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lunes, agosto 29, 2011

Recomendaciones unisex: "Cien años de soledad"

Existe en el Abismo desde hace un tiempo una sección denominada “recomendaciones femeninas” en la que un servidor reseña los libros que las mujeres importantes de su vida le han aconsejado leer. No es que pretenda menospreciar las recomendaciones literarias hechas por varones; nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que sólo conozco a dos portadores del par cromosómico XY que me recomienden habitualmente lecturas, siendo éstos mi hermano J. (mayúscula) y mi buen amigo Lync. Comprenderéis que edificar un epígrafe bloguero sobre los gustos de dos únicos fulanos, por mucho que los quiera el abajo firmante, carecería de sentido más allá de la primera dupla de entradas. Para eso lo mejor sería que ellos mismos inaugurasen sus propias bitácoras (ojalá) y allí se quedasen a gusto desbarrando sobre sus descubrimientos literarios. Teniendo esto en cuenta, lo más lógico habría sido conservar en esta entrada el antetítulo “recomendaciones femeninas” con el X romano testificando que llevo ya una decena de libros leídos (desde que existe este blog, claro) por influencia de mis damas favoritas. Sin embargo, fue tanta la insistencia de mi compadrito Lync para que acometiese la lectura de “Cien años de soledad” como efusiva y reiterativa la glosa de sus bondades por parte de mi inseparable Eva, y situar la influencia de la una por encima del otro a la hora de justificar mi reseña de la novela de Gabriel García Márquez me parecía poco menos que un maleducado desplante. De ahí ese feo palabro, “unisex”, que le resta charme al título de esta entrada y que sin embargo se antoja más honesto y agradecido de lo que jamás habría sido su alternativa, “femeninas”.

Aclarado esto, entremos en materia:


“Cien años de soledad” cuenta la historia de Macondo, ficticia localidad caribeña donde Gabo ya situase en su momento los acontecimientos relatados en su novelita “La hojarasca”. Se trata de un pueblo imaginario no sólo por su condición irreal, sino también por lo fantástico (lo imaginativo) de cuanto allí acontece. Inspiración directa (no sé si confesa, pero sí perfectamente reconocible) del “Palomar” tebeístico de Beto Hernández, no es extraño encontrar en las casas y las calles de Macondo toda suerte de fenómenos paranormales que discurren, sin embargo, con la más campechana cotidianidad: fantasmas, maldiciones, profecías y plagas de proporciones bíblicas no suscitan más asombro entre los lugareños que la música producida por una pianola o la simple visión de un pedazo de hielo.

Al mismo tiempo y de forma inseparable, “Cien años de soledad” es también el desglose de una genealogía íntimamente ligada a la historia del municipio. A caballo entre la hagiografía y el esperpento, Gabo despliega durante más de 400 páginas las desventuras del clan fundado por José Arcadio Buendía (aventurero, inventor y soñador porfiado) y Úrsula Iguarán (columna vertebral de una familia que, más allá de los machistas usos y costumbres de la época, se revela desde sus orígenes como una velada ginecocracia). Durante un siglo, los Buendía nacen, crecen, se reproduce y mueren. Aman mucho, también, condenados a un destino circular en el que caben desde la guerra interminable hasta la irreverente santidad, desde la inocencia sublimada hasta el odio más puro y destilado.

A este mejunje de lo íntimo con lo fantástico, de lo veraz con lo soñado, lo denominan los críticos literarios “realismo mágico” y a mí es un término que, puesto en la misma frase que el nombre de Gabo (miradlo en la foto de aquí abajo, con esa sonrisa de ternura y esa mirada que parece decirnos "sé más sobre la vida que tú, pero sólo se me permite confesarte que es hermosa"), me sulibeya profundamente (que diría Carlos Mejía Godoy).


García Márquez, al igual que su gitano Melquíades, hace de las palabras alquimia y de cada capítulo una pequeña piedra filosofal. No sólo porque parezca estar poseído por el verbo mismo (el gramatical, no el religioso), habiendo abrazado el idioma o habiendo sido abrazado por él en una simbiosis que ríete tú de la anémona de mar y el cangrejo ermitaño. No sólo, también, porque los personajes resulten siempre próximos incluso en el disgusto; humanos a pesar de su naturaleza casi animal; familiares, en suma, pese a no compartir nuestras raíces ni apellidos. Sino porque a todo ello hay que añadirle además una capacidad única y milagrosa para verter un número incalculable de ideas por página. No bagatelas de vulgar juntaletras, sino conceptos rotundos y elevados. A veces ingeniosos chascarrillos, otras máximas vitales y en ocasiones incluso deliciosos guiños a Carlos Fuentes, Alejo Carpentier o Julio Cortázar (no os podéis imaginar el vuelco que me dio el corazón al encontrar el nombre de Rocamadour oculto entre tanto Aureliano y tanta Amaranta). Hay en cada párrafo, en cada oración de “Cien años de soledad” al menos una gota de filosofía o de sentimiento, como cuando el narrador constata que “en cierta ocasión en que el padre Nicanor llevó al castaño un tablero y una caja de fichas para invitarlo a jugar a las damas, José Arcadio Buendía no aceptó, según dijo, porque nunca pudo entender el sentido de una contienda entre dos adversarios que estaban de acuerdo en los principios”; o cuando otro de los personajes de la obra, un erudito librero catalán, afirma que “el mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga”. No son ejemplos meticulosamente escogidos, lo prometo, sino simples fragmentos tomados al azar de entre los miles de valiosos renglones que nutren esta obra maestra.

Obra maestra, sí. Esa palabrota que lees y oyes a diario sobre casi todo y desde casi cualquier púlpito. Cinco sílabas que parecen ya una fórmula rutinaria para ensalzar el artículo de turno, ya sea el disco de moda o la última película del realizador del momento. Yo las tengo guardadas en lo profundo del arcón de donde extraigo las palabras con que siembro el Abismo cada vez que me siento frente al teclado. Procuro mantenerlas siempre a buen recaudo, asumiendo no obstante que su uso no volverá a ser necesario, como esas mangueras de emergencia intocables tras la vitrina que reza “rómpase en caso de incendio”. Pero a veces, contra todo pronóstico, el edificio se quema hasta los cimientos.

Así pues: gracias, Lync; gracias, Eva. Por este fuego inextinguible; este diamante literario. Y también por todo lo demás.

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Un últime apunte: además de la propia novela, recomiendo encarecidamente interiorizar el discurso que Gabo ofreció el día de 1982 en que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Podéis leerlo al completo haciendo click AQUÍ o escucharlo de su propia voz en dos enlaces de YouTube (1 y 2).

miércoles, agosto 25, 2010

Recomendaciones femeninas IX: "Los renglones torcidos de Dios"

Debo comenzar esta nueva entrega de la serie “recomendaciones femeninas” pidiendo disculpas por duplicado. Primero, a aquellas recomendadoras que llevan ya un tiempo esperando a que servidor dé cuenta de los títulos por ellas sugeridos: no es mi intención desdeñar ninguna recomendación en particular y el criterio que sigo para afrontar cada nueva lectura depende únicamente de mi estado de ánimo y de lo que más me apetezca leer en el momento concreto de abrir un nuevo libro. En segundo lugar, toca aclarar que la novela de Torcuato Luca de Tena me vino recomendada por varias personas a un tiempo (la Tentadora, la Srta. Imantada y mi compadrito Lync, que no es mujer pero tiene, en su infinita virilidad, tan buen gusto literario como la más exquisita de mis recomendadoras, e incluso más). A todas estas personas pido también disculpas porque si hay alguien a quien atribuir esta entrada es sin duda a la chica que me regaló el libro un buen día (bueno de verdad) y sin previo aviso. Podría escribir sobre ella un blog entero, así que mejor será obviar detalles por esta vez y entrar en materia; que no es poco, precisamente, lo que se puede comentar sobre el libro en sí mismo.

A ella, simplemente: gracias.


Empecemos por el principio: “Los renglones torcidos de Dios” posee uno de los títulos más memorables de que servidor tiene constancia. Reconoceréis que hay títulos que por sí solos suenan a gran literatura: “Cien años de soledad”, “Por quién doblan las campanas”, “El ruido y la furia”, “Rojo y negro”, “Crimen y castigo”, “Orgullo y prejuicio”... (todos aquellos que responden a la fórmula “algo y algo” funcionan maravillosamente bien, ¿verdad?). Uno los lee o los escucha y piensa “¡novelón, fijísimo!”. La frase “Los renglones torcidos de Dios” tiene algo de ominoso, algo de sacrílego y mucho de poético. Más aún cuando se asocia con el argumento del libro: Alice Gould de Almenara ingresa en un hospital psiquiátrico aparentemente diagnosticada de una elaboradísima paranoia según la cual se cree una sagaz detective privada. No obstante, la forma en que Alice (también conocida en el sanatorio como Alicia, la Rubia, la de Almenara o la Detective) conversa y razona, sus modales, sus elevadísimas sensibilidad y cultura y, sobre todo, su constante afirmación de que ella fue ingresada en el hospital por voluntad propia para investigar un asesinato cometido por uno de los internos, conseguirán que tanto el personal médico como los pacientes duden de si está realmente loca o, por el contrario, tiene a todo el mundo completamente engañado.

Publicada por primera vez en 1979, “Los renglones torcidos de Dios” es una de las novelas más célebres de Luca de Tena, franquista moderado (si es que eso existe, claro), miembro de la Real Academia de la Lengua y director del diario “ABC” cuando éste aún no había visto su (monárquico) prestigio apolillado por el inevitable transcurrir del tiempo (y todas las evoluciones sociales y de pensamiento que consigo trae).

Dejando a un lado la política y regresando al terreno de la psiquiatría, resulta inevitable destacar la encomiable labor de documentación realizada por Luca de Tena de cara a escribir la novela, que lo llevó a internarse voluntariamente en un psiquiátrico (en contra del consejo de su amigo Juan Antonio Vallejo-Nágera, prologuista de la edición que obra en mi poder) para experimentar en primera persona el día a día de los médicos, enfermeros, celadores y pacientes. Se destila también de la lectura de “Los renglones torcidos de Dios” una laboriosa investigación en el aspecto teórico de la medicina psiquiátrica, buscando siempre distinguir con claridad las diferentes tipologías y particularidades de los enfermos que conviven en un hospital de este tipo. Todo ello le otorga un plus de interés y credibilidad a la novela; credibilidad que se pierde, en parte, cuando son los propios personajes los que abordan el tema médico y, sobre todo, la trama de intriga que hilvana los acontecimientos relatados.


Espero que no se me malinterprete: ello no me parece en absoluto un defecto. Simplemente constato que los protagonistas del libro, sobre todo la propia Alice Gould, discurren y dialogan con una claridad reflexiva y expositiva totalmente artificial, próxima a las deducciones de la Sra. Fletcher en “Se ha escrito un crimen”, los personajes del manga “Death Note” o, si se prefiere, el celebérrimo Sherlock Holmes de Conan Doyle (por concederle un poco de glamour y prestigio literario al trabajo de Luca de Tena). Esto le confiere a la novela un tono de ficción evidente que acentúa por un lado el componente puramente lúdico y disminuye, por el otro, la posible identificación entre lector y personaje.

Por suerte, “Los renglones torcidos de Dios” se reserva algunos momentos dramáticos de cierto impacto (sobre todo en lo relativo a los pacientes más afectados por la demencia) y consigue que, si bien no lleguemos a creernos del todo a los caracteres que desempeñan roles principales en el argumento, el plantel de secundarios nos cautive sin remisión, más profundamente cuanto más tristes e incurables sean los males que sufran. Además, el estilo literario es tan sencillo, ameno y directo y el desarrollo de la intriga detectivesca tan rematadamente adictivo que apenas tendrá uno tiempo para reflexionar sobre lo leído hasta el momento mismo en que cierre definitivamente las tapas del libro.

Se me ocurre, entonces, que si bien “Los renglones torcidos de Dios” no figurará entre el selecto grupo de Grandes Novelas que Cambiaron mi Vida (tampoco era eso a lo que un servidor aspiraba cuando comenzó a leerla), como vehículo de disfrute y evasión se trata de una de las experiencias literarias más plenas que he tenido en mucho tiempo.

domingo, julio 04, 2010

Recomendaciones femeninas VIII: "El libro de las ilusiones"

Hace unos meses, a cuento de una reseña que escribí sobre la “Trilogía de Nueva York” de Paul Auster, la Traductora (hermana melliza de la Tentadora) me recomendó encarecidamente otro título del escritor estadounidense, “El libro de las ilusiones”. Sospecho que la recomendadora de marras habrá perdido, a estas alturas, la esperanza de ver publicada en el Abismo una opinión sobre dicho libro, con lo cual aprovecho esta entrada para confirmar lo que siempre le digo a todas aquellas mujeres que (de forma cada vez más habitual) me recomiendan una lectura: tardaré más o menos, pero la leeré; prometido.

“El libro de las ilusiones” es la tercera obra de Auster que he tenido la suerte de disfrutar. A estas alturas, comienzo a vislumbrar cuáles son los lugares comunes en la producción narrativa del literato recientemente galardonado con el Premio Príncipe de Asturias: protagonistas hundidos en una trágica crisis vital, trazas de género negro combinadas con reflexiones metafísicas, casualidades de orden cósmico cargadas de ironía poética y malabarismos metalingüísticos. “El libro de las ilusiones” encaja como un guante en esta descripción.


Su protagonista, David Zimmer, escritor y profesor de literatura en Vermont, está hundido tras la muerte de su esposa y sus dos hijos en un accidente aéreo. Vive con los labios aferrados a la botella y ha perdido cualquier estímulo para seguir adelante. Hasta que un día, por casualidad (lo dicho: palabra clave en el universo de Auster), ve en la televisión un fragmento de un cortometraje cómico de cine mudo que, después de meses de la más desazonadora angustia vital, consigue hacerle reír una vez más. El actor y director de la película, un desconocido absoluto para David que responde al nombre de Hector Mann, resultará ser una prometedora figura del Hollywood de los años 20 que un día desapareció súbitamente y del que nunca jamás se supo nada, desencadenando toda suerte de rumores e improbables leyendas urbanas. Cautivado no tanto por el misterio de esta desaparición como por cierto agradecimiento hacia el milagro de su risa recobrada, David dedicará los meses siguientes a investigar sobre la figura de Hector Mann para escribir un libro que analice su obra cinematográfica. Por supuesto, la publicación de dicho libro será el pistoletazo de salida para una rocambolesca serie de acontecimientos que llevarán a David por caminos insospechados... y hasta aquí puedo leer.

Al igual que ocurría en la “Trilogía de Nueva York” y en “A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz”, la prosa de Auster es en “El libro de las ilusiones” tan ágil y precisa (ajena a florituras pero nunca falta de clase y de cierto halo poético) que la novela se devora de cabo a rabo en cuestión de horas. La historia de David Zimmer y, sobre todo, las andanzas de Hector Mann, me atraparon inmediatamente y me tuvieron en vilo durante sus poco más de 300 páginas, consiguiendo que cada interrupción en su lectura (el ritmo de vida diario no se detiene por mucho que a uno le esté gustando un libro) supusiera siempre un pequeño contratiempo en mi personal orden de prioridades. Simplemente, me enganchó cosa mala.

Una vez más, me quito el sombrero ante lo bien configurada que Auster tiene su propia bibliografía: si en la “Trilogía de Nueva York” (originalmente publicada como tres novelitas distintas) era preciso leer “La habitación cerrada” para comprender el significado de “Ciudad de cristal” y “Fantasmas” (por mucho que ambas tuvieran sus propios valores estéticos y argumentales), “El libro de las ilusiones” pone al lector tras la pista de “Viajes por el Scriptorium” (que es el título de una de las películas filmadas por Hector Mann al tiempo que una novela del propio Auster) y “La vida interior de Martin Frost” (sublime microrrelato introducido en la continuidad de “El libro de las ilusiones” y que posteriormente sería el título de la segunda película dirigida en solitario por Auster tras “Lulu on the bridge”).

También entronca la novela con una tradición literaria anterior y, supuestamente, de una universalidad más contrastada. Si en “Ciudad de cristal” el Quijote era parte de la trama metaliteraria, en “El libro de las ilusiones” dicha función la cumplen las “Memorias de ultratumba” de Françoise-René de Chateaubriand, monumental autobiografía que por casualidades puramente austerianas terminó en mi poder antes incluso de que finalizase la lectura de la obra que hoy nos ocupa. Quizás otro día, cuando dé cuenta del libro del francés (suceda eso cuando suceda) os cuente algo más sobre los “cómos” y “porqués” de esta anécdota.


Me resulta imposible, por otro lado, no establecer una comparación entre la “Trilogía de Nueva York” y “El libro de las ilusiones”. Quizás porque la primera se ha convertido en uno de mis libros de cabecera de los últimos tiempos y en un referente en cuanto a las bondades que puedo esperarme de la obra de Auster; quizás porque la repetición de ciertos esquemas en ambas obras (la personalidad y las circunstancias del narrador, la investigación detectivesca en torno a una persona de dudoso pasado y motivaciones insospechadas) invita a dicha comparación. De tal contienda (innecesaria, me diréis) sale vencedora la “Trilogía de Nueva York” a causa de su mayor virtud, que es al tiempo la mayor flaqueza de “El libro de las ilusiones”: su final. Lo que en la primera era un ejercicio de “boquiabiertismo” total (sí, me acabo de inventar una palabra), que le dejaba a uno la mandíbula desencajada, los ojos como platos y las rodillas hincadas ante la maestría literaria de Auster, en la segunda no pasa de ser una tibia resolución que encaja con lo anteriormente dispuesto pero que, en líneas generales, no lo mejora ni empeora; simplemente lo cierra (por abiertas que puedan quedar algunas cuestiones argumentales).

No es éste un “pero” demasiado alarmante. “El libro de las ilusiones” es, en mi nada modesta pero siempre discutible opinión, una novela estupenda: escrita con inteligencia, de lectura pasmosamente ágil y adictiva y capaz de suscitar interesantes reflexiones sobre la naturaleza del arte y de los seres humanos (quizás ambas cosas sean, en el fondo, lo mismo). Siguiendo la cadena de recomendaciones, la pelota que ha pasado de manos de la Traductora a las mías propias está ahora en vuestro poder: dudo mucho que “El libro de las ilusiones” defraude a lector alguno.

martes, marzo 16, 2010

Recomendaciones femeninas VII: "Clara y la penumbra"

Una de las cosas que más me preocupaba dejar en el aire cuando decidí cerrar el blog hace unos meses (aunque al final no fuese más que un breve paréntesis) era la promesa que le había hecho a la Tentadora (reverencia, por favor) de leer “Clara y la penumbra” y reseñarla como una de mis recomendaciones femeninas. Y me preocupaba, en concreto, porque “Clara y la penumbra” era el primer libro que una de “mis mujeres” (no lo digo en el sentido mormón, sino refiriéndome a esas personas de género femenino que me alegran la vida) me recomendaba precisamente PARA ser reseñado. En los casos anteriores no se había manifestado esta intención de ver la recomendación plasmada en El Abismo, por lo que esto suponía un interesante ejemplo de retroalimentación blogger-lector que merecía llegar a buen puerto.

Debo reconocer que leer “Clara y la penumbra” me ha costado más de lo esperado. He tardado mucho más de lo habitual y he tenido que empezarlo dos veces desde el principio. No porque sea un libro denso o complicado de entender, nada más lejos de la realidad: su autor, José Carlos Somoza, despliega una narrativa ágil y sencilla, perfectamente acorde con las intenciones de la novela (entretener y hacer buena caja). El problema es que durante las 100 ó 200 primeras páginas del libro, nada de lo que se me contaba me interesaba demasiado.


Así, en el argumento de “Clara y la penumbra” tenemos por un lado a la Clara del título, joven madrileña que trabaja como lienzo (sí, como suena) dentro del movimiento artístico del HD o Hiperdramatismo, una concepción de la pintura basada en el uso de seres humanos como obras (tras un arduo proceso de imprimación, pintado y profundo trabajo psicológico) que se exhiben en museos o colecciones particulares durante maratonianas sesiones de estatismo y equilibrio. Por el otro lado tenemos a dos agentes de seguridad de la Fundación Van Tysch (Bruno Van Tysch vendría a ser algo así como el Picasso o el Van Gogh del HD) que persiguen, como no podía ser de otro modo, a un asesino en serie de lienzos.

Y es aquí donde un servidor desconecta. Tres palabras: Asesino. En. Serie. ¿Otro asesino en serie? ¿De verdad? ¿Es que no se puede escribir una novela de misterio sin meter a) un enigma histórico-religioso o b) un asesino en serie? ¡Qué daño le ha hecho Thomas Harris a la literatura de suspense, por dios! Y al cine, ya puestos… (de Dan Brown y sus acólitos no hablo, que me pongo enfermo).

Decía antes que las 100 ó 200 primeras páginas de la novela se me habían hecho difíciles, pero lo cierto es que una vez terminan las presentaciones y empieza a hablarse un poquito del proceso artístico y sus implicaciones psicológicas, la novela alcanza sus mayores cotas de interés y se lee con agrado, pese a que los personajes nunca lleguen a sentirse como algo más que vehículos con fines narrativos. Hay algo artificial en el relato, tanto en lo que se cuenta (demasiado A-B-C) como en el modo de contarlo (Somoza es un escritor habilidoso, pero nunca llega a parecerme realmente bueno) que lastran terriblemente el conjunto.

En última instancia, el autor crea un interesante entramado de intereses artístico-mercantiles, un buen puñado de personajes arquetípicos pero resultones, una narración en paralelo de clásica estructura coral (que no se aleja mucho de lo que podría plantear un Naoki Urasawa en horas bajas) y hasta un par de interesantes apuntes sobre arte (aunque, seamos honestos, no hace falta ser Rudolf Arnheim para entender “Clara y la penumbra”) para finalmente dejarse arrastrar por los más manidos tópicos del best-seller de misterio. Ni la identidad del asesino (que se veía venir) y sus motivaciones (que ídem de lienzo, nunca mejor dicho), ni la increíblemente tópica conclusión (el tramo final, plagado de mil y un truquitos tramposos para generar tensión, resulta totalmente inconveniente) dejan espacio para la sorpresa o la emoción, dando a entender que nunca fue intención del escritor plantear un discurso excesivamente complejo sobre arte ni, desde luego, innovar mínimamente en los estándares del thriller literario.

¿Conclusión? Perfecta para leer en un largo viaje en tren o rellenar horas muertas en el metro, pero totalmente prescindible si lo que uno busca en la literatura es algo más que pasar el rato.

…

O tal vez yo no sea el lector adecuado para esta clase de novela. Chi lo sa?

lunes, febrero 11, 2008

Recomendaciones femeninas VI: "El amor en los tiempos del cólera"

No diré toda una vida (porque mentiría), pero sí puedo afirmar sin temor a equivocarme que llevo esperando el momento de hacer esta reseña literaria desde que inicié mi andadura blogera hace ya más de un año. Y es que “El amor en los tiempos del cólera” estaba ya en mi mente, convenientemente anotada como lectura imprescindible, desde hace unos cuatro años, cuando la recomendadora a la que hoy me debo me confesó que se trataba de su novela favorita. Poco tiempo después, muchas otras amigas, familiares y conocidas me hicieron la misma confesión, y entre aquella amalgama de gustos dispares que coincidían en un mismo punto comprendí que quería leer este libro y que, aún más importante, tenía que leerlo.

Tan relevante es para el Abismo esta novela de Gabriel García Márquez que fue por su causa (y ninguna otra) que ya en la primera entrada de estas “recomendaciones femeninas” tomé la decisión de establecer una numeración cardinal para todas ellas, a sabiendas de que “El amor en los tiempos del cólera” sería la gran protagonista (siempre proyectada, nunca abordada hasta ahora) de estas irregulares reseñas en un futuro no muy lejano. Si no empecé precisamente por ella fue porque a) hubiera sido lo más obvio, y servidor siempre se ha sentido en el deber de escapar de lo obvio como de la peste; b) jamás antes había escrito una sola palabra crítica sobre literatura, y no me sentía capacitado para iniciarme en tales lides con la que sería a ciencia cierta una lectura fundamental en mi vida y c) tardé casi cuatro años en tomar aliento y sobrepasar la imagen del barco de vapor que ilustra la portada de la novela (en la edición que yo poseo).


Las razones para este retraso son múltiples, pero quizás la más importante sea que cuando al fin me dije “es hora de leerla y dejarse llevar”, caí fulminado por un amor casi tan colérico como el de la novela de marras, y tras el paso del huracán (breve y altamente destructivo) me quedé hecho unos zorros y con poca o ninguna gana de embarcarme en la historia de un hombre que durante cincuenta años es fiel en su corazón al único y verdadero gran amor de su vida. Coincidiréis conmigo en que el resultado de haber leído esta novela por aquel entonces hubiera sido malsana inspiración para un romanticismo descabellado, una espera eterna e infructífera y el masoquismo autoimpuesto más retorcido que uno pueda imaginar, cosas que uno agradece en un personaje como el Florentino Ariza de la novela, pero que pocas ganas tiene de experimentar en carne propia. Así que lo dejé correr, por miedo a las terribles consecuencias de leer algo tan inapropiado para mi estado de ánimo, y me consolé revisitando periódicamente “The Ultimates” de Mark Millar y Bryan Hitch, escuchando grandes éxitos (con nula carga emocional, todo rabia visceral) de Metallica y levantando pesas en un gimnasio. Cada uno tiene su manera de hacer terapia.

Según Lewis Trondheim sólo hay dos curas para el amor no correspondido: una es el olvido; la otra, la muerte. Y, como dice su personaje Lapinot, “visto así, el olvido no parece tan malo”.

Así que cuando estuve por fin curado me dije: “ahora sí, a por el cólera”. Y leí.

Hay libros pésimos, malos, regulares, buenos y excelentes. Y luego hay grandes libros: ésos que marcan a generaciones de lectores, que graban a fuego una idea en el pensamiento colectivo de una sociedad, que cambian el mundo desde el momento en que existen. Todo el mundo ha oído hablar de unos cuantos: “Fausto”, “La divina comedia”, “Crimen y castigo”, “Hamlet”, “Moby Dick”, “1984”… Te pueden gustar más o menos; divertirte mucho o poco; pero es inevitable verlos como hitos literarios del mismo modo en que, aunque te hayas aburrido viendo “Ciudadano Kane” o “Casablanca” (que alguno habrá), cualquier crítica hacia su inclusión en el salón de la fama del cine sería sin duda vista como un acto de inconsciencia y, en según qué círculos, puritita ignorancia.

Pues bien: “El amor en los tiempos del cólera” es un libro de los grandes, de los inmensos. Durante su lectura, desde el enorme mcguffin con que da el pistoletazo de salida hasta el último párrafo del libro (resumen simple y contundente de todo lo que viene antes), sentí que me encontraba ante algo trascendente, puro, de una belleza inequívoca. No sólo por la virtud de la prosa de García Márquez, sino por la excelencia misma de lo narrado y de la forma en que ello se articula, cómo va y viene en el tiempo, se permite digresiones, regresiones, reinterpretaciones de un mismo hecho… como un aleph de Borges pero a la inversa, pues en lugar de ser el punto desde el cual se ven todos los demás, “El amor en los tiempos del cólera” es la historia que se muestra desde todos los puntos de vista y desde todos los momentos en que sucede, como una sola idea contemplada mediante el empleo del bullet-time que los hermanos Wachowsky idearon para “The Matrix”. La idea, como no podía ser de otro modo, es la sublimación romántica.

Y todo está tan bien empaquetadito, con cada punto de cada i y cada raya de cada t en su justo sitio, que a poco que uno se plantee el enorme esfuerzo que para el común de los mortales acarrearía el intentar una hazaña literaria como la presente, resulta inevitable invocar en el pensamiento un diccionario que ilustre la definición de la palabra “genio” con una foto de Gabo bien sonriente, sabedor del gran secreto alquímico de las palabras combinadas que se llevará orgulloso a la tumba, el hijo de la gran puta. Nos deja, al menos, la posibilidad de disfrutarlo tantas veces como queramos.

Tal y como constaté a la recomendadora primigenia en el instante mismo en que cerré el libro, ya sólo me resta guardar un par de días de luto por “El amor en los tiempos del cólera”, dejar que el cadáver de tan grata lectura se enfríe en la estantería del dormitorio y darme un pequeño respiro antes de afrontar cualquier nueva distracción literaria, pues mucho me temo que venga lo que venga es bien probable que me sepa a poco, al igual que ocurre tras los amores que se nos van de las manos antes de marchitar.

Viva Gabriel García Márquez y la madre que lo parió.

Un aparte:

No puedo evitar aludir a la versión cinematográfica dirigida por Mike Newell y protagonizada por Javier Bardem que actualmente se proyecta en los cines de toda España. No la he visto y no creo que la vea en breve, porque dudo mucho que refleje siquiera un atisbo de la genialidad de la obra que adapta. Sin poder juzgarla como se merece, sí me permito opinar, a priori, que la novela de García Márquez me parece imposible de trasladar al cine debido a su densidad y detallismo, su profusión de subtramas y sus continuas idas y venidas temporales, y que Newell debe ser un gran ególatra o un gran inconsciente si al leerla concluyó: “de aquí yo saco una buena película”. Si además los temas cantados de la banda sonora corren a cargo de Shakira, ya sólo me queda temblar…

martes, diciembre 04, 2007

Recomendaciones femeninas V: "Océano mar"

Parte promesa de cumplimiento aplazado, parte espina en el costado y parte regalo de amistad plena, por fin he podido juzgar a Alessandro Baricco con conocimiento de causa. Yo le seguía la pista, de lejos, a su obrita (por extensión, no por méritos) “Seda”, que había sido tema recurrente entre mis amigos y compañeros de piso de la época universitaria (la palabra “época” me remite en este caso “a pasado irrecuperable que se observa con nostalgia”, pero lo cierto es que aún mantengo mis amistades de entonces a pleno rendimiento y, pese a lo bueno vivido, no creo que asumiese con gusto regresar temporalmente a aquel momento, en tanto que tengo mucho por lo que alegrarme en el presente). Pero, por suerte, uno de mis mayores tesoros, hallazgos y alegrías de esta vida me paró los pies a la puerta de la Fnac en un día de calambres inoportunos y me dijo: “Para ti”. Y allí empaquetadita estaba la novela “Océano mar”.



“Océano mar” se lee en dos patadas (en la cama, concretamente, dos noches de gripe otoñal) y le deja a uno el corazón engrandecido, forcejeando por romper las costillas que lo retienen en el pecho. Cuenta la historia de una serie de desconocidos que, por pura casualidad (o no), se reúnen en la posada Almayer, regentada por unos niños más bien particulares y situada junto a una playa, de bruces con el mar. Cada uno de estos individuos trae consigo una historia que Baricco desentraña sin prisas y sin más concesiones que las estrictamente precisas, con un estilo que varía sus postulados para sorprender al lector en cada nuevo capítulo, pasando de la carta al archivo documental a la doble narración paralela en primera persona a la oración litúrgica a… y permitiéndose al tiempo cabalgar del drama existencial al recurso cómico y de ahí a la tragedia descarnada sin previo aviso pero, no obstante, sin síntoma alguno de abrupción.

Lo que sí es constante a lo largo de la obra es esa mezcolanza de intenciones fabulísticas, filosóficas y, por encima de todo, profundamente románticas, que conforman un auténtico tratado sobre la perfección. Todo en “Océano mar” adquiere carácter de plenitud: los amores retratados son insuperables, están idealizados, llevados al extremo. También la inocencia, el odio y el arte. Los personajes de Baricco personifican estados del ánimo elevados a la máxima potencia: éste es puro afán creador; ésa, pura pasión, sentimiento a flor de piel; aquel de allí es venganza y nada más.

Para quien busque una lectura realista, cercana a lo cotidiano, al "ni frío ni calor" de la rutina diaria, “Océano mar” le hará flaco favor. Para los idealistas, aventureros y enamorados del amor, pudiera convertirse, quizás, en libro de cabecera.

Yo, a caballo entre lo uno y lo otro (dependiendo de con qué pie me haya levantado de la cama ese día), me quedo con la inventiva literaria de Baricco; con ese mar que ejerce de corazón de las tinieblas al más puro estilo Joseph Conrad; y con un personaje, Ismael A. Ismael Bartleboom (dos veces Ismael, sí, no es un error), que dice quien me lo regaló que se ajusta a mi personalidad como un guante a cinco dedos.

sábado, octubre 13, 2007

Recomendaciones femeninas IV: "Nocilla Dream"

Llevaba un tiempo sin dar buena cuenta de las sugerencias literarias que me hacen de vez en cuando mis mujeres favoritas (todas ellas señoritas y señoras de amplio “bagaje cultural”, expresión ésta que las divierte sobremanera), por lo que afronto hoy una recomendación hecha por mi amiga Midori y el blues, que en su sanísima e inagotable inquietud artístico-cultural me descubre a Agustín Fernández Mallo, físico nuclear y poeta (o “poeta post-poético”, como él pomposamente se define) que está gozando de un importante éxito con su reciente novela “Nocilla Dream”.

Estructuralmente, “Nocilla Dream” se compone de 113 capítulos de apenas una o dos páginas que funcionan como inicios de otras tantas historias que, por pura necesidad de coherencia, se entrecruzan de manera más o menos aleatoria en torno a un árbol con calzado en sus ramas. Es peliagudo, por tanto, hacer una sinopsis argumental del libro, que funciona estupendamente como curiosidad literaria pero que es imposible de afrontar como un relato definido y limitado, siendo difícil de valorar en la medida en que poco se parece a lo que una novela suele ofrecer. Además, el estilo fluctúa de un capítulo a otro, en parte porque algunos de estos más de cien episodios ni siquiera son obra del mismo autor, sino que recogen fragmentos de textos de científicos, ideólogos y escritores célebres o ficticios (como el caso del poema invisible del capítulo 26), lo cual contribuye aún más a generar esa sensación de cajón de sastre que otorga personalidad al conjunto, pero que lo convierte en una lectura difícilmente clasificable.

Mi recomendación es que si os apetece leer algo diferente (y además breve, se lee en dos patadas) le deis una oportunidad y lo juzguéis por vosotros mismos. Y si no, aún os quedan miles de buenos libros de corte algo más tradicional que a buen seguro os darán muchas satisfacciones como lectores. A mí “Nocilla Dream” me ha parecido la mar de interesante, aunque dudo mucho que se convierta en uno de mis libros de cabecera.

martes, agosto 21, 2007

Recomendaciones femeninas III: "Cyrano de Bergerac"

“El sombrero, triplume, y, asomando al soslayo
de su capa, un estoque como cola de gallo.
Es más bravo que todos los héroes de Gascuña,
y tiene ese alma noble que sólo allí se acuña.
Embutido en su gola, pasea tan feliz
una nariz, señores… ¡Qué señora nariz!
No hay quien al ver pasar tamaña narizota
no exclame estupefacto: “eso ya es dar la nota”.
Luego, la gente piensa: “seguro que es de pega”.
Pero el de Bergerac jamás se la despega.”


Así describe Edmond Rostand, por boca del personaje Raguenau, a Sabino Hércules de Cyrano de Bergerac, el gran héroe del teatro francés, romántico sublime, que surgió de su pluma a finales del siglo XIX y que desde entonces ha conocido no pocas representaciones y adaptaciones.

La que yo conocía era la fabulosa interpretación de Gérard Depardieu para el film de 1990, y era aquella mi única referencia acerca del personaje, hasta que una de mis amigas lectoras (muy amiga y muy lectora, debo añadir) me recomendó tan efusivamente la obra original de Rostand que no pude sino conseguirla y leerla, para poder juzgar por mí mismo.

(Debo aclarar aquí que mi políglota recomendadora insistió bastante en que me hiciese con la edición en francés, pero mis obvias limitaciones lingüísticas me han obligado a ceñirme a la traducción llevada a cabo por Jaime y Laura Campmany para la editorial Espasa).

Sobre la obra en sí, decir que es simplemente magistral, con una agilidad y verbigracia en los diálogos que obliga a esbozar una sonrisa página sí y página también, y que llega a forzar la carcajada en más de un par de ocasiones.

El personaje principal es un héroe en toda regla, preso de un amor que no conoce límites y de una maldición que es motivo al tiempo de orgullo y vergüenza: su desmedida nariz. Su pasión por Roxana, que vive de forma totalmente altruista, le llevará, con tal de verla feliz, a ayudar al hombre a quien ella ama, Cristián, a conquistar el corazón de la dama, poniendo a disposición del muchacho (que es un tanto limitado en el campo de la oratoria) sus artes poéticas, magnificadas por su silenciado sentimiento romántico.

Los continuos equívocos, potenciados por las rimas ocurrentes, conforman la trama de una obra que, tras terminar de leer el libro, estoy deseando ver representada sobre las tablas, porque debe ser una auténtica delicia y un no parar de reír.

lunes, agosto 06, 2007

Recomendaciones femeninas II: "Desde mi cielo"


Siguiendo con las lecturas recomendadas por las “mujeres de mi vida”, afronté “Desde mi cielo” de Alice Sebold desde el más absoluto escepticismo. De hecho, ni siquiera me lo recomendaron. Una de mis hembras favoritas me habló una vez de él de pasada y, meses después, cuando ya lo tenía olvidado, leí la noticia de que Peter Jackson planeaba una adaptación al cine protagonizada por Rachel Weisz. Fue entonces cuando el susodicho libro y la susodicha mujer regresaron de entre las brumas de la memoria y me dije: “léelo a ver qué tal”.

“Desde mi cielo” es una narración en primera persona a cargo de Susie Salmon, una adolescente que es brutalmente violada y asesinada por un vecino. No os asustéis, eso ocurre en las primeras 15 páginas, así que no os he destripado la novela. Lo que viene a continuación (el auténtico corpus del libro) es la observación que Susie hace desde su cielo particular de las consecuencias que su desaparición tiene en su entorno familiar, su vecindario, su colegio, sus amigos…

Debo decir que, aunque no sea excesivamente sorprendente, la trama consigue conjugar acertadamente los elementos más íntimos y dramáticos con ligeros toques fantásticos (muy sutiles, al modo de las novelas de Isabel Allende, quien por cierto firma la recomendación que se lee en la portada) y, por encima de todo, supone un excelente catálogo de las posibles respuestas del ser humano a la devastación que supone la pérdida de un ser querido (y más si sucede en unas circunstancias tan horribles): la negación, la obsesión, la evasión, la reafirmación…

Simplificándolo un poco: La habitación del hijo + Ghost = Desde mi cielo

Quizás lo más flojo sea su conclusión, pues uno ya intuye desde un principio que hay ciertos cauces que la escritora no puede evitar seguir y que son comunes al relato de cualquier pérdida. Así, las respuestas al drama son obvias, en tanto que el lector no podría afrontar según qué finales y la escritora sería incapaz de hacerle según qué putadas a sus personajes, por mucho que la vida real resulte mucho más injusta e irracional de lo que ningún literato puede permitirse expresar en su obra.
No obstante, está claro que “Desde mi cielo” tiene su punto fuerte en el viaje sentimental de sus personajes y no en el buen o mal término de éste.

viernes, julio 20, 2007

Recomendaciones femeninas I: "El niño con el pijama de rayas"

“Estimado lector, estimada lectora:

Aunque el uso habitual de un texto como éste es describir las características de la obra, por una vez nos tomaremos la libertad de hacer una excepción a la norma establecida. No sólo porque el libro que tienes en tus manos es muy difícil de definir, sino porque estamos convencidos de que explicar su contenido estropearía la experiencia de la lectura. Creemos que es importante empezar esta novela sin saber de qué trata”.


Con una contraportada así, difícil lo ponen para que uno pueda hacer una reseña sobre el último libro que ha leído sin meter la pata hasta el fondo.

Diré, por tanto, que se trata de una narración breve y muy fácil de leer, muy entretenida y que, como toda buena lectura que se precie, le deja a uno con unas cuantas ideas (de las importantes) rondándole la cabeza.

Me la recomendó mi madre, una mujer de gran cultura y sensibilidad, y aunque no me ha maravillado tanto como a ella, he de reconocer que me la he ventilado en un suspiro, con tremenda avidez. Influyó, supongo, el hecho de haberme pasado dos meses sin leer prácticamente nada (comics incluidos; tengo una pila enorme de lecturas pendientes… ¡malditas responsabilidades y compromisos!), y las enormes ganas de retomar tan sana costumbre.

Quizás el mejor piropo que le pueda echar a la obra de John Boyne sea afirmar que mientras la leía me vino a la cabeza una sensación similar a la que tengo cada vez que releo “Paracuellos”, de Carlos Giménez. Que son palabras mayores…