miércoles, febrero 22, 2012

Sexo y dolor

"(...)
Help me
I broke apart my insides
Help me
I've got no soul to sell
Help me
The only thing that works for me
Help me get away from myself

I want to fuck you like an animal
I want to feel you from the inside
I want to fuck you like an animal
My hole existence is flawed
(...)"

["Closer", de Nine Inch Nails.]


Todos tenemos una relación con el sexo. Ya sea como expresión de un sentimiento, como actividad deportiva o como ausencia, el sexo es algo que forma parte fundamental de nuestras vidas y, hasta cierto punto, las define. Practicamos actividades sexuales (solos o acompañados) con regularidad. Pensamos en el sexo más a menudo de lo que tal vez nos gustaría reconocer en voz alta. Cuando nos presentan a una persona, lo primero que hacemos es valorarla en términos sexuales (me atrae/no me atrae). Sea más feliz o más desgraciada, todos tenemos una historia sexual. Es por eso, en parte, que “Shame” resulta una película tan agresiva con el espectador, tan cercana y al mismo tiempo tan incómoda: porque mete el dedo sin remilgos en una herida que todos tenemos abierta.


El segundo largometraje del realizador británico Steve McQueen (nada que ver con el protagonista de “Bullit”) dibuja el retrato de un adicto al sexo. Brandon Sullivan, un ejecutivo neoyorkino atractivo, culto y educado, es incapaz de contener la voraz lascivia que impregna todas las relaciones que establece con el resto de la humanidad. Su rutina diaria de trabajo y pornografía, masturbación compulsiva, prostitutas y ligues de una noche se verá de pronto amenazada por la presencia inesperada de una hermana pródiga que acudirá a él, desesperada tras una ruptura sentimental, en busca de techo y consuelo.


Lo fácil para McQueen habría sido caer en sensacionalismos telefílmicos; servirse del morbo y los excesos melodramáticos para facturar una película superficial que se vendiese por la vía más rápida, ondeando la bandera del sexo como reclamo comercial. Por suerte no es el caso. Pese a la cantidad de desnudos y escenas de naturaleza explícita que integran el film, el ejercicio de voyeurismo que McQueen propone no se salda con la excitación del espectador, sino con un sentimiento de desasosiego y compasión. “Shame” es un desangelado drama psicológico que no demoniza el sexo sino que revela la naturaleza autodestructiva de la obsesión, y aunque es verdad que tras el visionado del film a uno le apetece tanto darse un paseo por YouPorn como meterse un gin tonic entre pecho y espalda después de ver “Leaving Las Vegas”, la gran tragedia en la vida de Brandon proviene a la postre de su incapacidad para comunicarse con sus semejantes de un modo que no sea exclusivamente sexual. De convertir el sexo en el único lenguaje que conoce para expresarse.


McQueen acierta en el tono, revelándose además en el aspecto formal como un cineasta atrevido que confía plenamente en el material que tiene entre manos: sólo así se explica su afición a los planos largos (larguísimos) que permiten demostrar a los actores su valía, o su sentido postmoderno del montaje (como en la primera secuencia) jugando con el tiempo de la acción, manejando el ritmo con precisión y buscando el crescendo dramático sin abusar de esos efectismos audovisuales que tanto gustan a tipos como Darren Aronofsky. El naturalismo explícito de la cinta incomoda porque se percibe real.


Con todo, es muy probable que la clave para que “Shame” se convierta en el film de culto que está destinado a ser la encontremos en el alucinante trabajo de sus protagonistas. Carey Mulligan culmina aquí una tríada de interpretaciones memorables tras su paso por la lacrimógena y bonitísima “Nunca me abandones” y la violenta y ochentera “Drive”. Su encarnación de Sissy Sullivan, bipolar hermana del protagonista, es enternecedora y fastidiosa, dulce y descorazonadoramente trágica. Mulligan canta “New York New York” en reposado tono de jazz aguantando el paroxístico plano fijo al que McQueen la somete con una capacidad hipnótica que rivaliza con los mejores momentos musicales del cine de David Lynch, pero también ríe con la inconsciente alegría infantil de aquella joven artie llamada Didi que Neil Gaiman describía en “El alto coste de la vida”, y cuando llora te parte el alma.


El máximo reconocimiento se lo merece sin embargo Michael Fassbender, convertido ya en uno de mis actores actuales favoritos. Después de una ascendente carrera que lo ha llevado de secundario prometedor (un espartano apolíneo en “300”, un militar cinéfilo en “Malditos bastardos”) a protagonista a prueba (en el peplum de serie B “Centurión”), el alemán confirmaba en 2011 lo que muchos ya nos olíamos: que va a ser muy grande. Fassbender era, sin dudas, lo mejor de “X-Men: Primera Generación”. Fue también un acierto de casting en la muy estimable última revisión de “Jane Eyre” y una de las más destacables virtudes de la muy virtuosa “Un método peligroso”. Será, una vez más, la contribución interpretativa más interesante en “Haywire”, la última ocurrencia del impredecible Steven Soderbergh (en unos días os hablaré de ella en una de mis reseñas para Nuestros Comics). Y, tal y como acreditaron los miembros del jurado en el último Festival de Cine de Venecia, deslumbra y maravilla en esta “Shame” ofreciendo uno de los mayores recitales interpretativos vistos en pantalla grande en los últimos meses. El alemán sostiene sobre los hombros el peso de una película muy difícil desde el punto de vista dramatico aportando una credibilidad absoluta a su personaje. Lo hace sin recurrir a histrionismos, siendo tan veraz y convincente como sólo una persona real puede serlo. El Brandon Sullivan de Fassbender es una de esas actuaciones perfectas que se dan muy de vez en cuando en el cine (y sobre su incomprensible ausencia en las nominaciones a los Oscar no merece la pena decir nada).


“Shame” es una película magnífica que escarba incisivamente en un territorio oscuro del que todos participamos en mayor o menor medida, y por eso resulta tan amarga y turbadora como cinematográficamente satisfactoria. Y es que, aún tratándose de la mejor película que por ahora nos ha dejado el 2012 (en mi nada modesta pero siempre discutible opinión, por supuesto), posiblemente no sea una de las que más me apetecerá volver a ver en los próximos meses. Porque “Shame”, sencillamente, duele.

7 comentarios:

Mauricio Milano dijo...

Bueno, y ahora... ¿qué hago?
¿La veo o no la veo?

charlie furilo dijo...

Te lo he dicho más de una vez, pero no me importa repetirme: es un gustazo leer tus reseñas. Nuevamente sublime tu prosa, camarada. Lástima no poder aportar nada pues, obviamente, y como tantas otras, no la he visto (ni se cuando la veré). Sólo decir, pese que las pocas películas que he visto de él, Fassbender me parece un actor cojonudo y muy a tener en cuenta en el futuro.

Saludos!!

Jero dijo...

Mauricio: yo te diría que la vieses sin pensártelo dos veces. En este caso, la dureza de la que hablo está más que compensada por la calidad de la película.

Charlie: muchas gracias por el elogio, camarada. Me alegro de seguir manteniendo tu atención con mis entradas :D Fassbender va camino de ser uno de los actores más importantes de su generación y además creo que está eligiendo bastante bien los proyectos en los que se involucra. Lo siguiente después de "Haywire" (en la que sale poco pero deja huella) será la muy hypeada "Prometheus" (que al final igual hasta es mala, pero en principio y como dice su título, promete).

...santo cielo, qué espantoso juego de palabas...

Mauricio Milano dijo...

PD: Ya leí tu post sobre sexo en el marco de tu abecedario personal. Me pareció muy interesante y creo que estaría bueno que, con la misma perspectiva, hicieras una crítica sobre la monogamia. ¿Acaso no es otra de esas ideas que nos venden continuamente en todos los medios? A mi manera de ver, es una convención social. Una mentira tan grande y tan atractiva como lo son, por momentos, las películas porno. Si vamos a volver a lo fundamental y ser 100% honestos, sin verguenzas ni tapujos, deberíamos confesar que por naturaleza somos como esos animales que usaste para ilustrar tu post. Queremos sexo y punto. Nada de compromisos ni otros adornos marketineros.

y OK, la iré a ver.

Un abrazo!

Jero dijo...

Me temo que no soy la persona adecuada para redactar un manifiesto en contra de la monogamia, Mauricio. De hecho, ¿por qué no lo escribes tú? Yo estaría encantado de leerlo.

Ya me contarás qué te ha parecido la película cuando la veas, ¿ok?

Un abrazo para ti también ;)

tenenbaum dijo...

Acabo de ver "Shame" hace apenas unas horas. Ha tenido que ser doblada, sí (es lo que tienen los cines de provincias), pero es de las que vale la pena ver en la pantalla grande. Como en un 90% de los casos, suscribo tus palabras. Fassbender está inmenso y es una película incómoda, que duele, como tú bien has dicho (precisamente por su realismo, porque McQueen no cae en esa exageración extrema de la que pecaba Aronofsky en "Réquiem por un Sueño, por ejemplo). Ya tengo ganas de ver "Hunger", que a buen seguro incrementará mis niveles de envidia sobre un tipo, McQueen, que a los 30 consiguió el premio Turner y a los 40 hace cine con mayúsculas. Que mala es la envidia.

Jero Piñeiro dijo...

Me alegro de que te gustase la peli, Tenenbaum. Creo que algunas personas no la han visto con el estado de ánimo o la amplitud de miras interpretativa que el film requiere y por eso no han conectado con ella (sí, me estoy refiriendo a ese amigo común en quien estás pensando, cuyos descalificativos hacia la cinta me sorprendieron mucho). Yo tengo "Hunger" revoloteando por el disco duro desde hace semanas, a la espera de que encuentre un momento adecuado para verla. Estoy seguro de que será también toda una experiencia, pero últimamente me puede la vena seriéfila y veo poco cine en casa. La sensibilidad fotográfica de McQueen se deja notar en cada encuadre de "Shame", pero también hay una postura claramente artística en su negativa a resolver cada escena de una forma más convencional; en buscar un modo de otorgarle una personalidad propia al discurso audiovisual que utiliza para narrar la historia.