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martes, octubre 08, 2013

Otro más de Franz Ferdinand

En lo que respecta al arte y la creación, la percepción del tiempo se ha deformado irreparablemente a causa del (llamémosle) ritmo digital. Desde que existe internet, más proyectos artísticos nacen y se difunden y llegan a su cénit y se marchitan rápidamente. El ciclo se ha acelerado hasta el punto de que una banda de pop-rock con cuatro discos a sus espaldas casi puede ser vista como una formación en decadencia que ya ha vivido su brillante eclosión y su auge de popularidad y que ahora mismo se enfrenta a un prolongado declive o a una ¿prematura? disolución.

Pareciera que cada nuevo disco de la banda escocesa Franz Ferdinand estuviese destinado a quedar un peldaño por debajo del anterior. Tampoco debe extrañarnos, pues su debut homónimo de 2004 era uno de esos primeros trabajos que presagian proyección meteórica y baños de masas en el directo. Singles pegadizos, letras que animan al desmelene y un sentido del humor innegable eran sus cartas de presentación, y uno de los motivos por los que pasaron de desconocidos a gran esperanza blanca del pop-rock en lo que se tarda en decir "Jacqueline". Su continuación, "You could have it so much better", era casi una prolongación de aquel primer trabajo triunfal, constatación de que el grupo con nombre de príncipe austro-húngaro no era flor de un día, pero también, aún con sus muchos aciertos, una secuela algo obvia y sin el factor sorpresa del original.


Franz Ferdinand poseen un sonido absolutamente característico, pese a la nula originalidad de sus planteamientos musicales. Ya sea por la voz de su líder Alex Kapranos o por su reconocible estilo compositivo, uno podría identificar un tema nuevo de la banda en apenas unos segundos sin posibilidad de error. Lo cual nos lleva, claro, a la percepción de que su tercer LP, "Tonight", estiraba un poco más el chicle del álbum de debut añadiendo ese elemento electrónico que muchos grupos abrazan cuando buscan una vía rápida para renovar superficialmente su propuesta. Chapa y pintura, apenas. En el fondo (y no tan en el fondo), aquel tercer trabajo era simplemente "otro más de Franz Ferdinand", lo mismo que su nuevo esfuerzo, parido tras un hiato de cuatro años en el que la formación estuvo a punto de disgregarse.


"Right thoughts, right words, right action" es nuevamente un disco apreciable en su absoluta falta de innovación, que nos devuelve a unos Franz Ferdinand atinados como pocos para los singles con pegada (ahí está "Love illumination", primer adelanto del álbum y máximo exponente de las razones por las que los escoceses todavía son capaces de generar altas expectativas antes de cada nuevo lanzamiento) y algo más irregulares en lo que se refiere a elaborar un LP unitario y sin altibajos. "Right thoughts, right words, right action" es un disco veraniego, juguetón, con nulas pretensiones de pasar a la posteridad. Desgraciadamente, decae bastante en su último tercio, donde se acusan más los cortes de relleno (¡en un disco de 35 minutos!), y finaliza con un tema resultón, "Goodbye lovers & friends", con evidente vocación de epitafio; quién sabe si las últimas líneas que Kapranos y cía. dedican a sus seguidores. El saldo final es de aprobado en cuanto a material de estudio, pero lejos de la frescura efervescente de sus primeros tiempos.


Otro cantar muy distinto es el directo. Vistos recientemente en el festival DCode de Madrid (precedidos por los divertidos Love of Lesbian y los cumplidores Vampire Weekend), mi opinión no podría ser más rotunda: Franz Ferdinand son unas bestias pardas sobre el escenario. Su colección de grandes éxitos, hora y media de hits ininterrumpidos, los sitúa entre la clase de grupos cuyos nuevos álbumes, de haberlos, no serán esperados tanto por lo que puedan aportar a una discografía condenada (o eso parece) a repetirse como por la posibilidad de tenerlos girando una vez más por la geografía nacional.

¿Los convierte eso, con apenas 9 años de trayectoria profesional, en unos precoces dinosaurios del rock?

domingo, mayo 12, 2013

El rockero tímido

Siguiendo el camino más largo y difícil, el del esfuerzo constante y el “paso a paso”, Quique González ha ido convirtiéndose a través de los años en uno de los cantautores más respetables y honrados del panorama nacional. Sin hits especialmente reconocibles, completamente ajeno al glamour y la pose de otras figuras del pop-rock que lucen más por el embalaje que por el contenido del paquete (no, cochinos, no ese paquete), el madrileño ha sabido ganarse a un público muy fiel y cada vez más numeroso tirando únicamente de talento y determinación.


Durante los quince años transcurridos desde su debut en “Personal”, Quique González ha ido alejándose de la figura del músico intimista en solitario bajo lo focos al estilo de Antonio Vega o los hermanos Urquijo para caer en el terreno más rockero de Ryan Adams y el Bob Dylan eléctrico. Su octavo larga duración, el reciente “Delantera mítica”, viene a confirmar su adscripción cada vez más evidente al sonido americana (la mención a Neil Young no es baladí), tirando de instrumentistas estadounidenses para su grabación en los mismos estudios de Nashville, Alex the Great, en los que ya había registrado su inmediatamente anterior “Daiquiri Blues”. Esta evolución, inmensamente positiva a oídos del abajo firmante, se traduce en una integración más satisfactoria entre música y letras, ganando protagonismo el aspecto puramente instrumental y permitiéndose ahora momentos tan brillantes como el solo final de “Tenía que decírtelo”, excelente single de presentación de este último LP.

“Delantera mítica” me parece el disco más redondo de Quique González, aunque eso no implique necesariamente que estos nuevos 11 temas (12 si contamos la traducción directa del “Is your love in vain” de Dylan como corte extra) sean los mejores de su cancionero. Pero como conjunto, ya digo, posiblemente el cantante y guitarrista se haya acercado más que nunca a su techo artístico… y eso que “Daiquiri Blues” ya era un soberbio trabajo de madurez. Ayuda también, en mi caso, esa lírica cada vez más directa, menos pendiente del recurso estilístico de turno y más cercana a mi universo personal en sus referencias extra-musicales: la clase de guiños que le llevan a uno a esbozar una sonrisa cómplice (desde “el gol de Iniesta” hasta “la botella de Jimmy McNulty”). Nada que lamentar, entonces, al comprobar el pasado viernes en la sala La Riviera de Madrid que son estos dos últimos discos los que acaparan la mayor parte del setlist en la gira con la que el músico y su nueva banda recorren actualmente la geografía española.


Con una sobria puesta en escena (con una jaula colgante conteniendo una pantera de atrezzo como único destello de excentricidad) y sin dilatar el concierto con profusiones retóricas, el humilde e incluso tímido Sr. González va directamente al grano desde el minuto uno y llena dos horas de música con canciones prácticamente inéditas en los turbios dominios de la radiofórmula, pero que suenan como auténticos grandes éxitos a oídos de sus fieles. Pasadas por el filtro de su sonido actual, pedradas injustamente desconocidas para el gran público como “La ciudad del viento”, “Miss camiseta mojada”, “Vidas cruzadas”, “Salitre” o el inevitable himno de clausura “Y los conserjes de noche” fueron coreadas por una platea entregada que acudía, en su mayoría, con la lección aprendida.

Reconozco que no fue un concierto especialmente sorprendente, más allá de la aparición sobre el escenario de la vocalista Zahara para interpretar a dúo, y con mucho encanto, las canciones en las que precisamente ya colaboraba en el disco (“Me lo agradecerás” y “Las chicas son magníficas”). Que igual suena un poco obvio, pero yo no me lo esperaba. Por lo demás, un servidor ya había visto a Quique en concierto dos veces en el pasado y las expectativas estaban bastante ajustadas a la satisfacción finalmente obtenida. Lo cual no es en absoluto un demérito. Y, para mi propio orgullo personal, siempre me quedará la satisfacción de saber que una de mis acompañantes, que en su vida había escuchado una sola canción firmada por el autor de “Kamikazes enamorados”, salió del concierto convertida en una fan confesa.

Supongo que ésa es la mejor lectura que se puede hacer del trabajo actual de Quique González: es difícil escucharlo y no quedarse prendado de él.

jueves, julio 26, 2012

Optimus Alive 2012: parte 2

(Previously on El Abismo...)

El tercer y último día del festival comenzó con buena nota en el palco Heineken, donde grupos supuestamente menores ofrecían una alternativa musical a los teóricos grandes nombres del cartel. Al contrario que en las jornadas anteriores, el 15 de julio P., F. y el abajo firmante llegamos a primera hora de la tarde al recinto del Optimus Alive para aprovechar al máximo los conciertos del día, y aquel palco parecía el lugar perfecto para disfrutar de algunas propuestas tan interesantes o más que las del escenario Optimus (del que no me había movido en los dos días precedentes) en un ambiente cómodo y distendido.

Eli “Paperboy” Reed
15 de julio, 17:00

El encargado de abrir fuego fue Eli “Paperboy” Reed, nombre recurrente de la ola de retro-soul que viene pisando con fuerza en el último par de años. Lo conocí hace un tiempo con su estupendo disco “Roll with you”, y desde entonces siempre había tenido curiosidad por saber si su enérgico repertorio sonaría tan contundente en directo como en las tomas de estudio.


Lo cierto es que Reed no decepcionó, y aunque eché en falta esos metales que dan color a temas como “Explosion” o “Come and get it”, el vozarrón y la actitud del cantante sobre el escenario son incuestionables. Fue un concierto corto y directo, en el que el músico se desgañitó (haciéndonos dudar de su auténtico color de piel), interactuó con el público y dio un repaso a lo más destacado de su discografía, reservándose para los compases finales una estupenda interpretación de “Stake your claim”.

Optimusómetro:



Miles Kane
15 de julio, 18:10

El siguiente artista en subir al escenario Heineken fue el partenaire de Alex Turner en ese afortunado proyecto paralelo a los Arctic Monkeys llamado The Last Shadow Puppets. Miles Kane, antiguo líder de The Rascals y recientemente desvirgado en solitario con el álbum “Colour of the trap”, salió a escena con la actitud de una auténtica superestrella y se metió al público en el bolsillo a fuerza de carisma, desparpajo y rock'n'roll canónico. Si tuviera que valorar a los músicos del festival de acuerdo a su actitud sobre las tablas, Kane se llevaría el primer puesto de calle.


La sinergia con el público fue en aumento a medida que el breve concierto (apenas 50 minutos) se acercaba a su conclusión, y después de disfrutar en directo de una de mis canciones preferidas en lo que va de año, Kane despidió una soberbia actuación haciéndonos corear durante varios minutos el estribillo de la pegadiza “Come closer”. Tan contagioso fue el buen rollo transmitido con aquel tema, que al día siguiente F. y yo aún cantábamos en el coche, durante el camino de vuelta a Galicia, unos afónicos aaaaaah-uooooooh a dos voces que daban buena cuenta de nuestra admiración hacia el jovencísimo rockanrolla inglés.

Optimusómetro:



The Kooks
15 de julio, 19:35

En vista de una más que posible masificación del público en el palco Optimus cuanto más se aproximase la hora anunciada para la aparición de Radiohead sobre el escenario, al finalizar el concierto de Miles Kane decidimos merendar algo y ganar posiciones para ver a Thom Yorke y cía. desde una distancia aceptable. Lo cual conllevaba, inevitablemente, plantarnos ante el concierto de The Kooks, banda británica surgida a rebufo del éxito de The Strokes (circunstancia que su directo no hace más que corroborar).


Confieso que el grupo comandado por Luke Pritchard me da una pereza espantosa y que no siento ningún tipo de afinidad por su sonido despersonalizado, así que cualquier opinión que pueda emitir sobre su comportamiento sobre las tablas está totalmente contaminada por mis prejuicios. Dicho esto, creo que el concierto de The Kooks fue lo suficientemente ligero y conciso para no aburrirme en exceso, e incluso hubo algún tema que consiguió hacerme mover rítmicamente las caderas. Aunque, bien pensado, tal vez eso sólo fuese una réplica de la energía que aún recorría mi sistema nervioso después del explosivo recital de Miles Kane.

Optimusómetro:



Caribou
15 de julio, 20:15

Turno entonces para el canadiense Daniel Victor Snaith (A.K.A. Caribou), cuyo último LP de estudio, “Odessa”, ha sido ampliamente celebrado por la crítica y que, lo reconozco, es el único trabajo suyo que había escuchado hasta la fecha. Tenía mis dudas sobre la actuación en vivo de Caribou: podía ser un pelotazo, si potenciaba la parte electrónico-festiva de sus composiciones, o un auténtico tostón, si se iba por las ramas de lo experimental. Al final la cosa se quedó en un punto intermedio, ofreciendo un concierto donde los momentos de percusión exótica se conjugaron con otros de (moderado) subidón bailongo.


Snaith, ajeno a cualquier tipo de glamour festivalero, estaba bien pertrechado por un pequeño grupo de músicos multiinstrumentistas, todos ellos ataviados con camisetas de un blanco impoluto y formando un pequeñísimo círculo en el centro del escenario que desaprovechaba las oportunidades escénicas del palco principal del Optimus Alive. Posiblemente Caribou sea una banda más adecuada para las dimensiones y la atmósfera de una sala que para las de un recinto al aire libre con decenas de miles de espectadores, pero su idoneidad como últimos teloneros de Radiohead se vio posteriormente refrendada por el directo del quinteto de Abingdon, más próximo en intenciones a la música de Caribou de lo que a priori un servidor hubiera podido imaginar.

Optimusómetro:



Radiohead
15 de julio, 22:30

Y así, después de casi tres días de conciertos, llegó el momento que un servidor llevaba esperando desde que el 6 de enero recibiera de manos de SS.MM. de Oriente su entrada para el Optimus Alive 2012. Ecos de las celebraciones navideñas en pleno mes de julio. Ya he comentado (demasiadas veces) que lo mío con Radiohead es una historia que viene de lejos. La banda formada por Thom Yorke (voz, teclados, guitarra), Johnny Greenwood (guitarra y percusión), su hermano Colin (bajo), Ed O'Brien (guitarra, percusión y voz de apoyo) y Phil Selway (percusión) es hoy por hoy una de mis (más) favoritas del panorama internacional, y poder verlos en directo por primera vez suponía quitarme al fin una espina que tenía clavada desde hacía muchos años. La expectación, no sólo la mía, era mayúscula, y parecía claro que muchos estábamos allí solamente (o al menos en gran parte) por ellos, tanto los que acudíamos con abono de 3 días como (con más lógica aún) los que sólo tenían entrada para el domingo. Comprenderéis entonces que me extienda algo más en la reseña de su concierto que en la del resto de bandas protagonistas del festival.


Radiohead salió a escena ante un público de 50.000 espectadores (guiri arriba, guri abajo) dispuesto a despellejarse las gargantas coreando las canciones más memorables de la banda. Que fuese “Bloom” la encargada de abrir el show supuso toda una declaración de intenciones: los chicos de Radiohead están muy orgullosos de sus últimos trabajos de estudio, lo cual se traduce en una cantidad considerable de temas extraídos de “In rainbows” y “The king of limbs” en su directo. Sobre todo del último, del cual interpretaron prácticamente todos sus cortes (sólo se dejaron fuera “Little by little” y “Codex”). Desgraciadamente, ambos discos (sobre todo el último) se encuentran entre mis trabajos menos favoritos de la banda, y su excesiva presencia en el desarrollo del concierto dio lugar a un setlist bien distinto al que yo habría elegido, si estuviera en mi mano decidir tales asuntos.

Lo que sí estuvo claro desde un principio es que técnicamente el grupo funciona a las mil maravillas sobre el escenario, con Thom Yorke ejerciendo de excéntrico bailarín y frontman algo autista (apenas dirigió un par de obrigados al público), con una voz prodigiosa que maneja escalas y registros con seguridad y desparpajo. Greenwood demostró por qué está considerado como uno de los guitarristas más destacados de su generación, dejándose caer recurrentemente sobre la sección de percusión de la banda, que contaba además con un segundo baterista para dar empaque a los rítmicos mantras de sus últimos trabajos.


Fallaron una vez más las visuales, no tanto por la aportación propia de la banda (dos filas horizontales de pantallas cuadradas que enfocaban en primerísimo plano y de forma simultánea o alternativa a cada integrante del grupo) sino por la reiteración con las dos grandes pantallas que flanqueaban el palco Optimus y que deberían haberse dedicado a mostrar los movimientos de los miembros de Radiohead desde un plano algo más amplio, en lugar de mostrar exactamente las mismas imágenes que las pantallas del fondo, para que (por ejemplo) los movimientos espasmódicos de Thom Yorke pudiesen ser percibidos por el público situado más allá de las primeras filas.

Tras "Bloom", la banda tardó otras cuatro canciones (la estupenda “15 step”, “Morning Mr. Magpie”, la muy reciente “Staircase” y “Weird fishes/Arpeggi”) en echar la vista un poco más atrás en su discografía (tampoco demasiado) y rescatar el primer tema extraído de “Hail to the thief”: “The Gloaming”. A partir de entonces, el concierto bascularía entre las composiciones de última hornada y los clásicos del repertorio radiocabezudo como “Pyramid song” (en la que Johnny Greenwood acarició las cuerdas de su guitarra eléctrica con un arco de violín, al más puro estilo Sigur Rós), “I might be wrong” (y su reconocible riff) y la lírica y subyugante “Exit music (for a film)”, una de esas canciones que te encogen el corazón con su parsimoniosa melancolía acústica.


El reciente single “Lotus flower” (también conocido como “la canción del bailecito”) era sin duda una de las paradas inevitables del recital, además de ser mi corte preferido de “The king of limbs”. Sonó de lujo y fue recibido con entusiasmo desde la platea, moviendo al baile epiléptico de los presentes (tanto sobre el escenario, con Thom haciendo de las suyas, como en el foso), y permitiendo además a la banda dedicar un guiño cómplice a su amigo Caribou al utilizar un fragmento de su tema “Sun” como introducción.

La alegría del público fue en aumento cuando, concluida “Lotus flower”, unos inconfundibles golpes de percusión anunciaron el comienzo de “Autocrítica” “There there”, la joya de la corona de “Hail to the thief” y uno de los momentos que más disfruté durante todo el festival. Poco quedaba ya para que la banda abandonase por primera vez el escenario para hacer un alto antes del primer bis, y fueron las canciones “Feral” y “Bodysnatchers” las que nos condujeron hasta el final de la primera parte del concierto.


Unos minutos después, Yorke, Greenwood y cía. regresaron para ofrecernos otras cuatro canciones que constituyeron el mejor segmento de todo el show. A la minimalista “Give up the ghost”, que dejó un poco descolocado a un público que demandaba urgentemente algunos clásicos guitarreros (a mi derecha había un portugués que no paraba de gritar “a karma police, caralho, a karma police!”), le siguieron tres melocotonazos como “Reckoner” (quizás el tema más agradecido en directo de “In rainbows”) y las homéricas “Lucky” y “Paranoid android”, que cosecharon (merecidamente) las mayores ovaciones de la noche.

Llevábamos ya 20 canciones, pero aún quedaría tiempo para dos nuevos bises. En el primero cayeron los dos máximos estandartes de (y únicas referencias a) el reverenciado álbum “Kid A”: “Everything in its right place” (que además da nombre a una de las secciones de la columna de la derecha en este blog) e “Idioteque”. En el segundo, obvia concesión al insistente entusiasmo del público, la banda hizo la única alusión de la jornada a un tristemente olvidado “The Bends” con “Street spirit (fade out)”, que puso el punto y final a dos horas de concierto tan fascinantes en lo estrictamente musical como irregulares en la selección del repertorio a interpretar. Yo personalmente eché muchísimo en falta himnos como “Creep”, “High and dry”, “Just”, "No surprises" o esa “Karma Police” que mi vecino portugués no dejaba de reclamar aún cuando la banda ya había abandonado el escenario definitivamente, y otras canciones menos conocidas pero igualmente deseables como “You and whose army”, “2+2=5” o “Life in a glass house”, cuya inclusión en el espectáculo me hubiese hecho terriblemente feliz.

No fue mi concierto soñado de Radiohead, pero sí un muy buen concierto.

Optimusómetro:



Pese a que aún quedaba algún grupo interesantísimo por actuar en el palco Heineken (como Metronomy, anunciado para las 3 de la madrugada), el cansancio acumulado tras tres días consecutivos de conciertos, bailes, cantos y noches de camping era ya demasiado acusado, por lo que decidimos regresar a las tiendas para dormir lo máximo posible (que tampoco era demasiado) antes de emprender el largo viaje de regreso a Galicia a la mañana siguiente.

Fue el final de un festival con altibajos en lo musical, sí, pero inolvidable desde el punto de vista personal. Gran parte del mérito lo tienen, por supuesto, personas como Tenenbaum, L., S., M. y sobre todo P. y F. A todos ellos, mil gracias.

viernes, julio 20, 2012

Optimus Alive 2012: parte 1

El pasado fin de semana se celebró en el Paseo Marítimo de Algés, en Oeiras (Lisboa), la edición 2012 del festival Optimus Alive. Poseedor de una entrada desde que se anunciase la presencia de uno de mis grupos favoritos, el abajo firmante llevaba todo el año aguardando el momento de agarrar saco de dormir y tienda de campaña y partir en inmejorable compañía (gracias, P. gracias, F.) hacia el país luso para quitarse al fin la espinita de ver en directo a Thom Yorke, Johnny Greenwood y el resto de radiocabezudos. Ese concierto, no obstante, sería el colofón a un cartel espectacular que durante tres días convertiría a Lisboa en uno de los puntos calientes del panorama musical veraniego, en paralelo con el BBK Live de Bilbao (con el que el festival portugués compartía varios cabezas de cartel).


Como no es mi intención relatar aquí cada pormenor de un viaje que dio muchísimo de sí (también, o quizás sobre todo, en el terreno personal), dejadme que me centre en el aspecto musical de la experiencia con una sola advertencia: fui al Optimus Alive a lo que fui. Ni pensaba tragarme cuanto concierto se me pusiese delante (había que estar frescos y en forma para disfrutar de los grupos realmente interesantes) ni acudí allí con intenciones periodísticas (por mucho que ahora estéis leyendo estas líneas): yo había ido a ver a Radiohead.

Un cartel prometedor.

The Stone Roses
13 de julio, 23:10

Desde que los descubrí (muy tarde, como es mi costumbre) en su espléndido debut homónimo (uno de esos LP's que siempre aparecen en las listas de discos favoritos de los medios británicos), The Stone Roses se convirtieron en una debilidad personal. Además de su buen hacer musical, la banda capitaneada por el vocalista Ian Brown y el guitarrista John Squire estaba envuelta en un halo mítico debido a su prematura disolución: su segundo álbum, “Second coming”, resultó incomprendido e injustamente vilipendiado por muchos de los que cinco años antes alababan su audacia y buen gusto. Envueltos en la clásica espiral decadente de las rock stars (divisiones internas, conciertos para el olvido, etc.), The Stone Roses pusieron punto y final a su trayectoria conjunta en 1996. Hasta ahora.

Sí, están mayores.

Cuando en 2011 se anunció que la banda de Manchester volvía a los escenarios, servidor se sintió ilusionado y reticente a un tiempo. Ilusionado ante la posibilidad de ver en directo a una banda legendaria por la que sentía predilección. Reticente porque a nadie se le escapan los motivos de esta clase de regresos extemporáneos. Pero si a los Héroes del Silencio les salió la jugada redonda (allá por 2007), ¿por qué no darle un voto de confianza a los Stone Roses?

El voto de confianza, como después se demostró, era inmerecido. Del mismo modo en que puedo afirmar que su participación como cabezas de cartel en el Optimus Alive 2012 era uno de los motivos más destacados para decidirme entre este festival y el BBK Live, también puedo decir que el de los Stone Roses no fue solamente el peor concierto al que asistí el pasado fin de semana, sino posiblemente uno de los espectáculos musicales más vergonzosos que recuerdo haber presenciado en mi vida.

Lo que más molaba de Ian Brown era la chaqueta de Etiopía que llevaba.

Poco importó que John Squire ejerciese de guitar hero luciendo músculo rockero en cada solo instrumental: el cantante Ian Brown dio auténtica lástima sobre el escenario. El tipo, un cincuentón enjuto y demacrado (tanto que no te extrañaría cruzártelo en la estación de autobuses de Compostela y que te pidiese un euro para tomar el coche de línea a Betanzos) con pintas de abuelo Gallagher, se dedicó a sabotear el trabajo de sus compañeros desafinando prácticamente en cada verso. Cuando Brown callaba y cedía el protagonismo al resto de la banda, el concierto crecía, la música volvía a captar la atención del público y los fans históricos (centenares de maduritos británicos empuñando vasos de plástico con el logo de Super Bock) asentían satisfechos. Cuando Brown abría la boca, un rictus de espanto y vergüenza ajena reflejaba el ánimo turbado del público presente. Lamentable.

Optimusómetro:




Justice
14 de julio, 01:30

La otra gran promesa de la noche del viernes (además del encuentro con las adorables S. y M., que se habían acercado desde Vigo unas horas antes) era la presencia del dúo francés Justice, baluartes de una electrónica agresiva y festiva para todos los públicos (pues su debut “†” es uno de los discos del género más celebrados por los legos en la materia... como un servidor). El concierto ofreció un repaso a los hits del grupo, remezclados para la ocasión en una suerte de sesión non-stop de tralla bailable. La música sonó de lujo, llevando a los miles de asistentes a un trance discotequero de saltos, sudor y beats, pero hubo varios aspectos que convirtieron lo que podría haber sido un recital memorable en (simplemente) una actuación más dentro del cartel del Optimus 2012.

Justice. Petándolo.

Para empezar, no hubo visuales como tal. La puesta en escena del dúo ha permanecido inalterada en los últimos tiempos: una mesa rodeada de amplis, con una gran cruz luminosa como mascarón de proa y acompañada por fogonazos de luz que ciegan al público desde la retaguardia. Una presentación más que atractiva siempre que las pantallas laterales del escenario permitan apreciar de cerca el trabajo en vivo de los artistas. Cosa que no ocurrió, pues dichas pantallas proyectaban una imagen del escenario tomada de frente, más pequeña incluso que el tamaño real de los objetos enfocados, resultando de ello tres imágenes redundantes que no permitían, a partir de cierta distancia, distinguir si aquellas dos figuras situadas tras la mesa eran efectivamente Gaspard Augé y Xavier de Rosnay o dos cualesquiera plantados allí para hacer bulto.

¿Augé y de Rosnay? Pregúntale a los de la primera fila. Yo no pongo la mano en el fuego.

Si a ello le añadimos la frialdad inherente a una actuación donde, literalmente, no existe una fuente orgánica de sonidos (todo estaba pregrabado, así que quiero pensar que se mezclaba en directo), y una escasísima duración para un teórico cabeza de cartel (apenas una hora y sin bises de ningún tipo), el cómputo global revela un concierto tan intenso y enérgico como impersonal y excesivamente breve: un arrebato de sexo salvaje que acaba en coitus interruptus.

Optimusómetro:




Mumford & Sons
14 de julio, 20:45

Tras el decepcionante primer día (y no sólo en el aspecto estrictamente musical; aquella noche tuvimos en apenas tres horas más líos y preocupaciones que en todo el resto del fin de semana), la segunda jornada del Optimus Alive 2012 comenzó de forma inmejorable. Aunque un servidor ya se olía que la banda compuesta por Marcus Mumford (voz y percusión), Ben Lovett (coros, teclado y acordeón), Winston Marshall (coros y banjo) y Ted Dwane (coros, contrabajo, batería y guitarra) tenía un directo prometedor, ni de coña se imaginaba que las canciones de su álbum “Sigh no more” (y algunas de su inminente segundo LP, “Babel”) iban a sonar tan bien en vivo.

Gente entrañable. Si hasta parecen limpios...

Fue un concierto breve porque el grupo todavía no tiene material para más (me faltó en el setlist, por ponerme quisquilloso, el tema titular de su debut), pero esa hora escasa de música contuvo más energía positiva y electricidad emocional que las dos actuaciones que pude ver el día anterior juntas. Y eso que Mumford y sus muchachos no hacen nada particularmente original para ganarse el favor del público: se dedican a tocar lo mejor que saben, a interpretar canciones irresistibles y a sonreír de medio lado con su pose de niños buenos del folk-rock inglés. Sólo con eso les llega y les sobra para tener un directo fantástico.

Optimusómetro:




Florence + the Machine
14 de julio, 22:10

La primera decepción del Optimus Alive llegó un par de días antes de hacer el petate y comernos 600 kilómetros de autopista hasta la capital lusa. A través de un comunicado de prensa bastante estándar, la británica Florence Welch anunciaba la cancelación de su espectáculo y nos dejaba a todos los que venimos siguiéndola desde el estupendo “Lungs” (y a todos los que nos decantamos por el Optimus en lugar del BBK) con un palmo de narices. Los tres viajeros (P., F. y un servidor) hicimos durante días las cábalas más surrealistas (desde Placebo hasta un holograma de El Fari, creo que no nos faltó por citar un solo grupo que no estuviese ya en el cartel del Optimus), pero no fue hasta el mismo día en que el concierto de Florence + the Machine estaba originalmente programado que supimos en quién recaería la responsabilidad de sustituir a la Welch: Morcheeba. Pos bueno, pos fale, pos m'alegro.

"Tengo las cuerdas vocales jod***s"

Momento pues para hacerse con un bocata de frango y un refrigerio en alguno de los baratísimos puestos de comida que había esparcidos por el recinto (baratísimos en relación a cómo se las suelen gastar en los festivales españoles) y de reagruparnos para decidir nuestro próximo movimiento: ¿The Cure o Katy B.?

Optimusómetro (para Florence + the Machine, a Morcheeba no le prestamos ni la mínima atención):




The Cure
15 de julio, 00:00

Mientras que P. y F. decidieron concederle a Eduardo Manostijeras Robert Smith la escucha de un par de temas antes de moverse al escenario Heineken para disfrutar del recital drum'n'bass de Katy B., yo afiancé mi posición en el palco principal del Optimus junto al estupendo blogger musical (y mejor persona) Tenenbaum y su no menos estupenda hermana, con los que habíamos quedado esa tarde para disfrutar en amor y compañía de lo que restaba de festival.

El novio cadáver.

Llegados a este punto, conviene que sepáis que todo lo que hayáis podido escuchar sobre Robert Smith es rigurosamente cierto. El concierto de The Cure fue una cosa desmesurada (3 horas de éxitos a machete) que posiblemente contribuyó a humedecer la ropa interior de aquellos fieles que jaleaban al proto-emo desde la platea, pero que a mí, pese a sus muchas virtudes, acabó superándome.

Que sí, que estos tíos tocan de maravilla, que Smith mantiene la voz tan en forma como el primer día y que The Cure tienen temazos en su repertorio para dar y tomar, pero a la altura de “Boys don't cry” servidor sentía que allí ya no tenía nada más que ver; que ya estaba todo el pescado vendido. Igual es el precio a pagar cuando uno se planta ante un “dinosaurio del rock” (y lo digo en el sentido más halagador posible) sin tener los deberes hechos: ni The Cure es una de mis bandas de cabecera ni me conozco al dedillo la vida y milagros de su líder. Tal vez si en lugar de Smith y cía. ese mismo concierto lo hubiesen dado U2 o Peter Gabriel, ahora estaría escribiendo esta crónica en términos muy diferentes. Con todo, no puedo negarle a la banda su superlativa profesionalidad y su entrega absoluta sobre el escenario.

Optimusómetro:




El rasta do campismo
15 de julio, ni idea de la hora exacta... pero tarde en la madrugada

Con todo, quizás la sorpresa más inesperada de la velada fue la que nos aguardaba de vuelta al camping, tras una noche bastante productiva de por sí. De camino a nuestras tiendas, a kilómetros de distancia de donde aún se seguían celebrando los conciertos del Optimus, nos encontramos en el bar do campismo (abierto las 24 horas) con un show semi-improvisado a cargo de un alegre cantante y guitarrista rastafari y sus felicísimos compañeros de carretera. Arremolinados en turno a él, ocupando varias docenas de sillas de playa, un puñado de portugueses, alemanes, británicos y españoles bailamos y cantamos los temas más insólitos (desde Oasis hasta Shaggy pasando por Ben E. King) en un ambiente de anuncio veraniego de cerveza imposible de planificar de antemano. Estas cosas ocurren de forma espontánea. Fluyen. Y se quedan en el recuerdo como uno de esos pequeños momentos casi soñados que a veces se presentan sin previo aviso en el transcurso de un viaje más o menos programado.

Optimusómetro:



Nos fuimos al saco muertos de cansancio, pero eufóricos. Por el día vivido, bastante más satisfactorio que el anterior; pero sobre todo por la promesa, a tan sólo unas horas vista, de uno de los conciertos más esperados de nuestras vidas. Al día siguiente tocaba Radiohead...


miércoles, febrero 15, 2012

Naufragando con Niños Mutantes

Últimamente se me acumulan las colaboraciones. Lo cual mola bastante, supongo. En esta ocasión repito con el blog musical Paragustoscolores cubriendo la presentación del próximo disco del grupo de pop-rock Niños Mutantes.


El LP se titulará "Náufragos" y el mini-concierto que el cuarteto granadino ofreció a la prensa en la Sala Costello de Madrid (al cual acudí felizmente escoltado por la nueva y flamante inquilina del vecindario blogger) puso de manifiesto las virtudes del directo de la banda. Si queréis conocer de primera mano todo lo que hay que saber sobre "Náufragos" antes de su lanzamiento oficial el próximo mes de marzo, ya estáis siguiendo este enlace.

lunes, diciembre 19, 2011

Para vetustos colores

Se da la alegre circunstancia de que últimamente casi escribo más para otros medios que para mi propia bitácora. A mis irregulares (en tiempo y en calidad) colaboraciones cinematográficas con el portal Nuestros Comics y a cierto misterioso proyecto pseudo-secreto del que pronto ofreceré algunos detalles, se suma ahora una muy bienvenida participación en el blog vecino Paragustoscolores.


Lo primero, lógicamente, es agradecerle a Tenenbaum, estupendo blogger musical y mejor persona, la posibilidad que me ha brindado de acudir como periodista acreditado a uno de los conciertos que Vetusta Morla ofrecía estos días en la sala La Riviera de Madrid, y que registraron (¡los cinco días!) un lleno absoluto.

Lo segundo, celebrar la compañía de la fotógrafa (también acreditada) Laura Menéndez, cuyas instantáneas ilustran la reseña que un servidor ha redactado para la ocasión.


Y por último, congratularme por la buena forma musical en que se encuentra el sexteto de músicos de Tres Cantos, los cuales ofrecieron un recital magnífico sobre el que podéis leer un poco más haciendo click en este enlace.

domingo, julio 31, 2011

Vetustos en Compostela

Supongo que no sorprendo a nadie si digo que Vetusta Morla es, en la actualidad, mi grupo español favorito. Con tan sólo dos LP's, han pasado de ser infinitamente prometedores a consolidarse como un auténtico fenómeno musical (cualitativo por un lado y de éxito comercial por el otro). El pasado 28 de julio tuve la oportunidad de disfrutar de su directo por cuarta vez (tres veces los vi en la gira de presentación de su debut, el maravilloso “Un día en el mundo”) y debo reconocer que fue, con mucho, la peor.


No se puede culpar a los vetustos del negativo balance final del concierto. El grupo lo dio todo durante casi dos horas (21 canciones, que se dice pronto; más tratándose de una formación que sólo cuenta con 24 “oficiales”, repartidas en dos discos), pero la mala acústica del emplazamiento elegido para el recital, esa Plaza de la Quintana que en Santiago de Compostela ya se ha cobrado unos cuantos fiascos técnicos (tantos como la del Obradorio, que linda también con la Catedral y que tampoco está acondicionada para esta clase de eventos), consiguió apagar la personalísima voz de Pucho ya desde los primeros compases de “Los días raros”, joya de la corona del nuevo álbum “Mapas” y posiblemente una de las canciones más rematadamente bonitas en lo que llevamos de 2011.


Quizás debido a este déficit de sonido, o tal vez porque había en la Quintana mucho lego suelto que había paseado hasta allí para ver a uno de “los grupos del momento”, la reacción del público me resultó algo desangelada. Las nuevas canciones, como “En el río” o “Boca en la tierra”, no lograron la aceptación que un servidor (que las cantaba a grito pelado, para desgracia de los silenciosos extraños que me rodeaban) se había imaginado a priori. No fue hasta la irrupción de “Copenhague”, ya un clásico por derecho propio en el repertorio de la banda, que el personal se animó y por fin se empezaron a oír coros consistentes por parte de la platea. Le siguieron “La marea” (con el mismo interludio instrumental, muy acertado, que ya me había ganado en anteriores directos) y otra de las titulares de “Mapas”, “Lo que te hace grande”, más conocida por la mayoría de asistentes gracias, supongo, al vídeo con el que se está respaldando la promoción de este segundo LP.


Esa fue, en líneas generales, la tónica del concierto: sonido lamentable, reacciones frías ante las canciones nuevas (salvo excepciones, como en la irresistible “Maldita dulzura” o en esa bomba que es “El hombre del saco”) y un tímido entusiasmo creciente ante las viejas conocidas (“Sálvese quien pueda”, “Un día en el mundo” o “La cuadratura del círculo”). Ah, y Pucho bailando espasmódicamente como si su vida dependiera de ello. Una vez más, un diez para el vocalista.


Sensaciones encontradas en mi veredicto final: Vetusta Morla hizo todo lo posible para que el concierto fuese realmente grande, pero aquello que no estaba en su mano (el sonido, la frialdad del público) jugó en su contra de forma decisiva. Yo no lamento en absoluto esta cuarta incursión en el directo de los de Tres Cantos (estupendo repertorio, ganas de hacerlo bien por parte del grupo y, en lo que a mí respecta, una compañía inmejorable), pero me quedo con el regusto agridulce de imaginar lo que esa noche habría podido ser y no fue.

Más tarde o más temprano habrá una quinta ocasión, ni lo dudéis.

sábado, abril 02, 2011

Derribando el muro: "The Wall" en vivo y en directo

“(…)
We don't need no education
We don't need no thought control
No dark sarcasm in the classroom
Teachers leave them kids alone
Hey! Teachers! Leave them kids alone!
(...)”

(“Another brick in the wall, part 2” de Pink Floyd)


Parecía que el 26 de marzo no iba a llegar nunca. Ésa era la fecha impresa en mi entrada para el concierto de Roger Waters en el Palacio de los Deportes de Madrid como parte de la gira “The Wall Live 2010/2011”.

El abajo firmante estaba ilusionado como un niño y quería sacarle el máximo partido posible a la velada, así que en los días previos escuchó incansablemente el doble álbum publicado por Pink Floyd en 1979 y volvió a verse la película dirigida por Alan Parker que lo adaptaba. Teniendo la lección bien sabida, llegué a creer que el concierto no me pillaría con la guardia bajada. Que sería genial, claro, porque podría ver por fin a uno de mis músicos favoritos en directo (pena que fuese sólo Waters; la ausencia de Gilmour, Mason y Wright planearía inevitablemente como una sombra sobre el show), pero que el setlist cerrado (“The Wall” de principio a fin, en el mismo orden que en el disco) y el conocimiento detallado del argumento de la ópera rock que lo enmarcaba impedirían que me llevase demasiadas sorpresas.

Por suerte me equivoqué.


Servidor y compañía llegamos al recinto con margen suficiente para coger buen sitio en el foso (tan cerca como para no perdernos ningún gesto de Waters, tan lejos como para poder contemplar el enorme escenario en su totalidad) y conjeturamos acertadamente que aquellos ladrillos situados a ambos lados del stage eran parte del Muro que daba nombre al disco/film/espectáculo. El ex-bajista de Pink Floyd, híbrido improbable entre Richard Gere y Sergio Ramos, no hizo esperar demasiado al público (siempre se agradece que las estrellas sean puntuales; la buena educación no entiende de celebridades) y apenas unos minutos después de la hora señalada abría fuego (literalmente) con “In the flesh?” y daba el pistoletazo de salida a un show al que la palabra “concierto” se le queda pequeña.

Más que un simple recital de canciones, “The Wall Live” es una performance operística que emana rebeldía en cada acorde, palabra e imagen: combativa con el status quo político, crítica con el aborregamiento de las masas, incisiva con las corrientes ideológicas dominantes (las religiones, el capitalismo, el comunismo; Waters se la tiene jurada a todas) y radicalmente pacifista.


Su mensaje, tan simple como irrebatible, se vio potenciado por una puesta en escena y unas visuales que, sencillamente, superan ampliamente (muy ampliamente) a todo lo que un servidor haya visto al respecto en su vida. Y, aunque desde luego no soy el tipo que en más conciertos ha estado, dejar en evidencia a pesos pesados como los Rolling Stones, Iron Maiden, Kiss o Muse (que últimamente también vienen muy cargaditos de luces y pirotecnia), y hacerlo además al servicio de conceptos mucho más nobles y universales que el simple espectáculo por el espectáculo, es algo que deja huella.

Desgranar punto por punto “The Wall Live” se me antoja extenso y complicadísimo. Si en los últimos días he venido realizando en este blog aproximaciones más cerebrales al disco y a la película, reconozco que mi capacidad crítica se desvanece al hablar del espectáculo en directo. Por encima de todo, “The Wall Live” es una experiencia visceral, emocional y espiritual: la liturgia de los ateos, de los revolucionarios y de los caídos en combate.


Las canciones se fueron sucediendo una tras otra tal y como figuraba en mis predicciones (sonando todas de forma pluscuamperfecta, además), pero su sinergia con el aspecto no musical del espectáculo las elevaba a cotas insospechadas de grandeza y profundidad. Ver las conmovedoras imágenes de una niña abrazando entre lágrimas a su padre que regresaba de la guerra mientras los músicos bordaban “Vera” o tener a sólo unos metros un muñeco gigante que representaba al profesor de Pink mientras un coro de niños le gritaba amenazante “Teachers! Leave them kids alone!” es algo que supera cualquier expectativa posible. Aunque ahora no suene TAN increíble, creedme, hay que estar ahí para verlo y oírlo. Hay que vivirlo.


El concierto (me cuesta llamarlo así, de verdad) constó de dos partes. Durante la primera, el muro se iba construyendo ladrillo a ladrillo mientras Waters, que interpretaba al personaje de Pink, se hundía progresivamente en la locura y el aislamiento. La segunda parte, con el muro ya completamente levantado, trajo consigo al Pink fascista, embutido en una gabardina negra de obvias reminiscencias nazis y rodeado de oficiales que portaban banderas con el emblema de los martillos cruzados, icono perfectamente reconocible por todos los presentes.


Uno de mis momentos favoritos fue, como era de esperar, “Comfortably numb”. El solo de guitarra, interpretado por un músico situado en lo más alto del muro, sonó sublime mientras las visuales acompañaban a un Roger Waters que golpeaba el muro y lo partía en un estallido de luz que invadió las pupilas del público con millones de colores. Teníamos los ojos y la boca abiertos hasta su límite natural e incluso un poco más. La música penetraba nuestros oídos y nos transportaba a sólo-cada-uno-de-nosotros-sabe-dónde y la noche se iba escribiendo con tinta indeleble en la parte del cerebro donde el ser humano guarda el recuerdo de los mejores instantes de su vida.


Tras la fascinante “The trial”, complementada con las superlativas escenas animadas que Gerald Scarfe ideó para la película de 1982 proyectadas sobre el enorme muro blanco, el público comenzó a gritar el inevitable “Tear down the wall!” hasta que los ladrillos se desplomaron violentamente, provocando el júbilo generalizado de los asistentes. Fue entonces cuando una versión acústica e intimista de “Outside the wall” puso fin a uno de los mayores y mejores espectáculos que jamás he visto en vivo y en directo.

EDITADO: acabo de descubrir, gracias a un comentarista de la web Hipersónica, un enlace a un vídeo que contiene todo el espectáculo, convenientemente editado y en calidad HD. Pese a que no se parezca en absoluto a la experiencia de vivirlo en directo, merece mucho la pena. Podéis verlo AQUÍ.