domingo, junio 07, 2009

Alondra echa a volar

“I have got no money now
But I’m still alive somehow
Hitting electricity
Even water isn’t free

I have got some time of my own
Just enough to play on my guitar

Of course I know I’m not the first
Lots of writers had it worst
Glasses and a double bed
Records, books and internet

I have got some things of my own
Just enough to live life commonly
(...)”




[Descubrí la existencia de Alondra Bentley gracias al día de la música de Heineken. Tras este poético nombre se esconde una cantautora de origen británico criada en Murcia que este 2009 ha editado su primer álbum, “Ashfield avenue”. Sus intenciones y su voz recuerdan (al menos a mí) a las de Russian Red/Lourdes Hernández, nueva musa del indie español que alcanzó un considerable éxito y se hizo con una importante legión de entusiastas con su debut “I love your glasses” el año pasado. Ambas hacen un folk intimista de guitarra acústica tan rematadamente sensible que a veces me da ganas de ponerme a menstruar pero que, en líneas generales, me seduce y conmueve. “Ashfield avenue” incluye un buen puñado de hermosísimas canciones (doce, para más señas) entre las que resulta complicado poner unas por encima de otras. El tema que abre esta entrada se llama “Some things of my own” (pero sólo porque no he encontrado un vídeo decente de “Of all living creatures, why a human being”) y la letra está sacada de oído, así que me imagino que tendrá un montón de errores (pero qué queréis, servidor no es intérprete ni lingüista). Merece mucho la pena escuchar la versión del álbum, con unos arreglos increíbles de Joserra Senperena. Y sí, la portada es jodida, no hace falta que lo juréis...]

martes, junio 02, 2009

Abecedario personal: T de Tarantino, Quentin

Retorcido, provocador, meticuloso, irreverente, ácido, constantemente referencial y, sobre todo, desequilibrado y genial a partes iguales. Así podría describirse a Quentin Tarantino, un director de cine que ya es, con tan sólo cinco películas y tres cuartos (si contamos “Grindhouse” y el capítulo final de “Four Rooms”), no sólo un referente absoluto para toda una generación de espectadores, sino prácticamente un estilo en sí mismo, un género cinematográfico propio, como atestiguan los innumerables intentos de seguir su estela que nos ha dado el cine reciente (“Snatch: cerdos y diamantes” y “RocknRolla”, “Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto”, “El caso Slevin”) con diversos resultados, nunca cercanos siquiera al trabajo del maestro.


Con un apabullante saber cinematográfico a cuestas, Quentin se atreve a mezclar el western con las artes marciales con el mismo desparpajo con que escribe una conversación entre dos asesinos de la mafia que discuten sobre el significado oculto de un masaje en los pies o las diferencias entre la comida rápida de EE.UU. y Europa.


Para no repetir calificativos diré que “Reservoir Dogs”, “Pulp Fiction” y las dos partes de “Kill Bill” son, cada una a su modo, cuatro putas obras maestras plagadas de escenas memorables, planos atrevidos (como las secuencias del restaurante retro en “Pulp Fiction” y del japonés en “Kill Bill Vol.1”), homenajes brutales (la odisea de la Mamba Negra, en particular, es un puro goce para quien sepa captar todas las referencias), diálogos descacharrantes (“Ahora voy a llamar a un par de negros empapados en crack para que te disequen con un soplete y unos alicates. Practicaremos el medievo con tu culo, ¿me has oído?”), un uso hilarante de la violencia (el bailecito del Sr. Rubio a punto de hacerle “un Van Gogh” al policía en “Reservoir Dogs”, el combate contra los 88 maníacos en “Kill Bill”) y un incansable amor por los pies, una de las filias erótico-sexuales de Quentin, según se puede deducir por el masivo protagonismo que tienen en sus películas.


Es muy posible que, entre mis 20 ó 25 películas favoritas de todos los tiempos, 3 ó 4 sean las susodichas firmadas por este monstruo del celuloide, discutiéndose “Pulp Fiction” y “Kill Bill” alguno de los primeros puestos (unas veces una y otras veces la otra, dependiendo de cuál haya revisado más recientemente, o de si tengo el “día pistola” o el “día katana”).

Ahora toca cruzar los dedos para que un servidor no haya sobredimensionado equivocadamente sus expectativas respecto a su nueva película, “Inglourious basterds”, cuyas primeras imágenes prometen un nuevo espectáculo de violencia y humor negro como sólo Quentin podría regalarnos.

Plasta, el primate gafapasta (VII)

lunes, junio 01, 2009

Superman in excelsis

Ya he comentado en el Abismo alguna vez (y lo he documentado con fotos), que Superman es uno de los referentes ficticios más importantes de mi vida, tal vez el más importante. Cuando vi la película “Superman” de Richard Donner, a los dos años, mi vida cambió para siempre. Seguramente en algún universo paralelo existe un Jero que no conoció esa película hasta después de la mayoría de edad y cuya vida, por lo tanto, ha estado siempre falta de ilusión y esperanza. Es una suerte enorme saber que, como decía Mari Trini, ése no soy yo.

Al igual que Bill, aquel proxeneta/asesino que David Carradine inmortalizó en el díptico “Kill Bill” de Quentin Tarantino, yo también creo que el concepto de Superman es simple y llanamente irreprochable: un Moisés kriptoniano enviado a la Tierra por sus padres, una pareja de científicos que conocían el fatal destino de su planeta moribundo; un niño que descubre que, gracias a su herencia alienígena combinada con la radiación de nuestro sol amarillo, puede realizar portentos con los que los hombres sueñan desde los tiempos de la más antigua de las mitologías; un hombre, además, que lejos de emborracharse de poder decide emplear sus dones para hacer del mundo un lugar mejor. Superman es el tipo al que quiero como mejor amigo, como padre, como presidente de mi país. Es, desde luego, la persona a la que me gustaría parecerme.


Ok, vale, Superman no existe. Es una ficción pueril inventada para entretener a los niños americanos de la década de los 30 y para arengar a las tropas aliadas durante los años posteriores. También es un potente recurso económico para la editorial DC Comics, un producto mercantilizado y en (demasiadas) ocasiones prostituido, vejado y humillado por toda suerte de analfabetos artísticos y junta-palabras de la más baja ralea.

Muy pocas veces las narraciones protagonizadas por Superman han estado a la altura de su leyenda. Después de un cuarto de siglo como lector de comics puedo contar con los dedos de las manos (y aún me sobran algunos) los títulos protagonizados por la gran S que han conseguido cumplir plenamente mis expectativas. Pese a todo el cariño que profeso hacia el personaje, ninguna obra había conseguido hacer efectivo todo el potencial que yo, desde mi más tierna infancia, he sabido que tenía.


Esa sensación cambió hace tres años cuando, pasando unos días en París, me encontré en una tienda de comics de importación el primer número de “All-Star Superman”, una maxiserie de 12 números escrita por Grant Morrison y dibujada por Frank Quitely (uno de los equipos creativos más espectaculares del mainstream USA, responsable de tebeos tan recomendables como “We3”, “JLA: Tierra 2” o algunos números de “New X-Men”). Aquel primer número me pareció tan jodidamente maravilloso que decidí, por primera vez, seguir una serie en inglés al ritmo de publicación estadounidense. Pese a la fama de dibujante lento de Quitely, nunca imaginé que fuesen a necesitarse 3 años para ver publicados todos los episodios de la colección. Por suerte, los lectores españoles no tendrán que aguantar los continuos retrasos en la salida de cada número porque la editorial Planeta, inteligentemente, decidió esperar a tener todo el material y así lanzarlo al mercado bajo la forma de un lujoso (y barato, en mi opinión) tomo recopilatorio integral como parte de sus novedades para el Salón del Cómic que se celebró el pasado fin de semana en Barcelona. Huelga decir que, pese a haberlo leído ya en inglés, “All-Star Superman” era la novedad salonera más imprescindible (y desgraciadamente para mi bolsillo hay unas cuantas) para el abajo firmante.


A la hora de afrontar las muchas virtudes del tebeo es preferible separarlas en dos bloques: unas puramente objetivas y otras, menos importantes para algunos pero fundamentales para mí, totalmente subjetivas.

Entre las primeras encontramos una trama sólida y bien estructurada, dividida en doce capítulos más o menos autoconclusivos, articulados de forma semejante a las historias de “Sleeper” (Ed Brubaker y Sean Phillips) o “Planetary” (Warren Ellis y John Cassaday). Así, cada uno de los números que componen la serie tiene su presentación, nudo y desenlace, y aborda un aspecto de Superman y su universo. Al mismo tiempo, el conjunto constituye una única línea argumental que tiene a su vez principio y final. Personalmente creo que este tratamiento revaloriza el formato de 24 páginas (en unos tiempos en los que, decompressive storytelling mediante, el comic-book de grapa ha perdido gran parte de su capacidad de satisfacción inmediata en virtud del trade paperback) y siempre he pensado que debería ser el modelo empleado por los guionistas y editores, premiando al lector que sigue una colección mes a mes en lugar de esperar a comprarse el recopilatorio de turno (pudiendo luego hacerlo, como un servidor, por cuestiones de calidad en la edición o simple completismo).

Siguiendo con los aspectos literarios, no es descabellado afirmar que “All-Star Superman” supone uno de los guiones más redondos de entre todos los firmados por Grant Morrison (lo cual no es moco de pavo, teniendo en cuenta que el escocés ha escrito títulos tan recomendables como “Los invisibles”, “El asco” o sus etapas al frente de las series “Doom Patrol” y “Animal man”). El habitualmente excesivo guionista se muestra aquí contenido y certero, pero no por ello falto de esas locas ideas que suelen salpicar sus obras: bombas suicidas con aspecto humano codificadas genéticamente, megantropoides anaerobios diseñados para viajar por el espacio profundo a temperaturas bajo cero, subterranosaurios descendientes de lagartos prehistóricos que se refugiaron en el centro de la Tierra para librarse de la extinción o formas de vida de tungsteno gaseoso que se comunican con lenguaje óptico son algunas de las muchas rarezas que pueblan el universo de “All-Star Superman” (y estos conceptos son más bien de propina; los realmente contundentes es mejor que los descubra cada uno en el propio tebeo). Además, Morrison concede sabiamente a cada personaje su momento de relevancia (el capítulo dedicado a Jimmy Olsen es sencillamente delicioso) y consigue, por encima de todo, que su Superman resulte al mismo tiempo épico y cercano, conviviendo perfectamente sus facetas opuestas de Clark Kent y Kal-El, algo que pocos guionistas han logrado en los 70 años de andadura editorial del personaje.


Respecto al dibujo, sólo consigo encontrar un adjetivo que pueda describir mi impresión sobre el trabajo de Frank Quitely: perfecto. Teniendo en cuenta que Quitely es uno de mis dibujantes favoritos (también dejé constancia de ello aquí), quizás mi opinión parezca de todo menos objetiva. De acuerdo, no lo es. Ni me importa. Habrá quien diga que Quitely no sabe dibujar mujeres (lo cual no es cierto, su Lois Lane es encantadora), o que la anatomía de sus personajes no es biológicamente exacta, pero yo personalmente no conozco a ningún dibujante de tebeos que sepa aunar estilo, composición de página y fuerza narrativa como él (y ya sólo por la escena del Parásito en el número 5 se merece una ovación y un pisito en Torrevieja). Teniendo en cuenta que para completar este tebeo ha tenido todo el tiempo que ha necesitado y que absolutamente todas las páginas de la serie llevan su firma (cosa que no había sucedido en el “The Authority” de Mark Millar o en los “New X-Men” de Morrison), tampoco nadie debería sorprenderse si afirmo que éste es su mejor trabajo hasta la fecha.


Objetivamente, en fin, “All-Star Superman” es un pedazo de tebeo.

Pero, ¿qué lo convierte además en la mejor historia de Superman jamás contada? Entran aquí por fin esas nociones subjetivas que antes comentaba. Y es que si para cualquier amante del comic esta serie es más que recomendable, para los aficionados al género super-heroico y sobre todo al último hijo de Kripton se trata de una lectura imprescindible. “All-Star Superman” consigue aunar en sus doce números toda la mitología del personaje: desde su archi-conocida génesis hasta el enfrentamiento con Doomsday pasando por la ciudad embotellada de Kandor, Bizarro, la kriptonita de colores, la zona fantasma, la quinta dimensión, los años de Superboy en Smallville junto a Lana y Pete Ross, los viajes en el tiempo, Krypto el super-perro, la amistad con Batman y la pertenencia a la Liga de la Justicia, la casa de El, Solaris el tirano solar (visto por primera vez en otro comic de Morrison, “JLA: un millón”) e incluso la fiebre de las esporas escarlatas kriptonianas (que había presentado Alan Moore en el “DC Comics Presents” #85, co-protagonizado por la Cosa del Pantano), sin olvidarnos por supuesto de su longeva enemistad con Lex Luthor, todo ello desligado de las ataduras de la continuidad y presentado en sólo unos cientos de páginas de la forma más pura y sin adulterar que uno pueda imaginarse. “All-Star Superman” representa la esencia concentrada de 70 años de leyenda y supone además una celebración de todos los elementos del género super-heroico tal y como fue concebido tiempo atrás (décadas antes de que el citado Moore y Frank Miller lo deconstruyesen, oscurecieran y ridiculizasen en “Watchmen” y “El regreso del caballero oscuro”, respectivamente). Es un comic alegre y divertido, apto para todos los públicos (sin apenas violencia y totalmente exento de sexo y palabras malsonantes), cargado de buenos sentimientos y una honda humanidad (más allá de su super-humanidad) pero rematado además con tanta inteligencia y elegancia que no importa que uno tenga 15 años ó 75 porque la magia, el sentido de la maravilla, conseguirán deslumbrarlo igualmente.


De la edición española hay que destacar positivamente la presentación en tapas duras y el ingente número de páginas (más de 300) a un precio increíble (tan sólo 20 €), con papel de buena calidad y un tamaño ligeramente superior al habitual en los comic-books (pero muy manejable en comparación con las monstruosas ediciones Absolute). En el lado negativo de la balanza encontramos un par de errores de traducción (de escasa importancia, pero haberlos haylos) y la lamentable ausencia de una de las portadas originales (la del número 6, en cuyo lugar aparece repetida la del capítulo 2). Son errores molestos pero al fin y al cabo intrascendentes, por lo que (aún siendo mejorable) la edición de Planeta pasa el corte satisfactoriamente.


Después de unos meses desencantado con el panorama super-heroico actual (entre Crisis DCeras e Invasiones marvelitas el género no parece levantar cabeza), “All-Star Superman” se ha convertido en la mejor historia de corte fantástico (e incluyo en el saco al cine y la literatura) que he podido disfrutar en mucho, mucho tiempo, y parte con enorme ventaja de cara a encabezar mi lista de tebeos favoritos del año en curso.

No podía ser de otro modo, tratándose del comic de Superman que servidor llevaba toda una vida esperando.

jueves, mayo 28, 2009

Romper un silencio así no tiene perdón

“Romper un silencio así no tiene perdón gracias, esto... ¿cómo empezar? me despierto en un gran estadio un saludo, gracias, esto... ¿Cómo escapar? cuánta vanidad, digo, vida yo propongo un tropezón mira, mamá, sin suerte romper un silencio así no tiene perdón Era 19 de Noviembre y tú soltaste que "lo importante son los goles y no los colores" romper un silencio así no tiene perdón diga lo que diga romper un silencio así no tiene perdón con la cara tropezada ya no hay nada que vender aunque nada tengo que esconder bueno, casi, pero eso no viene al caso yo sólo quería un aplauso gracias, bueno, gracias mira, mamá, sin suerte se parten de risa y encima les pido perdón... mientras el universo ronca ¿no te importa oír mi voz? voz ¿voz? ¿diga lo que diga? romper un silencio así no tiene perdón diga lo que diga.”

[Standstill es otra de esas acertadísimas recomendaciones que cada cierto tiempo me hace KikoCreep. Enganchado como estoy al sonido de Vetusta Morla (mañana tocan en Ourense, por cierto), Creep me pasó “Vivalaguerra”, quinto y hasta el momento último disco de esta formación, sugiriendo que si los madrileños me alucinaban estos catalanes también me iban a gustar. Y lo cierto es que encuentro muchas semejanzas entre ambos grupos, empezando por su vocación de músicos “indie”, la autopublicación de sus trabajos y la voz de su cantante (que a mí particularmente me recuerda mucho a la del vetusto Pucho). Entre las diferencias, una mayor dureza en su sonido (tirando al post-hardcore) y una estructura de los temas compleja y abigarrada que los emparienta también con grupos como The Mars Volta. La letra de ahí arriba (tan bizarra como sugerente) pertenece a la canción “¿Por qué me llamas a estas horas?”, un subidón de endorfinas con el que arrancar un disco que crece a cada nueva escucha.]

miércoles, mayo 27, 2009

Fringe

J.J.Abrams es un señor muy listo. Sabe qué teclas hay que pulsar y qué manos apretar para llevar sus proyectos a buen puerto (comercialmente hablando; cualitativamente la cosa es más discutible). En los últimos meses ha estado muy atareado. Tanto, que ha dejado la dirección de “Lost” en manos “más capaces” (lo cual, de nuevo, es discutible). Además de su revitalización de la franquicia “Star Trek” (de la que ya di mi opinión unos días atrás), hace unos meses se embarcó en la producción de un nuevo y exitoso serial televisivo: “Fringe”.

La primera temporada de “Fringe” consta de 20 capítulos y narra las andanzas de un grupo especial del FBI dedicado a la investigación de sucesos (prácticamente) inexplicables. El referente que viene inmediatamente a la cabeza ante este planteamiento es “Expediente X” pero, al contrario que en aquella, en “Fringe” el “prácticamente” de mi último paréntesis cobra todo el sentido del mundo: los personajes de la serie siempre encontrarán una explicación pseudo-científica (dentro de los amplios límites de la ciencia-ficción, claro) a aquello a lo que se enfrentan en cada episodio. Esto, sumado a la habitual querencia de Abrams por las tramas conspirativas globales y los misterios dentro de secretos dentro de mentiras (al más puro estilo matrioshka), supone un estimulante y adictivo valor añadido a la propuesta.

La producción es vistosa (los presupuestos son muy elevados y eso se nota positivamente), la dirección es efectiva y las premisas argumentales suelen ser siempre atractivas (aunque los guiones de cada capítulo oscilen entre lo mediocre y lo excelente). “Fringe” es, a grandes rasgos, una serie muy divertida y fácil de seguir, con giros argumentales sólidos (aunque rara vez le desencajen a uno la mandíbula) y un acabado formal casi impecable (me chirrían las escenas de acción cuerpo a cuerpo, pero eso es algo a corregir en casi el 100% de series de acción y aventuras que se emiten en la actualidad… si exceptuamos “Lost”, claro).

En el plano negativo encontramos un obvio desequilibrio en cuanto al atractivo de sus protagonistas principales (mientras que el profesor Walter Bishop es un personaje golosina brillantemente interpretado por John Noble, su hijo Peter y la agente del FBI Olivia Dunham, encarnados a su vez por Joshua Jackson y Anna Torv, no consiguen ir más allá de la caracterización de brocha gorda), además de la sensación de que no todos los capítulos que integran esta primera temporada son estrictamente necesarios para el desarrollo de la trama principal (aunque eso no se podrá comprobar, claro, hasta contemplar la imagen de conjunto, ocurra esto cuando ocurra).

Con todo, se trata de una serie cuya primera temporada termina con buena nota y que, si no se pierde demasiado en su propio juego de engaños y mcguffins, puede darnos a los espectadores más proclives a la ciencia-ficción un montón de alegrías en el futuro. Oh, y además tiene una de las cabeceras más elegantes que he visto nunca en una serie de televisión (con un acompañamiento musical sublime, único argumento de peso que a día de hoy he encontrado para comprarme un teléfono móvil con tonos reales… así que me quedaré con mi patata-móvil de toda la vida hasta que la cosa no esté muy a huevo…)

Vampiros escandinavos

Sin ánimo de resultar despreciativo, debo reconocer que hay ciertos países que ni me van ni me vienen. Paraguay, por ejemplo, me da un poco igual; Gabón, otro tanto de lo mismo. No es ningún tipo de xenofobia, lo juro. Simplemente son nombres de sitios que no me dicen nada. Lo más seguro es que sea puritita ignorancia, claro. Pero para insípidos insípidos, los escandinavos. Al menos, desde que dejaron los drakares atados al embarcadero y se pusieron a fabricar mobiliario do-it-yourself. Aún es hoy que no entiendo por qué mi patrona lucense pierde el culo y parte del muslamen por irse a los fiordos a confundirse con la nieve (aunque sé de buena tinta que preferiría pasar frío en la Patagonia). No es que yo sea un ardiente latino tipo, qué va, pero estos norteños me parecen gente gélida y meticulosa, minimalista en prácticamente todo (desde la decoración de su casa hasta su registro de expresiones faciales) y de los que nunca sé si tienen cuerpo por debajo del cuello porque sólo se les ve la cara asomando entre un montón de ropa dispuesta como las capas de una cebolla.

No obstante, como cinéfago que soy intento hacer siempre válida esa máxima maternal que dice que hay que comer de todo, y si “Déjame entrar” tiene una nutrida carrera de premios y elogios a sus espaldas es lógico que me pique el gusanillo y me entren ganas de verla. Incluso aunque sea sueca. Y de vampiros, para más inri.

- No importa. Total, -pensé -viviendo en Santiago de Compostela las probabilidades de poder disfrutarla en pantalla grande son casi nulas.

Pero el destino ha querido que le dé una oportunidad al cine escandinavo, así que la peli se estrenó, doblada (desgraciadamente), en una única sala y en una única sesión, programada al borde de la medianoche (que puede parecer tope vampírico, pero que realmente se debe a que el exhibidor no tiene ninguna fe en su tirón comercial). En fin, que fui a verla, todo sea por los palmareses conquistados y las reseñas de la “Cinemanía”, y tal y cual.

El primer susto llega cuando descubro que no sólo se trata de una peli de vampiros, lo que ya de por sí genera ciertas dudas, sino además de vampiros adolescentes. O casi: los protas tienen 12 años (al menos uno, la otra los aparenta). No pasa nada: el niño, humano él, no es capitán del equipo de fútbol del colegio ni se parece a Zack Effron. De hecho, sufre acoso escolar y fantasea con cargarse a navajazos a los matones que le hacen la vida imposible. La niña, la vampira en cuestión, es su nueva vecina, que ni se parece a una pin-up gotiquilla de Victoria Francés (gracias al cielo) ni habla como si estuviese recitando a William Blake (que es como los guionistas de cine comercial pretenden hacernos creer que se expresan los inmortales).

De terror la peli tiene poco, realmente habla de la soledad y de la necesidad de encontrar cobijo y protección en alguien en quien confiar; hay violencia, y además está cojonudamente bien rodada, pero no es una película de acción. Pasado el primer posible handicap (vampiros sin vello genital), encuentro un “pero” real: la peli es lenta, escandinavamente lenta.

Por suerte hay más cosas que molan: los niños actores están estupendos. Mejor que los adultos, de hecho, aunque de estos tampoco hay queja. El ritmo sigue siendo tortuguil, vale, pero el guión está bien estructurado. Progresivamente, con paso lento pero seguro, uno empatiza con los protagonistas y su drama hasta que, casi acabado el metraje, de golpe y porrazo la peli alcanza unas cotas de lirismo (y unos cojones del tamaño de un cachalote en la planificación de la penúltima escena) que servidor no se esperaba de una pequeña película de vampiros pre-adolescentes. Terminada la cinta me quedo mudo, sin una impresión exacta de lo que acabo de ver. Algo cansado, lo reconozco, y puede que ligeramente tibio por la lentitud del film...

Esa noche llego tarde a casa, me voy a la cama y me duermo, con la peli rondando mis pensamientos. Al día siguiente “Déjame entrar” sigue ahí, inmóvil, en mi cabeza. Y al siguiente. Ahora que la rememoro, cinco días después de haberla visionado, todavía oigo el eco de unos chapoteos de piscina o el código morse al golpear una superficie sólida y se me ponen los pelos de punta.

“Déjame entrar” es una gran película, aunque no demasiado divertida. No creo que la vuelva a ver en breve, pese a la honda impresión que, ahora lo sé, me ha dejado instalada en el cuerpo. Posiblemente sea también la cinta más desoladoramente triste que haya visto en lo que va de 2009. Y sí, es sueca. Mira tú qué cosas…

Oh, y el que crea que es una película con un trasfondo romántico... que se la vuelva a ver.

Haciendo historia


(Y ahora sí, prometido, se acabó eso de hablar de fútbol... como si hubiera algo que añadir, claro...)

Nueva imagen

Ya iba haciéndole falta al Abismo un cambio de look (por mínimo que haya acabado siendo). Desgraciadamente Silvia, una de mis bloggers favoritas, se me adelantó dándole un nuevo aspecto a su bitácora y ahora nuestros lectores comunes (que son, calculo, dos) se creerán que voy de copión, jajajaja... Pues nada, con este enlace lo desmiento.

En fin, ¿os gusta el nuevo look del blog? ¿Y la nueva imagen de mi perfil? Opinions, please...

(Para los más tiquismiquis: ya sé que en pleno disparo la corredera de la pistola debería estar desplazada hacia atrás, pero cuando me di cuenta de que necesitaba poner un foco de luz para hacer el efecto del tiro porque si no la imagen quedaba muy sosa, ya tenía la pistola terminada y me daba pereza rehacerla con el photoshop... Licencia artística, que se llama, jejeje...)

domingo, mayo 24, 2009

Más perdidos que nunca (y sin spoilers)

Hacer aquí y ahora una presentación de “Lost” me parece a todas luces innecesario. Si alguien no conoce aún esta serie le recomiendo encarecidamente que eche un vistazo a la entrada que escribí al respecto hace unos meses (y de la que estoy particularmente orgulloso, aunque ninguno de mis escasos lectores se haya percatado del sutil juego numérico que incluye) y que no siga leyendo esto. No porque vaya a encontrarse en esta reseña algún spoiler (lo cual niego categóricamente: una de las máximas de este blog siempre ha sido la de desvelar únicamente lo mínimo imprescindible de los argumentos de las obras reseñadas para poner en situación a quien esté al otro lado de la pantalla), sino porque no saber a estas alturas qué es “Lost” (siendo tú, quienquiera que seas, lector/a de un blog en castellano tan friki como éste) se me antoja tan disparatado como no tener ni idea de quiénes son Homer Simpson, Son Goku o Mafalda.


Entro por tanto al trapo de la quinta temporada y me olvido de cualquier posible antecedente: la nueva tanda de episodios de “Lost” ha sido posiblemente la peor en lo que llevamos de serie. Los seis primeros capítulos de la nueva entrega son terriblemente flojos, debido principalmente a un cambio radical en el modelo de estructura argumental de cada capítulo (motivado, a su vez, por la particular situación en la que los protagonistas se han visto involucrados a raíz de lo acontecido en la temporada anterior), perdiéndose uno de los valores fundamentales de la serie: el cuidado por los personajes. Al recurrir a una exposición continuada de acontecimientos sin permitir al espectador volver a familiarizarse con el drama que cada personaje lleva consigo, los guionistas consiguen (contra su voluntad, asumo) que de pronto sintamos una distancia respecto a los mismos, viéndolos moverse como pollo sin cabeza por un reguero de escenas en las que apenas tienen voz y voto. El efecto último de todo esto es que al espectador empieza a darle un poco igual lo que les pase a los protagonistas porque ahora los visualiza más como entes ficticios manejados por una corte de guionistas que como seres vivos que respiran, piensan, odian y aman.


Esa incómoda sensación comienza a desaparecer a raíz del episodio titulado “La vida y muerte de Jeremy Bentham” (séptimo de los diecisiete que componen esta quinta temporada), donde de pronto todo vuelve a recordar a esa “Lost” que algunos ya llevamos tanto tiempo siguiendo con absoluta fidelidad. El regreso de la serie a ese estimulante y conocido territorio de lo desconocido viene también ligado a una nueva reestructuración de los engranajes narrativos, asentando a los personajes en un status quo inédito pero sólido que permite, por fin, volver al juego de voluntades opuestas que siempre ha sido el motor de la serie (ya desde un buen principio con la dualidad “hombre-de-ciencia/hombre-de-fe” que determinó sus primeros compases).

Otro de los factores que más determinarán la buena o mala recepción de esta quinta temporada es el hecho de que, asomando ya el final de la serie, ha llegado el momento de ir despejando incógnitas en lugar de seguir planteando rocambolescos enigmas y, como sabe perfectamente cualquier aspirante a filósofo, es mucho más fácil hacer grandes preguntas que encontrar grandes respuestas. Las que los guionistas de “Lost” nos ofrecen en este último (hasta el momento) tramo de la saga pueden no satisfacer a todo el mundo en la medida en que desmitifican y simplifican algunos misterios a los que millones de espectadores han estado dando vueltas durante cinco largos años. Y, obviamente, satisfacer a millones de espectadores es virtualmente imposible.


Pero el gran problema de esta última temporada (y mayor motivo de mi decepción) es que los guionistas, de algún modo, han dejado de respetar la inteligencia del espectador. Por un lado, porque toda la temporada es demasiado lineal en sus explicaciones, reduciéndolas a niveles de comprensión muy asequibles (supongo que para que nadie entre esos millones de espectadores de los que antes hablaba se pierda), cuando hasta ahora “Lost” había sido una serie muy exigente y precisamente ésa era una de sus grandes virtudes. Siempre creí que “Lost” desvelaría sus enigmas de forma sutil, ofreciendo toda la información necesaria para completar el puzzle pero dejando que sea el espectador quien lo monte (sin llegar a los extremos de un David Lynch pero sí a la manera del mejor Grant Morrison). Sin embargo en esta última temporada los responsables de la serie han decidido darnos de mogollón una parte importante de las piezas y además nos han ayudado “demasiado” a emplazarlas en el lugar correcto, asumiendo que nosotros no podríamos.

Por otro lado, esa falta de respeto se hace evidente cuando comienza a verse el andamiaje argumental de la obra y también sus trampas y embustes. Hasta ahora, al menos para mí, “Lost” pertenecía a una clase superior de narraciones en las que la mano del hacedor era imperceptible, en las que todo encajaba por pura lógica interna (por muy enrevesada que ésta fuese) y no por capricho o necesidad. Acontecimientos de la primera temporada eran hábilmente aprovechados en la tercera y cosas de las que uno se había olvidado se volvían fundamentales 50 capítulos más tarde, pero todo parecía pensado y equilibrado y, dentro de la mencionada lógica interna de la serie, funcionaba. Y lo hacía, añado, porque el puzzle se iba construyendo con un margen muy holgado, dándonos una pieza clave en un momento y mostrándonos el hueco que ésta cubre mucho tiempo después, de tal modo que siempre hubiéramos tenido las piezas necesarias para ir descubriendo progresivamente los secretos de la serie. Esa dinámica se pierde ahora (y sobre todo en la season finale, vibrante pero tramposísima) al recibir piezas fundamentales del gran puzzle en el penúltimo minuto y mostrarnos su hueco en el último, siendo totalmente imposible que hubiésemos imaginado su existencia en el minuto antepenúltimo (mmm, creo que acabo de hacer un triple salto temporal…). Que a estas alturas de la serie los guionistas tengan que presentar elementos clave de la historia en el último capítulo de la penúltima temporada me parece una medida muy conveniente para sus propósitos (que son, ni más ni menos, responder como puedan a todos los enigmas planteados hasta la fecha), pero decepcionante desde el punto de vista del espectador, que comprende por fin que nada de esto estaba decidido desde un buen principio o que, si realmente lo estaba, ésta no era la mejor manera de exponerlo.


No obstante, todos estos “peros” no pueden empañar el hecho de que “Lost” sigue siendo, vista de un modo global, la mejor serie fantástica que servidor haya visto jamás, volando a una altura a la que muy pocas producciones televisivas (sean del género que sean) se atreven a surcar los cielos. Está claro que su caligrafía no es la de un “The wire” o unos “Six feet under”, pero tampoco Alejandro Dumas tenía la sofisticación literaria de Borges y aún así qué buenos ratos me hizo pasar el francés con su Conde de Montecristo (o, poniendo un símil que gustaría al mismísimo Hurley, no es posible comparar la grandeza de “El imperio contraataca” con la de “El padrino”, siendo ambas dos obras capitales del séptimo arte).

Con todo, esta quinta temporada no ha estado a la altura de lo que debería haber sido. De la sexta dependerá enteramente que “Lost” sea una cumbre del medio televisivo y de la ciencia-ficción o que se desinfle como un globo y nos deje a muchos con la sensación de que mejor hubiera sido que la Fox la cancelase al final de la tercera temporada por falta de audiencia (y así, claro, se hubiese convertido en leyenda).

No saldremos de dudas hasta dentro de un año…