El Kobetasonik 2008 se celebró los días 20 y 21 de Junio en Bilbao y allí estuvo el menda en compañía del padre Karras y el Peli, para disfrutar de un fin de semana metalero. No es que yo sea un auténtico Hijo del Metal; me gustan mucho algunos grupos del género (Metallica, System of a Down, algunos discos de Blind Guardian o Iron Maiden), pero a poco que uno se fije en mi perfil de blogger se percatará que no soy un “metalero de pro”. Tampoco por las pintas, debo añadir (ahí soy más bien “gafapasta”, para bien o para mal). Así que entre aquella marabunta de melenas, cadenas y muñequeras con pinchos, servidor parecía (parecía, ojo) un poco fuera de lugar.
No es que eso importe, visto lo visto, porque los metaleros son una de las tribus urbanas más pacíficas e integradoras que conozco (todo lo contrario de lo que la gente piensa, y es que el público de El Canto del Loco es bastante más tocapelotas que el de Gamma Ray)… siempre que haya cerveza cerca, por supuesto.
Pero vayamos al grano musical:
Kobetasonik, día 1 (de 2)
Los tres gallegos llegamos a Kobetamendi a la hora en que empezaba el concierto de Apocalyptica, cuarteto de chelos eléctricos especialista en versionar a Metallica que sorprendió (además de con una interpretación magnífica de los hits de los más duros de San Francisco) con un “Heroes” (sí, el de Bowie) de quitarse el sombrero. También le hicieron hueco a “In the hall of the mountain king”, el clásico de Edvard Grieg (que además apeló a mi nostalgia universitaria: para un trabajo de la facultad tuve que montar un trailer de una peli de terror inventada utilizando ese audio). Fue un buen punto de partida para una tarde que resultó algo sosa: los Gamma Ray estuvieron cumplidores sin más, Ministry ruidosos (así que nos fuimos por ahí a tomar algo) y Helloween muy divertidos (sin excesos en lo musical). Los cabezas de cartel del primer día eran Judas Priest, banda celebérrima que a mí me aburrió bastante (que se le va a hacer, Rob Halford tiene papada…), así que volvimos pronto para Bilbao a descansar y reponernos de cara al día siguiente, el cual (éste sí) iba a colmar todas mis expectativas…
Kobetasonik, día 2 (de 2)
Curiosamente, el segundo día empezó más flojo. Nos perdimos a Arch Enemy para poder dormir a gusto (falta hacía) y llegamos para unos bochornosos Brujería, antítesis del buen gusto musical que incluso se permitieron hacer versiones cannábicas del gran éxito de Los del Río, “La Macarena” (ahora comenzaré a recibir amenazas de muerte de mejicanos revolucionarios metaleros).
Luego ya tocó esperar. Nos plantamos en el escenario 1 (había 2, ocupados por turnos, por esa regla actual de no hacer esperar al público entre concierto y concierto) y vimos como a lo largo de la tarde el foso se iba llenando de caras con estrellas, demonios y gatos pintadas en blanco, negro y plata. Todo el mundo hacía referencia a capítulos de “Padre de Familia” y poco importaba qué grupo saliera a tocar a continuación. La gente estaba allí para ver a KISS (¡toma, y yo!).
Durante la espera, pudimos disfrutar del Michael Schenker Group, pensado por y para el lucimiento de su guitarrista (el Michael Schenker del nombre), que terminó el concierto mucho mejor de cómo lo empezó (el inicio fue algo frío) y del espectacular directo de Dio, que dio una auténtica lección de cómo debe ser un concierto de rock duro. La banda estuvo soberbia y el propio Dio se lució con una voz que resiste como pocas al paso del tiempo, una energía desbordante (quien se la diera al Halford -con papada- de la noche anterior) y un repertorio excelente de canciones tanto de sus épocas en Deep Purple o Rainbow como en su carrera en solitario. Fue, en lo estrictamente musical, el mejor concierto del Kobetasonik 2008.
Entre tanta espera, servidor se perdió, en el escenario 2, los conciertos de Europe (una pena, me apetecía escuchar “The final countdown” en directo y así satisfacer al niño que llevo dentro) y “Blind Guardian” (éste sí que me entristeció de verdad; “A night at the opera” es uno de mis discos favoritos de todos los tiempos… tal vez en otra ocasión); pero supe que el sacrificio había merecido la pena en cuanto comenzó la… …KISS-teria!





Siendo estrictos, yo ya conocía “Lost” antes de enamorarme de ella perdidamente (atención, astuto lector, al intencionado juego de palabras). Mientras preparaba el teórico del carnet de conducir, mi hermano vio algunos capítulos sueltos cuando la empezó a emitir TVE y me dijo que aquello tenía muy buena pinta. Yo, más preocupado por mi futuro automovilístico, eché un vistazo a la pantalla, vi a unos fulanos corriendo por la selva y luego, con el más absoluto de los desprecios, seguí haciendo tests sobre límites de velocidad y tonelajes de camiones.
Y luego están los personajes. Todos ellos. Si tuviera que elegir solo a uno, sería incapaz de decidirme. Dependiendo del día, la hora y el pie con el que me levantase esa mañana, podría quedarme con Jack (el referente moral, el líder al que todos querríamos parecernos, pero sin dejar de ser tan humano como cualquiera), o con Sawyer (calavera y socarrón, irónico, divertido, pero con un lado oscuro siempre a flor de piel), o con Locke (el soñador, el idealista, el hombre de fe que a veces es necesario ser para no rendirse ante aquello que parece superarnos), o con Sayid (que perdió totalmente la inocencia y tiene demasiado de lo que arrepentirse, pero que sin embargo no abandona la esperanza de redimirse y, quizás, encontrar algún día la felicidad), o con Eko (su peor enemigo a su pesar, y uno de esos personajes más grandes que la vida), o con Juliet (ambigua, dura pero justa, sólida incluso a pesar de sus innumerables fisuras), o con Ben (de quien no diré mucho para no meter la pata, tan solo que lo admiro profundamente a pesar de no ser un personaje especialmente simpático), o con Kate (inestable, siempre huyendo de sí misma, incapaz de afrontar sus propias decisiones, pero al mismo tiempo llena de determinación y con un envidiable sentido de la lealtad), o con Hugo (adorable, simpático y bonachón, y con una inteligencia emocional, un conocimiento de las relaciones sociales y una capacidad de empatía sorprendentes)… y así podría continuar hasta citarlos a todos.





“Estela Plateada: Réquiem” nos cuenta cómo una de las criaturas más poderosas del universo (el surfista de plata creado por Jack Kirby en los 60 en la cabecera “Fantastic Four”) debe afrontar su propia muerte. Lo que aleja este “Réquiem” de los comics Marvel al uso, además del sobrecogedor aspecto visual (Ribic consigue en este tomo algunas de las mejores páginas de su carrera; he tenido la suerte de ver algunos originales y son de mear y no echar gota, lo juro), es esa percepción de lo inevitable (bien manejada por Straczinsky y que recuerda al tratamiento que Jim Starlin dio a la muerte del Capitán Marvel allá por los 70) que confiere a los momentos íntimos un valor y una capacidad de transmitir sensaciones al lector mucho mayor que la de las inevitables (aunque breves y escasas) escenas de acción. Así pues, sin llegar a ser una obra maestra, “Réquiem” es un tebeo que merece la pena ser leído, aunque sólo sea para comprobar que a veces, por increíble que parezca, en Marvel saben hacer bien determinadas cosas…