viernes, abril 03, 2009

"Balada de un hombre delgado" o "Deconstruyendo a Dylan"


Antes de empezar, una aclaración:

Adoro a Bob Dylan (sobre todo sus primeros trabajos hasta “Blonde on blonde”, luego se me hace un poco difícil seguirle la pista debido a lo extenso de su discografía). Me parece uno de los artistas más importantes del siglo XX y creo que su repercusión supera con mucho su faceta de músico. Es, simple y llanamente, una de las figuras más destacadas de los últimos 50 años a todos los niveles. Pero ya se sabe: las opiniones son como los culos y cada uno tiene la suya...


“I’m not there”:

Todd Haynes es un director de cine con los cojones bien puestos. No se puede negar que el tío aspira a la consideración de autor de culto y que mataría por que la crítica le apodase “el nuevo Fellini” (para eso aún le quedan un par de petisuís), pero tampoco se pueden minimizar sus méritos. El mayor de todos ellos, quizás, es haber conseguido realizar la película definitiva sobre el escurridizo, complejo, mutante y poliédrico Bob Dylan.


Cansados como estamos algunos de los biopics pastelosos que ofrecen una imagen poco creíble (por redentora y simplista) de estrellas como Ray Charles o Johnny Cash, la propuesta de Haynes no podría parecer más seductora: en “I’m not there” no existe la figura de Bob Dylan como tal, sino que sus vivencias (a veces reales, a veces exageradas, a veces directamente inventadas) se reparten entre seis personajes distintos, cada uno de los cuales representa una faceta diferente del cantautor estadounidense.

Así, tenemos a Woody Guthrie (maravillosa interpretación de Marcus Carl Franklin), un niño negro de 11 años que ha huido de su hogar con tan sólo su guitarra a cuestas; a Arthur Rimbaud, joven poeta bohemio al que da vida Ben Wishaw; a Jack Rollins (Christian Bale –no hay día en que no encuentre motivos para mencionarlo al menos una vez-), deslumbrante cantautor socialmente comprometido que un buen día escucha la llamada de Dios; a Robbie Clark (Heath Ledger en su ¿penúltimo? papel para el cine), actor de éxito que protagoniza un biopic sobre Rollins y al que sus escarceos sexuales alejarán de su mujer (Charlotte Gainsbourg) y sus hijos; a Jude Quinn (sorprendente Cate Blanchett), gran figura de la música folk que reinventa el rock’n’roll al enchufar su guitarra durante el Newport Folk Festival, provocando la cólera de los folkies más puristas; y finalmente a Billy el Niño (Richard Gere), forajido de leyenda en un Oeste onírico/surrealista.


Parafraseando un comentario sobre la película (firmado por el usuario Lanegan) en Filmaffinity: “Dylan es joven, viejo, guapo, feo, blanco, negro, hombre, mujer”. Yo añado: si el Dios de la Biblia no puede ser entendido sino es bajo la forma de una trinidad, Bob Dylan necesita al menos del doble de aspectos para poder ser convenientemente presentado al espectador.

Teniendo en cuenta esta multiplicidad en el protagonismo, resulta encomiable el esfuerzo de Haynes para que la película no naufrague debido a un inevitable desequilibrio entre las diversas tramas paralelas. La inmejorable banda sonora (compuesta por temas de Dylan, a veces interpretados por él y otras versionados por artistas de la escena independiente como Sonic Youth o Eddie Vedder), la hipnótica caligrafía visual de la cinta y el cuidadísimo guión, plagado de referencias que sólo los más “dylanófilos” podrán captar (asumo que me he perdido más de la mitad de los guiños a canciones, declaraciones y hechos relacionados con la vida del cantautor), contribuyen enormemente a que el resultado final, aunque imperfecto, resulte sumamente estimulante.


Y aunque al final uno continúe sin saber muy bien quién es Robert Zimmerman (nombre real del cantautor), persiste la sensación de haber contemplado, a través de un caleidoscópico objetivo de cine, el auténtico rostro de ese personaje talentoso y huraño, incomprensible e incomprendido y casi siempre genial que ha sido, es y será, más allá del bien y del mal y de la vida y la muerte, Bob Dylan.

Ha nacido el anti-biopic. Démosle todos un fuerte aplauso.


Para concluir, un dato totalmente superfluo:

Escribir esta entrada me ha llevado exactamente el tiempo de reproducción de “Highway 61 Revisited”, esa irrepetible joya musical que comienza con “Like a rolling stone” y termina con “Desolation Row”. Escuchándolo, uno comprende por qué el nombre de Bob Dylan significa lo que significa para la historia de la música moderna...

jueves, abril 02, 2009

Joss y sus muñecos

Joss Whedon no tiene suerte.

Quizás es que posee demasiado talento y no sabe hacia dónde encauzarlo, o que no piensa en términos de mercado y sí de calidad. O quizás es que, por alguna razón que se me escapa, continúa trabajando bajo el siniestro paraguas de la Fox, que tanto lo maltrata.

En la década pasada, Whedon consiguió sacar adelante una propuesta tan particular como “Buffy Cazavampiros” y la serie llegó a las 7 temporadas, arrastrando a una importante legión de fans que acabarían por convertirse en el “público Whedon”, gente que le será fiel en cada una de sus nuevas aventuras, ya sean en televisión, cine o tebeo. “Buffy” apareció en una época en la que las series de género fantástico eran una rara avis (años antes de “Lost” o “Heroes”, e influenciando enormemente a productos de la caterva de “Smallville”) y sólo “Expediente X”, enfocada a un público más adulto, contaba con el favor de los telespectadores. La historia de la cazavampiros de Sunnydale no es santo de mi devoción, pero ya allí se podían observar trazas importantes de lo que Whedon podía dar de sí como guionista (no conviene olvidar que fue uno de los responsables del maravilloso libreto del “Toy Story” de Pixar). Los mejores episodios del serial vampírico fueron, con mucha diferencia, los escritos y dirigidos por su creador, como los impactantes “The body” o “Once more, with feeling”.

Tras “Buffy” vendrían el spin-off “Angel” y “Firefly”. Poco puedo decir de la primera, pues si ya la serie madre me parecía demasiado irregular, a su derivada decidí no darle la oportunidad de distraerme de cosas más interesantes; pero “Firefly” pertenece, para mí, a otra categoría mucho más elevada.

Fusionando el western con la space-opera (light), “Firefly” fue un soplo de aire fresco que no logró sobrepasar los 14 episodios de su primera temporada. La historia seguía a la nave Serenity (modelo firefly, de ahí el título) capitaneada por Mal Reynolds, carismático trasunto de Han Solo interpretado por Nathan Fillion, y tripulada por una suerte de contrabandistas espaciales que recordaban por su personalidad y su distribución de roles a los componentes clásicos de los “X-Men” (con clásicos me refiero a la etapa Claremont/Byrne), tebeo del que Whedon siempre se ha declarado fan. “Firefly” tenía acción, aventuras, humor, romance y drama. Tenía también buenos argumentos y mejores diálogos, una trama central interesante y un casting solvente. Los efectos especiales eran más que decentes y, sobre todo, la serie destilaba una leve incorrección política que la situaba por encima de otras propuestas semejantes. Esa misma incorrección política, junto a un presupuesto demasiado alto para lo que la cadena estaba dispuesta a asumir, hizo que la Fox la cancelase sin remisión y sólo después de un tiempo pudimos ver cómo sus cabos sueltos quedaban (más o menos) atados en la película “Serenity”, un cierre digno para un historia que hubiera merecido muchísimo más.


Después del abrupto final de su más preciado proyecto, Whedon se dio un pequeño descanso de la televisión y firmó un par de trabajos para Marvel Comics que afianzarían su fama como guionista. El primero (y más importante) fue “Astonishing X-Men”, en la que tomó los elementos de aquella etapa clásica antes mencionada y los conjugó con el trabajo inmediatamente precedente de Grant Morrison al mando de la colección, logrando ofrecer la mejor cara de la franquicia mutante en décadas. Fueron 25 capítulos que mostraban a una Patrulla X clásica y actual a la vez, con unos personajes increíblemente sólidos, diálogos ágiles y una planificación argumental deudora del modelo televisivo (cada arco argumental de 6 capítulos tenía la estructura de un show de 50 minutos) que encajó como un guante con la historia que Whedon pretendía narrar . El dibujante de todos los números fue John Cassaday, ya convertido en estrella gracias a su trabajo en la también recomendabilísima “Planetary” (con guión de Warren Ellis), y que dibujó a la Kitty Pride más dura y al mismo tiempo adorable de la historia. Según Whedon, por cierto, la Kitty Pride de Chris Claremont fue el modelo en el que se inspiró cuando escribía a la protagonista de “Buffy Cazavampiros”.


El otro proyecto destacado de Whedon en Marvel fueron los seis números de “Runaways” situados entre la etapa realizada por los creadores de la serie (Brian K. Vaughan y Adrian Alphona) y su relevo, asignado al guionista Terry Moore (“Strangers in Paradise”) y el dibujante Humberto Ramos (“Crimsom”). Sin lograr el buen nivel de los guiones de Vaughan (más conocido por su trabajo en “Y, el último hombre” y “Ex Machina”), Whedon desarrolló una trama de viajes en el tiempo bastante divertida y consiguió mantener intacta la idiosincrasia de los personajes protagonistas sin someterlos al férreo estatismo habitual que conlleva el desembarco de un nuevo escritor (la otra opción suele ser que el nuevo guionista haga con los personajes lo que le dé la gana obviando totalmente el legado de sus predecesores).


Parece que Joss se siente cómodo con el medio tebeístico, porque la nueva temporada de su célebre cazavampiros (la 8ª) no se ha estrenado en televisión sino sobre el papel, contando además con el apoyo en los guiones de Vaughan.

Finalmente, hace unas semanas Whedon volvió a la televisión con su último proyecto hasta la fecha: “Dollhouse”.



La serie narra las andanzas de Echo (Eliza Dushku, ya vista en “Buffy Cazavampiros” como la cazadora renegada Faith y en “Tru Calling” como la médium Tru Davies), habitante de la “Casa de Muñecas” del título: una placentera “prisión/casa de retiro” donde se reprograma la memoria y la personalidad de individuos jóvenes y atractivos que cumplirán encargos a demanda del cliente de turno. Dichos encargos pueden ir desde el sexo hasta el terrorismo, pasando por la protección de celebridades o la negociación para la liberación de rehenes. Con cada nueva misión, los “muñecos” son formateados y una nueva pauta de personalidad les es impresa en su córtex cerebral, de modo que se hallan capacitados para cumplir sus tareas con la mayor profesionalidad y, sobre todo, sin interferencias morales de ningún tipo. Por supuesto, la organización que gestiona la Casa de Muñecas es totalmente secreta (y harto misteriosa), lo cual se lo pondrá muy difícil al agente del FBI Paul Smith, quien pretende desmantelar esta red de trata de humanos a toda costa (pese a que sus superiores no parezcan darle mayor credibilidad que si estuviera persiguiendo al Big Foot o a los cocodrilos del alcantarillado de Nueva York).

El piloto de “Dollhouse” fue, en términos cualitativos, absolutamente decepcionante. Al parecer Whedon presentó un primer episodio a los directivos de la Fox que fue rechazado de pleno y se vio obligado a darle a la cadena algo más fácil de digerir. El resultado, claro, deja mucho que desear. Pese a que el segundo capítulo pareció elevar un poco las apuestas, “Dollhouse” no demostró gran cosa en sus primeros cinco episodios: tramas autoconclusivas (como aquellos capítulos de “monstruo de la semana” de “Buffy”), una historia de fondo que avanza lentamente y, eso sí, unos personajes con carisma y una premisa atractiva propia de un relato de Philip K. Dick, capaz de impedir un hundimiento instantáneo pero no un naufragio a medio plazo. Hasta ese quinto episodio servidor seguía la serie en parte por simpatía hacia Whedon y en parte porque sabía que Joss no podía conformarse sólo con eso. El creador de “Firefly” y guionista de mi etapa preferida de los “X-Men” no podía haber claudicado de semejante manera.


Y no me equivocaba. Hace unos días se emitió el episodio 6 de “Dollhouse”, titulado “Man on the street”, y ha sido exactamente lo que llevaba esperando desde el comienzo de la serie. Por fin aparece el típico humor Whedon, por fin los personajes con motivaciones convincentes (se trata del mejor “encargo” asignado a un “muñeco” de los vistos hasta ahora), por fin una escena de acción con auténtico sentido dramático y por fin (¡oh yeah!) un quiebro argumental que se disfruta con sólo recordarlo. El guión lo firma, claro está, el propio Joss Whedon.

Después de verlo, la sensación que me ha quedado es que esto es lo que tenía Joss en mente desde el principio, y que ésta bien podría haber sido la tónica general de la serie desde su primer episodio si no fuera por las presiones ejecutivas ejercidas por la cadena (que, por cierto, emite la serie los viernes, un día tradicionalmente malo para las audiencias televisivas). Ahora no tengo muy claro si “Dollhouse” se mantendrá en antena el tiempo suficiente como para despejar todas las incógnitas que el argumento ha ido sembrando. Si el público no la apoya, está claro que la Fox se la quitará de delante sin despeinarse y de nuevo nos quedaremos sin comprobar lo que realmente puede dar de sí el talento del bueno de Joss.


También es cierto que mi alegría momentánea se circunscribe a los últimos 50 minutos de programa. Tal vez el episodio de esta semana vuelva por derroteros menos felices con un nuevo “monstruo de la semana” y hagan falta otros 6 episodios para que la serie remonte el vuelo. Whedon necesita libertad creativa. La Fox adora el control y es estricta en sus márgenes de audiencia. A no ser que de pronto el público apoye fervorosamente la apuesta del director y guionista, uno de los dos tendrá que ceder terreno. Espero que sea la Fox, nunca me ha caído bien (lo que le hicieron a “Futurama” pesará eternamente sobre sus conciencias).

Acaba de concluir la descarga del capítulo 7. Voy a comprobarlo.

miércoles, abril 01, 2009

Shii (Wii para ellas)

Teniendo en cuenta que la mayoría de gente que lee El Abismo son mujeres, puede que esto sea tirar piedras contra mi propio tejado: me acaba de pasar el enlace ahora mismo mi amigo el Padre Karras ("mi muy mejor amigo, el más antiguo y gallardo", como diría él mismo, o puede que aún añadiese más calificativos) y no he podido evitar la tentación de aportar mi grano de arena para que todo el mundo lo vea. ¡Pinchad y reid!

martes, marzo 31, 2009

Un (enorme) puñal en la espalda de Monseñor Escrivá

Ayer, mientras mi hermano y mi padre iban al cine a ver “Gran Torino” (qué mala es la envidia, maldita sea), mi madre y yo nos quedamos en casa viendo “Camino”, la peli de Javier Fesser que arrasó en la pasada edición de los Goya y que ya circula por los video-clubes en formato DVD.


Inspirada en la vida de Alexia González-Barros, “Camino” cuenta la historia de una niña que ha sido criada en el seno de una familia ultra-religiosa (ligada al Opus Dei) y que un buen día comienza a sufrir los síntomas de un tumor en la espina dorsal que supondrá su muerte tan sólo unos meses después de serle diagnosticado (tranquilos, no estoy reventando nada: ya se sabe desde la primera escena del film).

Mezclando el durísimo proceso hospitalario de la niña con sus delirios y ensoñaciones subconscientes (a veces sublimes, a veces algo ridículos y cinematográficamente mal resueltos), la película destila un aire de realismo mágico que la acerca en pretensiones al cine de Jean-Pierre Jeunet (“Amelie”, “Largo domingo de noviazgo” ) o el Guillermo del Toro de “El laberinto del fauno”, pero también al terror médico de gran parte de “El exorcista” de William Friedkin, sustituyendo aquí al diablo que enfrentaba Max Von Sydow por su tradicional enemigo: Dios.



En líneas generales la película me ha parecido notable, con un reparto actoral espléndido y un trabajo técnico rayano en lo sublime (si exceptuamos esas escasas escenas oníricas que no mantienen el tipo). Incluso aunque sea obviamente manipuladora con los sentimientos del espectador (parece pensada de forma intencionada para que estemos soltando lagrimones durante sus casi 150 minutos de metraje), es innegable que la historia de Camino conmueve y enternece, y que posee suficientes destellos de ingenio en su guión como para perdonar sus excesos y desequilibrios (personalmente me quedo con el personaje de Mr. Meebles y el último plano del film, absolutamente contundente).

El quid de la cuestión, en este caso, es la airada polémica que ha despertado no ya como producto de ficción, sino como reflejo de una realidad (el Opus Dei) y una vida (la de Alexia González-Barros), que son aquí tratados desde un punto de vista alejado de cualquier tipo de imparcialidad. Desde el inicio está más que clara la postura de Javier Fesser: el director aborrece al Opus Dei con todas sus fuerzas y a lo largo de la cinta pretende convencer al espectador de lo despreciable que es esta institución (o secta o como se la quiera llamar). “Camino” es muy poco sutil en sus continuos ataques hacia la Obra de Escrivá de Balaguer, lo cual parece haber sentado muy mal entre algunos sectores del público (asumo, vinculados o simpatizantes del Opus).

Personalmente las instituciones católicas (y religiosas en su gran mayoría) me parecen merecedoras de la más implacable extinción (y cuanto antes, por favor) porque su terrible influencia lleva siglos sometiendo a gran parte de la humanidad a unos valores medievales impropios de las sociedades avanzadas del siglo XXI en nombre de una fantasía producto del delirio del hombre conocida como “Dios”.

Abreviando: soy ateo hasta la médula.

Profeso, por tanto, una considerable animadversión hacia el Opus Dei y su doctrina, y creo que Fesser está también en su derecho de manifestar su opinión (tan visceral como ésta pueda ser) a través de su cine. Lo que no veo tan claro es que lo haga tergiversando los hechos reales acontecidos a Alexia González-Barros y su familia. Me parece tan improcedente como si, llegado el día en que yo muera, alguien emplease mi nombre y episodios concretos de mi vida, en contra de los deseos de mi familia, para escribir y producir una película que alabase a la mafia siciliana, a la Contra Nicaragüense o, ya puestos, al estamento clerical católico. Fesser podría haber fintado elegantemente su responsabilidad hacia Alexia y su familia haciendo exactamente la misma película y suprimiendo cualquier referencia (con nombre y apellidos) a la historia real. Al menos, habría sido mucho más elegante que dedicarle la obra a la finada (que ya no puede discutir su validez) y contradecir el testimonio de quienes pasaron con ella sus últimas horas.



Esto no invalida la película en sí misma, pero sí desvirtúa de algún modo su mensaje. Siempre he creído que el arte debe denunciar aquello que considera injusto o inmoral (y el Opus Dei, con su hipocresía y sus principios antediluvianos, no escapa a estos calificativos), pero también es cierto que esa denuncia debe hacerse desde la más absoluta veracidad, sin deformarla para nuestros propósitos, por muy nobles y elevados que estos puedan ser.


Un último apunte:

Para quien quiera leer otras opiniones acerca de la película, aquí hay una que defiende totalmente las intenciones de la cinta y aquí otra escrita desde el punto de vista contrario. En el mismo blog, además, se puede encontrar una comparativa entre la historia real de Alexia y la versión de la misma que Javier Fesser ofrece en “Camino”. Creo que es muy interesante leerlas todas (además de ver la película) para que cada uno pueda sacar sus propias conclusiones.

Freaks & Geeks

No soy un gran aficionado a las sit-coms. De un tiempo a esta parte las series con risas en off me producen dentera, quizás porque me recuerdan al Andy Kauffman de “Man on the moon” diciendo aquello de “es la risa de gente muerta”, o quizás porque no soporto que alguien (un productor, un guionista) me diga de forma tan poco sutil cuando debo empezar a reír (sobre todo si el chiste no tiene gracia).

Eso no quita, claro, que adore todas y cada una de las temporadas de “Friends”, una de las mejores series de televisión que he tenido el placer de ver, o que no recuerde con nostalgia algunos capítulos de “El príncipe de Bel-Air” o “Salvados por la campana” (aún sabiendo que si los viese ahora probablemente sentiría unas irrefrenables ganas de sumergirme en una bañera llena de agua y pedirle al humano más cercano que me arrojase una tostadora enchufada).


Tampoco mi amigo Xeo me parece la clase de tipo que bebe los vientos por las sit-coms yankis así que, dado además su habitual buen criterio en cuanto a series de televisión, en un primer momento me extrañó que me recomendase “The Big Bang Theory”. Teniendo en cuenta las circunstancias, claro, tuve que echarle un vistazo.

El argumento de la serie es sencillísimo: dos físicos teóricos que han cumplido los 25, el tímido e introvertido Leonard y el sociópata y muy superdotado Sheldon, comparten apartamento, recibiendo a menudo la visita de sus amigos Raj (un investigador hindú becado en EE.UU.) y Howard (ingeniero judío que anda salido las 24 horas del día) para llevar a cabo cualquier actividad relacionada con la literatura fantástica, los comics de super-héroes, los juegos de rol (dentro y fuera de Internet), la ciencia-ficción en general y “Star Trek” en particular. En otras palabras: los tíos son unos frikis de la leche. Su vida dará un giro con la llegada de una nueva vecina, Penny (rubia, guapa, ligeramente tonta y de pechos perfectos), de la que Leonard caerá perdidamente enamorado.


Tanto en el punto de partida como en la distribución de los roles, la serie cuenta con un factor de originalidad tendente a cero, y la leve trama romántica que vertebra el transcurrir de los acontecimientos recuerda profundamente a la relación Ross-Rachel de “Friends” (y, la verdad, para ver más de lo mismo pero peor prefiero volver a ver Friends”).

El auténtico valor añadido de “The Big Bang Theory” es el componente "geek" de sus protagonistas. Supongo que a algunos espectadores las decenas de referencias frikis que salen de la boca de los personajes en cada capítulo les resultarán totalmente desconocidas (y por consiguiente carentes de toda gracia), pero para alguien que ha chupado (metafóricamente...) ciencia-ficción, fantasía y super-héroes desde su más tierna infancia como un servidor (...y no tan metafóricamente, maldición), al ver a Leonard explicando qué es la ciudad embotellada de Kandor o a Sheldon discutiendo sobre las paradojas temporales de “Terminator” (no hablemos ya de la descacharrante solución de Raj al problema de ir todos disfrazados de lo mismo en Halloween), es inevitable sentir una mezcla de ternura e hilaridad hacia esa panda de perdedores antisociales con ganas de mojar el cimbel.

Y, al igual que en “Fraiser” el protagonismo terminaba recayendo sobre su hermano Niles o en “Cosas de casa” sobre Steve Urkel, “The Big Bang Theory” tiene en Sheldon su personaje golosina destinado a entrar en el Valhalla de los especimenes más divertidos de la historia de la televisión. Con sus innumerables manías y trastornos psicológicos, sus pedantes digresiones científicas y su exacerbado autismo emocional, Sheldon acaba inevitablemente convirtiéndose en la estrella de todos y cada uno de los episodios de la serie, incluso aunque a veces esté a punto de conseguir sacarme de mis casillas.


Según he leído en internet, algunos espectadores no están muy contentos con la imagen que la serie da de los frikis, argumentando que es tópica y estereotipada, y que reírse de ella resulta estúpido e infantil. Supongo que estas personas se han sentido ofendidas de algún modo por la representación que “The Big Bang Theory” hace de quienes comparten sus gustos y aficiones, pero en mi caso esa identificación ha hecho que la serie me resulte muy divertida y agradable de ver, incluso a pesar de las molestas risas en off antes mentadas. Yo sí conozco a algunos individuos que se parecen a Leonard, Shledon y compañía (desgraciadamente no conozco a muchas chicas como Penny que estén dispuestas a compartir su tiempo con ellos, jajaja), y creo que el retrato que la serie hace de estos geeks nace de unos guionistas tan frikis como los personajes que han parido, que conocen la materia mejor que nadie y suscriben cada línea de diálogo como si fuera propia.

Tal vez no sea una serie imprescindible y probablemente a mucha gente no le haga ni pizca de gracia (el sentido del humor es algo tan personal como intransferible) pero a mí me está dando muchos motivos para reírme durante mi convalecencia y ya sólo por eso estoy convencido de que la recordaré con cariño durante el resto de mi vida (salvo que sufra un episodio de amnesia como los vividos por XIII, el Soldado de Invierno, Peter Petrelli o los Milicianos del agente Graves... lo siento, el friki en mi interior necesitaba decirlo...)

lunes, marzo 30, 2009

Himnos y versiones

“I remember when
I remember
I remember
When I lost my mind
(...)”


Apuesto a que todos habéis escuchado un montón de veces el tema “Crazy” de Gnarls Barkley. Fue un pelotazo a nivel internacional cuando salió a la calle como single del primer (y maravilloso) disco del dúo formado por Danger Mouse y Cee-Lo, “St. Elsewhere”, y las radios y teles de medio mundo se pasaron varios meses pinchándola sin parar. No es para menos, porque (en mi humilde opinión) se trata de uno de los himnos musicales destinados a perdurar de la década en que vivimos, igual que “Smells like a teen spirit” de Nirvana, “Every breath you take” de The Police o “We will rock you” de Queen lo fueron en los 90, 80 y 70, respectivamente.

No es demasiado sorprendente, por tanto, que también se haya convertido en una de las canciones favoritas de muchos grupos e intérpretes musicales, contando en la actualidad con una impresionante cantidad de versiones. The Twilight Singers, Nelly Furtado, One Republic, Ray Lamontagne, Beyoncé, Pink, Maroon 5, The Racounters, Violent Femmes, G4 o The Kooks, entre muchos otros, han querido hacer suyo este tema (con resultados bastante dispares, claro). Personalmente mi versión favorita es la de Violent Femmes, aunque creo que ninguna ha logrado superar a la original (que además tiene un vídeo cojonudo). Y a vosotros, queridos (y escasos) lectores, ¿cuál os mola más?

Y ya puestos, ¿qué canciones de esta década que en breve termina creéis que pasarán a la historia como himnos generacionales? Sé que aún es temprano para hacer apuestas de este tipo, pero seguro que alguna se os ocurre... A mí por lo de pronto me vienen a la cabeza “Seven Nation Army” de White Stripes, “Vertigo” de U2 o el “Umbrella” de Rihanna y Jay Z (nadie dijo que los himnos tenían que ser particularmente brillantes).

domingo, marzo 29, 2009

Dos trailers muy prometedores

No tenía ni idea de en qué andaba metido Spike Jonze (artífice de mi marcianada cinematográfica favorita, "Adaptation"), así que el trailer de su próxima película, "Where the wild things are" (adaptación del cuento infantl ilustrado de Maurice Sendak) me ha pillado totalmente por sorpresa (podéis verlo pinchando en la imagen).

Si la película responde a las enormes expectativas que ha despertado en mí este anuncio (que además emplea como banda sonora un temazo de "Arcade Fire"), podemos estar ante una de las pelis del año.

Por otro lado, Christian Bale pone nuevamente de manifiesto su ya célebre don de la ubicuidad para protagonizar, junto al siempre excelente Johnny Depp, la última cinta de Michael Mann, "Public Enemies" (el trailer, nuevamente, pinchando en la imagen). Con estos tres nombres en juego, mis esperanzas son muy elevadas.


En ambos casos, en unos meses seremos testigos de los resultados...

Niponeando que es gerundio

Como ya comenté hace nadita, el estado de continuo (y forzoso) reposo en que me encuentro me ha brindado la posibilidad de acertarle un machetazo a la intimidatoria (pronúnciese con voz de barítono poliposo y ecos de ultratumba) “Torre de Lecturas Pendientes”, que tanto me inquietaba últimamente (como buen ociópata que soy).

Estas últimas navidades, siguiendo la tradición anual, mi familia me obsequió con un montón de árboles muertos (tengo que hacerme mirar la conciencia ecológica, creo que sufrió algún importante traspiés durante mi paso de la niñez a la adolescencia) en forma de libros y tebeos, pero como los dos meses siguientes estuve extraordinariamente absorto debido al trabajo (y otras circunstancias que no debieran ser objeto de un blog como éste), no ha sido hasta que me he fastidiado el pie (y he puesto el freno a casi cualquier aspecto de mi vida que transcurra fuera de las paredes de la casa familiar) que he podido hincarles el diente en condiciones.

Para mantener un mínimo de homogeneidad y que el título de la entrada no parezca gratuito (es que me apetecía escribirlo, ¿sabéis?), hoy daré cuenta de dos mangas estupendos que he leído estos días.


El primero es “El almanaque de mi padre” de Jiro Taniguchi, un drama costumbrista que narra el rito funerario de un hombre recién fallecido bajo el punto de vista de su hijo, que nunca llegó a conocerlo en profundidad. Mediante flashbacks, los distintos asistentes al velatorio irán aportándole al protagonista importantes datos de la vida de su padre que él desconocía, haciendo que la imagen que tenía de su progenitor cambie radicalmente en tan sólo unas horas. De paso, el lector occidental podrá descubrir algunos aspectos interesantes de la sociedad japonesa (y en algún caso escandalosos, como el vejatorio trato que reciben las mujeres infértiles; menuda panda de machistas de mierda), lo cual siempre es interesante.

Con esta personal reinterpretación de la parábola del hijo pródigo, Taniguchi vuelve a hacer gala (como en “Barrio lejano” o “El olmo del Cáucaso”) de su conocido amor por la institución familiar, la nostalgia y la tradición. No son valores que casen en demasía con mi filosofía vital, pero debo reconocer que el autor ha conseguido de nuevo conmoverme con su relato, quizás por su aplastante sencillez expositiva, o tal vez porque para todos aquellos que queremos a nuestro padre, verlo representado en un relato siempre consigue despertar algo en nuestro interior. El dibujo milimétricamente perfecto en la recreación de espacios naturales y arquitecturas, seña de identidad de Taniguchi, casa a la perfección con el argumento e intenciones del tebeo, logrando una gran solidez y equilibrio entre fondo y forma.

Por si todo esto fuera poco, la nueva edición en un solo volumen (de tapas duras) por parte de Planeta de Agostini ofrece una relación calidad/precio inmejorable.

El otro título a tratar hoy es “Tekkon Kinkreet”, una inesperada sorpresa (en el más positivo de los sentidos) para un servidor. Escrito y dibujado por Matsumoto Taiyou, el tomazo autoconclusivo editado por Glénat narra las andanzas de dos huérfanos sin-techo que subsisten empleando la violencia para mantener un férreo control sobre “su” barrio, Takara-chô. Los problemas llegarán cuando un nuevo clan yakuza intente levantar una suerte de parque temático infantil que destruirá el frágil equilibrio existente entre las fuerzas del orden y las distintas facciones de delincuentes callejeros.


Apoyado en estos mimbres, “Tekkon Kinkreet” se presenta como una bizarra mezcla de “La naranja mecánica”, “Yamakasi”, “Shin-Chan” y “El garaje hermético”, pero con una marcada personalidad propia. Sin que el guión vaya a provocar orgasmos de placer intelectual, el arte de Matsumoto Taiyou justifica por sí solo su lectura. Su imaginación visual, tan influenciada o más por los maestros del cómic europeo (Moebius, François Boucq) y sudamericano (José Muñoz) que por las señas visuales características del tebeo nipón, se manifiesta de forma descontrolada en decenas de planos aberrantes, escenarios carnavalescos y personajes de anatomía imposible, como un carrusel surrealista del que es imposible despegar los ojos durante sus más de 600 páginas. Al final, la experiencia estética supera con creces cualquier expectativa argumental, dejando en el lector (al menos en el abajo firmante) la sensación de haber disfrutado de un tebeo fresco, original y sorprendente. Lo cual, por desgracia, está a años luz de la calidad media de mis lecturas.


Existe una adaptación animada de “Tekkon Kinkreet” dirigida en 2006 por el estadounidense (qué curioso) Michael Arias, que parece ser muy fiel al original, al menos en su propuesta visual. En cuanto la vea (pronto prontito) saldré de dudas sobre su calidad.

viernes, marzo 27, 2009

Confesión de un esclavo

Nunca he ido a un psicoanalista. Quiero pensar que es porque nunca lo he necesitado (aunque ya se sabe: vemos la paja en el ojo ajeno...) Lo que tengo claro es que, en caso de ir, el señor o la señora que me atendiese no tendría problemas en descubrir en mi personalidad un claro ejemplo de una demencia propia de nuestro tiempo: soy un ociópata.

Sociópata no, OCIÓPATA.

Quizás conozcáis a más personas como yo. Los ociópatas nos caracterizamos por vivir en un estado constante de sumisión a nuestros hobbies y aficiones, llegando a extremos totalmente enfermizos. Tenemos una grave dependencia de nuestras formas de ocio y sentimos la terrible responsabilidad de “estar al día”.

En la temporada de los Oscar, tratamos por todos los medios de ver todas las películas nominadas (incluso esos cortometrajes de animación bielorrusos que nunca se distribuirán en nuestro país) y nos sentimos culpables si, por ejemplo (y como es el caso), no conseguimos escabullirnos de nuestras obligaciones durante un rato para ver en pantalla grande “El desafío: Frost contra Nixon” (aunque sea obra de Ron Howard) o “Revolutionay road” (tío, siempre seguiste de cerca a Sam Mendes, ¿cómo pudiste fallarle así?).

Nos estresamos al comprobar que el último disco de Animal Collective ya no es lo más de lo más; que la última obra maestra de turno viene firmada por La Bien Querida o Francisco Nixon, y nos falta tiempo para descargárnosla y escucharla con los oídos bien abiertos, no sea que pudiéramos perdernos una joya de la música moderna.

Sufrimos al comprobar que en nuestras estanterías no tenemos ni un solo tomo del “Alack Sinner” de Muñoz y Sampayo y sólo un par del “Corto Maltés” de Hugo Pratt (somos unos ignorantes, asumido está) o que no hemos visto ni el piloto de “Mad Men” o “Los Soprano” (tan bien consideradas por la platea).

No hablemos ya de literatura, porque la depresión asoma irremediablemente.

Y digo yo: ¿tan tontunos somos los ociópatas? ¿Como gente hecha y derecha (es un decir, ahora estoy recostado y con la pierna en alto), con una edad y una cierta estabilidad vital, se permite el lujo infantil de preocuparse tanto por algo tan frívolo? ¿Cambiaría mucho mi vida si no viera la 5ª temporada de “Lost”, si no leyese “El eternauta” (que está en la pila de lecturas pendientes), si no le hubiese prestado atención al último disco de U2? Obviamente no pasaría nada en absoluto. El mundo seguiría girando, seguirían produciéndose atentados en Gaza, no se desplomarían las cifras de la natalidad y desde luego Occidente no saldría de la crisis (perdón, la Crisis).

Sé el mal lugar en que me sitúa el hacer pública esta reflexión, pero también sé que hay muchos (privilegiados sociales todos ellos, como yo) que viven en la misma dinámica. Hace unos días se publicó en el blog Zona Negativa un artículo muy curioso sobre la compra masivo-compulsiva de tebeos, y Javier Marías, hace ya un par de meses (puede que más), escribió un artículo en su sección habitual de “El País Semanal” acerca de lo rápido que ascienden y se devalúan actualmente las formas de ocio como el cine, la música o la literatura, minimizando el índice de re-lectura, re-visionado o re-escucha, convirtiéndonos en esclavos del fugaz ritmo de vida actual.

Lo más triste es que sólo nosotros somos responsables de ceñir nuestras cadenas y dejarnos devorar por el maremágnum de ocio en el que vivimos. La energía física e intelectual que dedicamos a servir al Gran Rey Ocio podría usarse para propósitos más nobles y desde luego más útiles. El dinero que desperdiciamos comprando libros, discos, tebeos y dvd’s que sólo disfrutaremos una vez (algo que ya sabemos, en algunos casos, en el momento de pasar por caja) podría tener una finalidad más elevada. Y sin embargo, qué difícil se me antoja salir de esa espiral de consumo.

Soy un esclavo. Pregúntate si no lo eres tú también.

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Y ahora: mi reseña de “Che: guerrilla”.

...y morir de rodillas.

“Che: el argentino” fue la primera parte del mastodóntico (por duración) biopic sobre Ernesto Guevara dirigido por Steven Soderbegh y protagonizado por Benicio del Toro. Aunque la película se había pensado como una sola cinta de más de cuatro horas de metraje, su óptima explotación comercial llevó a los distribuidores a partirla en dos mitades que se estrenarían con varios meses de diferencia. Ahora por fin podemos conocer en España el final de la historia en “Che: guerrilla” y el resultado (en términos de calidad) no podría ser más deprimente.

Si la primera parte del díptico era fría y distante respecto al héroe/villano (dependiendo del punto de vista político del espectador), este capítulo final es directamente gélido y, sobre todo, aburrido.

Argumentalmente no hay mucho que desgranar: tras la victoriosa revolución cubana que pondría a Castro en el poder, el Che dirige su mirada hacia Bolivia y se lanza a una nueva empresa libertadora que acabará en tragedia.

La primera decepción de la película llega al comprobar cómo Soderbergh se pasa por el forro el distanciamiento entre Guevara y Castro y el paso del primero por los altos puestos ejecutivos de Cuba e, inmediatamente y sin que nunca se nos expliquen las motivaciones del personaje, asistimos estupefactos a una larguísima travesía selvática donde ni siquiera las notas musicales de Alberto Iglesias consiguen animar ligeramente la experiencia. Con el avance del crono empezamos a preguntarnos, sintiendo que estamos tirando por la borda valiosos minutos de nuestras vidas, si quedará mucho para que fusilen al guerrillero y así podamos irnos en paz (como bendecidos por un sacerdote al acabar una interminable misa de difuntos) de vuelta a nuestras vidas.

Hacía tiempo que no sentía que perdía el tiempo de semejante forma en una sala de cine (la última vez fue con “Asesinato justo”, de la que ni ganas me quedaron de colgar una reseña en el Abismo). Es desilusionante comprobar cómo se ha perdido una ocasión perfecta para acercar al público de una forma fidedigna y respetuosa (olvidaos de las camisetas y los calendarios) una figura tan relevante para la segunda mitad del siglo XX por culpa de un planteamiento totalmente erróneo. Y como, también, se ha desaprovechado a un actor en estado de gracia (Benicio del Toro), que bien podría haber hecho aquí el papel de su vida si su interpretación no se viera irremediablemente condenada por la película que la contiene.

Un último apunte: aunque sé que mi acompañante cinéfila estará deseando que entre al trapo, no pienso comentar las innumerables imprecisiones lingüísticas de la cinta. No merece la pena...