“Que
todo en la vida es cine, y los sueños cine son” (Luis Eduardo Aute)
“La solución a este problema está en el corazón de la humanidad... De haberlo sabido, me habría hecho relojero.” (Albert Einstein)
Dicen
por ahí que cuando uno está al borde de la muerte, toda su vida
pasa como una exhalación por delante de sus ojos. Me alegro de no
poder corroborarlo: lo más cerca que he estado de descubrir si
“existe un Dios” (como decía Miércoles Addams) ha sido una terrible experiencia causada por la ingestión de alimentos en mal estado. En
el caso del cine, somos los espectadores quienes estamos viendo pasar
sus más de 100 años de historia ante nuestros ojos gracias a la
fiebre nostálgica que en los últimos meses ha desembarcado con
fuerza en las carteleras internacionales. ¿Se trata de un mero
ejercicio de revisionismo, de una voluntad concreta de volver a tiempos pasados o de una elegía fúnebre?
Martin
Scorsese, una leyenda viva del medio, se propuso en
“La invención de Hugo” (título español a medio camino entre el
“Hugo” de la versión en inglés y “La invención de Hugo
Cabret” del original literario, debido a Brian Selznick) una doble
tentativa: filmar su primera película con vocación claramente
familiar y realizar un sentido homenaje a los orígenes del Séptimo
Arte.
La
historia sigue de cerca a un niño llamado Hugo Cabret que vive
clandestinamente en una estación de ferrocarril en el París de los
años 30. Allí, Hugo se dedica al mantenimiento de los relojes del edificio empleando los conocimientos adquiridos de su padre, el cual le dejó
al morir un autómata averiado que Hugo pretende reparar utilizando
piezas robadas a un vendedor de juguetes mecánicos de la estación.
“La
invención de Hugo” es una película para niños y mayores que no
trata como idiotas a los primeros ni se resiste a asaltar el corazón
a los segundos. Resulta cándida sin ser superficial y no escatima en
referencias a temas (digamos) adultos como la guerra o la muerte,
abordándolos sin regodearse en la desgracia. La cuestión que la
cinta plantea sobre el lugar que cada uno ocupamos en el mundo me
parece perfectamente válida tanto para un niño de 10 años como
para un adulto de 50, y su defensa de la fantasía como cura contra
la tristeza del mundo real resulta tan admirable en el contexto
histórico de los años 30 (con el amargo sabor de la Primera Guerra
Mundial todavía en el paladar de Europa) como en los albores del
tercer milenio (supongo que no hace falta que enumere razones para
deprimirnos hoy en día: que cada uno escoja la que prefiera).
Decir a
estas alturas que Scorsese maneja los resortes del medio con maestría
roza la perogrullada: no hay más que fijarse en el arranque de “La
invención de Hugo” (quizás los mejores diez primeros minutos que
he visto en una pantalla grande desde el estreno de “Up”) para
cerciorarse de que el director que antaño firmó títulos como “Taxi
driver”, “Toro salvaje” o “Uno de los nuestros” sigue
siendo uno de los mejores narradores que ha dado el cine. La
superlativa planificación de cada escena del film se engrandece
aún más con un acabado visual arrebatador: la paleta de azules y
dorados que dibuja las luces y sombras del París retratado en “La
invención de Hugo” remite tanto a los fotogramas pintados a mano
de las películas rodadas por Méliès como a los últimos avances en
iluminación y efectos digitales. La estereoscopia aparece aquí
(¡por fin!) como una herramienta usada con una auténtica intención narrativa, algo que un servidor sólo había percibido anteriormente en el “Avatar”de James Cameron. No creí que volvería a decirlo, pero ahí
va: merece la pena pagar por ver “La invención de Hugo” en 3-D.
Entre
un reparto de campanillas donde hasta el personaje con menor
presencia en pantalla responde al físico de un actor de primer orden
(¿son imaginaciones mías o me ha parecido ver a Michael Pitt
encarnando en un plano fugaz a uno de los hermanos Lumière?), Ben
Kingsley sobresale por méritos propios ofreciendo una interpretación
profunda y emocionante. Los niños cumplen con creces las
expectativas (que en mi caso, tratándose de actores preadolescentes,
no suelen ser excesivas) y uno sólo puede lamentar que a nombres
como Jude Law, Ray Winstone o Sacha Baron Cohen les correspondan
personajes tan necesitados de un mayor desarrollo dramático.
Resulta
que no todo es perfecto en esta “La invención de Hugo”, y junto
a momentos absolutamente maravillosos (la mentada secuencia inicial,
los últimos veinte minutos) conviven otros ligeramente anodinos que
diluyen considerablemente el síndrome de Stendhal que despiertan las
notas altas de la función. Por suerte, el encanto de la película no
reside solamente en el uso que su principal responsable hace del cine
como vehículo narrativo, sino también en la presencia del Séptimo
Arte como un protagonista de peso en la propia historia.
Scorsese
ofrece en “La invención de Hugo” una mirada múltiple y al mismo
tiempo profundamente personal al mundo del cine. De este modo, el
director se transfigura en el niño fascinado por la magia del
celuloide (Hugo), en el estudioso académico de la disciplina
cinematográfica (el personaje de Rene Tabard) y en el creador de
fantasías (el juguetero e ilusionista Papa Georges) como si fuesen
tres aspectos de una santísima trinidad: todos ellos son Scorsese.
Pero también la perspectiva externa que se reserva en el film el
propio realizador al mostrarse (en un cameo mínimo pero
significativo) como testigo presencial de los orígenes del estudio
cinematográfico como concepto.
“El
cine es magia”, nos dice el italoamericano sin rodeos: "lo más
cerca que el hombre puede estar de construir un sueño con sus manos y su intelecto".
Y a eso precisamente se dedica la segunda mitad de “La invención
de Hugo”: a recrear con todo lujo de detalles los sueños de
quienes cimentaron la historia del cine. Desde la imagen de un rostro
lunar herido por un cohete hasta la maquinaria de ruedas dentadas que
trajeron los tiempos modernos, pasando por el minutero del que un
cómico mudo pende sobre el vacío o un tren que rompe (literalmente)
la cuarta pared al embestir al espectador, la última película de
Scorsese es prácticamente un glosario de la iconografía visual que
configuró los orígenes del cine, leído desde el otro extremo del
camino. El vistazo fugaz a toda una vida como arte, como medio,
cristalizado en un saludo cargado de ternura y orgullo.
Lo que
no me atrevo a aventurar es si lo que intenta decirnos es "hola" o "adiós".
2 comentarios:
A mí también me ha gustado la peli. No tuve ocasión de verla en 3D (o la veía en V.O. en casa o iba a verla al cine doblada y en 3D, y al final cayó la primera opción), pero si dices que merece la pena confío en tu criterio. Me pareció increíble que - SPOILER - toda la parte de Méliès fuese totalmente cierta, además de que las reconstrucciones de su estudio o sus películas fuesen tan fieles al original - FIN DE SPOILER. Tienes razón, yo también me había fijado en Pitt. No sé si será una despedida, pero sí podría marcar un antes y un después como pasó con Eastwood y "Gran Torino" ("Más Allá de la Vida" me pareció un truñaco de proporciones astrales).
Por cierto, que el viernes se estrena, después de tanto tiempo, "The Ides of March". Te la recomiendo (en V.O., of course).
Con lo de la despedida no me refería a Scorsese, Tenenbaum: toda esta moda revisionista/homenajeadora del cine de antaño tiene para mí algo de necrológica, de echar la vista atrás al final del camino...
"Más allá de la vida" no me pareció tan terrible. Creo que tiene un aire telefílmico en lo argumental y que el final es demasiado complaciente, pero también posee momentos de auténtico cine (el arranque, la resolución de la trama de Bryce Dallas-Howard, la escena del metro...) Dista mucho de las mejores pelis de Eastwood, pero tampoco me parece la peor ("J. Edgar" o "Banderas de nuestros padres" me aburrieron mucho más).
Pierde cuidado, que en unos días hablamos por aquí de "Los idus de marzo" ;)
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