domingo, noviembre 14, 2010

No diga "friki", diga "posmoderno"

Pese a mi evidente juventud, muchas cosas han cambiado en nuestra sociedad desde los días de mi infancia. Una de las que más me llaman la atención, en el terreno cultural, es la integración de los videojuegos en la vida diaria de millones de personas. Cuando yo tenía 10 años ninguno de los demás niños de mi clase tenía consola. Yo acababa de estrenar mi flamante Super Nintendo (¡el “cerebro de la bestia”!) y pasaba con mi hermano las tardes del fin de semana (de lunes a viernes teníamos vedado su uso, no fuera a interferir en nuestras obligaciones estudiantiles) dándole caña al “Street Fighter II”, el “Super Mario World” o -ay- mi añorado “Super Castlevania IV” (en cuanto pise Galicia y me enchufe al “Lords of Shadows” de la X-Box 360 vais a perderme de vista durante una buena temporada, jur jur jur). El caso, en fin, es que por aquel entonces yo ya era, en mi entorno más inmediato, lo que se conoce como un friki. Oh, la palabra aún no se había popularizado, claro, pero el concepto era básicamente el mismo: una persona que debido a sus gustos no encaja dentro del (mal entendido) concepto de normalidad de sus semejantes.


Conste que yo nunca me he sentido especialmente friki. Tampoco entiendo la necesidad de establecer una suerte de orgullosa militancia al respecto. Me gusta lo que me gusta y trato de disfrutarlo sin complejos, pero no creo que eso me acerque más, humanamente, a otras personas que también encuentren atractivos medios como el comic, el cine o la música. Sólo son aficiones, compartidas por más o menos gente. Puestos a establecer etiquetas innecesarias, prefiero que se me considere “un tío con inquietudes de lo más diversas”. Y, lo que es más, lo que hoy se antoja reducto de unos pocos (ejem) “visionarios culturales”, mañana puede ser opio para las masas. El caso de los videojuegos, la industria del ocio con mayores ingresos del mundo hoy por hoy, superando ampliamente a la música y el cine (¡juntos!), es un perfecto ejemplo de ello.


Otro tanto sucede, aunque en menor medida, con el boom del tebeo japonés. Cuando yo empecé a leer mangas, a principios de la década de los 90, aquello era el súmmum de lo raruno. Tanto, que la mitad de las cosas que me interesaban tenía que encargárselas a mi primo Mon, que acababa de mudarse a Madrid, porque al kiosco de mi pueblo apenas sí llegaban la serie blanca de “Dragon Ball” y las primeras miniseries de Viz Comics. Hoy en día, no obstante, los festivales de comic son auténticos hervideros de fanáticos del manga que acuden tan campantes disfrazados como los protagonistas de “Naruto”, “Bleach” o “Death Note” y se saben las letras (¡en japonés!) de los openings de sus animes favoritos.


(Por cierto, y sólo para que conste: en ninguno de los salones del comic en los que he estado JAMÁS me he encontrado cosplayers como las de la foto)

Pensaréis: “¿a dónde quieres ir a parar con todo esto, Jero?” Oído, cocina: al grano.


Hace 17 años, cuando yo era uno de los dos niños de la pequeña villa de Pontedeume que leía mangas y flipaba con su consola de 16 bits, el estreno de una película como “Scott Pilgrim contra el mundo” era total y absolutamente inimaginable. Los referentes culturales esgrimidos por la cinta de Edgar Wright (adaptación del tebeo de Bryan Lee O'Malley del que ya hablé hace un tiempo en este blog) aún no habían sido aceptados popularmente, por lo que, básicamente, de haberse estrenado entonces nadie la hubiese entendido.

“Scott Pilgrim contra el mundo” es una peli rematadamente friki, sólo apta para menores de 35 años o mayores acompañados por un adolescente.


Su argumento, que traslada el del comic a la gran pantalla con una fidelidad encomiable pero sin caer en la confusión entre códigos narrativos (Zack Snyder y Robert Rodríguez deberían tomar papel y boli y coger apuntes de la lección que Wright aquí les ofrece), presenta a un veinteañero llamado (efectiviwonder) Scott Pilgrim que toca el bajo en una banda de rock cutre y que acaba de iniciar una relación sentimental con una colegiala china de 17 años algo pardilla llamada Knives Chau. No obstante, su vida dará un vuelco cuando conozca a Ramona Flowers, la chica de (literalmente) sus sueños. El problema es que para poder salir con ella deberá no sólo arreglar su situación actual con Knives, sino vérselas con el turbulento pasado de Ramona, que incluye a siete ex novios dispuestos a hacerle la vida imposible.


“¿Qué tiene eso de friki?”, os estaréis preguntando ahora. El hecho, mis incrédulos (y escasos) lectores, es que tras esta vulgar trama romántica de chico-conoce-a-chica se esconde una bizarra fusión de géneros tan dispares como las artes marciales, la comedia surrealista, el cine fantástico más improbable y (oh, sí) el musical. Nunca puede faltar el musical. Todo ello sazonado con onomatopeyas al estilo de la serie televisiva de “Batman” de los 60 (inciso: he aquí una pequeña alegría para pornófilos nostálgicos) y un lenguaje audiovisual directamente heredado del anime nipón y los videojuegos. Reconozco que ya sólo por eso “Scott Pilgrim contra el mundo” se habría ganado el derecho a ser disfrutada sin complejos por parte de un servidor.


Por suerte, la película ofrece además contundentes valores cinematográficos: su reparto cumple holgadamente con los parcos requisitos dramáticos que la trama exige, la dirección es ágil y está plagada de recursos visuales sorpredentes y el ritmo narrativo explota de forma audaz el habitualmente esquivo tempo del gag cómico (siempre he creído que se tiende a infravalorar la capacidad de un buen realizador para planificar temporalmente un sketch audiovisual). Añadiendo a la receta unos títulos de crédito hipnóticos, unos deliciosos flashbacks dibujados por el propio O'Malley, unas gotitas de metalenguaje (la escena alla sit-com es toda una sorpresa) y uno de los mejores ejercicios de montaje que he visto en sala grande este 2010 (compitiendo, al respecto, con pesos pesados como “La red social” o “Inception”), comprenderemos que, más allá de su atractivo estrictamente subjetivo (ese carro de nostalgia friki del que antes hablaba), “Scott Pilgrim contra el mundo” es, simple y llanamente, una película muy recomendable.


Con todo, es preciso rebuscar en el baúl de la imparcialidad para no dejarme en el tintero, cegado por su conexión directa con las filias de aquel niño de 10 años que un día fui, algunos pequeños defectos que resulta inevitable mencionar: la cinta se alarga excesivamente en su tramo final, donde las peleas estilo beat'em up se suceden infatigablemente bordeando la saturación (7 ex-novios malvados no parecen demasiados para un tebeo de 1.000 páginas, pero para 110 minutos de celuloide tal vez sean excesivos); el final carece del impacto emocional que sí tenía en el comic (después de todo lo visto, la última escena me resultó algo fría), y Michael Cera y Jason Schwartzman, pese a su obvio magnetismo en pantalla, no son los Scott Pilgrim y Gideon Graves de los comics. Esto no es tanto un defecto en sí mismo como una pequeña apreciación: son otros, tal vez no mejores ni peores, pero sí diferentes.

De todos modos, cualquiera de estos mínimos “peros” queda eclipsado por el descacharrante cameo de Thomas Jayne, los cínicos diálogos de Wallace (el compañero de piso gay de Scott, interpretado por Kieran Culkin) o todos los inesperados añadidos (e inteligentes recortes, algo casi igual de importante) que Wright ha hecho al material de partida.


No puedo dar por concluida esta entrada sin mencionar un hecho fundamental para el buen disfrute de “Scott Pilgrim contra el mundo”. Si vais a verla, hacedlo en versión original subtitulada. Yo la vi doblada en el cine y luego me hice con una copia en inglés (con buena calidad: debido al inexplicable retraso con que se ha estrenado en nuestro país, en EE.UU. ya han tenido tiempo de sobra para editarla en DVD y Blu-Ray) y la diferencia es abismal. No quiero cargar contra la ingrata labor de traducir un libreto tan repleto de juegos de palabras y gags verbales, pero lo cierto es que la mitad de las coñas se pierden en la traducción (¿"Peque Neil"?, ¡por dios!). Yo, que siempre he defendido el visionado en cines antes que cualquier forma de piratería indiscriminada, abogo esta vez (dada la no disponibilidad de copias en V.O.S. en las salas de Madrid y, asumo, de prácticamente toda España) por la utilización de otros canales para su disfrute. “Scott Pilgrim contra el mundo” bien lo vale.

9 comentarios:

David dijo...

No he leído el cómic... Y la peli no es que me interese mucho, aunque es la segunda buena crítica que leo (la primera fue en Rodeado de papel...aquí leí la tuya de La red social y luego allí la suya...ahora ha sido al revés).
Yo fui "friki" antes que tú, pero suscribo lo que dices en tu texto (gustos, nada más, nada de lo que sentirse orgulloso ni avergonzado tampoco)... y como bien dices, aún no existía el término.
Un saludito.
PD: Esto de empezar hablando de una cosa para terminar en otra tenía copyright de Nemo, me parece. Pregúntale.

Anónimo dijo...

Yo tampoco he leido el cómic y ahora, recién vista la película, me entran ganas, la verdad...
Supongo que para el "gran público" es más grato digerir 2 horas de celuloide pero, quizás, para algunos (siempre y cuando asumamos que esta historia está hecha por y para "frikis") es más pertinente disfrutarla en su versión original. Y me refiero al lenguaje del cómic. No he visto la película doblada, por advertencia del médico ;)

Respecto a la cuestión de la identidad y orgullo "friki", el "problema" que padece esta película y, presumo, el cómic en que se basa, es que (y no sé si te habrá pasado a ti también) algunas de las muchas sonrisas que me provoca contienen una dosis de vergüenza propia/ajena, similar a la que me producen "The IT Crowd" o "The Big Bang Theory". Antes de popularizarse el término "friki", los personajes y "héroes" de los productos que este tipo de público consumíamos no se vanagloriaban de su propio patetismo y aislamiento (como la protagonista de ese otro cómic adaptado al cine: "Ghost World"). Parece que el prototipo "friki orgulloso de serlo" se ha puesto de moda, como tantas otras etiquetas en esta pasada década. Siempre he tenido fobia a las etiquetas, y no es por nada, pero si tengo que posicionarme por exigencias del contrato social, me niego a hacerlo en un grupo que se encuentra "tan abajo en la cadena alimenticia"...

La porca {x_x}

Jero dijo...

David: de hecho Hitchcock aún le debe a Fran sus royalties por el guión de "Psicosis", ¿no? Sugiero que bauticemos este recurso como el "McNemo", jejeje...

Porca Anónima (y también David): el comic de "Scott Pilgrim" tiene carisma y desparpajo y conecta conmigo a un nivel muy primitivo de filias frikis, pero probablemente no deba ser recomendado como un GRAN comic porque no lo es, y luego vienen las decepciones. Además, a todo aquel que no maneje (o le tiren de un pie) los referentes con los que juega O'Malley le parecerá una absoluta pérdida de tiempo. Enlazando con lo que dice la Porca, podríamos considerarlo el "The Big Bang Theory" de los comics. Te hace pasar un buen rato, sí, y puedes verte en un fin de semana una temporada entera porque es ligerita y no te hace comerte el coco, pero cuando piensas en una GRAN serie no es, ni por asomo, tu primera opción. Para eso están "Los Soprano", "Six feet under", "The Wire" o "Deadwood".

Además, el comic no es más innovador en cuanto a su uso del lenguaje gráfico de lo que la peli lo es en el terreno cinematográfico. Ni uno ni otro inventan realmente nada. Otra cosa es que manejen con soltura (el comic a partir del 3er o 4º tomo) algunos recursos muy efectivos.

(continúa)

Jero dijo...

Sobre "lo friki": yo creo que ser friki no es una cuestión de gustos, sino de actitud. Del mismo modo que hay futboleros fanáticos que se pintan la cara con los colores de su equipo, tienen su escudo bordado en toda su ropa interior y berrean insensateces en el estadio, pero también hay muchos otros que disfrutan sin más del juego (alegrándose con las victorias de los suyos, claro, pero sin que eso vaya a determinar el resto de su día) y son tan o más conocedores de los entresijos de este deporte que los anteriores; también creo que hay gente a la que le puede la pasión (y se disfrazan para el estreno de la nueva película de su saga favorita o le declaran la guerra a los seguidores de una editorial de comics que rivaliza con la que ocupa un lugar importante en su corazón) y aficionados a la música, el comic, la literatura, el cine o los videojuegos que tienen clara su escala de valores y que no sobredimensionan esta faceta de su vida.

A mí, gustándome mucho según qué temas, me aburre soberanamente estar horas y horas hablando sobre lo mismo, día tras día, como si fuera lo único importante sobre la faz de la Tierra. He estado en quedadas de fans realmente soporíferas, donde lo único que me apetecía era dejar de hablar de pelis de serie B y tebeos de John Constantine y echarme unos bailes por la zona de bares de la ciudad. Todas estas formas de expresión artística le dan alegría a mi vida, pero NO SON MI VIDA. Las trato en este blog porque me divierten (algunas incluso me apasionan) pero ni pretendo darles más importancia de la que tienen ni creo que deba enorgullercerme (o avergonzarme) de mis gustos.

El asunto del Día del Orgullo Friki me repatea especialmente. Obviamente, su fórmula deriva del Día del Orgullo Gay, colectivo que ha sido perseguido, prohibido, vilipendiado, ridiculizado y sometido durante siglos y que, como movimiento, debiera luchar por alcanzar un status de total igualdad (otra cosa es el carnaval grotesco en que se ha convertido su fiesta internacional). Los frikis sólo son gente a la que les gustan unas cosas en concreto, que siempre han tenido el derecho de disfrutarlas en el marco de la legalidad y contra los que no se han cometido injusticias mayores que pegarles collejas en el patio del recreo (y mira que yo he recibido muchas, ¿eh?) y ligar poco durante los años de instituto. Menudo drama, ¿no?

Si ser friki es tener "Star Wars" por poco menos que una religión e intentar impresionar a las chicas con tu dominio del idioma élfico, yo prefiero quedarme al margen. Muy al margen. Y lo que más me escama: ¿cómo es que hay tantísimos fanáticos de los super-héroes que se hacen pajotes releyendo sus Batmans, Flashes y Thores, que idolatran a estos portentos físicos pero no corren que se las pelan, aprenden artes marciales o tiran pesas como condenados? ¿Por qué el paradigma estético del friki de libro sigue siendo el tío de La Mazmorra del Androide o Sheldon Cooper y no Chris Evans o Ryan Reynolds?

tenenbaum dijo...

De nuevo buena crítica. El sábado pasado la vi en V.O. (eso si, en casita, porque aquí no hay cine en V.O.) y me gustó, aunque a veces iba tan rápido que me costaba pillar cosas. El momento homenaje sitcom a Seinfeld me encantó y cuando se pone a tocar al bajo la música de un videojuego (el Zelda creo). La peli me gustó en general, aunque al final se me hizo un poco lenta y a Schwartzman (¿lo he escrito bien?) no lo soporto desde hace tiempo. Tengo curiosidad por ver como es el cómic, pero no por hacer comparaciones odiosas.
Respecto al término frikismo no sé que decirte. Yo en mi infancia tenía una Atari 2600 y mis afortunados amigos tenían la NASA (copia pirata de la Nintendo con el Mario pirata y el Contra como máximos estandartes), así que imagínate...

David dijo...

Díos mío... no he podido con tu comentario.. Lo he dejado en El asunto del Orgullo friki... pero si es casi más largo que el post..pero lo que he leído hasta ahí me ha gustado mucho y estoy bastante de acuerdo (aunque a mí lo de bailar como que no, y seguiría la charla o trataría de cambiarla hacia algo en lo que los demás colearan y poder dar yo la vara (ja,ja))

Jero dijo...

Tenenbaum: el juego era "Final Fantasy II" (al menos la que menciona explícitamente), aunque lo cierto es que en el duelo de bajos con el ex-novio vegano tocan alguna canción que me sonaba, así que igual una de ellas era la del "Zelda". Con Scott Pilgrim nunca se sabe, jejeje... Mi hermano y yo también tuvimos la Atari 2600 antes que la Super NES, pero lo cierto es que para mí el auténtico despertar consolero vino con los tres juegos que cito al principio de la entrada, jejeje...

David: es un problema que tengo. Me temo que a veces mis comentarios están demasiado "enriquecidos", jejeje. Creo que sufro de incontinencia literaria... Por otro lado, supongo que eso los revaloriza, ¿no? Creo sinceramente (y sin atisbo alguno de falsa modestia) que algunos de los textos más interesantes de mi blog están en los comentarios, como en este caso (¡autobombo!):

http://elabismotedevuelvelamirada.blogspot.com/2010/10/si-dios-existe-espero-que-tenga-una.html

(Hala, si no te llegaba con el comentario que no has sido capaz de terminar en esta entrada, toma dos tazas, jajaja...)

Anónimo dijo...

Ya te he respondido al email, por cierto.

La porca "again" {x_x}

David dijo...

Ja,ja...Vale. Ya pasaré a ver qué tal esa entrada... y esos comentarios.