sábado, mayo 09, 2009

9 canciones alegres (y una despedida autosatisfecha) para un día radiante

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Receta para un ser pseudo-humano (de Diógenes a Calvin pasando por Rob Fleming)

Después de 6 semanas en casa de mis padres (como consecuencia de aquello), el fin de semana pasado volví a mi piso, a Santiago, para retomar mi vida (más o menos) donde la había dejado, con la salvedad de que ahora voy de un sitio a otro con una muleta en la mano y una velocidad de paseo drásticamente inferior. Lo cual, por cierto, no me ha impedido volver al gimnasio y sacarme de encima el mono que tenía de tirar pesas.

Sea como fuere, lo cierto es que volver a mi estudio (yo lo llamo estudio, pero realmente es un cuartito con una mesa y un par de estanterías llenas de comics) en el piso compostelano me causó una impresión desagradable. Al entrar y echar un primer vistazo comprendí que, aunque no me haya sido diagnosticado por ningún especialista, sufro (en medida poco severa, puntualizo) el tan mediático (de un tiempo a esta parte) síndrome de Diógenes. Si las habitaciones de uso común del piso estaban inmaculadas (vivo con mi hermano, una persona ordenada y limpia), aquellas cuyo uso me concernía en exclusiva eran un pequeño caos que amenazaba con tragarse cualquier clase de cordura que servidor hubiese podido recuperar durante su estancia en la casa parental. ¡Es increíble la cantidad de mierda que puede acumular uno con la excusa de que tal vez sea útil en algún momento indeterminado del futuro! Me vino entonces a la cabeza una frase que leí en una pegatina hace cuatro años, paseando por el barrio de Taksim: “Si pudiese organizarme sería una persona muy peligrosa”.


Armado de paciencia me dispuse a ponerlo todo patas arriba, hacer una limpieza a fondo (6 semanas sin pasar por aquí, ya os podéis imaginar…), tirar todo lo superfluo y, aprovechando la coyuntura, hacer un listado de los tebeos que tengo en el estudio. Es algo que siempre he querido hacer: un albarán que comprenda todos mis comics, numeración incluida (muy útil para descubrir cuántos ejemplares me faltan de una serie en concreto o para anotar los que has prestado a un amigo y así, por mucho tiempo que pase, saber a quién se los prestaste y que no están extraviados). Durante la tarea me acordé, como hago demasiado a menudo, de Rob Fleming.

Existen una serie de personajes ficticios con los que me siento profundamente identificado. Me gustaría poder decir que son Kal-El, Sawyer y Drover (el Hugh Jackman de “Australia”), pero no lo son. Si yo fuera un plato de El Bulli (ahora que está tan de actualidad) mi receta contendría unas filfas caramelizadas con un puntito ególatra y antisocial del Sheldon de “The Big Bang Theory” y una crema emocional del Craig Thompson (personaje, al real no lo conozco) de “Blankets”, todo ello sobre una base deconstruída (signifique eso lo que signifique en el mundo de la alta cocina) de Rob Fleming, protagonista de “Alta fidelidad”, novela de Nick Hornby brillantemente trasladada al cine por Stephen Frears.



Suelo ver “Alta fidelidad” al menos una vez al año. La veo siempre que me apetece y también cuando acabo de sufrir un revés sentimental. Bajo la apariencia de una comedia romántica, “Alta fidelidad” esconde más sabiduría vital que la mayoría de películas dramáticas supuestamente profundas que conozco. Y además es jodidamente divertida. He leído la novela sólo una vez, pero como la adaptación de Frears es increíblemente fiel y la interpretación de John Cusack es descacharrante, resulta mucho más cómodo verse la peli en 109 minutos que pasarse dos o tres días enfrascado en un libro que, más o menos, viene a decir exactamente lo mismo (no es un demérito de Hornby, claro, sino una gran virtud de Frears).

“Alta fidelidad” narra la historia de Rob Fleming (Cusack), de 35 años, propietario de una tienda de discos donde sólo vende la música que le gusta, exclusivamente en vinilo. Tiene dos empleados/amigos/cucarachas llamados Barry (un lunático y desatado Jack Black en su único papel junto al de “Tropic Thunder” en el que no tengo ganas de practicarle la portada de “Holocausto caníbal”) y Dick (interpretado a lo emo por Todd Luiso) y, hasta hace dos días, una novia encantadora (Laura, en la piel de la irresistibilérrima Iben Hjejle) que, harta de su relación, lo ha mandado a paseo. Será en este momento cuando Rob comience un repaso de su top 5 de rupturas amorosas, en el que Laura ha conseguido colarse a última hora.

Si durante “la gran reorganización tebeística” se coló Rob en mis pensamientos fue porque tras sus rupturas el personaje tiene por costumbre sacar toda su colección de vinilos de las estanterías de su apartamento y reordenarlos atendiendo cada vez a una razón diferente, ya sea por género, autor, año de publicación, etc. Rob tiene miles de discos y yo miles de comics, pero posiblemente los motivos psico-químicos que nos llevan a ambos a encontrar placer en nuestras respectivas catalogaciones sean exactamente los mismos.



Una de las cosas que más me gustan de “Alta fidelidad” es lo desvergonzadamente egoísta que es Rob. No es un atributo que admire (aunque a veces comparta), pero me entusiasma ver en una comedia romántica a un protagonista tan cabrón, egocéntrico e infantil como lo somos todos en algún momento de nuestra vida, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones sentimentales. La relación de Rob y Laura parece real: hay discusiones, celos y palabras más altas que otras dichas sólo para causar dolor (cuando lo que realmente los personajes querrían decirse no es eso). Sus reacciones son reales. Su falta de romanticismo es real. Rob es un crío encerrado en el cuerpo de un adulto que mata las horas posponiendo sus sueños (aquellos cuya consecución supondría un esfuerzo importante por su parte) y realizando, junto a Dick y Barry, listas de canciones pop sobre tal o cuál tema (“¿cuál es tu top 5 de canciones sobre la muerte?”), o sobre las 5 mejores películas de todos los tiempos (donde siempre aparece “Reservoir dogs”), o sobre lo que sea. En eso también me siento profundamente representado, claro.

Pero el quit de la cuestión, el auténtico motivo por el que “Alta fidelidad” es una peli tan catártica para mí es por su catálogo de mujeres y lo que éstas vienen a decir sobre el personaje protagonista. Azorado por las dudas que ha plantado en su interior su recientemente frustrado noviazgo con Laura, Rob recapitula y discurre su top 5 de rupturas amorosas, cada una de las cuales representa un tipo diferente de relación y, sobre todo, de mujer. Quizás pueda sonar herético, pero creo que desde Homero nadie que yo conozca había catalogado tan bien las posibles relaciones sentimentales que un hombre puede tener con una mujer como Nick Hornby. Y lo mejor es que, pese a que todas esas relaciones han terminado mal y Rob no es capaz de entender por qué, “Alta fidelidad” nos demuestra una y otra vez que las parejas son cosa de dos y que, si cualquiera de esas relaciones fracasó (igual que terminó su historia con Laura) fue, en mayor o menor medida, por culpa del propio Rob. Culpa compartida con sus partenaires, claro, pero suya hasta cierto punto.



Supongo que por eso me sienta bien ver “Alta fidelidad” después de un bache sentimental. Me hace ver, de la forma menos traumática posible, que si en esos momentos estoy decepcionado, si las cosas no han salido como querría, no debo olvidar que quizás parte de la responsabilidad sea también mía. Arremeter contra quien te rompió el corazón, crucificar a la persona por la que tan sólo unos días antes pondrías la mano en el fuego, es una solución tan habitual como equivocada. Quizás te hizo daño, quizás incluso conscientemente, pero salvo casos muy extremos (no pretendo justificar según qué cosas, líbreme Megatrón), si se trataba de una persona más o menos normal (con todo lo “más o menos egoísta”, “más o menos infantil” o “más o menos intransigente” que ello conlleva), tampoco tú puedes eludir la responsabilidad de no haber sido mejor que ese mismo “más o menos normal”.

Un clásico ejemplo del “no todo es blanco o negro”.

Por suerte, claro, esta vez me acordé de Rob con el corazón intacto, en plena reestructuración de mi colección de tebeos. Me llevó más horas de las que esperaba, en parte porque en Santiago tengo aproximadamente una cuarta parte de mis comics, quizás algo más; en parte porque a veces me paraba a hojear algún ejemplar que hacía años que no tocaba o que incluso no recordaba tener y se me iba el santo al cielo. En cuanto llegué a los “Calvin & Hobbes” de Bill Watterson me enredé compulsivamente en su lectura (como era de esperar) y me olvidé de Rob Fleming y de Ferrán Adriá, de Homero y del capullín de Diógenes y me puse a reír tantísimo como siempre. Por un momento también me olvidé de la reestructuración y limpieza de mi estudio y esa misma noche me vi trabajando a marchas forzadas para terminar mi tarea organizativa antes de irme a la cama. Supongo que también tengo mucho de Calvin, como todos los que alguna vez hemos sido niños y no hemos sabido o querido dejar de serlo.


“Si pudiese organizarme sería una persona muy peligrosa”.

Bah, ser peligroso está muy sobrevalorado…

Mis dibujantes favoritos 5: Enki Bilal


Probablemente no sea el mejor narrador del mundo. Sus imágenes sufren un cierto estatismo, sus personajes una incuestionable rigidez física. No es, desde luego, un guionista sobresaliente: por muy satisfactorias que sean en ocasiones sus obras como autor completo, sus mejores trabajos son aquellos que ilustran los guiones de Pierre Christin (y de entre ellos, mi favorito, “Partida de caza”). Pero también es casi seguro que, en lo que a mí respecta, Enki Bilal es uno de los dibujantes más sugerentes y visualmente impactantes que he conocido. Sus atmósferas oníricas y surrealistas conforman un universo ecléctico y profundamente personal lleno de fuertes colores, lagartijas ocultas y pececillos voladores que te llena los ojos con cada viñeta.






Bilal es único e irrepetible.

domingo, mayo 03, 2009

Abecedario personal: S de "Star Wars"

Vale, sé lo que estás pensando: ¡qué sorpresa, al friki de Jero le gusta “Star Wars”! ¿Se puede ser más obvio? ¿Y qué será lo próximo, alabar “Casablanca” y “Ciudadano Kane”? ¿Reconocer lo mucho que le ha gustado “El Quijote”? ¿Colgar un enlace al “Stairway to heaven” de Led Zeppelin?

Lo sé, formo parte del rebaño, de la masa, del vulgo. Desgraciadamente no todos podemos elaborar un top 10 de nuestras pelis favoritas con obras de Peter Greenaway y Andrei Tarkovsky, por muy intelectuales y soberbiamente chics que eso nos hiciera parecer en una discusión sobre cine (y por mucho que mole la banda sonora de “El contrato del dibujante”).


Yo, como muchos otros jóvenes (y ya no tan jóvenes), he crecido con la primera trilogía de “Star Wars”. No en un sentido estrictamente cronológico, porque “El retorno del Jedi” se estrenó el mismo año en que nací, sino porque el universo creado por George Lucas ha formado parte de mi vida desde siempre (al igual que otros referentes ficticios como Indiana Jones, Superman, 007 u Optimus Prime), y hasta cierto punto me resulta imposible imaginar cómo sería ahora mi vida (en su vertiente más ociopática y friki) de no haber existido Luke Skywalker, Han Solo y el maestro Yoda.

“Star Wars” es un fenómeno mundial que ha marcado profundamente no sólo a la industria del cine sino también a varias generaciones de espectadores (algunos de los cuales llegan incluso a sentir una devoción histérica y enfermiza por la saga), siendo uno de los productos de ocio y expresión artística que más ha influido a la sociedad en los últimos 35 años. Yo no soy un obseso de “Star Wars”, nunca le he prestado atención a sus derivados (todo lo que se ha dado en llamar "universo expandido"), pero sí me pongo ligeramente cachondo cuando escucho el zumbido de un sable láser o el característico sonido de “público gritando por un embudo” (como era descrito en el comic paródico “Dragon Fall”) que surge del motor de un caza Tie (con todo lo erróneo que esto conlleva al tratarse el espacio de un entorno donde el sonido no se propaga... pero en fin...) La música que John Williams compuso para las películas de esta saga está grabada a fuego en los surcos de mi memoria sonora y la respiración asmático-cibernética de Darth Vader (villano inolvidable) es otro de esos indelebles hitos dentro de mi cinefilia particular. Además, “El imperio contraataca” es, simple y llanamente, una de mis películas preferidas de todos los tiempos.


Todo ello, no obstante, no nubla (totalmente) mi capacidad crítica, y por tanto sigo siendo consciente de las múltiples influencias que Lucas manejó para la creación de su cosmos particular (y que van desde el cine de Kurosawa hasta el “Cuarto mundo” de Jack Kirby, pasando por las tiras de prensa de “Flash Gordon” o el “Valérian” de Christin y Mézières), no inventando prácticamente nada en el proceso (aunque no seré yo quien se queje por eso). Igualmente, si estuviera en mi mano hacerlo, no dudaría en eliminar de la memoria colectiva la existencia de esa aberrante nueva trilogía (episodios I al III) que aún no he conseguido relacionar (pese a que insistentemente se haya afirmado que pertenecen a la misma saga) con los gloriosos episodios IV, V y VI.



George Lucas es capaz de lo mejor y de lo peor, pero como espectador que soy puedo libremente discriminar lo peor y quedarme con la aventura, la magia, los combates interestelares, los duelos de sable láser, las réplicas socarronas de Han Solo y los gruñidos guturales de Chewbacca, el Rancor, el Sarlaac, la dislexia galopante del maestro Yoda y el muy-new-age concepto pre-midicloriano de la Fuerza.

Oh, y el Halcón Milenario, por supuesto.

sábado, mayo 02, 2009

2-6

Me van a perdonar todos los madridistas por publicar esta entrada, porque es cierto que yo no suelo hablar mucho de fútbol (de hecho, ésta es la primera entrada del Abismo con tal etiqueta), porque la liga aún no está matemáticamente decidida (casi casi...), porque el Barça a día de hoy aún no ha conquistado ninguno de los títulos a los que aspira...


... pero es que, ¡madre mía!, hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto viendo un partido de fútbol.

Potencia sin control


El pasado jueves se estrenó “X-Men Orígenes: Lobezno”, cuarta entrega de la saga cinematográfica de “X-Men”, pero primera dentro de la cronología interna del relato (es decir, se trata de una precuela).

A priori no pensaba que fuera a ser un peliculón, teniendo en cuenta que de las tres entregas precedentes sólo la segunda me parece realmente notable (lo decía hace unos días en esta entrada), siendo la primera una presentación interesante (sin más) y la tercera un pequeño despropósito sólo apto para paladares poco exigentes, entregados al fervor hacia unos personajes previamente conocidos. “X-Men Orígenes: Lobezno”, por su parte, cumple con la cuota de acción, explosiones, chistes malos y FX, pero naufraga estrepitosamente como intento de narración coherente y, sobre todo, inteligente.


Se puede discutir más o menos acerca de la necesidad de darle un origen al adamantium (yo opino que, en un universo donde la evolución genética permite a un ser humano volar o lanzar rayos por los ojos, no es en absoluto descabellado que exista una aleación metálica indestructible... al fin y al cabo está claro que ese universo no se rige por las mismas reglas que el nuestro), de la caprichosa justificación para la amnesia de Logan o de la falta de concreción a la hora de identificar al Victor Creed de esta película con el Dientes de Sable de la primera cinta de la franquicia. Todo eso es susceptible de opinión. Lo que está fuera de duda es la estupidez constante exhibida por los personajes (Gambito es especialmente insufrible); lo lineal, previsible y aburrido de la trama (salvo un par de momentos que, contra todo pronóstico, aportan algo de sal a un producto que de otro modo resultaría directamente vomitivo), y la falta de personalidad de un director (Gavin Hood) que no ha sabido insuflarle ni un hálito de vida a este desalmado entretenimiento infantil (siendo una película protagonizada por mi canadiense favorito, uno esperaría al menos un par de salpicazos de sangre en pantalla...)

Poco pueden hacer por salvar el resultado final unos créditos iniciales estupendos, un sentido bastante conseguido de continuidad argumental respecto a los otros films de la franquicia y dos actores que se entregan totalmente a unos personajes que no les devuelven el entusiasmo (me refiero, claro, a los carismáticos Hugh Jackman y Liev Schreiber).



Una pena (y la gente que desconoce los tebeos de "X-Men" y de "Lobezno", claro, pensará que de ellos no puede esperarse más que lo que ofrece esta película...)

lunes, abril 27, 2009

She's no longer your slave

“Well now, she don't need to see the sun ahead
don't need that help from god above
If you're losing her don't be sad
cause she will offer you heart attacks

She's tired of problems that you caused her mind
Tired of all those lies in your freak show
Tired of being alone at night
being the lowest cat on earth

So Gloria steps out from the prison
Gloria's no longer the wasted disco girl
you've been dreaming about
Gloria alone now forever
Gloria away in the air now
Gloria she's no longer your slave
(...)”


[¡Qué maravilla de single (segundo de su último álbum, “Give me fire”) se han marcado los suecos Mando Diao con este “Gloria”! Estoy irremediablemente enganchado...]

Adaptando, que es gerundio

Hace algo más de un mes se estrenó, rodeada de polémica, la adaptación al cine del tebeo “Watchmen” de Alan Moore y Dave Gibbons. Dentro de 3 días veremos por fin en pantalla grande la última (hasta la fecha) entrega de la saga fílmica de la Patrulla X, “X-Men Orígenes: Lobezno”, y la expectación no podría ser mayor (ayuda, por supuesto, una campaña de marketing totalmente masiva). El año pasado la película que mejores cifras consiguió en taquilla fue “El caballero oscuro”, pero lo cierto es que también “Iron man” logró una recaudación muy por encima de lo esperado. A día de hoy existen proyectos para varias decenas de adaptaciones de tebeos al cine (casi todas de super-héroes) incluso antes de que los comics que adaptan hayan traspasado siquiera las fronteras de su país de origen (caso de “The Umbrella Academy”, cuya andadura editorial ha comenzado hace un par de meses en nuestro país de la mano de Norma, datando los primeros rumores de su salto al cine de finales del año pasado). Está claro que las industrias del cine y el tebeo están más unidas ahora que nunca, pero lo cierto es que los resultados, salvo excepciones, suelen ser bastante discutibles en términos de calidad.

A la hora de adaptar un tebeo al cine se pueden apreciar varias tendencias: una primera que consiste en “poner el piloto automático” y contratar a un director mercenario, por muy fan que pueda ser de la obra en cuestión (léase Lou Leterrier, Tim Story o Timur Benkbambetov), y convertir el material de base en blockbuster de encefalograma plano, más o menos divertido, que caduca tras el primer visionado; una segunda, lastrada por el sometimiento absoluto al material de partida, que conduce a un resultado que los más incondicionales del original amarán por su fidelidad (“Sin City”, “300”, “Watchmen”) pero que adolece de grandes carencias desde un punto de vista cinematográfico (rítmico y de incontinencia narrativa, sobre todo); y una tercera que pasa por un director que impone su interpretación del tebeo, logrando un resultado tan satisfactorio o fallido (como en el caso de “V de Vendetta”, “Ghost world” o el “Hulk” de Ang Lee) como lo sea la visión del realizador. Al final, claro, resulta que adaptar un tebeo es como adaptar una novela, un videojuego, una serie de televisión o un folleto del Carrefour: la fidelidad nunca debe anteponerse a los valores estrictamente cinematográficos. Lo importante, en resumen, debiera ser la coherencia interna del relato y la calidad propia del producto final. Es decir, la película.

Entonces, ¿existen buenas películas basadas en comics? ¡Diablos, sí!

Como suelo decir, las opiniones son como los culos (cada uno tiene el suyo), pero como entusiasta de ambos medios (comic y cine) dejaré constancia aquí de cuáles son mis adaptaciones favoritas de un tebeo a la gran pantalla (existen otras, televisivas y animadas, que bien podrían ocupar los primeros puestos de este ranking, pero que dejo fuera para no mezclar churras con merinas). Así que ahí van, en orden inverso de preferencia, mis 10 pelis favoritas basadas o inspiradas en un comic:

10- Spider-man 2


La segunda entrega de la saga fílmica del hombre araña volvió a poner a Sam Raimi en la silla del director (repetiría después en “Spider-man 3”, profundamente decepcionante), mejorando los resultados del primer film de la franquicia. Libre ya de la responsabilidad de presentar a los protagonistas, “Spider-man 2” ofrece un guión más equilibrado, actuaciones convincentes (mientras los actores que repiten se muestran más cómodos en sus respectivos personajes, Alfred Molina sube muchos enteros la parte relativa al villano, que además goza de un aspecto visual a años luz del Duende Verde excesivamente kitsch de la primera entrega) y un acabado visual sobresaliente. Teniendo en cuenta que no aspira más que a hacernos pasar un buen rato (solos o con toda la familia), podemos concluir que lo consigue con creces.

9- Persépolis


Partiendo de su propia obra impresa, Marjane Satrapi (asistida en la dirección por Vincent Paronnaud) tradujo al lenguaje de la animación sus vivencias personales de adolescencia, a caballo entre su Irán natal y Austria. Pese a que el grafismo de Satrapi es deficiente en algunos aspectos, el salto al cine le permitió explotar fórmulas narrativas diferentes a las empleadas en viñetas, consiguiendo una de las adaptaciones más equilibradas en cuanto a fidelidad y calidad cinematográfica.

8- Ghost in the shell


No soy un gran fan de Masamune Shirow, autor sobrevaloradísimo con nulas dotes para la narración gráfica. No obstante, la adaptación de su más celebre manga (dudoso mérito compartido, quizás, con “Appleseed”) a cargo del director Mamoru Oshii supuso un hito en el devenir de la ciencia-ficción animada (y sin animar), comparable sólo al “Akira” de Otomo (no incluido en esta lista porque su final siempre me ha parecido farragoso e incomprensible). Oshii superó sin problemas las muchas limitaciones del material de base y entregó una de las mejores películas cyberpunk de que tengo constancia, marcando una senda que años después seguirían en imagen real los hermanos Wachowsky en “The Matrix”.

7- American splendor


He aquí un ejemplo claro de por qué las adaptaciones no tienen por qué ceñirse estrictamente a la fidelidad respecto al material original. Teniendo en cuenta que no he leído el tebeo en que se basa, poco debería importarme como espectador que esta cinta dirigida por Shari Springer Berman y Robert Pulcini sea o no una adaptación al dedillo del tebeo de Harvey Pekar y Joyce Brabner. “American splendor” funciona a las mil maravillas como obra cinematográfica independiente y aislada, contando además con una interpretación principal sobresaliente a cargo de Paul Giamatti.

6- X-2 (X-Men 2)


Tras dejar el terreno abonado con la correcta “X-Men”, Bryan Singer prosiguió la adaptación de las aventuras del super-grupo de mutantes de Marvel con un segundo acto modélico como no se recordaba desde “El imperio contraataca”. Pese a las numerosas licencias que la adaptación se permite (cambios estéticos, psicológicos e incluso de habilidades mutantes en los personajes), el conjunto es muy sólido y, sobre todo, disfrutable. Por desgracia, Brett Ratner no supo rematar la faena y entregó la peor cinta de la franquicia en la que, se suponía, sería el gran fin de fiesta (“X-Men 3: la decisión final”).

5- Superman


Reconozco que en este caso me pueden la nostalgia y el cariño incondicional que profeso hacia esta película, pues se trata junto a “La historia interminable” de Wolfgang Petersen de uno de los primeros recuerdos cinematográficos de mi vida. En su momento rompió moldes y dejó boquiabiertos a una generación de niños (y no tan niños) que se creyeron aquello de que “un hombre puede volar”. Pese al obvio envejecimiento del film, el “Superman” de Richard Donner continúa pareciéndome una de las mejores adaptaciones de un tebeo de super-héroes al cine: no ha vuelto a haber otro Kal-El como Christopher Reeve y la banda sonora de John Williams continúa siendo una de las más grandiosas de la historia del cine.

4- El caballero oscuro


Como ya escribí hace unos meses (coincidiendo con su estreno en cines), “El caballero oscuro” retoma el acertado planteamiento adoptado por Christopher Nolan para afrontar “Batman begins” (hipotético decimoprimer puesto de este ranking) y prosigue la exploración de la psique del guardián de Gotham, enfrentándolo esta vez a un Joker salvaje (memorable Heath Ledger) y a las consecuencias de sus propias determinaciones. El éxito del film radica en un reparto sobresaliente y en el tratamiento que Nolan le dispensa, más propio de un sombrío thriller de acción realista que de una fábula gótica al estilo Burton (y a Joel Schumacher mejor ni mentarlo).

3- Una historia de violencia


Nos encontramos a partir de aquí con tres adaptaciones que mejoran con mucho el tebeo en que se inspiran. En el caso de la cinta de Cronenberg, el canadiense adapta con relativa fidelidad la primera parte del comic de John Wagner y Vince Locke para descolgarse después con una segunda mitad más oscura y violenta (psicológicamente hablando) donde Viggo Mortensen brilla con luz propia componiendo un personaje complejo y orgánico con grandes lagunas morales. Le acompañan en el reparto Maria Bello (preciosa e inspiradísima), el infravalorado Ed Harris y un algo sobreactuado William Hurt, en la película que supuso el comienzo de mi admiración hacia David Cronenberg, hasta entonces demasiado obcecado con sus truculencias (en mi nada modesta pero siempre discutible opinión). Poco después director y actor repitieron juntos en la también excelente “Promesas del este”, confirmando que el éxito de “Una historia de violencia” no había dependido nunca del material de partida, sino del buen hacer cinematográfico de sus implicados.

2- Old boy


Decía Hitchcock que la clave para lograr una buena adaptación es quedarse con lo que a uno le gusta y olvidar el resto, y eso es precisamente lo que hizo Park Chan-wook en su revisión del manga de Nobuaki Minegishi y Garon Tsuchiya: partir de un planteamiento interesantísimo (un hombre que es secuestrado y encerrado en una habitación durante 15 años queda de pronto en libertad sin mediar explicación alguna) y llevarlo por otros derroteros en una historia que sabe ser violenta, hermosa, tierna y terrorífica, que maravilla por su acabado estético, su trazado psicológico y su música de ensueño. Una mezcla perfecta entre el imaginario visual de Jean-Pierre Jeunet y la contundencia del mejor Tarantino. Una obra maestra que se pasa por el forro el manga del que procede. Por suerte.

1- Camino a la perdición


Aunque no haya muchos que compartan esta afirmación, posiblemente “Camino a la perdición” (engañosa traducción de “Road to Perdition”, donde Perdition es un lugar y no un estado del alma) sea la mejor muestra de cine negro en lo que llevamos de siglo, además de la mejor película hasta el momento de su director, Sam Mendes. Poética y sobrecogedora, nada falta ni sobra en esta historia de venganza y lazos familiares que deja en pañales al tebeo de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner en que se basa, y que no era más que una insípida traslación a la Norteamérica de los años 30 de la historia de “El lobo solitario y su cachorro”, monumental manga de Kazuo Koike y Goseki Kojima ambientado en el Japón feudal (y que es lectura obligatoria para todos aquellos que gusten de las viñetas como medio de expresión). Posiblemente ningún espectador que haya visto “Camino a la perdición” sin conocer sus referencias previas habrá intuido un origen tebeístico, pero también eso es algo a desterrar en la opinión del público respecto a las adaptaciones de comics a la gran pantalla: expresiones como “es muy de comic” no tienen sentido ni legitimidad cuando se refieren al tratamiento estético o narrativo de una película, sobre todo si lo que se pretende decir es que tal o cual film es colorista, kitsch o naïf. Será, quizás, que el tebeo que adaptan es igualmente colorista, kitsch o naïf, no siendo estas cualidades inherentes al medio en que se presenta la historia.

domingo, abril 26, 2009

Empezaremos a silbar

“(...)
No serás capaz de odiarme,
si lo he empeorado aún más
que bajen tus labios y me callen,
si no empezaremos a silbar.

Por si alguien aún duerme
(incendios de nieve y calor, calor).
A veces te pasas
(incendios de nieve y calor, calor).

Y al parecer nos sienta bien pelear,
justo al contrario, fortalece más.
Supera esto, no serás capaz,
supera esto, no serás capaz,no ...”


[Esto es “Incendios de nieve”, uno de los temas del último trabajo de los catalanes Love of Lesbian, “1999 (o cómo generar incendios de nieve con una lupa enfocando la luna)”. Todo el álbum gira en torno a un amor de juventud visto con la perspectiva que otorgan diez años de distancia. Personalmente no me parece tan redondo y adictivo como su disco anterior, “Cuentos chinos para niños del Japón” (gracias al cual descubrí a este interesantísimo grupo de pop hace tan sólo unos meses), pero sí contiene algunas canciones fabulosas como la antes mencionada, la ultra-pegadiza “Club de fans de John Boy”, “Algunas plantas” o “El ectoplasta”. Love of Lesbian suma y sigue con pasos firmes su ascenso al podio de la música nacional...]

sábado, abril 25, 2009

Homenaje sin alma


La gente de Dreamworks parece no querer aprender la lección. Su última película de animación 3-D hasta la fecha, “Monstruos contra alienígenas”, los sitúa de nuevo a años luz de distancia (por debajo) de su teórico competidor, Pixar.

A grandes rasgos, la historia narra las andanzas de varios monstruos capturados por el gobierno de los EE.UU. que serán puestos en libertad con la condición de detener una invasión alienígena que amenaza la supervivencia de la humanidad. Si “Kung Fu Panda” se adscribía al género de artes marciales y “El espantatiburones” al cine de gangsters, aquí el obvio referente es la ciencia-ficción de los años 50. No en vano, los monstruos protagonistas son unos (poco encubiertos) émulos de aquellos que se presentaron al público en “El monstruo de la laguna negra”, “La mosca”, “Godzilla”, “El ataque de la mujer de 50 pies” o “The blob”. También hay en la cinta claros homenajes a otros títulos del género como “Encuentros en la Tercera Fase”, “E.T.”, “Star Trek”, “Star Wars” y hasta “Teléfono Rojo: Volamos hacia Moscú” (que no es ciencia-ficción, lo sé, pero para el caso como si lo fuera).


El problema es que la gracia de la película es prácticamente inexistente más allá de esta lluvia de gags/homenajes y de un apartado técnico brillante (pero vacío). El guión de “Monstruos contra alienígenas” es plano, predecible e impersonal, cae en todos los lugares comunes del cine infantil y culmina con la clásica reflexión moralizante de que hay que mantener la autoestima alta aunque uno sea deformemente monstruoso (y yo que creía que eso ya se había superado en los 60 gracias a los argumentos naïf de Stan Lee para “Fantastic Four”).

Lo que Dreamworks no ha comprendido es que los chicos de Pixar siempre alcanzarán resultados muy superiores mientras los primeros no consigan dotar a sus películas de auténtica entidad cinematográfica, de un alma propia más allá de los cuatro guiños/homenajes de turno (y que en el caso de Pixar también existen, pero siempre como complemento del argumento, nunca como eje central).

Al final, “Monstruos contra alienígenas” se queda en un correcto pasatiempo que divertirá a los más pequeños y que hará que los adultos esbocen alguna sonrisa cómplice al contemplar la superficial demostración de conocimientos frikis de los guionistas. La conclusión obvia, al llegar los créditos, es que para eso mejor hubiera sido ahorrarse el gasto y quedarse en casa viendo el último capítulo de “The Big Bang Theory” (con guiño al multiverso DC incluido).


Reconozco que me da un poco de rabia: después del buen sabor de boca que me había dejado “Kung Fu Panda” pensé que Dreamworks Animation había encontrado el camino a seguir...