o “Clocks” se han convertido, menos de una década después, en referentes para toda una generación de melómanos). Es, seguro, distinto. Se nota mucho la mano de Brian Eno en la producción y la voz de Chris Martin suena más a Bono que nunca, lo cual no es necesariamente malo. También hay ecos de Peter Gabriel, My Bloody Valentine, Sigur Ros o Arcade Fire. El disco alterna momentos brillantes en temas como “Violet Hill” (la más cercana al anterior trabajo de los británicos, “X&Y”), “Viva la vida” (un tema mágico, con esas cuerdas, esa percusión…), “Lost!” (de la que existe una estupenda versión acústica, desgraciadamente no incluida en el álbum) o “Cemeteries of London” (de donde proceden los versos que abren esta entrada y que tiene un ritmo y un estribillo que atrapan sin remedio) con otros más discutibles como la segunda parte de “Yes” o el tercer movimiento de “42” (que se me antoja demasiado desenfadado respecto al resto de la canción). Aún así, llevo desde el lunes escuchando “Viva la vida or death and all his friends” en bucles de 8 horas al día (a la noche, mejor dicho) y mi opinión del disco no hace sino mejorar…]

sábado, junio 14, 2008

Abecedario personal: L de Lost

Supongo que creo en los flechazos. De hecho, en varias ocasiones con sólo un primer vistazo ya supe que aquello acabaría en amor. Recuerdo que me pasó en el primer día de instituto y me pasé los 4 años siguientes prendado de la dama en cuestión. Me pasó justo antes de empezar la carrera, y el asunto también trajo cola hasta muchos años después (y además con réplicas, como los terremotos). Una vez más, viví un auténtico flechazo en los jardines de Dolmabahçe, en pleno corazón de Constantinopla, pero la distancia se impuso y hoy no quedan de aquello más que unas sonrisas fotografiadas y 8 cartas en un cajón. Y me ocurrió, claro está, con “Lost”.

Siendo estrictos, yo ya conocía “Lost” antes de enamorarme de ella perdidamente (atención, astuto lector, al intencionado juego de palabras). Mientras preparaba el teórico del carnet de conducir, mi hermano vio algunos capítulos sueltos cuando la empezó a emitir TVE y me dijo que aquello tenía muy buena pinta. Yo, más preocupado por mi futuro automovilístico, eché un vistazo a la pantalla, vi a unos fulanos corriendo por la selva y luego, con el más absoluto de los desprecios, seguí haciendo tests sobre límites de velocidad y tonelajes de camiones.

Un año después, no recuerdo exactamente por qué razón (juraría que fue por las efusivas recomendaciones de algunos colegas de Pontevedra), mi hermano y yo decidimos adquirir “vía equina” la primera temporada completa, para verla de un tirón y descubrir si aquella serie era tanta cosa como por ahí se decía.

Fue entonces cuando vi mi primer episodio completo de “Lost” (el piloto, obviamente). Y fue entonces, claro, cuando se produjo el flechazo.

Durante el mes siguiente, mi hermano y yo comimos y cenamos a diario con Jack, Kate, Sawyer, Locke y compañía, y a la primera temporada le siguió, inmediatamente después, la segunda. A ésta, tras una larga y desquiciante espera, le sucedió la espectacular tercera temporada. Recientemente he podido ver la cuarta, también del tirón, y el caso es que, como en las buenas relaciones de amor, el flechazo inicial ha dado paso a la confianza, el cariño, el respeto, la admiración y la fidelidad. Y no parece, por el momento, que la cosa vaya a decaer.


Para poner en situación a los despistados, el argumento es el siguiente: un vuelo comercial entre Sydney y Los Angeles sufre un accidente mientras sobrevuela el océano y cae sobre una isla aparentemente deshabitada. Los supervivientes, al comprobar que nadie va a venir a rescatarlos, deberán esforzarse por recuperar el control de sus vidas, mantener la cordura y sobrevivir a los misterios que aguardan en el interior de la frondosa selva que cubre su nuevo hogar. Y ya no digo más, que la cago…

De todo cuanto he visto en material televisivo (no soy precisamente un devorador de rayos catódicos, pero siempre me han gustado las series y estoy bastante al día en la materia, aunque inevitablemente se me escape alguna), “Lost” es, sin ningún género de dudas, mi serie favorita. Quizás no sea, en términos objetivos, mejor que “A dos metros bajo tierra” o “Los Soprano”, pero por cojonudas que sean éstas, “Lost” siempre me ha hecho disfrutar ese “poco más” que separa lo genial de lo divino.

En mi humilde opinión, “Lost” es redonda. Obviamente, estamos hablando de una serie todavía inconclusa (si las afirmaciones de sus creadores son ciertas, faltan por ver un par de temporadas más y se especula con una posible película como colofón final) y que, debido a su extensión, inevitablemente tendrá episodios mejores y episodios peores (que, no obstante, serían los mejores en otras series de supuesto prestigio e indudable éxito de audiencia), o subtramas que agraden más o menos al espectador dependiendo de sus simpatías hacia tal o cual personaje o de sus filias y fobias personales.

Pero hasta ahora, repito, “Lost” me parece redonda. Desde su estructura (cada capítulo está dedicado a uno de los personajes principales y contiene, además de la acción en tiempo presente, un flashback explicativo sobre el pasado del individuo en cuestión) hasta su impresionante fotografía, pasando por los inteligentes diálogos (que funcionan igualmente bien tanto en los momentos dramáticos como en los cómicos), la soberbia música de Michael Giacchino, el increíble trabajo de planificación argumental (no me cansaré de decirlo: los guionistas de “Lost” son lo más parecido a dioses del “cliffhanger” que existe) y las increíbles interpretaciones de todos los actores (dando un nivelazo impresionante y haciendo suyos a los personajes hasta tal punto que, desgraciadamente para los implicados, no creo que jamás puedan sacarse de encima el encasillamiento al que se verán sometidos una vez termine la serie), todo en “Lost” funciona como un reloj suizo, marcando siempre la hora correcta.

Por si eso fuera poco, algunas escenas concretas de la serie forman ya parte de los “greatest hits” de mi imaginario particular con la misma fuerza que otros momentos frikis memorables, como el discurso final de Roy Batty en “Blade Runner”, la pelea del número 15 de “Miracleman”, el diálogo Vader/Skywalker en la conclusión de “El Imperio Contraataca”, el número 16 de “The Authority” (posiblemente el tebeo que más veces me haya llevado al retrete –para leerlo, se entiende, no para limpiarme el culo con él-) o el éxtasis del oro de “El bueno, el feo y el malo”.

Concretamente, el final del cuarto episodio de la primera temporada (que siempre, siempre, siempre hace que se me ericen los pelillos de la nuca), los primeros minutos de la segunda temporada (porque me dejaron de piedra en su momento y aún sigo sintiendo un cosquilleo cuando pienso en ello), el final del episodio sexto de la tercera y, sobre todo, el capítulo 23 (y último) de la susodicha (para un servidor, posiblemente el mejor episodio de una serie en toda la historia de la televisión).


Y luego están los personajes. Todos ellos. Si tuviera que elegir solo a uno, sería incapaz de decidirme. Dependiendo del día, la hora y el pie con el que me levantase esa mañana, podría quedarme con Jack (el referente moral, el líder al que todos querríamos parecernos, pero sin dejar de ser tan humano como cualquiera), o con Sawyer (calavera y socarrón, irónico, divertido, pero con un lado oscuro siempre a flor de piel), o con Locke (el soñador, el idealista, el hombre de fe que a veces es necesario ser para no rendirse ante aquello que parece superarnos), o con Sayid (que perdió totalmente la inocencia y tiene demasiado de lo que arrepentirse, pero que sin embargo no abandona la esperanza de redimirse y, quizás, encontrar algún día la felicidad), o con Eko (su peor enemigo a su pesar, y uno de esos personajes más grandes que la vida), o con Juliet (ambigua, dura pero justa, sólida incluso a pesar de sus innumerables fisuras), o con Ben (de quien no diré mucho para no meter la pata, tan solo que lo admiro profundamente a pesar de no ser un personaje especialmente simpático), o con Kate (inestable, siempre huyendo de sí misma, incapaz de afrontar sus propias decisiones, pero al mismo tiempo llena de determinación y con un envidiable sentido de la lealtad), o con Hugo (adorable, simpático y bonachón, y con una inteligencia emocional, un conocimiento de las relaciones sociales y una capacidad de empatía sorprendentes)… y así podría continuar hasta citarlos a todos.

Porque, como habréis podido comprobar, “Lost” es mi serie. Si la has visto, probablemente ya sabrás lo mucho que pueden dar de sí estos 42 minutos semanales de ficción, aventuras e impredecibles giros argumentales. Y si no, dale una oportunidad al amor. Lo dijo Jesucristo, lo cantaron los Beatles y, aún entre mofas, lo corroboró Woody Allen en “Annie Hall”: el amor es la respuesta.

Nos vemos en la isla.

Esto es...




¡¡¡¡la entrada número 300!!!!


Pues sí. Hoy el Abismo cumple 300 entradas y desde aquí dedico una reverencia a todos aquellos que en algún momento decidieron perder una parte del tiempo de sus vidas (que ya se sabe que no es mucho) leyendo lo que he escrito y en algunos casos hasta comentando al respecto, poniendo así su importantísimo granito de arena.


Mil gracias y un abrazo enorme.




[...y que conste que el film de Zack Snyder sigue pareciéndome un cagarro de proporciones épicas, nunca mejor dicho...]

martes, junio 10, 2008

La extraña pareja

"When I sing a song of peace
it soothes the savage beast
even it understands that i understand at least.

So you mortals must keep this in mind:
this is the way i'm designed
and i have no power so i'll only die one time.

Karma (karma),
kill me.
You have (karma)
to kill me.
I am an open book,
an open book."


[Aunque aún no lo he escuchado tanto como se merece, ya puedo atestiguar que el nuevo disco de Gnarls Barkley no defrauda. Y viniendo de unos tipos que arrancaron su carrera como dúo con esa maravilla llamada “St. Elsewhere” (que contenía temazos como “Storm coming”, “Smiley faces” o la celebradísima “Crazy”) tal afirmación no es moco de pavo. La letra de hoy pertenece a “Open book” (sorry, no vídeo disponible en YouTube), una de las nuevas canciones que a priori más me gusta, aunque el single de presentación es la pegadiza y bailona “Run (I’m a natural disaster)”. El nombre del disco, homenaje a la pareja cinematográfica formada por Jack Lemmon y Walter Matthau es “The odd couple”. Disfrútenlo.]

Prendido a tu botella (no tan) vacía

“Gracias le doy a la Virgen,
gracias le doy al Señor
porque entre tanto rigor
y habiendo perdido tanto
no perdí mi amor al canto
ni mi voz como cantor”


Así terminaba la interpretación de “Estadio Azteca” en el concierto que Andrés Calamaro ofreció el pasado sábado en el Recinto Ferial de Pontevedra. Fue un recital discreto en su ejecución (no es Calamaro, según he comprobado las dos veces que lo he visto actuar, un monstruo del directo), pero con un repertorio tan amado por su devoto público que cualquier limitación técnica y humana (como el estado bioquímico del cantante argentino) se vio superada por una muchedumbre entregada y unas letras que por sí solas se bastan para darle a uno una noche de las que no se olvidan. Y si acaba con churros y chocolate, pues tanto mejor.

Mucho ojo, eso sí, con los teloneros Le Punk. Vinieron regalados pero dejaron una muy buena impresión entre los asistentes…

martes, junio 03, 2008

Alé alé alerta

“Es la historia de mi vida
una huida hacia delante.
Y si pierdo la cabeza
quién me va a decir que pare.

Tienen prisa por hacer que me calle pero
yo canto lo que quiero y lo que siento.
Canto lo que me sale
igual que mi corazón late.

Igual que respiro
o igual me caigo por un precipicio,
pero yo soy la que decido
cuando salto y con quien me río.

Y si lloro, y si lloro,
yo decido
a quien le muestro mis lágrimas.
(…)”



[Seguro que no pillo a nadie desprevenido si digo que el dúo maño Amaral ha sacado un nuevo álbum, concretamente un doble CD titulado “Gato Negro, Dragón Rojo”. A poco que veáis la tele u oigáis la radio, sin duda ya conoceréis el primer y pegadizo single “Kamikaze”. Es una pena que se haya optado por editar este nuevo trabajo en forma de doble disco, porque le sobran sus buenos veinte minutos de duración, y podría haber quedado un álbum majete si lo hubiesen dejado en 11 ó 12 canciones, en lugar de las 19 que contiene. Un nuevo ejemplo más (y ya van demasiados, desde el “White Album” de los Beatles hasta el “El viaje a ninguna parte” de Enrique Bunbury) de que los discos dobles son un error, por mucho que puedan alegrarle el día a las discográficas. La canción de hoy, “Alerta”, está entre lo más innovador del disco (tampoco es decir mucho, Amaral no es Pink Floyd, desde luego): un reggae-pop bien masticadito para un día de poca paciencia musical.]

Viñeteando one more time



Acabo de leer en La Cárcel de Papel que muy posiblemente no habrá un tercer álbum de “RG”, la excelente serie policíaca creada por Pierre Dragon y Frederik Peeters. Al parecer, los autores han manifestado tener diferencias irreconciliables, lo cual se traduce en que no se publicará ese tercer libro que pondría fin a la serie (que uno piensa “coño, si tuvierais diez álbumes más por delante aún bueno, pero a sólo un número de terminar el proyecto… ¡no me jodáis!”).


Es una pena, porque “RG” es un tebeo buenísimo, bien escrito y mejor dibujado (Peeters se sale de las escalas, es uno de los dibujantes con más sentido del ritmo y la narración del mundo y además sus ilustraciones, aparentemente sencillas, son de una belleza abrumadora). En España acabamos de ver publicado el segundo álbum, “Bangkok-Belleville”, de la mano de Astiberri (un diez a la labor de edición, como siempre), que me ha gustado incluso más que el primero.

Y aprovechando que ya estoy metido en materia, comento otro par de lecturas recientes que se han sumado a mi tebeoteca particular:

La primera es “Estela Plateada: Réquiem”, un atípico comic de super-héroes escrito por J.M.Straczynski (que es, por cierto, el guionista de la última película de Clint Eastwood, “Changeling”, recién presentada en el festival de Cannes) y bellísimamente ilustrado por Esad Ribic, uno de los más destacados portadistas de Marvel Comics e ilustrador de ese otro comic de super-héroes atípico que fue “Loki”.


“Estela Plateada: Réquiem” nos cuenta cómo una de las criaturas más poderosas del universo (el surfista de plata creado por Jack Kirby en los 60 en la cabecera “Fantastic Four”) debe afrontar su propia muerte. Lo que aleja este “Réquiem” de los comics Marvel al uso, además del sobrecogedor aspecto visual (Ribic consigue en este tomo algunas de las mejores páginas de su carrera; he tenido la suerte de ver algunos originales y son de mear y no echar gota, lo juro), es esa percepción de lo inevitable (bien manejada por Straczinsky y que recuerda al tratamiento que Jim Starlin dio a la muerte del Capitán Marvel allá por los 70) que confiere a los momentos íntimos un valor y una capacidad de transmitir sensaciones al lector mucho mayor que la de las inevitables (aunque breves y escasas) escenas de acción. Así pues, sin llegar a ser una obra maestra, “Réquiem” es un tebeo que merece la pena ser leído, aunque sólo sea para comprobar que a veces, por increíble que parezca, en Marvel saben hacer bien determinadas cosas…



Finalmente, constatar también la reciente publicación del primer tomo de “Shaolin Cowboy”, un tebeo tan cojonudamente bien dibujado por Geof Darrow que a uno se le olvida que el guión (del propio Darrow con la colaboración de los hermanos Wachowsky en los diálogos) es una auténtica tomadura de pelo (un poco lo que le pasaba a “El garaje hermético” de Moebius). Yo de mayor quiero narrar las escenas de acción como este tío…


viernes, mayo 30, 2008

Indiana Jones, pero menos

Han tenido que pasar casi dos décadas para poder ver de nuevo en pantalla al más famoso arqueólogo del séptimo arte.

Para quien esto escribe, Indiana Jones es un personaje fundamental dentro de su imaginario particular del mismo modo en que lo son Superman y Batman, Darth Vader, Gandalf el gris, Son Goku o Homer Simpson. Siempre han estado ahí, no recuerdo desde cuando, y la vida (mi vida) tal y como es hoy no puede concebirse sin ellos. No recuerdo cuando “experimenté” mi primera película de Indiana Jones (sé que “La última cruzada” la vi en el cine en Ferrol con mi padre y mi hermano cuando tenía 6 años), así que, en lo que a mí respecta, Indy existe desde siempre. Por consiguiente, el estreno de una nueva aventura del personaje era al mismo tiempo motivo de inmensa felicidad y del terror más absoluto. Hacer una cuarta entrega de Indiana Jones suponía arriesgarse a destruir el mito forjado en una trilogía sencillamente intachable, más aún si tenemos en cuenta que, al conocerlas desde siempre, uno nunca se ha parado a juzgarlas de una forma crítica y objetiva: son la trilogía de Indy y NO SE TOCAN, capito?

Pues bueno: para locura de fans, frikis y treintañeros (o de todo junto a la vez), George Lucas, Steven Spielberg y Harrison Ford han vuelto a la carga con “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal”, presentando a un Indy sexagenario que vive en la Norteamérica de 1957. Ergo, los enemigos ya no son los nazis sino los rusos y las reliquias místico-religiosas que tanto preocupaban al Führer han dado paso al género estrella del pulp de la década de los 50: la ciencia-ficción (y, más concretamente, la ufología).

Esto parece haber molestado a algunos espectadores (“Indy no pega con la temática ovni”, alegan), pero a mí honestamente me parece un giro adecuado y coherente con el momento histórico (al fin y al cabo si algo ha sido Indiana Jones en todas sus versiones es una revisitación en clave palomitera de los lugares comunes del pulp).

Otro de los aspectos que más se han criticado de esta nueva cinta son las fantasmadas (y una en concreto, ya en la segunda escena del film). Exacto: como si en “El templo maldito” los protagonistas no se lanzasen en una balsa hinchable desde un avión a punto de chocar, aterrizasen en un río y lo descendiesen a todo trapo sorteando rápidos mortales (qué pronto ataca la amnesia cuando se trata de criticar…) ¿Que hay fantasmadas? Claro, no te jode, esto es “Indiana Jones”, no “Tierras de penumbra”.

Dicho lo cual, me lanzo sin más a hacer un breve repaso de las virtudes de la película:

El casting de “El reino de la calavera de cristal” es, a priori, excelente: Shia Labeouf es un buen actor (pese a quien pese; lo demostró en “Transfomers”, lo demostró una vez más en “Memorias de Queens” y también en “Disturbia”); el personaje de Marion requería (inevitablemente) el regreso a la franquicia de Karen Allen; Cate Blanchett es una de las mejores actrices del mundo en la actualidad; John Hurt se sale y Harrison Ford sencillamente demuestra que Indy no hay más que uno (para desgracia de las legiones de imitadores surgidas desde “En busca del arca perdida”) y hace de nuevo suyo un personaje que nunca fue de nadie más (seguro que Tom Selleck está otra vez planteándose el hacerse el hara-kiri al ver las cifras de recaudación).

Además, los efectos especiales, las escenas de acción, el diseño de producción y la fotografía son todo lo que uno podría esperar de los responsables de la película (cuatro reveladores nombres: Light & Magic, Steven Spielberg, George Lucas y Janus Kaminsky).

Entonces, os preguntaréis, ¿a qué viene el título de esta entrada, amenazando decepción?
Queridos lectores, amigos y amigas, hermanos todos: Spielberg y Lucas han violado el primer mandamiento de la creación cinematográfica, aquel que el sabio John Lasseter siempre nos recuerda en las campañas promocionales de sus films: “las tres cosas más importantes en una película son el guión, el guión y el guión”.

Lo que diferencia a “El reino de la calavera de cristal” de la trilogía original es, sin lugar a dudas, el guión. ¿Dónde están esas réplicas ingeniosas que los personajes se soltaban unos a otros cada medio minuto? (por citar un par de la trilogía original: “No son los años, querida, es el rodaje” o “-Sabía que era usted. Tiene los ojos de su padre. – Y las orejas de mi madre. El resto es todo suyo”). ¿Dónde los gags visuales? (la engañosa percha del sádico Arnold Toht, el experto en el uso del sable con el que Indy no pierde el tiempo, la chimenea giratoria en el castillo nazi en el que Elsa tiene secuestrados a los Drs. Jones Senior y Junior). ¿Dónde los enigmas imposibles y las trampas mortales de las que sólo Indy puede escapar (con más suerte que astucia, dicho sea de paso)? No hace falta que os recuerde cierta bola gigante, ¿verdad? Pues sólo hay una escena de éstas (la fantasmada a la que me refería antes, que antecede, al menos para mí, al auténtico clímax de la película, y que tiene lugar a los 15 minutos de empezar…). Y luego si te he visto no me acuerdo.

Esto no significa que “El reino de la calavera de cristal” esté exenta de chispa. Está claro que aún queda algo de la vieja magia Indy (el arranque es puro Indiana Jones de toda la vida; la persecución en moto y la gran escena de acción en la jungla son vibrantes), pero no lo suficiente como para colocar esta nueva entrega a la altura de sus predecesoras. Si a eso le añadimos un total desaprovechamiento de las posibilidades que se advertían en algunos personajes (Marion estorba durante todo el metraje, la malvada Irina Spalko pide a gritos más minutos en pantalla y Mac, interpretado por Ray Winstone, no llega a producir más que una desilusionante indiferencia… total, que resulta inevitable darse cuenta que no hay nadie que pueda llenar el vacío dejado por Marcus, Henry Jones Sr. o incluso Tapón), y que el argumento tiene más agujeros que Tony Montana al final de “Scarface”, obtendremos una versión descafeinada del concepto original.

Se ha rumoreado mucho acerca de quién es el responsable de este agridulce resultado, mencionando las desavenencias de Lucas con aquel primer guión de Frank Darabont (se habla de hasta cinco guiones desechados, madre mía) que al parecer había fascinado a Spielberg y Ford, y que fue sustituido por el definitivo de David Koepp, más cercano al gusto del productor con papada por excelencia. También podría achacarse cierta culpa a la recurrente (y cansina) obsesión de Spielberg por las relaciones paterno-filiales, tema brillantemente abordado en “La última cruzada” y que quizás aquí resta importancia a la aventura más pura (y que es, supongo, lo que todos deseábamos encontrar en esta nueva película de la saga). Intuyo que la clave está en estas dos palabras: “Lawrence” y “Kasdan”; pero mejor paso de hacer cábalas e interrogarme en mis noches insomnes acerca de lo que pudo haber sido y no fue, que para eso ya habrá un montón de geeks sedientos de sangre esperando con antorchas y horcones a la puerta del rancho Skywalker.

“Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” es lo que es: una cinta de aventuras notable, muy por encima de otras super-producciones recientes como la última trilogía de “Star Wars”, las horrendas momias de Stephen Sommers o las disparatadas arrancadas arqueológicas de Nicolas Cage, pero igualmente alejada de los buenos viejos tiempos en los que el Dr. Jones era sinónimo de aventura, emoción, suspense y humor al más alto nivel.

Se encuentra, quizás, algo por encima de unos “Piratas del Caribe”. Pero para Indy eso es muy poco, qué queréis que os diga…