Mostrando entradas con la etiqueta series de tv. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta series de tv. Mostrar todas las entradas

miércoles, enero 18, 2017

Top 5: mis series de televisión favoritas de 2016

Sé lo que estás pensando: "¿el Abismo no estaba muerto y enterrado?".

Respuesta larga: durante meses he estado a punto de escribir una nueva entrada en esta bitácora en al menos una docena de ocasiones distintas, pero las circunstancias han conspirado en mi contra y he tenido que ir posponiéndolo hasta que la inspiración y las ganas se desplazaban hacia otros intereses y prioridades. La vida adulta da asco, y la vida adulta de un empleado de hostelería en Londres da asco y además deja muy poco tiempo libre para hacer cosas tan inútiles y divertidas como actualizar un blog. Pero al igual que uno tiene amigos a los que no ve en meses e incluso años y cuando por fin se reencuentra con ellos es como si no hubiese pasado un solo día, regresar al Abismo, aunque sea de forma puntual, se siente como algo cómodo, natural y un poquito necesario. "Old habits die hard", que decía Mick Jagger. Poco importa que en estos 9 largos meses apenas haya escrito listas de la compra repletas de yogures y galletas Oreo y whatsapps de no me esperes despierta que voy a llegar tarde 😘😘😘, y que las antaño afiladas habilidades literarias de un servidor se encuentren oxidadas hasta el punto de no recordar si se escribe croqueta o cocreta; el Abismo siempre estará ahí para devolverme su cálida, hogareña y onanística mirada.

Respuesta corta: éste es mi blog y me lo follo cuando quiero.

¿Y qué mejor manera de regresar, cual olvidada estrella de rock de los 80 necesitada de dinero para pagar el último divorcio y la pensión de siete retoños, que con las (oh, sí, nena) LISTAS DE LO MEJOR DEL AÑO? Porque todo blogger de mierda siente la irrefrenable necesidad de pontificar sobre lo que ha molado y lo que no durante la última elipsis completa (tomada desde un punto temporal arbitrariamente asignado al nacimiento de una figura religiosa de dudosa existencia) descrita por un planeta habitado alrededor de la estrella más cercana, y yo no quiero ser menos.

"Pero Jero, ¿no te parece un poco tarde para empezar a publicar listas con lo más mejor de 2016? Si prácticamente estamos acabando enero: las parejas ya piensan en sus regalos de San Valentín y los supermercados Sainsbury han montado el expositor con los huevos de Pascua."

Sí, lo sé, pero ---> Ver respuesta corta.


Empezamos con las series de televisión, campo cada vez más inabarcable del ocio contemporáneo, que en 2016 han dejado una cosecha brillante. Por supuesto, mi ranking de favoritas (que no mejores, eso se lo dejo a la gente que realmente sabe de lo que habla) es tan parcial y miope como mi lista de visionados: por un lado hay infinidad de títulos interesantes a los que tengo echado el ojo pero que todavía no he podido catar ("The Night Of", "Vinyl", "The Young Pope", "Making a Murderer", "The Americans", "The Crown", los nuevos capítulos de "Black Mirror"... y un largo etcétera); por el otro, he dedicado el último trimestre catódico de 2016 al visionado completo y ordenado de las 9 temporadas (y no-sé-cuántos episodios especiales) que componen la encarnación moderna de "Doctor Who" (que no entra en el top porque durante el año pasado sólo estrenó un capítulo navideño de escasa relevancia), lo que ha limitado considerablemente la cantidad de series que el abajo firmante haya podido ver recientemente.

Aclarado esto, al trapo:

5 - Narcos (Temporada 2)


Lo mejor que se puede decir de la segunda temporada de "Narcos" es que no parece una segunda temporada. El arco que narra el ascenso y caída de Pablo Escobar mantiene, sin solución de continuidad, todas las señas que hicieron célebre a la primera entrega de la serie estandarte de Netflix: ritmo trepidante, un guión plagado de dardos a la política nacional colombiana e internacional estadounidense, un robusto trabajo de dirección, un reparto magnífico (ligeramente afeado por la imposibilidad de lograr el acento perfecto para algunos personajes) y el mayor catálogo de insultos descacharrantes que se recuerde en televisión. Gonorrea. Hijueputa. Malparido.


4 - Westworld (Temporada 1)


Conviene ignorar la idea más o menos generalizada de que "Westworld", remake de la película homónima de 1973 escrita y dirigida por Michael Crichton, aspira a ser el relevo de "Game of Thrones" en HBO. Más allá del presupuesto de nueve cifras y el espectacular acabado audiovisual, cualquier parecido entre ambos títulos es puramente circunstancial. Producida por J.J. Abrams y Jonathan Nolan (hermano del visionario director de "Inception" e "Interstellar"), "Westworld" propone una sugerente mezcla de sandbox en el Oeste à la "Red Dead Redemption" y ciencia-ficción robótica al estilo Asimov. El resultado es una sofisticada y violenta fantasía futurista plagada de giros argumentales desencajamandíbulas, profundas disertaciones sobre si sueñan o no los cowboys con reses eléctricas y versiones para pianola de canciones de Radiohead (entre otros). Con las apariciones estelares de Anthony Hopkins y Ed Harris, para rematar la faena.

3 - Stranger Things (Temporada 1)


La sorpresa televisiva del verano, un proyecto del que apenas se sabía nada unas semanas antes de su puesta de largo en Netflix, ofrece un popurrí de grandes éxitos de los 80 diseñado para alimentar la nostalgia de su público objetivo. Habrá quien la acuse de no ser más que una ensalada de referencias (de "Carrie" a "Los Goonies" pasando por "Silent Hill", "Cuenta conmigo", "La Cosa", "E.T." y un largo etcétera) que no propone ni una sola idea inédita, pero no es mi caso. No sólo he disfrutado como un enano con su juego de guiños y homenajes; la brillantez con que se articula el pastiche, la pegada emocional de la narración y la empatía inmediata que despiertan sus protagonistas la convirtieron, para mí, en un triunfo absoluto.


2 - House of Cards (Temporada 4)


En un año marcado por las elecciones estadounidenses más polémicas del último medio siglo, los Underwood libraron su propia batalla por el Despacho Oval en otra sublime temporada de "House of Cards". La lección magistral de política impartida por Kevin Spacey y Robin Wright (inmensos, como de costumbre) describe la bajeza moral de la clase gobernante con una elegancia e inteligencia que ojalá compartiesen los corruptos del mundo real. Se puede ser malvado con estilo: aprende, Mariano.


1 - Game of Thrones (Temporada 6)


Sin más libros de George R.R. Martin que adaptar, los productores y guionistas de la serie estrella de HBO se enfrentaban en esta sexta temporada a un fandom tronista dispuesto a recibir los nuevos episodios con el cuchillo entre los dientes. Pese a unos primeros compases algo titubeantes, la luz de R'hllor no tardó demasiado en resucitar el extraordinario nivel habitual del programa y elevarlo por momentos hasta nuevas cotas de calidad. Capítulos como "Battle of the Bastards" o "Winds of Winter" suponen un hito en la historia de la televisión no sólo por su espectacular factura técnica (que también), sino por su combinación perfecta de tragedia, épica y grandes revelaciones argumentales; hasta el punto de que muchos no dudan en situar esta sexta temporada como la mejor de las emitidas hasta la fecha. Queda para el anecdotario geek el desparrame de memes generado en las redes sociales a cuenta de la traducción al castellano de esas tres palabras por las que será eternamente recordado el episodio "The Door".


De las que también me han gustado, se quedan fuera por muy poquito la segunda tanda de episodios de "Daredevil", con el mejor Punisher que se recuerde en imagen real; la miniserie de espías de la BBC "The Night Manager", que allanó el terreno para que Tom Hiddleston se convierta en el próximo 007; el regreso de "Man Seeking Woman", que a falta de "Rick and Morty" fue la mayor proveedora de risas tróspidas del año (¿todavía se puede decir tróspido en 2017?), y la cuarta entrega, todavía en emisión, de las aventuras de Ragnar Lothbrok y sus "Vikings".

No son las únicas dignas de, al menos, mención: la (mínima) cuota nacional queda cubierta con la segunda temporada de "El Ministerio del Tiempo"; la cuarta y última entrega de "Banshee" no alcanzó el altísimo nivel de sus predecesoras pero cerró el ciclo de desventuras de Lucas Hood de forma satisfactoria; la segunda temporada de "Ash vs Evil Dead" tuvo en su episodio "Morgue" el mejor momento de slapstick gore/escatológico del año, y la siempre irregular "The Walking Dead" continuó con la tradición de entregar capítulos arrebatadores como "JSS" o "The day will come when you won't be" en medio de soporíferas subtramas de redescubrimiento espiritual y cliffhangers perezosos como el del final de la sexta temporada.

La gran decepción del año ha sido la adaptación por parte de AMC del "Preacher" de Garth Ennis y Steve Dillon, un producto largamente soñado por los fans del tebeo que en su salto a la pantalla no ha sabido encontrar el equilibrio entre tonos y géneros. Lo del abrupto final de "Penny Dreadful" ni siquiera entra en el terreno de la decepción: vi la tercera temporada por puro completismo y me dejó tan indiferente que apenas merece la pena detenerse en ella.

miércoles, mayo 06, 2015

El Hombre Sin Miedo

Cuando apenas han pasado unos días desde que publiqué mi reseña de "Los Vengadores: la era de Ultron", me siento obligado a escribir una vez más sobre un producto de Marvel Studios, la división audiovisual de la editorial más importante, junto a su rival DC, del mercado estadounidense de comics. Y es que la filial de Disney (una de tantas, cualquier día llegarás a casa y descubrirás que tus padres te han vendido a la multinacional fundada por el tito Walt) ha aprovechado sabiamente su calendario de estrenos cinematográficos para lanzarse a la aventura televisiva de Netflix apenas veinte días antes de que la segunda película de los Héroes Más Poderosos de la Tierra aterrizase en las salas de cine de medio mundo. Estoy hablando, por supuesto, de "Daredevil", la serie de 13 episodios que conseguirá borrar (¡por fin!) de nuestra memoria aquella primera y bochornosa adaptación protagonizada por Ben Affleck del personaje creado por Stan Lee y Bill Everett en 1964.


Debo aclarar, ante todo, que Daredevil es mi personaje Marvel favorito1. En parte porque posee una serie de matices muy concretos que lo distinguen claramente de cualquier super-héroe al uso. Se trata, en primer lugar, de una persona teóricamente discapacitada: cuando era niño Matt Murdock estuvo implicado en un accidente de tráfico y los residuos radiactivos que transportaba un camión lo dejaron completamente ciego. Por supuesto, tratándose del Universo Marvel esos mismos residuos que mataron uno de sus sentidos amplificaron milagrosamente los demás, otorgándole una suerte de radar hipersensible que le permite proezas como detectar la verdad y la mentira en boca de una persona por el olor de su sudor o su frecuencia cardíaca. Lo cual le viene muy bien, obviamente, para ejercer su trabajo diurno como abogado defensor en el modesto despacho que dirige junto a su mejor amigo desde los días en la facultad de derecho, el simpático y fiel Foggy Nelson. Por irónico que pueda sonar, los mismos delincuentes a los que Matt y Foggy defienden en los juzgados durante el día pueden ser víctima de sus palizas como justiciero urbano durante la noche. Murdock es además todo un icono de la inmigración irlandesa en Nueva York: por si ser profundamente católico no fuese suficiente tortura, su padre fue un boxeador mediocre asesinado por los mismos mafiosos que amañaban sus combates en el cuadrilátero. Curiosamente, el radio de acción de Daredevil se circunscribe a un barrio concreto de la gran metrópolis, Hell's Kitchen; porque el Hombre sin Miedo es un héroe proletario, que prefiere enfrentarse a gangsters locales y a villanos de segunda fila antes que a invasores de otras dimensiones y devoradores de planetas: para eso ya están los Cuatro Fantásticos. Para colmo de males, su madre lo abandonó antes de que Matt pudiese conocerla y su novia de la universidad acabó siendo una ninja psicópata con un trauma familiar propio de una tragedia griega: no es de extrañar que nuestro héroe acabe enrollándose siempre con la mujer más desequilibrada de la fiesta. Mientras los Vengadores y los X-Men son, con sus alineaciones imposibles y sus aventuras más grandes que la vida, el Real Madrid y el Barcelona, Daredevil es el Rayo Vallecano de los comics Marvel3.


Pese a estos humildes orígenes, Daredevil tuvo la inmensa fortuna de cruzarse a principios de los 80 en el camino de un joven dibujante y guionista llamado Frank Miller, que cogería una colección con bajas ventas y un amplio margen de libertad creativa y convertiría su estancia en la serie en una de las etapas más recordadas de todos los tiempos en un comic Marvel. Es precisamente de esta etapa y de las miniseries derivadas de ella (principalmente "El Hombre Sin Miedo", la revisión de los orígenes del personaje escrita por Miller y dibujada por John Romita Jr.) de las que la actual teleserie toma tanto el tono como la caracterización básica de sus protagonistas.


El Daredevil de Netflix (llamado en realidad "Marvel's Daredevil", para dejar claro que comparte universo con las películas de Iron Man, el Capitán América y el resto de Vengadores) no tiene nada que ver con otras series de televisión actuales que adaptan personajes de comic a la pequeña pantalla. Frente al carácter desenfadado e infantiloide de "The Flash" y al impostado tono pulp de "Gotham", las dos grandes (y fallidas) apuestas televisivas de DC para esta temporada, "Daredevil" esgrime un aspecto realista, violento e incluso sórdido que recuerda a productos con un perfil mucho más alto; policíacos de la talla de "The Shield" o (genuflexión) "The Wire" que poco o nada tienen que ver, a priori, con los conceptos ideados por Stan Lee para las viñetas hace ya medio siglo. Habrá quien quiera ver la influencia de Christopher Nolan y su Caballero Oscuro en la propuesta de Drew Goddard (director y co-guionista, junto a Joss Whedon, de la fabulosa cinta de meta-terror "La cabaña en el bosque"), pero esos aspectos oscuros e introspectivos han acompañado al personaje desde que Miller firmase los guiones de sendas obras maestras del tebeo como son "Ruleta" (Daredevil #191) o la saga "Born Again" (Daredevil #226-233), y han sido santo y seña de las aventuras del Hombre Sin Miedo en casi todas las etapas posteriores (firmadas por escritores tan apegados a lo cotidiano como Ann Nocenti, Brian Michael Bendis o Ed Brubaker), hasta que recientemente Mark Waid decidió llevar de nuevo al héroe al colorido terreno de sus primeras aventuras.


Frente al modelo procedimental de "The Flash" y "Gotham", con un caso/villano por capítulo, "Daredevil" plantea su primera temporada como un todo, una película en 13 partes que sigue el modelo de otras cabeceras de la televisión privada estadounidense (desde "House of Cards", de la propia Netflix, hasta "Breaking Bad" de la AMC, pasando por las vacas sagradas de la HBO). Todo ello nos habla de un producto ambicioso, alejado de los clichés y complejos que tradicionalmente han perseguido a las adaptaciones del comic a la pantalla. Curiosamente, "Daredevil" es sorprendentemente fiel al material dibujado del que procede, bastante más de lo que habitualmente lo son las películas que la propia Marvel produce para el cine, lo cual dice mucho sobre la acusación de inmadurez que los propios lectores de super-héroes a veces nos reprochamos a nosotros mismos, y que el resto del mundo (los no lectores) tiene asumido de un modo bastante prejuicioso.


Ayuda, por supuesto, que los actores que intervienen en la serie se tomen sus papeles tan en serio como lo harían en la más solemne tragedia de Shakespeare, y que el casting acumule un acierto tras otro a medida que se van presentando los distintos personajes. No sólo Charlie Cox (al que los espectadores de "Boardwalk Empire" reconocerán como el asesino del IRA Owen Slater) compone un convincente Matt Murdock, tanto en su identidad civil de abogado discapacitado como en su faceta de violento vigilante, sino que Elden Henson ("Los juegos del hambre") y Deborah Ann Woll (la virginal Jessica de "True Blood") son unos perfectos Foggy Nelson y Karen Page, respectivamente. Rosario Dawson está espléndida dando vida a Claire Temple, por mucho que en la serie su personaje recuerde más a Linda Carter (la Enfermera de Noche) que a la novia de Luke Cage, y contra todo pronóstico el veterano secundario Vondie Curtis-Hall borda al periodista de vuelta de todo Ben Urich pese al chocante cambio de raza en el personaje (al contrario que Curtis-Hall, Urich es blanco en los comics). Pero sin duda el actor que captura como nadie el espíritu de su personaje y lo eleva por encima de su homólogo en viñetas es Vincent D'Onofrio, aquel lastimoso recluta patoso de "La chaqueta metálica" de Kubrick que aquí compone un Wilson Fisk memorable. El trabajo de D'Onofrio va más allá de la lograda caracterización física: su voz, casi un gruñido, y su amenazadora mirada de animal enjaulado contrastan con la dulzura con que el rey del crimen trata a su amada Vanessa (Ayelet Zurer, madre de Kal-El en "El hombre de acero" de Zack Snyder). En mi opinión, nos encontramos ante la mejor adaptación de un villano de comic a la pantalla desde el inquietante Joker de Heath Ledger en "El caballero oscuro".


Otro aspecto especialmente gozoso de "Daredevil" es la forma en que desmiente (una vez más) el cliché de que las escenas de acción rodadas para televisión son inevitablemente cutres. Tomando como referencia títulos como la trilogía "Venganza" protagonizada por Liam Neeson o la divertidísima (e inédita en España) "John Wick", el equipo de directores capitaneados por Drew Goddard filma unas coreografías fluidas y realistas que no recurren a los habituales trucos de montaje que muchas veces impiden percibir lo que realmente están haciendo los especialistas ante las cámaras. El paradigma de este buen hacer se encuentra en el formidable plano secuencia que cierra el segundo episodio, heredero directo de la escena del martillo de "Old Boy" (joya del reciente cine coreano) y uno de los ejemplos más evidentes de por qué este "Daredevil" juega en la liga de las grandes producciones televisivas de nuestros días.


Y luego están los guiños, ese plus destinado al espectador que venía con la lección comiquera aprendida y que aplaudirá emocionado al descubrir en "Daredevil" menciones soterradas a villanos como el Gladiador (ésta es explícita) o el Zancudo (bastante más sutil), alusiones a Roxxon y a "aquella chica griega de la universidad" o la promesa velada de que la Serpiente de Acero de K'un L'un hará acto de presencia en la anunciada serie dedicada al inmortal Puño de Hierro, también bajo el logo de Netflix.


La serie es tan satisfactoria a todos los niveles que, de hecho, sólo se me ocurren dos reproches que hacerle. El primero se refiere al desarrollo del último episodio, demasiado apresurado para lo que el resto de la temporada había sido hasta el momento, casi como si a los guionistas les hubiesen entrado las prisas por resolverlo todo antes de los créditos del decimotercer capítulo por si acaso nunca llegásemos a ver una segunda temporada (que, por suerte, ya ha sido confirmada). El segundo es algo tan superficial como la queja de turno sobre el uniforme del héroe. Si bien el primitivo disfraz negro que Murdock luce en primer lugar me parece que funciona maravillosamente en pantalla, el traje ¿definitivo? de Daredevil no termina de gustarme, porque rompe con ese realismo oscuro que hasta entonces había imperado en la narración. No son defectos que invaliden el resto de sus virtudes, que son legión, y seguramente al espectador que se acerca por primera vez al personaje le preocupe mucho más no haber entendido quién demonios es ese tal Stick (Scott Glenn, nacido para el papel) que aparece de imprevisto en el capítulo 7 y de qué va todo el asunto del Cielo Negro, pero quienes hemos leído los tebeos de Miller sabemos que ahí residen, con toda seguridad, las claves de esa segunda temporada que, si mantiene el nivel de ésta, confirmará a "Marvel's Daredevil" no sólo como una de las series de televisión más entretenidas que uno puede llevarse a los ojos y oídos actualmente, sino también como la mejor adaptación de un super-héroe del tebeo a la pantalla de todos los tiempos. Así de buena me ha parecido.



1: Por supuesto, no dejo de preguntarme cómo es posible que Affleck haya conseguido encarnar en la gran pantalla a mi personaje favorito de Marvel y a mis dos personajes favoritos de DC2, pero supongo que eso no puede explicarlo ni Iker Jiménez.

2: Vale, en "Hollywoodland" realmente interpretaba a George Reeves, pero para el caso es lo mismo: llevaba la S en el pecho, ¿no? Ya sólo por eso estoy deseando que Henry Cavill lo haga puré...

3: Sé lo que estás pensando y sí, Spider-Man es el Atleti.

jueves, enero 01, 2015

Top 5: mis series de televisión favoritas de 2014

Pocas tradiciones navideñas siguen aún vigentes en mi vida. La hostelería no sabe de festivos y este año tampoco he podido disfrutar ni de la Nochebuena ni de la Nochevieja en familia. Por suerte, una de las pocas tradiciones que sí puedo permitirme es la de las listas con mis títulos favoritos del año que se nos va; ejercicio recopilatorio tan efímero y fútil como divertido.

Por primera vez en tantos años de Abismo, paso de la música. Llevo todo el 2014 pasando, en realidad. Podéis atestiguarlo echando un vistazo a las escasas entradas sobre música publicadas en los últimos meses por estos lares. Estoy absolutamente descolgado de la actualidad musical porque a) antes invertía mucho tiempo trabajando a solas en mi estudio, con mi discos (nuevos y no tan nuevos) puestos todo el rato, y ahora me veo obligado a convivir con el infame hilo musical del curro, y b) salvo contadas excepciones, cada vez que he intentado acercarme a un disco o a un grupo nuevos me ha dado una pereza mayúscula y he acabado volviendo al cómodo terreno conocido. Las bandas que ya me gustaban y que han sacado álbum en 2014 me han dejado indiferente. De los artistas y formaciones de nuevo cuño, sólo encuentro palabras amables para Royal Blood y su debut homónimo, que me ha hecho pasar algunos buenos ratos durante este último otoño. Así que esta vez no hay Top 10 con mis discos favoritos. Ya veremos si 2015 se porta algo mejor en el terreno musical.

Para compensarlo, añado nueva categoría a mis listas de Año Nuevo. Tímidamente: un top 5 con las series que más he disfrutado en los últimos 12 meses. Es una lista con mejores intenciones que argumentos, ya que faltan muchos títulos importantes con los que, sin embargo, aún no he conseguido ponerme al día a estas alturas. Tengo todavía pendientes de visionado (aunque algunas se emitieron hace un montón de meses) las entregas de 2014 de “House of Cards”, “Mad Men”, “American Horror Story”, “Girls”, “Utopia”, “Sherlock” y “Juego de Tronos”, y también otros títulos estrenados el año pasado como “Fargo”, “1864”, “Sonic Highways”, “The Affair” o “Transparent” que tienen muy buena pinta. Y luego están esas otras series aún en curso que todavía no he empezado y que en algún momento me gustaría visionar: “Shameless”, “The Good Wife”, “Peaky Blinders”, “Vikings”...


¿Cuándo conseguiré ponerme al día con mis series pendientes? ¿Nunca, tal vez? Lo importante es, en realidad, aprovechar la excusa para hablar de buena televisión y recomendar cinco series que en 2014 han puesto el nivel catódico, una vez más, por las nubes. Ahí vamos:

5 - Orange is the New Black (Temporada 2)


Después de una primera entrega divertidísima, “OITNB” tuvo el acierto de diluir en su segunda temporada el protagonismo antes concentrado en el personaje de Piper Chapman. La coralidad resultante hizo aún más entretenido el día a día de las reclusas de la penitenciaría de Litchfield, con las que a estas alturas uno ya ha empatizado hasta altos niveles emocionales: “OITNB” te hace reír, te hace reflexionar (casi sin que te des cuenta) sobre algunos espinosos temas sociales y te conmueve (capítulo sí y capítulo también) con los dramas de estas supervivientes oprimidas por el sistema.

(Puedes leer una reseña más completa haciendo click AQUÍ).


4 - Hannibal (Temporada 2)


El estupendo cliffhanger con el que concluía la primera temporada de "Hannibal" evolucionó, en su (muy superior) segunda entrega, en una situación inédita en las versiones literaria y cinematográfica de las correrías del caníbal creado por Thomas Harris. El Dr. Lecter interpretado por Mads Mikkelsen y el agente especial Will Graham encarnado por Hugh Dancy ya se han convertido, para un servidor, en las versiones definitivas de ambos personajes, y sus turbadoras desventuras en el retorcido infierno culinario cocinado por el showrunner Bryan Fuller me fascinan, repugnan e hipnotizan por igual. Un menú sangriento no apto para todos los paladares.

3 - Boardwalk Empire (Temporada 5)


El político y gángster (¿no es un poco lo mismo, hoy en día?) Enoch "Nucky" Thompson, inolvidable Steve Buscemi, se despidió de su audiencia en una quinta temporada breve (sólo 8 capítulos), introspectiva y crepuscular en la que Terence Winter y su equipo de guionistas dieron un doble salto temporal: seis años hacia delante respecto a la cuarta temporada, mostrándonos los últimos días de la Prohibición, y varias décadas hacia atrás, narrando la infancia y juventud del protagonista. Los extremos se tocan en un todo circular que, no siendo mi entrega favorita de la serie (ésas serían la segunda y la cuarta), sirve como excelente punto y final a uno de los mejores títulos catódicos de todos los tiempos (en mi nada modesta pero siempre discutible opinión). La pena es que hayan pasado ya cinco años desde el estreno de "Boardwalk Empire" y que aún queden tantos espectadores sin saber que se han perdido algo tan grande como "Los Soprano", "Breaking Bad" o "Mad Men".

(Puedes leer mis reseñas de la primera y segunda temporadas de "Boardwalk Empire" haciendo click AQUÍ y AQUÍ).


2 - The Knick (Temporada 1)


"The Knick" ha sido una sorpresa mayúscula, por aparecer casi de tapadillo y en una cadena filial de la HBO (Cinemax), y por estar dirigida en sus diez episodios por Steven Soderbergh en el que ya es, para mí, el mejor trabajo de toda su carrera. Las atrevidas formas del cine contemporáneo (textura digital de la imagen, largos planos secuencia con cámara al hombro, hipnótica música electrónica) contrastan con el ambiente médico de principios del siglo XX en el que el jefe de cirujía del hospital Knickerbocker, John Thackery, fuerza al máximo los límites éticos de su profesión mientras cae en un infierno de adicciones y frustración. Todo ello envuelto en la cruda representación de una sociedad machista, xenófoba y puritana y salpicado por una escenas de quirófano tan explícitas como turbadoras. La guinda al pastel la pone la excelente interpretación del mejor Clive Owen que un servidor recuerde. Canela fina.


1 - True Detective (Temporada 1)


Si ha habido una serie que me haya enamorado en 2014 sin duda ha sido ésta. Los ocho episodios escritos por Nic Pizzolatto y dirigidos por Cary Joji Fukunaga lo tienen todo: un guión con una estructura compleja y unos diálogos magistrales, unos personajes (Rust Cohle y Marty Hart) que enganchan desde los primeros minutos, una puesta en escena que ya quisieran para sí el 90% de las películas que se estrenan en cine, dos interpretaciones protagonistas que se salen de las escalas y un plano secuencia (al final del capítulo 4) capaz de justificar por sí solo esta mirada al abismo existencial que (como todo buen abismo que se precie) le devuelve a uno la mirada. Para mí, la primera entrega de "True Detective" es el producto televisivo perfecto. Lo que traiga consigo la segunda será, por supuesto, otro cantar.

(Puedes leer una reseña más completa haciendo click AQUÍ).


"The Newsroom" se ha quedado fuera del listado, muy a mi pesar, porque sólo he visto los dos primeros episodios de su tercera temporada: si tuviera que juzgarla por este par de capítulos le otorgaría un sitio en el top 5 sin dudarlo, pero aún me restan otros cuatro para el final y no sería la primera vez que Sorkin se queda a las puertas de la gloria por no saber rematar la faena. Me gustaría además hacer una mención especial a la quinta temporada de “The Walking Dead”, que sigue mejorando a cada año que pasa, después de tocar fondo en su segunda temporada y levantar sorprendentemente el vuelo a partir de la tercera: los zombies de Robert Kirkman viven un momento dulce en la pequeña pantalla. Algo más abajo han quedado las primeras entregas de “Marco Polo” y “Penny Dreadful”: productos con una puesta en escena espectacular y altísimos valores de producción a los que les ha faltado, quizás, esa chispa de excelencia en el terreno dramático que separa a las buenas series de las grandes series. Por otro lado, también toca confesar la irrupción en mi dieta catódica de dos guilty pleasures tebeísticos difícilmente defendibles: se trata de “Gotham” y “The Flash”, series de calidad dudosa (cuando no directamente malas) que me gusta ver por razones que no alcanzo a comprender. “People are strange”, que decía Jim Morrison.

jueves, septiembre 18, 2014

Jailhouse rock

Tengo un cuelgue importante con “Orange is the new black”, la serie que emite en streaming Netflix, empresa californiana de difusión de contenidos audiovisuales en internet, y que en España puede verse a través de Canal + o, lógicamente, de tu página favorita de descargas o visionado online. Aprovechando mis vacaciones (en septiembre, cuando casi todos habéis vuelto ya al trabajo... si es que lo tenéis, que ya sabemos lo bien que está el tema), me estoy pegando un importante atracón con los 26 episodios emitidos hasta el momento, distribuidos en dos temporadas de 13 capítulos cada una.


Comencé a ver “Orange is the new black” por dos razones:

1) Para comprobar si la altísima calidad de “House of Cards”, la única serie de Netflix que había visto hasta la fecha, era algo casual o podíamos estar ante el ascenso de otra plataforma con capacidad para competir cualitativamente con HBO, AMC y (en menor medida) Showtime. Pero sobre todo porque

2) David Simon (a.k.a. El creador de la mejor serie de la historia de la TV y si no piensas igual es porque aún no has visto “The Wire”) dijo que "hay una serie ahora en Netflix llamada "Orange is the new black" que es genial. Es de Jenji Kohan y la verdad es que ella hace un trabajo genial, es muy inteligente". Y si lo dice David Simon hay que verla. Indeed.


Kohan, creadora de “Weeds”, se inspiró en la novela autobiográfica de Piper Kierman para narrar la historia de su homóloga catódica, Piper Chapman, prototipo de neoyorkina WASP de buena familia que acaba entre rejas, apenas unos meses antes de su boda con el bienintencionado y pusilánime Larry, como consecuencia de ciertas actividades ilegales cometidas durante una “época loca” al terminar la universidad: para sorpresa de su prometido y de las familias de ambos, Piper tuvo en su momento un apasionado romance lésbico con una narcotraficante para la que ejerció puntualmente de mula.


Posiblemente la trama relativa a Piper sea la más predecible y genérica en “Orange is the new black”. Quizás porque su personaje es un poco cargante al principio, con sus aires de Reese Witherspoon sabelotodo, o porque su familia y amigos, los que se han quedado fuera siguiendo con sus vidas, son una panda de gilipollas egoístas. Gente bastante normal, en realidad, pero que cae mal porque sus problemas son pura chuminada comparados con los de las reclusas de la penitenciaría de Litchfield. Que el episodio piloto no desanime a nadie: en cuanto la serie termina con las presentaciones preliminares y comienza a indagar en el funcionamiento interno de la prisión, el protagonismo se difumina y “Orange is the new black” se convierte en un divertidísimo fresco sobre el día a día en un centro correccional femenino.


La estructura narrativa de los capítulos, con flashbacks dedicados al pasado de las reclusas (al más puro estilo “Lost”), refuerza la sensación de coralidad y consigue que uno empatice rápidamente con las compañeras de presidio de Piper. Sus tragedias personales, que rara vez tienen una relación directa con el delito por el que cumplen condena, unidas a su inagotable voluntad para buscar la felicidad incluso tras las rejas, son el auténtico motor de la serie. El contrabando, la segregación racial, las relaciones sexuales entre convictas, la maternidad en prisión, las dinámicas de poder e incluso el culto religioso son algunos de los temas abordados por Kohan y sus guionistas; siempre desde un punto de vista humorístico, a veces kafkiano, aunque sin perder de vista la humanidad de sus personajes y el drama, muy serio, que representa su vida en presidio. Pero no sólo las reclusas son protagonistas de la acción: los carceleros, habitualmente más brutales y despóticos que las propias internas (pero “también personas”, como le gusta recordar al asistente de alcaide Caputo), son una parte fundamental de la ecuación que convierte a “Orange is the new black” en una mezcla tan exitosa.


Hay en ella un equilibrio muy delicado entre la risa y la emoción, entre el culebrón más adictivo y la sociología más ilustrativa, todo ello presentado de una forma muy amena y ligera que facilita que uno pueda ver dos o tres capítulos seguidos sin empacharse o sentirse fatigado, pese a que la serie proponga muchas ideas con bastante más enjundia de lo que inicialmente aparenta. Un equilibrio que hace de “Orange is the new black” una recomendación infalible para casi cualquier tipo de espectador... siempre que uno no tenga reparos en contemplar un par de escenas explícitamente lésbicas por capítulo o en saber a ciencia cierta que sus responsables son gente tirando a liberal, con muy poco aprecio por los fanatismos religiosos, la homofobia y el machismo más recalcitrante. Gente inteligente, la llamo yo.

jueves, julio 24, 2014

Scary Monsters (and Super Creeps)

En el ámbito de las cadenas estadounidenses de televisión por cable que ofrecen series de televisión para un público adulto, podríamos considerar a Showtime como la tercera en discordia por detrás de HBO (que actualmente emite títulos como “Juego de Tronos”, “Boardwalk Empire” y “True Detective”) y AMC (responsable de “Mad Men”, “The Walking Dead” y la recientemente finalizada “Breaking Bad”). En un momento dado, justo antes del gran despegue de AMC, parecía que Showtime podía convertirse en el gran relevo tras tantos años de hegemonía por parte de HBO: las primeras temporadas de “Weeds”, “Dexter” y “Californication” entraron con fuerza en las parrillas televisivas norteamericanas y en los hogares de un montón de teleadictos por descarga de todo el mundo, pero ninguna de estas series consiguió a la postre mantener el nivel prometido por sus primeras entregas. Tampoco la sobrevalorada “Homeland”, elevada a los altares catódicos en los Premios Emmy de 2012, logró cumplir con las expectativas generadas por una primera temporada repleta de agujeros de guión y caprichosos giros argumentales. Más allá de las desventuras conspiranoides de la agente de la CIA Carrie Mathison, el futuro de Showtime parece ahora marcado por dos producciones de nuevo cuño con perfiles bien distintos. La primera es “Ray Donovan”, una narración de género negro protagonizada por Liev Schreiber y Jon Voight que la semana pasada estrenó su segunda temporada. La otra es una de las grandes candidatas al podio del género de terror para este 2014, en pugna, presumiblemente, con “The Strain” y “American Horror Story: Freak Show”.


Se trata de “Penny Dreadful”, un pastiche de horror victoriano creado y escrito por John Logan, autor de los libretos de “Gladiator”, “El último samurai”, “El aviador” y “Skyfall”, en el que los iconos imaginados hace más de un siglo por Bram Stoker, Mary Shelley u Oscar Wilde son reinventados y situados en un universo compartido que remite inevitablemente al comic “The League of Extraordinary Gentlemen” de Alan Moore y Kevin O'Neill y, en menor medida, al “Van Helsing” dirigido por Stephen Sommers. Sin embargo, lo que en las viñetas de Moore y O'Neill es puro malabarismo enciclopédico, en “Penny Dreadful” sirve simplemente como base para un relato genérico sin grandes complicaciones metaficcionales: una historia de aventuras, acción y terror salpicada con referencias bastante asequibles para cualquier espectador que no haya estado en coma durante los últimos 50 años.


En el epicentro del relato, rodeado por los mismos monstruos que en su día la Hammer convirtió en franquicias fílmicas en blanco y negro, se encuentra el personaje de Vanessa Ives, una misteriosa médium encarnada por la hipnótica actriz Eva Green. La intérprete francesa, a quien pronto veremos en cines en la secuela (con polémica pezonil) del “Sin City” de Frank Miller y Robert Rodríguez y acompañando a Mads “Hannibal” Mikkelsen en el western danés “The Salvation”,  ofrece en “Penny Dreadful” un auténtico recital dramático a través de un personaje complejo, cargado de matices y registros diferentes, logrando que la serie alcance sus picos de máximo interés cada vez que sus ojos azules asoman por la pantalla. Cuando su descubridor para el cine, el sátiro Bernardo Bertolucci, la describió como “tan bella que es indecente” se olvidó de aclarar que mi chica Bond favorita (en “Casino Royale”) es además una actriz espléndida.


Le acompaña, casualmente, el peor agente 007 que se recuerde (porque nadie recuerda a George Lazenby): Timothy Dalton, cuyo trabajo más memorable en los últimos 25 años ha sido prestar su voz al erizo Mr. Pricklepants en “Toy Story 3”. Josh Hartnett (actor discreto por quien siento simpatías a raíz de “El caso Slevin”), Harry Treadaway y el gran Rory Kinnear (en un rol muy alejado de aquel Primer Ministro británico al que daba vida en el primer episodio de “Black Mirror”) completan el reparto principal: un improvisado equipo de investigadores de lo paranormal reclutado para encontrar a una joven desaparecida que responde al nombre de Wilhelmina Murray. Resulta llamativo que sean precisamente los episodios más orientados hacia la búsqueda de la Srta. Murray, el primero y el último, los que rebajen mi entusiasmo hacia “Penny Dreadful”. Los seis capítulos que discurren entre uno y otro son tan entretenidos y disfrutan de un desarrollo de personajes tan interesante que uno lamenta que la trama (teóricamente) principal sea poco más que un enorme mcguffin para reunir a los extraordinarios caballeros de John Logan y dejar que sea la dinámica entre sus protagonistas la que realmente lleve la serie por otros derroteros.


No obstante, hay mucho más en “Penny Dreadful” para la alabanza que para el lamento: desde la exquisita puesta en escena, con Juan Antonio Bayona (“El orfanato”, “Lo imposible”) ejerciendo de maestro de ceremonias, hasta el elegante diseño de producción y los muy convincentes efectos especiales y de maquillaje, pasando por una banda sonora memorable a cargo de Abel Korzeniowski (con especial hincapié en el tema que acompaña a los créditos iniciales). En términos de producción, la serie de terror de Showtime juega en las ligas mayores, y cada centavo (o penique) invertido en su presupuesto luce magníficamente en pantalla. Habrá que ver si las buenas vibraciones transmitidas por esta primera temporada se corresponden el próximo año con una segunda entrega a la altura de las circunstancias. Yo, aunque sólo sea por ver de nuevo a Eva Green en uno de los mejores papeles de su carrera, la estaré esperando con ganas.

martes, marzo 11, 2014

Los detectives salvajes

Superado el abismo técnico y presupuestario que hasta no hace tanto había diferenciado al cine de su hermano tonto catódico, la televisión ha conseguido ganarle definitvamente la partida a las salas de proyecciones liberándose de la limitación temporal. “The Wire” es una “French Connection” de 60 horas, “Los Soprano”, la edición más extendida de “Uno de los nuestros” que uno podría desear, y “Hermanos de sangre” la versión 2.0 más grande, más larga y sin cortes de la ya de por sí monumental “Salvar al soldado Ryan”. Es en esa capacidad para el desarrollo pleno de subtramas y personajes, en esa posibilidad de no dejar nada fuera de las dos fugaces o eternas horas (tres, si dirige Peter Jackson) que dura una película convencional, donde las series demuestran su auténtico potencial. El caso de “True Detective” no es ajeno a esto: su premisa inicial (pareja de policías persiguen a asesino en serie) recuerda inevitablemente a una tonelada de films estrenados en los últimos veinte años, siendo dos películas de David Fincher, “Seven” y “Zodiac”, las referencias que mejor describen el tono de la última propuesta de la HBO.


El punto de partida de “True Detective” no tiene nada de novedoso, pero sus casi ocho horas de desarrollo permiten una exploración de la psicología de sus protagonistas que supera con creces cualquier descripción de personajes vista previamente en el cine de psycho-killers. Hasta el punto, de hecho, de que lo menos interesante de la serie acaba siendo el caso policial que la vertebra: el alma de “True Detective” se encuentra en la complicada dinámica generada entre Rust Cohle y Marty Hart, dos investigadores tan incompatibles (por método policial y actitud vital) como puedan serlo el agua y el aceite, condenados a debatir durante 17 años, a un nivel casi metafísico, sobre los misterios de la vida y la muerte.


Hay en “True Detective” un constante trasfondo filosófico, a pesar de lo que al personaje de Hart, un hombre vulgar de apetitos muy vulgares, le gustaría. Su compañero, un obsesivo detective sin pelos en la lengua llamado “óxido” (Rust en inglés), padece un caso severo de nihilismo alucinatorio con tendencia a la conspiranoia, consecuencia de sus tragedias personales y de su controvertido currículum policial. Por mucho que haya un asesino en serie sembrando el terror por los pantanos de Luisiana, el sociópata más interesante de “True Detective” es sin duda el detective Rustin Cohle. A ello contribuye, sin duda, la lección interpretativa ofrecida por el hombre del momento en Hollywood, Matthew McConaughey. El último ganador del Oscar al mejor actor principal (por la estupenda “Dallas Buyers Club”) ha conseguido darle un giro insólito a su carrera en apenas dos años. De lucir palmito como tipo-guapo-genérico y protagonizar films tan banales y alimenticios como “Los fantasmas de mis ex-novias”, “Sahara” o “Como locos a por el oro” a sorprender en “Mud” y “Killer Joe” e incluso robarle la película (y no sólo la película) en apenas 5 minutos al Leonardo DiCaprio de “El lobo de Wall Street”. Su 2014 será redondo cuando el próximo noviembre lo veamos como cabeza de cartel en el presumible nuevo taquillazo (con halo de culto) de Christopher Nolan, “Interstellar”.


El trabajo de McConaughey en “True Detective” es superlativo, a un nivel reservado para monstruos televisivos de la talla de James Gandolfini, Ian McShane o, casi casi, Bryan Cranston. En frente está Woody Harrelson defendiendo con su habitual buen hacer a un personaje necesariamente menos jugoso pero igualmente importante para el show. De la antítesis entre uno y otro, a muchos niveles, nace la chispa que incendia “True Detective”, y eso es mérito de ambos actores y de un libreto, firmado por el creador de la serie Nic Pizzolatto, plagado de diálogos rotundos y silencios aún más rotundos. Más allá de un par de tópicos difícilmente eludibles en el thriller de psicópatas, la investigación policial que ejerce de leit motiv se estructura como un meticuloso puzzle de flashbacks y narraciones en off y ofrece interesantes giros de guión, pero sobre todo permite que el arco dramático de sus personajes los lleve de un estado mental y emocional al siguiente con pasmosa naturalidad. Constatación, una vez más, de que “True Detective” es, fundamentalmente y pese a todas sus demás virtudes, una serie de personajes (¿a alguien más le resulta imposible no pensar en “Lost” cuando escucha esta expresión?).


La tercera estrella Michelin la ponen la sobrecogedora puesta en escena y el trabajo de dirección, finísimo, llevado a cabo por el realizador Cary Joji Fukunaga. Quien haya visto la última versión de “Jane Eyre” protagonizada por Mia Wasikowska y Michel Fassbender no se sorprenderá al reconocer en “True Detective” la misma atmósfera opresiva y fantasmagórica que el director de ascendencia sueco-japonesa imprimía al clásico literario de Charlotte Brontë. Fotografiado en neblinosos tonos grises y frondosos verdes, el Bayou al que cantaba John Fogerty se revela como un perfecto enclave para el terror, plagado de charlatanes con alzacuellos y catetos de los pantanos de genealogía sospechosamente endogámica. Sólo faltan John Constantine con los rasgos de un joven Sting y la Cosa del Pantano dibujada por Stephen Bissete y John Totleben para que uno se sienta como en una relectura en clave neo-noir de la mítica saga de tebeos “American Gothic” de Alan Moore.


Fukunaga asume la realización de “True Detective” con la determinación de un trabajo 100% autoral, como si fuera la obra de su vida, sin la imposición de restricciones narrativas nacidas de un supuesto complejo de inferioridad catódico. La televisión del siglo XXI puede pensar a lo grande (ahí están “Juego de Tronos” o “Boardwalk Empire”, hablándole al cine de tú a tú), y no hay nada más grande en la historia del medio, a nivel estrictamente cinematográfico, que el descomunal plano secuencia con el que culmina el cuarto episodio de esta serie, digno de una superproducción de Joe Wright (“Expiación”) o Alfonso Cuarón (“Hijos de los hombres”, “Gravity”). Desde un punto de vista técnico, “True Detective” es otro clavo más en el ataúd del Séptimo Arte tal y como se había entendido hasta ahora. O quizás ya sea hora de admitir que la línea divisoria entre cine y televisión ha desaparecido para siempre y que, lo mismo que una novela puede tener 200 páginas o 1.000, las películas del futuro (las películas del presente, en realidad) tendrán por fin la libertad narrativa que ofrecen todos los medios de difusión a su alcance, ya sea un cortometraje subido a YouTube o Vimeo, un film de dos horas exhibido en las multisalas de un centro comercial o una historia de 500 minutos emitida directamente por cable y descargada, al día siguiente, al disco duro de millones de ordenadores en todo el mundo. Contradiciendo esa expresión coloquial tan melindrosa, las cosas más grandes ya no vienen necesariamente en frascos pequeños... aunque cosas tan ínfimas como un opening de minuto y medio puedan resultar tan evocadoras.


Casualmente la gran amenaza del éxito televisivo, la antinatural longevidad folletinesca de seriales como “Prison Break”, “Dexter” o la mentada “Lost”, es uno de los males a evitar por “True Detective”. Siguiendo el modelo antológico de “American Horror Story”, la creación de Pizzolatto (fogueado como guionista en otra serie con homicidio de trasfondo, “The Killing”), narrará en cada nueva temporada un caso distinto, protagonizado por personajes (y actores) diferentes, tratando de renovar en la medida de lo posible el factor sorpresa que ha hecho de esta primera entrega de “True Detective” uno de los fenómenos televisivos más arrolladores de los últimos años. El listón está ahora en los cielos, pero como espectador me produce una gran satisfacción tener la certeza de que futuros aciertos o desmanes de la HBO no podrán echar por tierra el resultado casi perfecto de estos ocho episodios que ya forman parte de la historia de la televisión. Y, por extensión, del cine como vehículo para contar historias.

domingo, octubre 20, 2013

La balada de Walter White

(Esta entrada no contiene spoilers sobre las tramas principales de “Breaking Bad”. La intención no es debatir si tal o cual cosa fue divertida o inquietante, o si debería haber terminado así o asá, sino convencer a quien todavía no haya empezado esta serie de que debería darle una oportunidad, y recordarle a quien ya la haya visto por qué no la va a olvidar jamás. Así que nada de spoilers en los comentarios sin avisarlo con antelación, querido lector.)


La televisión crea iconos culturales: Eme A, MacGyver, Laura Palmer, Mulder y Scully, Homer Simpson, Tony Soprano… A veces no depende tanto de la calidad de un programa como de su capacidad para infiltrarse en la cultura de masas. De ahí que Sheldon Cooper sea más reconocible para el gran público que, por ejemplo, el perro Wilfred; o que el sargento Brody haya calado más entre la gente que el terapeuta Paul Weston. Pero está claro que la calidad importa en el medio catódico, y cada día más. Constantemente aparecen series nuevas con planteamientos cada vez más arriesgados; propuestas impensables hace quince años (en la era pre-Sopranos) que ahora son admitidas y celebradas por un público ávido de riesgos creativos… al menos hasta cierto punto. Cada vez, también, resulta más difícil destacar entre las numerosas producciones que se emiten diariamente en televisores (y ordenadores) de medio mundo: “Twin Peaks”, “Doctor en Alaska” o “Los Soprano” eran series únicas en el momento en que vieron la luz. No existía nada remotamente parecido y, por esa misma razón, no les costó tanto destacar entre la parrilla televisiva como sí les costaría ahora. No es una crítica: fueron pioneras y abrieron camino a todo lo que vino después, así que bien ganado tienen su estatus de clásicos. Pero está  claro que algo (o todo) ha cambiado en el mundo televisivo cuando producciones del calibre de “Boardwalk Empire” o “Treme” todavía son grandes desconocidas para un público muy numeroso. Y es que hay tantas series, y algunas tan rematadamente buenas, que estar al día de todo lo interesante que se emite en la caja ya-no-tan-tonta es un esfuerzo cada vez más comparable al de seguir al dedillo la actualidad cinematográfica o musical. Un imposible, vaya.


Entonces, ¿cómo ha conseguido “Breaking Bad” convertirse en “la serie que hay que ver”? La respuesta (muy subjetiva, eso sí) es sencilla: el programa creado, escrito y producido por Vince Gilligan para la cadena AMC (la misma que emite también “Mad Men” y “The Walking Dead”) tiene todo lo que una serie debe tener para hacer historia. Empezando, por supuesto, por un planteamiento argumental atractivo. Dice así:


Walter White podría haber sido el próximo premio Nobel de química, pero las decisiones que la vida tomó por él acabaron convirtiéndolo en profesor de secundaria en un instituto público de Albuquerque, Nuevo México. Allí, Walter vive con su esposa Skyler y su hijo adolescente (y discapacitado) Walter Jr. en una situación de rutinaria comodidad y precaria economía, alternando su trabajo en la enseñanza con un empleo en un tren de lavado de coches. En el día de su 50 cumpleaños, poco después de saber que su mujer está nuevamente embarazada, los médicos diagnostican a Walter un cáncer de pulmón que acabará con su vida en apenas unos meses. Aterrado por la posibilidad de morir dejando a su familia en la peor situación económica posible (una esposa desempleada, un hijo con el sistema nervioso dañado y un recién nacido necesitado de cuidados), Walter discurrirá, por inspiración indirecta de su cuñado Hank, un dicharachero agente de la DEA, un plan para reunir una cantidad de dinero suficiente para solucionar los problemas de su familia cuando él ya no esté a su lado: “cocinar” y vender metanfetamina. Para adentrarse en el desconocido mundo del narcotráfico, Walter recurrirá al más inesperado de los socios: su ex-alumno Jesse Pinkman, camello de poca monta aficionado a consumir su propio material.


Tampoco es que la primera temporada de “Breaking Bad” inventase la pólvora: su premisa no estaba a priori tan lejos de “Weeds”, aquella comedia en la que un ama de casa viuda vendía hierba en el vecindario para sacar adelante a su familia. Es en el tono, posiblemente, donde los primeros capítulos de “Breaking Bad” dejaban traslucir las enormes posibilidades de su propuesta. Aunando el drama médico de Walter, con momentos especialmente dolorosos, con la comedia más negra y el thriller criminal, los siete primeros capítulos de la serie esbozaban líneas argumentales y presentaban un plantel protagonista más o menos estable que poder explorar, ampliar y matizar en futuras entregas. Lo que nadie podía imaginar en aquellos compases iniciales era la tremenda evolución que tramas y caracteres experimentarían en los cinco años siguientes. El segundo gran éxito del proyecto de Vince Gilligan fue la progresión.


Lo habitual entre las últimas series de moda es precisamente lo contrario: primeras temporadas adictivas y pensadas al dedillo a las que siguen entregas cada vez más descafeinadas, más fruto del éxito que de una auténtica necesidad narrativa, que se alargan tanto como quieran las audiencias traicionando la lógica dramática de la historia que se nos cuenta. Ahí tenemos a “Dexter”, otrora uno de los estandartes más visibles de la nueva televisión de calidad, convertida en chicle desaborido en sus tres últimas temporadas. O “True Blood”, que empezó como una desmelenada alegoría sociológica sobre la intolerancia y pronto (muy pronto) se transformó en un pueril thriller erótico-sobrenatural. “Breaking Bad” sigue la tónica opuesta: empieza estableciendo sólidamente sus pilares sin recurrir a golpes de efecto innecesarios o a giros desesperados por epatar al espectador, y a partir de ahí construye una ficción cada vez mayor en la que sí se puedan introducir golpes inesperados de timón y grandes momentos trágicos que reescriban el statu quo de la narración.


La segunda temporada de “Breaking Bad” resulta considerablemente más adictiva y estimulante que la primera, y la tercera alcanza un punto de calidad tan alto que, una vez concluida, uno casi teme seguir adelante por el miedo a la (aparentemente) inevitable decepción. La cuarta, no obstante, eleva todavía más el listón con un cierre electrizante que perfectamente podría haber supuesto el punto y final de las andanzas de Walter White (“¿y ahora qué?”, se pregunta intrigado el espectador) si no fuese porque aún quedaban muchas cosas por contar en una quinta entrega apoteósica, tensa como pocas, épica y oscura y virtualmente inmejorable.


Esta misma progresión cualitativa tiene también un reflejo en (o quizás sea directamente una consecuencia de) la perfecta evolución de los personajes principales. Cada carácter de “Breaking Bad” tiene un arco dramático singular que va de A a Z siguiendo una lógica impecable y que los lleva a lugares tan insospechados para ellos mismos como para el propio televidente. La odisea personal de Walter White convierte a un infeliz y anodino hombre de familia, un mediocre autoconsciente, en una persona radicalmente distinta, la leyenda conocida como Heisenberg, pero lo hace de un modo perfectamente coherente, sin estridencias ni caprichos de guionista en apuros, permitiendo que el espectador evolucione al mismo tiempo que el personaje y pueda reconocerlo en cada uno de sus estados intermedios.


Ayuda enormemente, por supuesto, que el reparto de “Breaking Bad” sea sencillamente perfecto. Desde el sorprendente Dean Norris como el cuñado policía de Walter, Hank Schrader, hasta el cómico consigliere Saul Goodman, magníficamente interpretado por Bob Odenkirk, todos los actores y actrices de la serie parecen nacidos para el papel que les ha tocado defender ante la cámara. Así, los particulares rostros de Jonathan Banks y Giancarlo Esposito permanecerán ligados para la posteridad a dos grandes ¿villanos? como son Mike Ehrmantraut y Gus Fring.


Lo de Anna Gunn y Aaron Paul es casi de otra galaxia. El crescendo de intensidad de sus personajes los lleva continuamente a un más difícil todavía del que pocos intérpretes podrían salir bien parados. A la primera la habíamos visto en un rol secundario en el estupendo western de la HBO “Deadwood”, y el segundo era un auténtico desconocido para el gran público hasta que se emitieron los primeros episodios de “Breaking Bad”, pero ambos han logrado alcanzar el Olimpo interpretativo a través de Skyler White y Jesse Pinkman, respectivamente.


Y luego está Bryan Cranston, claro.

Fue noticia hace unos días que (Sir) Anthony Hopkins envió un e-mail a Cranston cuando terminó de ver la última temporada de “Breaking Bad”. En dicha misiva, el hombre que encarnó a Hannibal Lecter en tres ocasiones felicitaba al antiguo padre de “Malcolm in the Middle” por la mejor interpretación que había visto en toda su vida. Anthony Hopkins. Por e-mail. Se puede decir con más caracteres, pero no más claro. Así que simplemente dilo, lector. Dilo en voz alta. Di su nombre: Bryan Cranston.


La entrada se alarga y todavía no he tenido ocasión de entrar en detalles técnicos. De alabar el montaje y los ocurrentes ángulos de cámara que confieren una personalidad única al estilo narrativo de “Breaking Bad”. No he mencionado la fantástica e igualmente ocurrente selección musical que salpica algunos de los mejores momentos de sus cinco temporadas, ni he reconocido la inestimable labor artística de los responsables de fotografía que convirtieron los amarillentos desiertos de Nuevo México en uno de los enclaves cinematográficos más sugerentes de la última década.


Son todos estos valores, y otros que se me quedan en el tintero, los que han hecho de “Breaking Bad” una de las mejores series de televisión de la historia (habrá quien piense incluso que la mejor), pero aún faltaría un último ingrediente, el azul de esta metanfetamina catódica, para entender por qué Walter White/Heisenberg se ha convertido por méritos propios en un referente de la cultura popular del siglo XXI, en un auténtico icono generacional. Es tan sencillo como esto: no existe en el medio catódico nada remotamente parecido a “Breaking Bad” o a su personaje protagonisa. Son únicos. La una un clásico inmediato por definición; igual que en su día lo fueron “Twin Peaks”, “Doctor en Alaska” y “Los Soprano”. El otro, una criatura de ficción tan orgánica y plagada de grises, tan brillantemente escrita y prodigiosamente interpretada que el espectador jamás podrá decidir si es un héroe o un villano. Si es un genio, un pringado, un bastardo, un criminal, el peor marido del mundo o el mejor de los padres. No había nada como ellos y ahora existen.

"Breaking Bad" no es sólo una obra maestra. Es una obra maestra (literalmente) incomparable.


Bitch.