miércoles, julio 09, 2008

Kobetasonik 2008

Vais a tener que perdonar el retraso de esta entrada, pero últimamente he estado muy liado (pero mucho mucho).

El Kobetasonik 2008 se celebró los días 20 y 21 de Junio en Bilbao y allí estuvo el menda en compañía del padre Karras y el Peli, para disfrutar de un fin de semana metalero. No es que yo sea un auténtico Hijo del Metal; me gustan mucho algunos grupos del género (Metallica, System of a Down, algunos discos de Blind Guardian o Iron Maiden), pero a poco que uno se fije en mi perfil de blogger se percatará que no soy un “metalero de pro”. Tampoco por las pintas, debo añadir (ahí soy más bien “gafapasta”, para bien o para mal). Así que entre aquella marabunta de melenas, cadenas y muñequeras con pinchos, servidor parecía (parecía, ojo) un poco fuera de lugar.

No es que eso importe, visto lo visto, porque los metaleros son una de las tribus urbanas más pacíficas e integradoras que conozco (todo lo contrario de lo que la gente piensa, y es que el público de El Canto del Loco es bastante más tocapelotas que el de Gamma Ray)… siempre que haya cerveza cerca, por supuesto.

Pero vayamos al grano musical:


Kobetasonik, día 1 (de 2)

Los tres gallegos llegamos a Kobetamendi a la hora en que empezaba el concierto de Apocalyptica, cuarteto de chelos eléctricos especialista en versionar a Metallica que sorprendió (además de con una interpretación magnífica de los hits de los más duros de San Francisco) con un “Heroes” (sí, el de Bowie) de quitarse el sombrero. También le hicieron hueco a “In the hall of the mountain king”, el clásico de Edvard Grieg (que además apeló a mi nostalgia universitaria: para un trabajo de la facultad tuve que montar un trailer de una peli de terror inventada utilizando ese audio). Fue un buen punto de partida para una tarde que resultó algo sosa: los Gamma Ray estuvieron cumplidores sin más, Ministry ruidosos (así que nos fuimos por ahí a tomar algo) y Helloween muy divertidos (sin excesos en lo musical). Los cabezas de cartel del primer día eran Judas Priest, banda celebérrima que a mí me aburrió bastante (que se le va a hacer, Rob Halford tiene papada…), así que volvimos pronto para Bilbao a descansar y reponernos de cara al día siguiente, el cual (éste sí) iba a colmar todas mis expectativas…



Kobetasonik, día 2 (de 2)

Curiosamente, el segundo día empezó más flojo. Nos perdimos a Arch Enemy para poder dormir a gusto (falta hacía) y llegamos para unos bochornosos Brujería, antítesis del buen gusto musical que incluso se permitieron hacer versiones cannábicas del gran éxito de Los del Río, “La Macarena” (ahora comenzaré a recibir amenazas de muerte de mejicanos revolucionarios metaleros).

Luego ya tocó esperar. Nos plantamos en el escenario 1 (había 2, ocupados por turnos, por esa regla actual de no hacer esperar al público entre concierto y concierto) y vimos como a lo largo de la tarde el foso se iba llenando de caras con estrellas, demonios y gatos pintadas en blanco, negro y plata. Todo el mundo hacía referencia a capítulos de “Padre de Familia” y poco importaba qué grupo saliera a tocar a continuación. La gente estaba allí para ver a KISS (¡toma, y yo!).

Durante la espera, pudimos disfrutar del Michael Schenker Group, pensado por y para el lucimiento de su guitarrista (el Michael Schenker del nombre), que terminó el concierto mucho mejor de cómo lo empezó (el inicio fue algo frío) y del espectacular directo de Dio, que dio una auténtica lección de cómo debe ser un concierto de rock duro. La banda estuvo soberbia y el propio Dio se lució con una voz que resiste como pocas al paso del tiempo, una energía desbordante (quien se la diera al Halford -con papada- de la noche anterior) y un repertorio excelente de canciones tanto de sus épocas en Deep Purple o Rainbow como en su carrera en solitario. Fue, en lo estrictamente musical, el mejor concierto del Kobetasonik 2008.

Entre tanta espera, servidor se perdió, en el escenario 2, los conciertos de Europe (una pena, me apetecía escuchar “The final countdown” en directo y así satisfacer al niño que llevo dentro) y “Blind Guardian” (éste sí que me entristeció de verdad; “A night at the opera” es uno de mis discos favoritos de todos los tiempos… tal vez en otra ocasión); pero supe que el sacrificio había merecido la pena en cuanto comenzó la…

…KISS-teria!

Sabía que iba a ser grande, pero no tanto. Kiss es a las bandas de rock lo que el Circo del Sol a los perroflautas de la puerta del Gadis. Poco importa que su música no pase de intrascendente rock setentero (ochentero en los peores momentos) o que Gene Simmons sea un bajista del montón y tenga que suplir sus carencias como intérprete con unos (poco) eróticos movimientos de su hipertrofiada lengua, porque esto no va de música, sino de espectáculo puro y duro. Y de conexión con el público, claro.
Para eso Alá/Apolo/Cthulhu/quien-sea puso en el mundo a ese ambiguo caballero de crines en el pecho que responde al nombre de Paul Stanley y que ejerce de vocalista y líder de la banda. Stanley es una máquina, un animal del directo. Coge al público, lo mastica, lo escupe y lo vuelve a engullir. Le dice qué cantar, qué gritar, cuándo reír, cuándo bailar y cómo hacerlo. Y el público se deja llevar como un impúber ante la meretriz suprema, porque sabe que va a ser el polvo de su vida.

Por si eso fuera poco, los Kiss llevan consigo una pirotecnia que ríete tú de las Fallas de Valencia, hacen volar a Simmons después de que éste escupa unos tres litros de sangre sin dejar de reírse y mover la lengua como un turbador demonio hentai, lanzan a Paul Stanley por una tirolina hasta una torre en el centro del público desde donde canta “Love gun”, elevan la batería (durante el solo) gracias a un enorme sistema mecánico que la sitúa varios metros por encima del suelo y en medio de todo ello se permiten una coña a costa del “Stairway to heaven” de Led Zeppelín. Todo medido, contado y pesado para obsequiar con casi dos horas y media de show a un público entregadísimo que terminó exhausto, sudado y satisfecho.

A alguien se le ocurrió que era una buena idea que fuera Slayer quien cerrase el festival, pero las colas para los buses que bajaban a Bilbao al terminar el recital de Kiss demostraron que la gente había ido a lo que había ido y que, una vez obtenido el preciado botín, poco importaba quién pudiera salir después a tocar.
Poco más hay que contar de ese par de días irregulares, en los que Dio y los Kiss subieron espectacularmente la nota media y me dejaron con ganas de llegar a casa y escuchar una vez más temas como “Rainbow in the dark” o “Shout it out loud”.

Oh, y por si no quedó suficientemente claro: ¡Rob Halford tiene papada!

1 comentario:

bernard n. shull dijo...
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