viernes, marzo 27, 2009

...y morir de rodillas.

“Che: el argentino” fue la primera parte del mastodóntico (por duración) biopic sobre Ernesto Guevara dirigido por Steven Soderbegh y protagonizado por Benicio del Toro. Aunque la película se había pensado como una sola cinta de más de cuatro horas de metraje, su óptima explotación comercial llevó a los distribuidores a partirla en dos mitades que se estrenarían con varios meses de diferencia. Ahora por fin podemos conocer en España el final de la historia en “Che: guerrilla” y el resultado (en términos de calidad) no podría ser más deprimente.

Si la primera parte del díptico era fría y distante respecto al héroe/villano (dependiendo del punto de vista político del espectador), este capítulo final es directamente gélido y, sobre todo, aburrido.

Argumentalmente no hay mucho que desgranar: tras la victoriosa revolución cubana que pondría a Castro en el poder, el Che dirige su mirada hacia Bolivia y se lanza a una nueva empresa libertadora que acabará en tragedia.

La primera decepción de la película llega al comprobar cómo Soderbergh se pasa por el forro el distanciamiento entre Guevara y Castro y el paso del primero por los altos puestos ejecutivos de Cuba e, inmediatamente y sin que nunca se nos expliquen las motivaciones del personaje, asistimos estupefactos a una larguísima travesía selvática donde ni siquiera las notas musicales de Alberto Iglesias consiguen animar ligeramente la experiencia. Con el avance del crono empezamos a preguntarnos, sintiendo que estamos tirando por la borda valiosos minutos de nuestras vidas, si quedará mucho para que fusilen al guerrillero y así podamos irnos en paz (como bendecidos por un sacerdote al acabar una interminable misa de difuntos) de vuelta a nuestras vidas.

Hacía tiempo que no sentía que perdía el tiempo de semejante forma en una sala de cine (la última vez fue con “Asesinato justo”, de la que ni ganas me quedaron de colgar una reseña en el Abismo). Es desilusionante comprobar cómo se ha perdido una ocasión perfecta para acercar al público de una forma fidedigna y respetuosa (olvidaos de las camisetas y los calendarios) una figura tan relevante para la segunda mitad del siglo XX por culpa de un planteamiento totalmente erróneo. Y como, también, se ha desaprovechado a un actor en estado de gracia (Benicio del Toro), que bien podría haber hecho aquí el papel de su vida si su interpretación no se viera irremediablemente condenada por la película que la contiene.

Un último apunte: aunque sé que mi acompañante cinéfila estará deseando que entre al trapo, no pienso comentar las innumerables imprecisiones lingüísticas de la cinta. No merece la pena...

Mala pata

Tres entradas atrás comentaba el desafortunado accidente que me provocó un molesto esguince en el tobillo de la pierna derecha. Era una anécdota como otra cualquiera y no tenía sentido darle demasiada importancia. Por desgracia, la cosa no ha terminado ahí.

Esta semana tuve revisión con mi médico de cabecera y en cuanto me vio la pierna, el buen hombre puso cara de desagrado y me mandó de vuelta al servicio de urgencias de la residencia de Ferrol (yo estaba en Pontedeume, a unos 15 km.) porque, según él, aquello estaba evolucionando mal.

Tras otras seis horitas de espera en una sala de ídem, una traumatóloga me confesó que en las primeras radiografías que me habían hecho nueve días antes se les había pasado por alto que tenía el calcáneo roto.

“...se les había pasado por alto...”

Lógico: la seguridad social española es uno de los muchos servicios públicos donde no se hacen las cosas bien a la primera (y pido perdón si hay algún trabajador de la seguridad social leyendo esto y sintiéndose aludido, pero es que ¡manda cojones!).

Ahora tengo la pierna escayolada y me esperan unas cuantas semanas de inmovilidad total (por lo que me veo obligado a ponerme inyecciones de heparina en el abdomen todos los días para que no se me formen trombos), lo cual ha trastocado “ligeramente” mis planes primaverales.

Por supuesto, me parecería un pecado quejarme de mi mala suerte. La gente se rompe huesos, tiene accidentes o enferma constantemente, muchas veces con consecuencias infinitamente peores que las que yo he sufrido.

Pero la incompetencia del personal sanitario... eso es otro cantar, ¿no?

domingo, marzo 22, 2009

Zombies y anglofobia

Supongo que no le presto demasiada atención a la televisión británica.

Por lo que tengo entendido, la versión original inglesa de “The Office” supera con mucho a la americana (aunque esto no debería ser muy relevante porque no he visto ninguna de las dos), “Jeckyll” es un absorvente thriller emitido en seis partes, “Merlin” deja en pañales a “Smallville” como ficción fantástica adolescente y “Life on mars” (cuyo remake español “La chica de ayer” comenzará a emitirse en breve en Antena 3) es una de las series más cool (retro-cool, hablando con propiedad) de los últimos tiempos. Pos bueno, pos fale.

Llamadme prejuicioso si queréis, pero la televisión inglesa no suele despertar mi curiosidad. Al contrario que su música, su tele siempre me ha parecido cutrilla y un poco casposa. Lo cual no quiere decir que no dé a luz cosas estupendas como “The IT Crowd”, paradigma de lo cutre y casposo (que, no obstante, funciona). El caso es que no me imagino series como “Damages”, “Lost”, “Dexter” o “Deadwood” emitiéndose en los canales de la Pérfida Albión, sino cosas del estilo de “El Show de Benny Hill” o sketches de los Monty Python y Mr. Bean. Y por eso, mal que me pese, no consigo tomarme en serio a los súbditos de la reina Isabel (igual sí soy un poco prejuicioso, qué cosas...)


Lo que tengo claro es que un concepto como el de “Dead Set” nunca se les hubiera ocurrido a los yankis. O, al menos, nunca hubiera prosperado más allá de la primera reunión con los responsables de poner la pasta en la cadena de televisión de turno.

Pongámonos en situación: el Apocalipsis zombi llega tan inesperadamente como siempre (por si hace falta citar referencias, ahí van dos o tres: “La noche de los muertos vivientes”, “Amanecer de los muertos”, “28 días después”... ah, no, que ésos son infectados) y los últimos en enterarse son... ¡los concursantes de Gran Hermano! ¿Suena ridículo? Pues será porque lo es. Pero también terrorífico. Tanto como las tres pelis antes citadas, aunque curiosamente mejor resuelto en algunos apartados (vale, quizás no mejor que “La noche de los muertos vivientes”, pero es que siento debilidad por esa peli...)

“Dead Set” es una miniserie de cinco episodios magníficamente escrita, rodada e interpretada, plagada de escenas gore (si no no sería una de zombis) y momentos patéticos propios de GH. Ésa, claro, es su principal baza: fusionar la lógica de las películas de zombis con la del ridículo reality show, consiguiendo al mismo tiempo un sólido relato de género y una mordaz fábula sobre la televisión del siglo XXI (y sus fieles espectadores).


Si no fuera porque no me creeréis hasta que la veáis, me dejaría los dedos en el teclado intentando convenceros de sus innumerables virtudes y del enorme disfrute que produce su visionado (que además no sobrepasa las 2 horas y media, con lo que no os robará más tiempo que cualquier película que os hayáis bajado de la mulita recientemente).

Además, para alborozo de los ingleses, Davina McCall (la presentadora real de "Big Brother") se prestó encantada junto a otras celebrities locales para interpretarse a sí misma en la serie, haciendo la experiencia mucho más hilarante si cabe. No me importaría ver cómo una Mercedes Milá devora-cerebros se queda con hambre después de despacharse a alguno de los concursantes de la edición española del programa...


Total, que me parece que me he deshecho de mis prejuicios anglófobos de un plumazo.

lunes, marzo 16, 2009

Abecedario personal: Q de Queen

Existe un momento, creo, entre la infancia y la adolescencia, en que uno comienza a saber que algo le gusta a pesar de no conocer a nadie más al que le guste; que le gusta simplemente porque, según criterio propio y hasta cierto punto autónomo, le gusta.

Mi punto de no retorno llegó con Queen. No diré que fui un díscolo teenager que se enfrentó al gusto musical de sus padres y de la noche a la mañana se puso a escuchar glam-rock de los 70 sintiéndose peligroso, rebelde e incomprendido, porque sería una bola como una casa.

Mi madre tenía algunos vinilos del grupo aunque hacía décadas que no los escuchaba, así que cuando descubrí el tema “Princes of the Universe” en el opening de aquella serie tan mala de “Los Inmortales” que daban en Tele5 (adaptación de la peli protagonizada por Sean Connery y Christopher Lambert) y le conté a mi madre lo mucho que me gustaba aquella canción, ella me miró y me dijo: “¡pero si eso es Queen!”

A partir de entonces, comencé a hurgar entre los discos de mis padres y de mis tíos a la caza de más vinilos, cassettes y cd’s del cuarteto inglés, hipnotizado por sus líneas de bajo, sus grandes momentos corales, sus riffs de guitarra (con la característica distorsión que emplea Brian May) y la prodigiosa y andrógina voz de Freddy Mercury. Obviamente, por aquel entonces yo no sabía que existía un instrumento llamado “bajo” ni mucho menos conocía los nombres de los miembros de la banda. Simplemente, me parecía que sonaban de la hostia.

Para mí, la música alcanzó un significado real con Queen. Con ellos entré en mi adolescencia, y además me ayudaron en gran parte a cimentar la longeva amistad que me une con el padre Karras, otro inamovible fan del grupo. Con Queen se abrió ante mí un mundo, el del rock, que a día de hoy continúo intentando explorar, pese a que parece no conocer fin.


Después de Queen vinieron Led Zeppelín, David Bowie, Peter Gabriel, U2, Bruce Springsteen, The Doors, Bob Dylan, los Beatles, los Rolling, Pink Floyd, Jimi Hendrix, Police, los Who, Dire Straits, Eric Clapton, Supertramp, los Talking Heads, Jethro Tull, Lynyrd Skynyrd, Janis Joplin, R.E.M., The Smiths, Bob Marley, Simon & Garfunkle… y de allí, tan sólo un pequeño salto (y un necesario sentido de contemporaneidad) hasta Metallica, Guns‘n’Roses, Nirvana, Oasis, Radiohead, Blur, Red Hot Chili Peppers, Smashing Pumpkins, Noir Desir, Coldplay, Belle & Sebastian, Muse, System of a Down, The Mars Volta, Franz Ferdinand, The Killers, Arctic Monkeys, Arcade Fire... Pero todo eso no habría tenido lugar si no llega a ser por aquel niño dando saltos y bailando como un poseso con el opening de la serie de “Los Inmortales”.

Ya no sé cuánto es agradecimiento y cuánto verdadera admiración por su música, pero Queen sigue siendo para mí como un primer amor: la primera en hacerte sentir “eso” fue ella y, por buenas, guapas e inteligentes que sean todas las demás, nunca podrás olvidar a la chica que te abrió los ojos a algo que jamás hubieras llegado a imaginar que existía.

“A Night at the Opera” sigue siendo mi disco favorito y “Bohemian Rhapsody” sigue siendo mi canción. Soy un hombre fiel, supongo.

Así que: Freddy, estés donde estés, que sepas que se te echa de menos.



(Y a Paul Rodgers ni me lo mentéis...)

Shit happens

Hay noches en las que todo parece salir a pedir de boca. Tus amigos te parecen más simpáticos que nunca (y eso que siempre te parecen la hostia de simpáticos), las conversaciones que tienes te resultan fascinantes, los bailes son divertidísimos, te encuentras con conocidos que te reciben con sonrisas y abrazos, esa chica te pone ojitos y te invita a dormir en su casa... y vas tú y entrando en un local te caes por las escaleras (perfectamente sobrio; alguien te pisó los bajos del pantalón y te hizo tropezar) y te machacas la pierna.

Después de pasarte la mañana en urgencias, viendo todo tipo de dramas médicos que te hacen sentir extrañamente afortunado (casi te entran ganas de irte a tu casa sin que nadie te examine porque, al fin y al cabo, lo tuyo no es para tanto), el médico te da la primera buena noticia en 6 horas: nada roto. Esguince severo, una buena temporada con bendaje y muletas, la pierna en alto y el mayor reposo posible. El médico parece complacido pero, claro, él no sabe que en 7 días tenías previsto ver a The Killers en concierto en Madrid y que su diagnóstico acaba de estropearte totalmente el plan. Tampoco ayuda el que por fin estuvieras recuperando el ritmo en tu rutina de ejercicio físico diaria, después de esa temporada paranormal que pasaste encerrado en tu estudio dibujando sin poder pisar el gimnasio...

Volviendo a casa de tus padres, recuerdas que tienes una montaña de comics y libros pendientes por leer, que hay como 20 películas y series que no habías tenido tiempo de ver y que con la pierna inmovilizada se sigue pudiendo dibujar (aunque vayas a tómártelo con mucha calma, claro). Mamá te hará la comida y la cama. Papá te pondrá los dvd's en el reproductor mientras tú le pides que vaya al congelador a por un poco de hielo para ponerte en el tobillo. Antes de llegar a casa ya tienes un montón de llamadas de tus amigos (tan simpáticos como unas horas antes), preguntando por tu estado (y riéndose de ti porque un esguince te haya dejado sin conocer la casa de la chica que te ponía ojitos).

La verdad es que, incluso cuando la mierda nos salpica, algunos no podemos quejarnos.

Total, Brandon Flowers es un jodido hortera...

sábado, marzo 07, 2009

"Watchmen", la película

Llegó el día y “Watchmen”, la película, se estrenó en las salas de cine de medio mundo.


Ya he dejado constancia de mis impresiones a priori (nada halagüeñas) en este blog hace apenas una semana, así que ahora toca hablar de las impresiones “a posteriori”.

“Watchmen” es una extremadamente fiel traslación del contenido del comic del que procede a la gran pantalla. De su argumento, al menos. De un modo tan exhaustivo, además, que el dilatado metraje de la versión estrenada en cines (160 minutos) se ve totalmente desbordado por la cantidad masiva de información contenida. No tengo ni idea de qué impresiones extraerá del film alguien que no haya leído la obra original de Moore y Gibbons, pero sospecho que en más de una ocasión podría sentirse sobrepasado por el ingente número de personajes, situaciones y referencias que la película trata de manejar. Hay que tener en cuenta que los protagonistas de “Watchmen” no son célebres super-héroes como Superman o Spider-man que apenas necesitan presentación sino personajes enteramente originales que deben ser perfectamente introducidos de cara al espectador no iniciado, para el cual tanto sus nombres en clave como sus identidades civiles serán nuevas y desconocidas. También el universo que estos héroes disfrazados habitan es diferente al nuestro (se trata de un 1985 distópico en el que los EE.UU. ganaron la guerra de Vietnam y Nixon continúa siendo presidente) y esas divergencias deben quedar claras en todo momento. A este respecto, la secuencia de créditos inicial resulta superlativa, quizás una de las más logradas de los últimos años, y con toda certeza los mejores minutos de la cinta que nos ocupa.



Siendo honestos, el inicio de la película me ha parecido estupendo. En los aproximadamente tres primeros cuartos de hora (el metraje que adapta los dos primeros episodios del tebeo), la literalidad de la adaptación no parece poner trabas a un desarrollo argumental lógico, con un ritmo pausado pero progresivo. Hasta ahí, mi sorpresa durante el visionado del film estaba siendo mayúscula: “Watchmen”, la película, me estaba gustando (incluso a pesar de esas hiperbólicas escenas de acción plagadas de innecesarios planos al ralentí).

Pero una vez concluido el primer acto cinematográfico, descubro decepcionado cómo su director, Zack Snyder, es incapaz de manejar los diferentes puntos de vista de los personajes y sus respectivas historias personales, provocando unos insalvables desajustes de ritmo debidos a la naturaleza excesivamente episódica de la narración. Y no es hasta que tiene lugar el íntimo y filosófico diálogo marciano (pasadas las dos horas de metraje) que la cinta vuelve a solidificarse en una única línea argumental que el espectador puede asimilar con cierta comodidad.

Esto no significa que durante el tramo comprendido entre ambas escenas “Watchmen” no contenga algunos momentos destacados. Unos pocos llegan incluso a alcanzar cotas de brillantez imprevistas, como el monólogo del Dr. Manhattan ante la foto de Janey Slater (subrayado, eso sí, por la impresionante “Pruit Igoe” de Philip Glass, junto a la cual todo parece una jodida obra de arte) o las secuencias de Rorschach a cara descubierta. Todo ello, eso sí, heredado directamente del material original, con lo que poco mérito puede adjudicársele a los responsables de la película.


Tal vez Snyder no tenga muy claro lo que realmente implica adaptar una obra de un medio a otro. Si por un lado decide cambiar el final del original por uno más simple pero igualmente efectivo (bien por él); por el otro, intentando respetar al máximo la fidelidad al comic, mantiene el guiño a la serie “Los límites de la realidad” que ese mismo nuevo final invalida. Prescinde también, acertadamente, de tramas superfluas (el kioskero y el chico que lee tebeos; la vida privada del psiquiatra de Kovacs; la investigación policial a Dreiberg o el destino de Hollis Mason), pero no se deshace de una escena de lucha callejera totalmente prescindible que además sólo tenía sentido en el tebeo como contrapunto a los cartuchos de texto en off provenientes de un montaje en paralelo que aquí no surte efecto, y que en su plasmación cinematográfica choca frontalmente, por su crudeza y casquería, con la definición que previamente teníamos de los protagonistas. Es como si Snyder no supiera realmente qué descartar y qué dejar en el libreto, y la selección final de material aprovechable resultase arbitraria y caprichosa.

El casting, por otro lado, manifiesta la misma irregularidad que prácticamente todos los demás aspectos de la película: por un lado tenemos a unos cuantos actores escogidos con gran acierto (Jackie Earle Haley es Rorschach, simple y llanamente, y eso me congratula; Billy Crudup, Patrick Wilson y Malin Akerman cumplen como el Dr. Manhattan, Búho Nocturno y Espectro de Seda II, respectivamente, y Jeffrey Dean Morgan se acerca bastante a lo que debería ser el Comediante, aunque le falte cinismo en la mirada), mientras que por el otro presenciamos unas terribles reinvenciones tanto psicológicas como puramente interpretativas de los personajes de Espectro de Seda I (a la que da vida una horrendamente caracterizada Carla Gugino) y Ozymandias (Matthew Goode), que desgraciadamente pervierte todo lo que el héroe personifica en el tebeo: un hombre visionario, inteligente y tierno que ama la vida más que a nada en el mundo, convertido aquí en un frío y enclenque émulo de David Bowie con un ego del tamaño de una pirámide.


Si hay algo totalmente defendible en esta película es la maravillosa selección musical de temas clásicos que integran la banda sonora (ante los cuales palidece el anodino e impersonal score original de Tyler Bates): “The times they are a-changin” de Bob Dylan, “All along the watchtower” de Jimi Hendrix, “Hallelujah” de Leonard Cohen o “The sound of silence” de Simon y Garfunkel realzan y magnifican unas imágenes que sin ellas muy posiblemente perderían una parte fundamental de su valor expresivo. Le pondría un gran pero a la versión cafre y terriblemente mediocre del “Desolation Row” (de Dylan) a cargo de My Chemical Romance, pero está más que claro que su inclusión responde a presiones puramente ejecutivas, y es una de las pocas concesiones comerciales del film, galvánico en su accesibilidad en cuanto a todo lo demás. Tanto es así que su calificación por edades ha permanecido invariablemente en el marcador más restrictivo a tenor de las brutales escenas gore que salpican buena parte del metraje y, supongo, de las cuatro nalgas y dos mamellas que aparecen en cierto momento en pantalla.

Resumiendo: ¿qué puede uno esperar de “Watchmen”, la película?

A) Si se trata de un conocedor del original, tal vez un curioso experimento de volcado a imágenes en movimiento de una obra inadaptable. Un divertimento extraño, nunca aburrido aunque rara vez emocionante, que apela más al cariño que uno tiene al tebeo que a unas virtudes cinematográficas propias. Y, con toda certeza, la más exhaustivamente fiel adaptación (con los defectos y virtudes que ello supone) de un tebeo de Alan Moore a la gran pantalla, bastante más interesante que bodriazos como “V de Vendetta” o, desde luego, “La liga de los hombres extraordinarios”.


B) Si se trata de un profano, posiblemente una marcianada indescifrable o, en el mejor de los casos, una película con grandes aspiraciones que se queda a medio camino en todo salvo en los fuegos de artificio. Si promueve la lectura del tebeo en que se basa, al menos no todo estará perdido.

Me permito, pese a lo dilatado de esta entrada, una última reflexión: leo en algunas de las miles de críticas sobre la película que ya pueblan la red que hay que valorar el esfuerzo de Snyder por intentar adaptar lo inadaptable y que por ello, aunque fallida, la película y su realizador se merecen un cierto respeto. La frase clave es “podía haber sido mucho peor”. Pero yo me pregunto: ¿es preferible proponerse una meta imposible y no lograrla que rendirse a la evidencia y dejarlo correr? No hablo de buscar una cura para el cáncer o de acabar con el hambre en el mundo. Ésas son causas por las que merece la pena desafiar a lo imposible. Pero esto es sólo cine, un vehículo para el arte y el entretenimiento, y si desde el principio ya sabes que no llegarás a buen puerto, tal vez no debas hacerte a la mar.

Como sabiamente dijo el maestro Yoda: “Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.”

Las mismas líneas, distintos horizontes

“(...)
I was born
I was born to sing for you
I didn’t have a choice but to lift you up
And sing whatever song you wanted me to
I give you back my voice
From the womb my first cry, it was a joyful noise…

Only love, only love can leave such a mark
But only love, only love can heal such a scar
Justified till we die, you and I will magnify
The Magnificent
(...)”



[La primera escucha de “No line on the horizon”, duodécimo álbum de estudio de U2, me resultó terriblemente decepcionante. El single “Get on your boots” no me decía demasiado, así que admito que me sentía reticente a darle muchas oportunidades al nuevo trabajo de los irlandeses. Pero no creí que pudiera llegar a parecerme tan insípido. Así pues, en ese primer contacto no conseguí conectar con ninguna de las 11 canciones firmadas por Bono y compañía. Lo que se dice un pleno, pero en el mal sentido. Por suerte, U2 se tiene ganado cierto respeto musical por mi parte, después de haberme hecho gozar con su música durante tantos años, así que hice de tripas corazón y volví a poner el disco. La segunda escucha mejoró las impresiones de aquella fatídica primera, la tercera la tibieza de la segunda, la cuarta la creciente aceptación de la tercera...

Ahora que ya tengo una imagen algo más formada del álbum puedo afirmar que “Magnificent”, cuyos versos abren esta entrada, es una de las canciones que más me ha gustado.

“No line on the horizon” es un disco extraño en la trayectoria de U2. Fallido, en principio, porque no consigue alcanzar la épica o el intimismo de anteriores logros de la banda (no contiene ningún “With or without you”, “One”, “Sunday bloody sunday” o “Pride”), pero no por ello exento de virtudes. Está claro que se han aburguesado con los años y que la crudeza de sus himnos rock (casi punk) se ha convertido con el paso del tiempo en cómoda frivolidad pop, pero peor hubiera sido mantenerse en el estatismo de glorias pasadas sin pretender adecuarse al sino de los tiempos (más frívolos y más pop, me temo). Reciclando mil elementos de sus sonidos anteriores (ésta no es la primera reinvención del cuarteto) y añadiéndole la activa colaboración de Danny Lanois y Brian Eno (no sólo en labores de producción, sino también como compositores e instrumentistas), U2 ha conseguido con “No line on the horizon” volver a estar en boca de todos y, aunque ya no estén capacitados para liderar la vanguardia musical, todavía se les puede escuchar con interés, sabiendo que su dignidad como banda sigue intacta (no tanto la imagen proyectada individualmente por cada uno de sus componentes). No está mal para unos fulanos que llevan 30 años en la cresta de la ola.

Quizás con las próximas escuchas las impresiones que hoy comparto con vosotros continúen endulzándose y, milagro, “No line on the horizon” llegue a convertirse en uno de esos discos a los que se les acaba cogiendo auténtico cariño por méritos propios.]

¡Blockbusters!

Pasada la oleada de pelis competidoras a los Oscar y a medida que se acerca la estación primaveral, los cinéfilos más intelectuales se van refugiando en sus cubiles a la caza de dvd’s coreanos de importación y dvdrips de películas pakistaníes mientras los amantes del cine comercial más testosterónico y palomitero nos frotamos las patitas como moscas de la fruta ante la avalancha de estrenos veraniegos.

Por eso propongo hoy 6 trailers (cada uno pinchando en su respectivo póster) de otras tantas pelis que me han puesto los dientes largos. Posiblemente más de una resulte una clamorosa decepción (“G.I.Joe: Rise of Cobra”, dirigida por Stephen Sommers, tiene todas las papeletas para ser un pequeño gran mojón), pero también es cierto que a medida que se acerca su estreno, alguna que otra se perfila como muy prometedora (“Up” es Pixar y con eso ya me vale; y el nuevo trailer de “Star Trek” visto en cines antes de “Watchmen”, que no he encontrado en YouTube, y éste que cuelgo de “Terminator: Salvation” me han hecho salivar cosa mala...)

Pasen y vean, señoras y señores: ¡es la hora de los blockbusters!






sábado, febrero 28, 2009

Una breve declaración política

Para los vascos y gallegos (entre los que me incluyo), mañana domingo, 1 de marzo, toca votar.

Como siempre, la campaña electoral ha sacado lo peor de todos y cada uno de los candidatos (despilfarros, secuestros de ancianos, amiguismos eólicos, tramas de corrupción, etc., etc.), y poca o ninguna esperanza ha dado a los votantes, que una vez más nos las vemos con la dura tarea de elegir al menos malo.

Pero no voy a caer en simplismos como afirmar que “todos los políticos son iguales” o que “da igual quien gobierne, los que de verdad mandan son otros”. Eso es una mala excusa para no cumplir con nuestro deber democrático (y que, no puede negarse, favorece a ciertos partidos que se benefician de la abstención). No podemos permitirnos ser cómodos, mucho menos dejar que otros elijan a quienes nos van a gobernar durante los próximos cuatro años.

No es un sistema perfecto, pero es el que tenemos. Y, lo más importante, no votando lo único que hacemos es insultar la memoria de aquellos que lucharon y murieron por la libertad durante una época mucho más oscura que la actual.

¡Así que votad, malditos!