martes, septiembre 08, 2009

Si parece mierda, huele a mierda y sabe a mierda...


Tengo que empezar a cambiar algunas de mis costumbres. Como, por ejemplo, la de ir al cine al menos una vez a la semana (por eso de que es uno de mis mayores placeres en la vida y que en casi ningún sitio me siento tan en casa como en una sala de proyecciones a oscuras). Resulta que esa aparentemente sana afición (pese a lo que duela en el bolsillo, claro), al igual que el sueño de la razón, produce monstruos. El último ha sido la coprófaga experiencia de ver “Gamer”.

Porque, más allá de cualquier indulgencia posible, “Gamer” es una puta mierda.

Sus directores, Mark Neveldine y Bryan Taylor (artífices de “Crank” y su secuela, dos que ya no pienso ver ni a punta de pistola), tienen el sentido narrativo de un simio epiléptico atiborrado de mescalina. Las escenas de acción de “Gamer” son una auténtica afrenta al oficio de montador cinematográfico, además de un constante desperdicio de presupuesto (esas explosiones) y tomatina (ese gore para impresionar a quinceañeros).

Los muchachos, auténticos hombres del Renacimiento, son también guionistas del esperpento. No se sabe si por tecnofobia u oportunismo, el argumento nos presenta un futuro próximo en el que los reality shows y los simuladores de vida (a lo “Second Life”) se han fusionado en “Slayers”, un programa de televisión en el que presos condenados al corredor de la muerte son controlados a distancia (como en un videojuego) por jugadores con estatus de estrellas mediáticas.


Se ve que el control mental es un tema de moda en la ciencia-ficción actual. Mientras Grant Morrison recupera la fórmula de la Antivida para tomar el control de los habitantes de la Tierra en su estupendo crossover (y yo que creí que esas dos palabras eran un oxímoron) “Crisis Final” y Joss Whedon hace lo propio en el capítulo perdido de “Dollhouse” (“Epitaph one”, que pasa por ser el mejor de la primera temporada), Neveldine y Taylor deciden no andarse con sutilezas (por eso de no pensar demasiado) y hermanar su película con “Perseguido” y “La carrera de la muerte”, otorgarle la profundidad dramática de una partida de “Quake” y meter en el berenjenal a Gerard Butler (poniendo cara de chungo) y Michael C. Hall (pasadísimo de vueltas), dos intérpretes a los que uno esperaría encontrarse aspirando a algo mejor (al menos el segundo, que tan buenos momentos nos hizo y hace pasar en “Six feet under” y “Dexter”).


Como el guión tiene tres líneas y no da ni para 60 minutos de metraje, los realizadores se inventan una trama romántica de A-B-C (¡con hija perdida, madre de Dios!), una red social de porno soft (con los mismos mimbres Takashi Miike hubiera conseguido revolvernos las tripas a todos, pero estos genios del Noveno Arte se conforman con que los pajilleros adolescentes piensen “¡wow, tetas!”) y hasta un número musical que, por ridículo e inesperado, termina convirtiéndose en lo mejor de la cinta.

En resumidas cuentas: “Gamer” me ha hecho perder casi dos horas de vida y más de mil de las antiguas pesetas (¡con ese dinero podría haberme comprado una tarrina grande de helado Haagen-Dasz!). Está claro que las circunstancias del panorama cinematográfico actual exigen algo más de criterio a la hora de elegir sala…

2 comentarios:

charlie furilo dijo...

Pues gracias a ti, y otros con críticas en la misma línea, me voy a ahorrar la pasta y el sufrimiento, o a lo mejor me compro un Haagen-Dasz de Cheese Cake con frambuesa, ay! que rico....

Jero dijo...

Y bien que harás en pasar de "Gamer". El de cookies & cream de Haagen-Dasz también es una buena opción...