viernes, julio 08, 2011

Comunistas estivales

En estos días de bochornoso calor donde cualquier sombra se considera santuario para el peatón, pocos títulos pudieran parecer tan apropiados para un tebeo como “Un verano insolente”, tercera colaboración (tras los sobresalientes “Un poco de humo azul” y “El vals del gulag”) del tándem guionista/dibujante formado por el galo Denis Lapière y el español Rubén Pellejero.


Publicado originalmente en Francia en dos álbumes, “Un verano insolente” llegó hace unos meses a las librerías de nuestro país en una de esas jibarizadas ediciones integrales que pretenden sacar rédito al tan manoseado (y sin embargo indefinible) concepto de “novela gráfica”. Ya se sabe cómo piensa el lector de tebeos de reciente (y gafapastosa) filiación: si no lo protagonizan tipos cachas vestidos de coloridos uniformes y tiene el tamaño de una obra literaria de bolsillo, ¡qué demonios!, debe ser arte. Flaco favor le hace, sin embargo, la reducción de formato al arte de Pellejero, uno de esos exquisitos dibujantes a los que les sienta de maravilla esa máxima de la industria del porno que dice que “cuanto más grande, mejor.”


El argumento de “Un verano insolente” se centra tanto en la relación entre la fotógrafa Tina Modotti y su maestro y amante Edward Weston como en el ambiente reinante entre la intelectualidad comunista del México de los primeros años veinte. La historia está narrada en flashback por un amigo común de la pareja, el escritor homosexual Théo, la noche siguiente al fallecimiento de Modotti, y por ella pululan otras figuras históricas (y artísticas) como Diego Rivera, Xavier Guerrero o David Siqueiros, a los que un servidor tenía el dudoso gusto de conocer gracias a la hagiografía cinematográfica “Frida”, dedicada a la Khalo por la realizadora Julie Taymor.


El aspecto plástico de “Un verano insolente” es cuanto menos notable. Quizás el salto al color digital haya empañado en cierto modo el habitual acabado superlativo de las páginas de Pellejero, pero no es menos cierto que su habilidad narrativa y su capacidad para evocar otros tiempos y geografías continúan siendo un absoluto deleite para el lector. Escenas tan aparentemente sencillas y sin embargo brillantemente resueltas como la corrida de toros de las páginas 30 a 33 ofrecen una muestra inequívoca del talento del catalán.

Desgraciadamente, la obra queda varios peldaños por debajo de mis (lo reconozco) altísimas expectativas al dejarme tras su lectura en un estado de inesperada indiferencia. Me entusiasma el modo en que Pellejero plasma visualmente el relato y reconozco el importante esfuerzo literario por parte de Lapière, pero ni los hechos ni sus protagonistas consiguen despertar en mí una pizca de empatía. Veo sólo a un puñado de charlatanes con la boca llena de grandes palabras libertarias que se dedican a festejar las noches con pulque y adulterio y a rechazar cualquier ocasión real de aproximarse al espíritu del proletariado. Teóricos del comunismo que no soportan más de media jornada en un trabajo de cara al público y sin embargo se creen capacitados para vertebrar el discurso de una revolución popular marxista. Todo ello puesto en boca de un viejo y amargado bon vivant que resulta ser, para más inri, un pedófilo confeso. Difícil, con estos mimbres, sentirse mínimamente próximo a lo narrado.


O quizás fuera ésa la intención de Lapière y yo no haya sabido sustraer el auténtico mensaje de la obra: que el comunismo fue en un momento dado una moda política presta al arribismo de una pandilla de caraduras que hablaban de la abolición de la propiedad mientras contrataban los servicios de empleadas del hogar a las que poder meter mano cuando la señora se ausentaba de la casa.

Sea como fuere, no he obtenido de “Un verano insolente” la gratificante experiencia lectora que la trayectoria del dúo autoral a priori prometía. Es decir, que sea o no un tebeo “bien hecho”, a mí no ha logrado hacerme sentir nada.