sábado, mayo 09, 2009

Receta para un ser pseudo-humano (de Diógenes a Calvin pasando por Rob Fleming)

Después de 6 semanas en casa de mis padres (como consecuencia de aquello), el fin de semana pasado volví a mi piso, a Santiago, para retomar mi vida (más o menos) donde la había dejado, con la salvedad de que ahora voy de un sitio a otro con una muleta en la mano y una velocidad de paseo drásticamente inferior. Lo cual, por cierto, no me ha impedido volver al gimnasio y sacarme de encima el mono que tenía de tirar pesas.

Sea como fuere, lo cierto es que volver a mi estudio (yo lo llamo estudio, pero realmente es un cuartito con una mesa y un par de estanterías llenas de comics) en el piso compostelano me causó una impresión desagradable. Al entrar y echar un primer vistazo comprendí que, aunque no me haya sido diagnosticado por ningún especialista, sufro (en medida poco severa, puntualizo) el tan mediático (de un tiempo a esta parte) síndrome de Diógenes. Si las habitaciones de uso común del piso estaban inmaculadas (vivo con mi hermano, una persona ordenada y limpia), aquellas cuyo uso me concernía en exclusiva eran un pequeño caos que amenazaba con tragarse cualquier clase de cordura que servidor hubiese podido recuperar durante su estancia en la casa parental. ¡Es increíble la cantidad de mierda que puede acumular uno con la excusa de que tal vez sea útil en algún momento indeterminado del futuro! Me vino entonces a la cabeza una frase que leí en una pegatina hace cuatro años, paseando por el barrio de Taksim: “Si pudiese organizarme sería una persona muy peligrosa”.


Armado de paciencia me dispuse a ponerlo todo patas arriba, hacer una limpieza a fondo (6 semanas sin pasar por aquí, ya os podéis imaginar…), tirar todo lo superfluo y, aprovechando la coyuntura, hacer un listado de los tebeos que tengo en el estudio. Es algo que siempre he querido hacer: un albarán que comprenda todos mis comics, numeración incluida (muy útil para descubrir cuántos ejemplares me faltan de una serie en concreto o para anotar los que has prestado a un amigo y así, por mucho tiempo que pase, saber a quién se los prestaste y que no están extraviados). Durante la tarea me acordé, como hago demasiado a menudo, de Rob Fleming.

Existen una serie de personajes ficticios con los que me siento profundamente identificado. Me gustaría poder decir que son Kal-El, Sawyer y Drover (el Hugh Jackman de “Australia”), pero no lo son. Si yo fuera un plato de El Bulli (ahora que está tan de actualidad) mi receta contendría unas filfas caramelizadas con un puntito ególatra y antisocial del Sheldon de “The Big Bang Theory” y una crema emocional del Craig Thompson (personaje, al real no lo conozco) de “Blankets”, todo ello sobre una base deconstruída (signifique eso lo que signifique en el mundo de la alta cocina) de Rob Fleming, protagonista de “Alta fidelidad”, novela de Nick Hornby brillantemente trasladada al cine por Stephen Frears.



Suelo ver “Alta fidelidad” al menos una vez al año. La veo siempre que me apetece y también cuando acabo de sufrir un revés sentimental. Bajo la apariencia de una comedia romántica, “Alta fidelidad” esconde más sabiduría vital que la mayoría de películas dramáticas supuestamente profundas que conozco. Y además es jodidamente divertida. He leído la novela sólo una vez, pero como la adaptación de Frears es increíblemente fiel y la interpretación de John Cusack es descacharrante, resulta mucho más cómodo verse la peli en 109 minutos que pasarse dos o tres días enfrascado en un libro que, más o menos, viene a decir exactamente lo mismo (no es un demérito de Hornby, claro, sino una gran virtud de Frears).

“Alta fidelidad” narra la historia de Rob Fleming (Cusack), de 35 años, propietario de una tienda de discos donde sólo vende la música que le gusta, exclusivamente en vinilo. Tiene dos empleados/amigos/cucarachas llamados Barry (un lunático y desatado Jack Black en su único papel junto al de “Tropic Thunder” en el que no tengo ganas de practicarle la portada de “Holocausto caníbal”) y Dick (interpretado a lo emo por Todd Luiso) y, hasta hace dos días, una novia encantadora (Laura, en la piel de la irresistibilérrima Iben Hjejle) que, harta de su relación, lo ha mandado a paseo. Será en este momento cuando Rob comience un repaso de su top 5 de rupturas amorosas, en el que Laura ha conseguido colarse a última hora.

Si durante “la gran reorganización tebeística” se coló Rob en mis pensamientos fue porque tras sus rupturas el personaje tiene por costumbre sacar toda su colección de vinilos de las estanterías de su apartamento y reordenarlos atendiendo cada vez a una razón diferente, ya sea por género, autor, año de publicación, etc. Rob tiene miles de discos y yo miles de comics, pero posiblemente los motivos psico-químicos que nos llevan a ambos a encontrar placer en nuestras respectivas catalogaciones sean exactamente los mismos.



Una de las cosas que más me gustan de “Alta fidelidad” es lo desvergonzadamente egoísta que es Rob. No es un atributo que admire (aunque a veces comparta), pero me entusiasma ver en una comedia romántica a un protagonista tan cabrón, egocéntrico e infantil como lo somos todos en algún momento de nuestra vida, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones sentimentales. La relación de Rob y Laura parece real: hay discusiones, celos y palabras más altas que otras dichas sólo para causar dolor (cuando lo que realmente los personajes querrían decirse no es eso). Sus reacciones son reales. Su falta de romanticismo es real. Rob es un crío encerrado en el cuerpo de un adulto que mata las horas posponiendo sus sueños (aquellos cuya consecución supondría un esfuerzo importante por su parte) y realizando, junto a Dick y Barry, listas de canciones pop sobre tal o cuál tema (“¿cuál es tu top 5 de canciones sobre la muerte?”), o sobre las 5 mejores películas de todos los tiempos (donde siempre aparece “Reservoir dogs”), o sobre lo que sea. En eso también me siento profundamente representado, claro.

Pero el quit de la cuestión, el auténtico motivo por el que “Alta fidelidad” es una peli tan catártica para mí es por su catálogo de mujeres y lo que éstas vienen a decir sobre el personaje protagonista. Azorado por las dudas que ha plantado en su interior su recientemente frustrado noviazgo con Laura, Rob recapitula y discurre su top 5 de rupturas amorosas, cada una de las cuales representa un tipo diferente de relación y, sobre todo, de mujer. Quizás pueda sonar herético, pero creo que desde Homero nadie que yo conozca había catalogado tan bien las posibles relaciones sentimentales que un hombre puede tener con una mujer como Nick Hornby. Y lo mejor es que, pese a que todas esas relaciones han terminado mal y Rob no es capaz de entender por qué, “Alta fidelidad” nos demuestra una y otra vez que las parejas son cosa de dos y que, si cualquiera de esas relaciones fracasó (igual que terminó su historia con Laura) fue, en mayor o menor medida, por culpa del propio Rob. Culpa compartida con sus partenaires, claro, pero suya hasta cierto punto.



Supongo que por eso me sienta bien ver “Alta fidelidad” después de un bache sentimental. Me hace ver, de la forma menos traumática posible, que si en esos momentos estoy decepcionado, si las cosas no han salido como querría, no debo olvidar que quizás parte de la responsabilidad sea también mía. Arremeter contra quien te rompió el corazón, crucificar a la persona por la que tan sólo unos días antes pondrías la mano en el fuego, es una solución tan habitual como equivocada. Quizás te hizo daño, quizás incluso conscientemente, pero salvo casos muy extremos (no pretendo justificar según qué cosas, líbreme Megatrón), si se trataba de una persona más o menos normal (con todo lo “más o menos egoísta”, “más o menos infantil” o “más o menos intransigente” que ello conlleva), tampoco tú puedes eludir la responsabilidad de no haber sido mejor que ese mismo “más o menos normal”.

Un clásico ejemplo del “no todo es blanco o negro”.

Por suerte, claro, esta vez me acordé de Rob con el corazón intacto, en plena reestructuración de mi colección de tebeos. Me llevó más horas de las que esperaba, en parte porque en Santiago tengo aproximadamente una cuarta parte de mis comics, quizás algo más; en parte porque a veces me paraba a hojear algún ejemplar que hacía años que no tocaba o que incluso no recordaba tener y se me iba el santo al cielo. En cuanto llegué a los “Calvin & Hobbes” de Bill Watterson me enredé compulsivamente en su lectura (como era de esperar) y me olvidé de Rob Fleming y de Ferrán Adriá, de Homero y del capullín de Diógenes y me puse a reír tantísimo como siempre. Por un momento también me olvidé de la reestructuración y limpieza de mi estudio y esa misma noche me vi trabajando a marchas forzadas para terminar mi tarea organizativa antes de irme a la cama. Supongo que también tengo mucho de Calvin, como todos los que alguna vez hemos sido niños y no hemos sabido o querido dejar de serlo.


“Si pudiese organizarme sería una persona muy peligrosa”.

Bah, ser peligroso está muy sobrevalorado…

3 comentarios:

quela dijo...

Mmm, "Alta fidelidad", creo que uno de mis cabreos más grandes, sufridos en silencio, fue cunado mi queridísima madre vendió la versión VHS.
Comparto algunos de tus puntos de vista, aúnque en mi caso me hace sentir bien porque en esas cinco mujeres, en esas cinco rupturas puedes ver ciertas similitudes en ocasiones con lo que te pasa, te pasó o está apunto de pasarte, y aunque es algo masoquista, la terapia de choque a veces funciona.
Bueno, sin más, feliz reincorporación a la vida sin escallola.

marguis dijo...

Cada vez que veo Alta Fidelidad me troncho de la risa en la misma escena: como el prota y sus amigos se imaginan dando una paliza a Tim Robbins!!!

Jero dijo...

Quela: yo la tengo en DVD desde hace mucho tiempo. De hecho, debe ser una de las primeras pelis que tuve originales en dicho formato. Es cierto es de que puedes verte representado en alguna (o varias) de esas relaciones. Yo, sin ir más lejos, creo haber caído flagrantemente en al menos tres de las cinco... :P

Marguis: sí, esa escena es genial. Además cada uno de los flashes de Rob es más salvaje que el anterior, jejeje... A mí hay otros dos momentos que también me flipan: cuando Rob pide consejo a Bruce Sprinsgteen y cuando mirando a cámara, mientras suena "We are the champions", dice: "...y ahora voy a tirarme a Marie LaSalle".