domingo, enero 24, 2010

Hipnótico Haneke

Da gusto empezar la temporada cinéfila con una película del calado de la última obra (hasta la fecha) del realizador austriaco Michael Haneke. Teniendo en cuenta los antecedentes del director, “La cinta blanca” bien podría, pese a aspectos comunes con su filmografía previa, suponer de algún modo un punto y aparte en su trayectoria.


Según mi particular forma de entender las cosas, el cine de Haneke se caracteriza por un eje temático bien definido (la búsqueda del mal en cualquiera de sus manifestaciones) y un estilo narrativo propio (en el que resultan especialmente destacables su manejo del ritmo y su virtuosismo en la composición del plano). También podríamos añadir una tercera característica que en “La cinta blanca” cobra especial relevancia: Haneke no es un analista sino un retratista.

Así, su última película, más que relatar, retrata la vida en un pueblo de la Alemania rural en los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial y cómo la aparente tranquilidad de la villa se ve de pronto ensombrecida por una serie de crímenes de autoría incierta.

No obstante, esta sinopsis no le hace justicia al undécimo largo de Haneke, por lo que me apresuro a afirmar (para que nadie se lleve a error y luego me acuse de no haber visto lo que se le prometió) que “La cinta blanca” no es en absoluto un thriller o una película de misterio, sino una sobria y calmada disección de la identidad del pueblo germano a comienzos del siglo XX. Resulta que a Haneke no le interesan tanto los actos criminales en sí como la sociedad en la que tienen lugar, pues según parece querer hacernos ver (ya digo que Haneke muestra pero no pontifica), es la sociedad la que produce monstruos y no los monstruos los que configuran la sociedad. Así, nada de lo ocurrido posteriormente en la historia de Alemania puede achacarse al azar: para que el fascismo arraigue es preciso que el sustrato cultural esté convenientemente abonado y, a la vista de los sucesos narrados en “La cinta blanca”, uno comprende que ciertamente existió una generación de jóvenes nacidos con el siglo que sufrieron una educación abusiva y una desmesurada presión psicológica que inevitablemente los llevaría a adoptar como propias las consignas del nacionalsocialismo con total naturalidad y convicción. Como se suele decir: “quien siembra vientos…”


Al respecto, resultan significativos los numerosos paralelismos que el espectador puede establecer entre la microesfera del pueblo retratado en la película y la macroesfera de la Alemania nazi que se vería en su pleno apogeo veinte años después. De entre todos ellos yo destacaría el papel de la autoridad religiosa local y su resolución final, tan fácilmente extrapolable a lo que después haría la Iglesia en relación al Holocausto: mirar a otro lado.

Con todo, no sorprenderé a nadie si afirmo que una obra cinematográfica de auténtica enjundia no surge únicamente de un buen guión o un trasfondo con múltiples posibilidades de análisis (aunque es cierto que ambas cosas ayudan un montón), sino que también precisa de una plasmación formal a la altura. Por suerte, en eso la película que nos ocupa se lleva la palma (y de oro, ya puestos). Rodada en un arriesgado blanco y negro que remite a directores como Dreyer o Bergman (por los que, según parece, Haneke profesa una profunda idolatría), el film cuenta con un trabajo de fotografía sencillamente descomunal, auténtico material de referencia y estudio para futuros iluminadores.

La poderosa carga simbólica que emana del guión de “La cinta blanca” cobra mayor entidad gracias al perfecto uso de los elementos visuales en pantalla. Objetos como un pañuelo mortuorio cubriendo el rostro de un cadáver o una puerta cerrada tras la que se esconde la auténtica realidad de una familia “bien avenida” suponen no sólo un apoyo sobre el que erigir estilísticamente el discurso, sino una metáfora del modo en que los habitantes del pueblo entienden conceptos como la muerte (siempre encubierta, ya sea tras el portón de un granero o el margen del encuadre) o la educación (basada en la represión y la obediencia absoluta). Tan sólo los más inocentes, los niños de menor edad, parecen librarse de estos vicios sociales que los adultos potencian y que los pre-adolescentes asumen como ley natural (la subtrama del pajarillo enjaulado va directamente al saco de “lo mejor del cine de los últimos tiempos”, y no digo más porque sería spoilear).


Es menester alabar también el increíble trabajo de recreación de la época, no sólo gracias a un acertadísimo vestuario, maquillaje y demás elementos de atrezzo, sino también a un casting que, de algún modo indecible, parece saber capturar las distintas fisionomías de la gente que uno se imagina viviendo el día a día de 1913. Los actores seleccionados para protagonizar la película parecen directamente salidos del viejo álbum familiar de tus bisabuelos, consiguiendo transportarnos con inusitada autenticidad a las fechas en que transcurre la acción.

No es “La cinta blanca” una película fácil. Además de lo mencionado anteriormente, el film carece de banda sonora que acompañe a la acción (más allá de la música que generen los propios personajes al cantar o tocar un instrumento), tiene un ritmo lento y prácticamente uniforme (pese al leve y casi inadvertido crescendo de la tensión psicológica), una duración aproximada de dos horas y media y no posee un clímax argumental definido, con lo que podría disgustar enormemente a quien acuda al cine esperando una cinta algo más convencional. A mayores, es una de esas películas que requieren de una total implicación por parte del espectador, quien deberá establecer su propia interpretación de los hechos relatados para llegar a una conclusión personal (pero no por ello desprovista de validez) que en ningún momento se verá refrendada por lo que se nos muestra en pantalla. Esta multiplicidad de lecturas es, en fin, otra de las muchas virtudes de “La cinta blanca”.


Decía al principio de esta reseña que esta película podría suponer un antes y un después en la filmografía de Haneke, y no creo que esta afirmación resulte descabellada. “La cinta blanca” no sólo lo ha situado, en términos de reconocimiento internacional, en la división de los grandes autores del cine actual, sino que posiblemente le reporte el mayor éxito comercial de su carrera (auspicio, salvo sorpresa de última hora, una victoria contundente en la ceremonia de los Oscar como cinta de habla no inglesa). Además, resulta uno de los films más digeribles del realizador (incluso siendo un relato sórdido, tenebroso y “malrollista” por definición), con lo que posiblemente llegue a un público mayor (el mismo que quizás no haya soportado las aturdidoras secuencias de sadismo y repulsión de “Funny games”, “El vídeo de Benny” o “La pianista”). Quizás sería simplista por mi parte tildar por ello a “La cinta blanca” de ser una película más madura que las antes mentadas, pero sí considero que este giro hacia lo implícito y subterráneo (más allá de lo puramente epatante) juega muy a favor de cara a considerarla el máximo exponente de las virtudes del discurso hanekiano.

Si finalmente resulta ser la obra cumbre de su filmografía, sólo el tiempo lo dirá. Por lo de pronto, se trata de la primera muestra de gran cine estrenada en nuestro país en el 2010.

3 comentarios:

charlie furilo dijo...

De Hanecke solo he visto "Caché" y la verdad es que pese a haber recibido varios premios, no me dijo nada. No sé si ese día estaba muy espeso, o que es un cine demasiado intelectual para un servidor, pero me quede como estaba, no me enteré de nada, sobre todo con el final. Eso sí, se me grabó a fuego en la memoria una brutal escena que no voy a destripar aquí...

Por eso no me llamaba mucho la atención este nuevo trabajo. No obstante, un amigo con el que suelo ir al cine me ha hablado maravillas... y vista tu impresión, pues habrá que tratar de verla....

Jero dijo...

Yo vi "Caché" hace años y me resultó excesivamente críptica, pero lo cierto es que la atmósfera y el malrollo que consigue este señor son acojonantes. Con todo, "La cinta blanca" me gustó bastante más. Ya sé que queda feo decirlo tan pronto, pero posiblemente sea una de las inamovibles en una futura lista de lo mejor del 2010 (o eso o este año va a ser, cinematográficamente, la pera limonera, vamos).

Creo que sé a qué escena en concreto te refieres y juraría que a todos los que la hemos visto tampoco nos será fácil olvidarla... Pero para brutos brutos, algunos de los momentos de "Funny games", "El vídeo de Benny" o "La pianista". Brrrrrr (escalofríos)...

Jesus dijo...

Ya me la vi tambien, y hombre me gusto, pero demasiado lenta para mi gusto, a lo mejor era que estaba un poco cansado cuando la vi pero me quedaba frito :D