sábado, enero 16, 2010

Star Wars Burlesque

Atónito me acabo de quedar al descubrir en Zonafandom la existencia de un club de Los Angeles que, entre sus muchos espectáculos, organiza un show para adultos inspirado en el universo de “Star Wars”. Las fotos lo dicen todo:





Yo por mi parte puedo imaginarme perfectamente a ciertos individuos (cuyo nombre no voy a mentar, jajaja) izando la mayor mientras le buscan el “lado oscuro” a Stormtroopers como ésta:


Vivir para ver, que se suele decir…

Primera persona del plural

“Me sentí a mí mismo. Ahora bien, sentirse a sí mismo, tener conciencia de la propia individualidad, es lo que le ocurre a un ojo irritado, a un dedo infectado, a una muela que duele. Un ojo, un dedo o una muela sanos no se sienten. ¿No está claro, pues, que la autoconciencia es una enfermedad?”

(“Nosotros”, Evgueni Ivánovich Zamiátin)


La distopía o anti-utopía es un subgénero de la ciencia-ficción que surge como antítesis de la utopía acuñada por Tomás Moro en su obra “Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía”, publicada en 1516. Mientras la utopía hace referencia al lugar donde todo marcha a la perfección (en términos sociopolíticos y económicos), la distopía presenta una sociedad retorcida e “indeseable en sí misma” (de acuerdo a la definición que le otorga Sergio Hernández-Ranera). Lo habitual en la literatura distópica es que exista un estado totalitario que somete a un pueblo culturalmente indefenso, cuyas libertades individuales han sido dinamitadas en favor de un mal llamado “bien común”. Quizás las más célebres distopías del siglo XX sean “Un mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley, “1984” (1949) de George Orwell y “Fahrenheit 451” (1953) de Ray Bradbury. Las cuales, por cierto, son tres de mis novelas favoritas de todos los tiempos (destacando, como afirmaba hace un tiempo, la de Orwell sobre las demás).

Es un hecho poco conocido, sin embargo, que estos tres autores bebieron de una fuente común que les sirvió de inspiración para sus obras más celebradas. Se trata de “Nosotros”, una novela fechada en 1920 que vino a establecer de forma definitiva el tono y características principales del subgénero distópico, más allá de los primeros ejemplos debidos a H.G.Wells (“La máquina del tiempo”, 1895) o Jack London (“El talón de hierro”, 1908).

El autor, el ruso Evgueni Ivánovich Zamiátin, no vivió para ver su novela publicada en su propio país. Escrita en el exilio al que se vio forzado por las controversias que sus obras suscitaban en la Unión Soviética stalinista y publicada primeramente en inglés, no fue hasta 1988 (año en que también el Gran Hermano de Orwell hizo pie por primera vez en la URSS) que “Nosotros” tuvo su primera edición en ruso.


Es fácil reconocer en la novela de Zamiátin los elementos que posteriormente marcarían también las ficciones de Huxley, Orwell y Bradbury. El argumento nos presenta a D-503, un ingeniero aeroespacial cuya misión es construir una nave que exporte a otros planetas el orden perfecto del Estado Único (en el cual todas las personas están designadas con números, pues viven en una sociedad regida por una férrea estructura de base matemática que desdeña la fantasía y el amor). Todas las construcciones arquitectónicas del Estado Único están fabricadas con un material transparente y vidrioso que permite en todo momento ver lo que ocurre en su interior, mientras que la ciudad (la unidad geográfica total del Estado) está rodeada por un infranqueable muro del mismo material que la separa de la verde frondosidad del salvaje mundo exterior.

Escrita como diario personal de D-503 (pensado para ser entregado a las futuras razas extraterrestres colonizadas como muestra de las bondades del Estado Único), “Nosotros” tiene en el lenguaje matemático una de sus principales herramientas literarias. D-503, un número (en ningún momento se refiere a sí mismo como persona) guiado por las consignas de las Tablas de la Ley (el código moral del Estado Único) y fiel al Benefactor (una suerte de proto-Gran Hermano escogido democráticamente de forma unánime en unas elecciones donde no hay más candidatos), emplea frecuentemente expresiones algebraicas para referir sus opiniones, dudas (designadas como X) e incluso aquello que es incapaz de concebir (representado por los números imaginarios, cuya unidad es la raíz cuadrada de -1). Por supuesto, su vida dará un inesperado giro cuando conozca a I-330, un número femenino que pondrá patas arriba todo aquello que D-503 creía saber sobre sí mismo y sobre el Estado Único.


Después de tanto tiempo teniendo el “1984” como novela de cabecera, me resulta difícil digerir el hecho de que gran parte de lo planteado por Orwell ya estaba presente en “Nosotros”. Por supuesto, ello no invalida el trabajo del periodista y escritor inglés, a mi juicio más redondo desde un punto de vista conceptual y estilísticamente mucho más preciso y disfrutable (quizás sea consecuencia de una traducción problemática, pero lo cierto es que en ocasiones la prosa de “Nosotros” me resulta críptica e inconexa). Sin embargo, y en honor a la verdad, es necesario reconocer que “1984” no es sino una perfeccionada versión 2.0 de la obra de Zamiátin.

Sí es llamativa la diferencia entre los puntos de partida que toma por un lado el Estado Único de “Nosotros” y por el otro el régimen del Gran Hermano en “1984”. Mientras en la primera todo proviene del taylorismo como modelo productivo y del cristianismo como verdad única e incuestionable, el futuro vaticinado por Orwell es un claro reflejo de sus opiniones sobre la decadencia del comunismo soviético (algo que no está tan claro como pudiera parecer en la obra de Zamiátin). Y, aún así, ambas visiones parecen encajar como un guante con la actual degeneración del llamado estado moderno (tanto da que se mire a la Inglaterra gobernada por Margaret Tatcher, a los EE.UU. de las eras Reagan y Bush o a la pesadillesca Corea del Norte de Kim Jong-Il). Un estado que recorta libertades individuales en favor de la seguridad colectiva y que embriaga a sus habitantes con falsos credos de autoafirmación nacional y unidad comunal que impiden que el yo alce la voz para subrayar lo diferente (y en este mismo saco podríamos meter el “soma” de “Un mundo feliz”, claramente relacionado con la moderna y cegata sociedad de consumo).


Quienes estén acostumbrados a los futuros anti-utópicos tan presentes en las obras de ficción del siglo XX y principios del XXI ( “La naranja mecánica”, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, “V de Vendetta”, “La fuga de Logan”, “THX 1138”, “El dormilón”, “Brazil”, “Gatacca”, “Equilibrium”, “BioShock”… y así ad nauseam) no encontrarán en “Nosotros” grandes diferencias respecto a lo que ya hayan visto o leído una y mil veces, pero en el caso concreto de la novela de Zamiátin es imprescindible un entendimiento retro-histórico, sabedores de que fue el ruso quien asfaltó la carretera por la que el resto de distopías discurren ahora a toda velocidad.

Ése es un reconocimiento que “Nosotros” se ha ganado sobradamente.

jueves, enero 14, 2010

Así me ven mis amigos

Acabo de enterarme de que mi amigo Villaviciosín ha empezado un webcomic de colegueo protagonizado por mi pandilla de la universidad y que la segunda tira está centrada en mi persona. Debo añadir que no solamente ha dado en la diana con mis obsesiones ociopáticas, sino que se ha pasado de adulador, jejeje... ¡Gracias, maestro!

miércoles, enero 13, 2010

Ni frío ni muerto


[Debo reconocer que en estos días de frío, lluvias y nieve, tengo el ánimo considerablemente más bajo de lo habitual. Soy un ser reptiliano que disfruta del sol y del calor, que aborrece tener que poner más mantas en la cama o meterse una camiseta interior por debajo de la de rigor y del jersey de punto (porque tal y como está el tiempo, de sudadera nada, monada). Lo dicho: que el clima afecta a mi estado de ánimo. Por suerte, llevo una temporada (concretamente desde que la Srta. Imantada me advirtió de su existencia) disfrutando de la música de Explosions in the sky, un grupo de post-rock que conjuga la épica con el intimismo, consiguiendo que uno realmente llegue a creerse el título del álbum con el que estos días me voy siempre a sobar: “The Earth is not a cold dead place”. Honestamente, no sé si se trata de un disco triste o alegre: supongo que es la clase de música que tiene un significado diferente para cada oyente. Ahí estriba, en parte, su grandeza. No he puesto ninguna letra porque, siendo un álbum instrumental, obviamente no la hay; pero sí voy a dejar un par de temas enlazados para que podáis disfrutar del talento de estos jóvenes tejanos: “Six days at the bottom of the ocean” y “Your hand in mine”. Acojonantes.]

martes, enero 12, 2010

Unas palabras sobre "Avatar"

Llegados a este punto, casi se antoja ridículo colgar otra reseña más de “Avatar” que se sume a los chorriticientos millones que ya pueden leerse en internet. Hace casi un mes del estreno de la última megaproducción de James Cameron y, por una simple cuestión de estadística, es harto probable que tú ya la hayas visto y que no haga falta que llegue un servidor a convencerte de que pagues (o no) el billete de entrada al mundo de Pandora.


Por consiguiente, paso muy por encima por aspectos argumentales (ex-marine inválido contratado con la misión de infiltrarse en una comunidad alienígena utilizando un cuerpo controlado telepáticamente denominado “avatar”) o de contextualización (tecnología que hace que te sude el ojo del culo para crear los mejores gráficos generados por ordenador de todos los tiempos; empleo supuestamente revolucionario del 3-D; una década de pre-producción y no-sé-cuántos cientos de millones de presupuesto ya recuperados, sobradamente, en recaudación), para lanzarme directamente a lo que estáis esperando aquellos que, supongo que por pura curiosidad, aún seguís leyendo esta entrada: una valoración.

Quienes sostienen que “Avatar” tiene un guión sencillo, esquemático y previsible, emparentado sin sutilezas con “Pocahontas”, “Bailando con lobos”, los viejos tebeos de “Metal Hurlant”, el cine de Miyazaki (¿o acaso no es Neytiri lo más parecido a una Nausicaä en pantone azulado?), el relato “Llamadme Joe” de Poul Anderson, etc., etc., etc., tienen toda la razón del mundo, peeeeeero… eso no quita para que un servidor haya vibrado, reído, flipado y se haya emocionado con la película.


¿El motivo? Cameron no es un gran argumentista ni dialoguista ni nada que tenga que ver con escribir, pero es un jodido maestro en eso de narrar, y consigue suplir con la fuerza de la imagen la posible simplicidad dramática de su propuesta. Y no me refiero a los fuegos de artificio, el 3-D, las razas imposibles o los vuelos de banshee (todo eso está muy bien, claro, pero no hace por sí solo una película), sino a ese caballo alienígena en llamas cruzando la pantalla a cámara lenta, al turbador plano de las piernas desnudas de un desvalido Jake Sully o a esa “piedad interracial” que escarba en la definición misma de la palabra “amor”. También a conceptos como “ritmo”, “composición” o “fluidez narrativa” (hacía años que no veía una batalla tan bien resuelta en pantalla), piezas fundamentales en el mecanismo de un buen blockbuster.


La sensación principal que se me ha quedado instalada en el cuerpo tras el visionado de “Avatar” (de eso ya hace una semana, con lo cual ya no puede achacarse a la sobredosis de píxel) es el de haber asistido a un film palomitero ejemplar: una película de marcado carácter fabulístico pensada para todas las edades y espectadores, semejante en pretensiones a los clásicos Disney (a día de hoy me siguen alucinando cintas como “Aladín”, “La Bella y la Bestia” o “El Rey León” por muy maniqueas, simples y previsibles que puedan ser) o a las hazañas mitológicas de los héroes greco-romanos. Creo que la palabra adecuada es “atavismo”, pero sospecho que alguno interpretará que la utilizo en relación al mensaje primitivista/ecologista de la peli, lo cual no es del todo cierto.


Al respecto del obvio tufillo new-age de “Avatar” debo reconocer que, si bien el fondo de la cuestión ya ha sido abordado/manoseado mil veces antes (con desigual fortuna), hay particularidades de la cinta de Cameron que me parecen bastante interesantes, como por ejemplo la concepción del planeta Pandora como un sincitio funcional (lo cual legitima esa “intervención natural” que en manos menos capaces hubiera resultado tan cursi como irrisoria) o esa explicación del hermanamiento Na’vi con la naturaleza gracias a unos prácticos puertos USB orgánicos que permiten establecer una suerte de intranet con flora y fauna. Está claro que Cameron no inventa nada, pero maneja con soltura y desparpajo ese enorme montón de referencias y lugares comunes y consigue que todo sea sorprendentemente sólido, pese a la persistente sensación de déjà vu.

En lo que respecta al sistema de visionado 3-D, su empleo me ha parecido más sutil de lo que a priori me había imaginado, y en líneas generales me ha resultado un añadido muy agradable aunque no determinante para el buen funcionamiento de la película. Matizo: está claro que merece (y mucho) la pena pagar esos 3 euros de más y disfrutar a tope de la alucinante experiencia de inmersión tridimensional en la jungla de Pandora, y resulta bastante obvio, desde esa primera gota de agua suspendida en gravedad cero, que "Avatar" fue pensada desde un buen principio para ser vista en 3-D, pero sospecho que seguirá siendo un plato tremendamente disfrutable cuando la revise en Blu-Ray en una pantalla bien grandota y en alta definición.


En relación al plantel de actores que intervienen en la cinta, mi veredicto es moderadamente positivo: aunque Sam Worthington no sea precisamente el tipo con más carisma del planeta Hollywood, su Jake Sully me resulta bastante convincente, mientras que profesionales más reputados como Sigourney Weaver o Giovanni Ribisi no necesitan despeinarse para cumplir con su asequible cometido. Tampoco los anodinos Stephen Lang o Michelle Rodríguez tienen la opción de subir o bajar la nota del conjunto (se limitan a hacer lo que deben y no estorbar demasiado), dejando que sea Zoe Saldana la que cargue a sus espaldas con prácticamente todo el peso dramático de la cinta. La fusión entre interpretación y gráficos computerizados consigue que su personaje, Neytiri, se convierta en la auténtica estrella de la función, respaldada por la debilidad que Cameron siente por las féminas de armas tomar. Al igual que ocurría con los adorables seres peludos de “Donde viven los monstruos”, la sonrisa o el llanto de esta alienígena azul genera más simpatía o compasión que muchas de las interpretaciones que servidor haya podido ver a lo largo del pasado año, haciendo buena esa máxima cinematográfica que sentencia que la tecnología siempre debe estar al servicio de la narración (incluso aunque aquí, debo reconocerlo, el canadiense de oro se haya masturbado algo más de lo estrictamente necesario).


Sobre la banda sonora compuesta por James Horner hay muy poco (y nada especialmente bueno) que decir. Uno hubiera deseado que Cameron tuviera de su lado a un John Williams en plenas facultades para realzar las espectaculares imágenes del film, pero lo cierto es que la música de "Avatar" pasa completamente desapercibida, lo mismo que ese excesivamente meloso tema cantado por Leona Lewis que acompaña a los créditos finales.

A estas alturas nadie sabe cómo envejecerá “Avatar”. Teniendo en cuenta que un porcentaje abrumador de su atractivo corresponde, cierto es, a su indudable perfección visual, es probable que cuando la tecnología que la hizo posible quede desfasada (cosa que ocurrirá, sea en el 2015 o en el 2050) sus limitaciones se hagan más patentes. O puede que le pase lo mismo que a “Parque Jurásico”, “El imperio contraataca”, la primera “Terminator” (y ya puestos también la segunda) o “Conan el bárbaro”: que siga siendo una buena película y que los valores y sentimientos que transmite no pasen nunca de moda.

Ahora bien: ¿es “Avatar” todo eso que se nos había prometido? (Recordemos: “el futuro del cine”, “una revolución en términos narrativos”, “la película de la década”…)


Desde luego que no. Es, si acaso, una de las películas más divertidas del 2009, un blockbuster modélico y el recordatorio de que el tite Cameron sí sabe hacer las cosas a lo grande (ensombreciendo los pobres resultados obtenidos últimamente en el mismo terreno por gente como George Lucas, J.J. Abrams o el mismísimo Steven Spielberg). Pero no es la cúspide creativa del Séptimo Arte.

Ni falta que hace.

miércoles, enero 06, 2010

Top 10: mis discos favoritos de 2009

Ya sabéis cómo va esto: se acaba el año, llega enero y los rankings de “lo mejor del 2009” proliferan como esponjosas setas sobre nutritivo lecho de mierda. Hacer listas no es precisamente una de las actividades más útiles del mundo, pero a mí me divierte que te cagas, que es básicamente de lo que va todo esto.

Hay que tener muy en cuenta que lo que uno lee/ve/escucha a lo largo de un año no es, desde luego, ni una centésima parte de lo que se edita o publica y que, en los meses (o años) siguientes, servidor descubrirá pelis, discos o comics fechados en 2009 que terminarán gustándome más que algunos de los que puedan integrar una lista de este tipo a día de hoy. Conociendo dichas limitaciones, y a sabiendas de que toda lista de preferencias está inevitablemente predestinada a mutar con el tiempo, arranca aquí la trilogía de entradas con mis obras favoritas del pasado año. Y lo hace con mis 10 discos del 2009.

No creo que esta lista sea especialmente representativa de la música aparecida en los últimos 12 meses porque, siendo totalmente honesto, durante el 2009 no he estado muy al día de lo que se cocía en el mundillo. De todos modos, he aquí mis preferencias en orden de creciente importancia (para darle más chicha al asunto):


10- Them Crooked Vultures - Them Crooked Vultures


La superbanda formada por Josh Homme (Queens of the Stone Age), Dave Grohl (ex-miembro de Nirvana y fundador de los Foo Fighters) y John Paul Jones (Led Zeppelín) debuta con un álbum homónimo que sabe al mejor rock de la Edad de Piedra: sólido, magnético, auténtico. Del que no se escucha a diario. Ahora dicen que esto es sólo el principio, y yo me froto las patitas cual mosca de la fruta.

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9- The Pains of Being Pure at Heart - The Pains of Being Pure at Heart


La prensa musical de todo el mundo parece haberse puesto a los pies de los Pains of Lolailo (así los llaman en Hipersónica y a mí se me ha pegado). No es para menos: su retrato agridulce de la adolescencia casa a la perfección con una pegadiza fórmula de pop-rock que no inventa nada pero que tampoco lo necesita. No es el debut del año (ver puesto 3), pero bien podría haberlo sido. Si no me creéis, escuchad “Young adult friction” o “Contender” y uniros a su legión de fans.

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8- Give Me Fire - Mando Diao


Nunca me hubiera planteado que los habitantes de Suecia pudiesen desenvolverse tan bien con el retro-soul hasta que los fulanos de Mando Diao me dieron (¡zas!) en toda la boca con su disco “Give me fire”. En temas como “Dance with somebody”, “Gloria” o “Maybe just sad” consiguen combinar el feeling de Eric Burdon o Tom Jones con el espíritu incendiario de Franz Ferdinand y el ritmo contagioso de la Motown sonando a medio camino entre 1969 y 2009. Es decir: ¡wow!

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7- Wolfgang Amadeus Phoenix – Phoenix



Aunque ya llevaban unos años alegrando los oídos del personal, yo descubrí a los franceses Phoenix con este disco corto pero intenso, que sabe ponerse alegremente pop (en temas como “Lisztomania” o “1901”) o densamente electrónico (la espectacular suite semi-instrumental “Love like a sunset”) con el mismo desparpajo. Un álbum tan bueno que casi (casi) consigue que el título no suene a tremenda boutade.

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6- The Crying Light - Antony & the Johnsons


Ay, Antony, Antony. Si el sentimiento fuera dinero, tú serías el heredero a tres bandas de la fortuna de Bill Gates, Amancio Ortega y el sultán de Brunei. El Sr. Hegarty consigue, tras su exitosísimo (a todos los niveles) “I’m a bird now”, ponerme los pelos como escarpias con todos y cada uno de los temas que componen este nuevo LP. Si es que hasta la portada es pura poesía, carajo. Abstenerse transexuales deprimidos y mujeres en pleno proceso menstrual. Advertidos quedan.

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5- Elvis Perkins in Dearland - Elvis Perkins


Me encanta cómo suena el folk oscuro e irónico de Elvis Perkins. También me gusta su particular sentido del humor; ése que le permite cantarle al fin del mundo en “Doomsday” con aires festivos, de auténtica verbena, o despedirse como un caballero afirmando que “...una vez fuimos felices tú y yo / cuando estábamos tristes...” Es lo que tiene ser el hijo de Norman Bates, supongo.

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4- Merryweather Post-Pabillion - Animal Collective


La locura psicodélica de Animal Collective se solidifica (y se vuelve algo más asequible para el oído no entrenado, como el mío) en su último larga duración, en el que bombas musicales como “My girls” o “Summertime clothes” nos convencen de que, loado sea Kirby, otro pop es posible. Seguro que puesto de ácido mola mucho más.

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3- XX - The XX


En lo que a mí respecta, la gran sorpresa musical del año ha sido el increíble debut de cuatro jovenzuelos ingleses que responden al nombre de The XX. Sospecho que la fórmula de su minimalista pop íntimo dialogado no soportará nuevos LP’s sin cambios profundos de estilo (tienen todos mis votos para un segundo álbum decepcionante) pero, ciñéndonos al presente, “XX” es un merecido bronce para esta cosecha anual. Para muestra de su innegable acierto, el single “Crystalised”. Dice mi iTunes que ya lo he escuchado 117 veces, y yo me lo creo.

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2- Octahedron – The Mars Volta


The Mars Volta es uno de mis grupos actuales favoritos, pero reconozco que a veces su música puede ser algo durilla en las primeras escuchas (no hace falta más que asomarse a “The Bedlam in Goliath” para comprobarlo). Sin embargo, su último álbum hasta la fecha, “Octahedron”, no sólo es el más accesible de toda su discografía, sino también el que más incita a la revisión. Acústico en su concepción (pero tan eléctrico como uno pueda esperarse del virtuoso guitarrista Omar Rodríguez-López) y menos punk y más progresivo que sus anteriores trabajos, el quinto largo de The Mars Volta contiene temas tan redondos como “Since we’ve been wrong”, “Cotopaxi” o “Desperate graves” (sorry, no he encontrado un video de calidad). Más que suficiente para encaramarse hasta el número 2 de este top.

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1- The Resistance - Muse


Supongo que no es ninguna sorpresa. Para un talibán de la Iglesia de San Matthew Bellamy como yo, cualquier nuevo trabajo de Muse está abocado, salvo debacle, a auparse a lo más alto de mis preferencias. Sé que me pierde la pasión en casi todo lo relativo al trío de Teignmouth, pero lo cierto es que, sin ser su mejor álbum, “The Resistance” contiene algunos de los temas que han marcado a fuego mi segundo semestre del 2009. “Resistance”, “United States of Eurasia”, “Unnatural selection” o “I belong to you” han sonado miles de veces en mi habitación (tanto en la gallega como en la madrileña), en mi iPod (por la calle, en el metro, en tren, en bus o en avión) y, más importante si cabe, en el Palacio de Deportes de Madrid, la noche del 28 de noviembre. ¿El disco del año? Matthew lo tenía muy claro: “we will be victorius!”

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Se han quedado fuera, algunos por poco y otros por algo más, los nuevos trabajos de Arctic Monkeys (“Humbug”), Fito y los Fitipaldis (“Antes de que cuente diez”), Nacho Vegas (el EP “El género bobo”), Love of Lesbian (“1999”), The Yeah Yeah Yeahs (“It’s blitz”), Wolfmother (“Cosmic egg”), Alice in chains (“Black gives way to blue”), Quique González (“Daiquiri blues”), la banda sonora compuesta por Karen O para “Where the wild things are”, el debut de Passion Pit (“Manners”) o el disco de versiones multiculturales de la fundación Playing for change. Entre los trabajos que se esperaban con ilusión y han acabado (antes o después) sabiendo a poco, tres son los grandes destacados: “El incendio” de Sidonie, “Vinagre y rosas” de Joaquín Sabina y, sobre todo, el decepcionante “In this light and on this evening” de Editors.

Hasta aquí el repaso de hoy, muchachada. Cualquier día de estos le tocará al cine y a los comics. Estáis avisados.

martes, enero 05, 2010

¿Querías monstruos? ¡Toma dos tazas!

Docenas de interpretaciones pictóricas de la obra de Maurice Sendak en el acojonante blog Terrible Yellow Eyes. Algunas de las ilustraciones son tan increíbles como éstas:



lunes, enero 04, 2010

Monstruosidad ilustrada y animada


24 artistas ofrecen su visión sobre el maravilloso universo de "Donde viven los monstruos": podéis ver la galería pinchando en la imagen (obra del muy particular mangaka Shintaro Kago).

En el blog de Pepo Pérez (de donde he sacado la información), también hay un enlace a la estupenda portada que Kaare Andrews hizo para "Hulk" inspirándose en los dibujos de Maurice Sendak (curiosamente, yo tengo ese tebeo por duplicado: la edición española que publicó hace unos años Planeta de Agostini y una edición en turco que me compré en Estambul, por eso de llevarme alguna frikada local, igual que mi lata-jamás-abierta de Cola Turka).

Además, en esa entrada de dicho blog, un comentarista deja un enlace a una prueba de animación híbrida entre CG y dibujo a mano dirigida por John Lasseter (mandamás de Pixar y director de "Toy Story" y "Cars") basada a su vez en el libro de Sendak. Muy interesante.

jueves, diciembre 31, 2009

Donde vive la infancia

Si hace unos días sacaba a colación dos pelis dirigidas por españoles y protagonizadas por convictos y ex-convictos, hoy el asunto va de cine internacional protagonizado por niños. No es que yo decida estas cosas, sino que a veces en cartelera coinciden así de bien, lo prometo. ¿"Avatar", decís? Pues en esa no sé si salen niños porque aún no la he visto. Pero tranquilos, ya llegará.

Las dos cintas que traigo hoy tienen un punto de partida muy semejante: la vida en una familia disfuncional vista a través de los ojos de un niño.


En el primer caso, el del film “Yuki y Nina”, el argumento nos presenta a una cría de 9 años, Yuki, cuyos padres (un francés y una nipona) deciden separarse tras llegar a ese punto en que la vida en pareja resulta insoportable. La familia vive en París, pero la ruptura propiciará que la madre de Yuki decida mudarse a su Japón natal llevándose a su hija consigo. Esto entrará en conflicto con los planes de la propia Yuki y de su mejor amiga, Nina (quien hace años ya vivió en sus carnes la separación de sus padres), las cuales no quieren distanciarse por nada del mundo. Será entonces cuando las dos pequeñas decidan poner a trabajar toda su imaginación e inventiva para impedir que los padres de Yuki terminen divorciándose.

“Yuki y Nina” funciona estupendamente como reflejo no sólo del trauma que supone para un niño la disgregación familiar, sino también como muestra de los mecanismos de asimilación, reflexión y actuación propios de dos mentes de 9 años. Los diálogos, las discusiones y las conclusiones que comparten las pequeñas protagonistas de la película (magníficamente interpretadas por Noë Sampy y Arielle Moutel) son perfectamente verosímiles, mientras que las explicaciones que les ofrecen sus respectivos padres son tan reales que más de uno reconocerá esas situaciones casi como propias (como por ejemplo el momento en que la madre de Nina explica a las niñas por qué a veces los adultos se separan).

Pero quizás el mayor acierto (y al tiempo error) de “Yuki y Nina” no tenga que ver con la caracterización de personajes o el propio argumento de la cinta, sino con su condición de obra-puente entre sensibilidades cinematográficas de distintas nacionalidades. Dirigida a cuatro manos por un realizador francés (Hippolyte Girardot, que además se reserva el papel de padre de Yuki) y otro japonés (Nobuhiro Suwa, cuya obra gira, en términos globales, en torno a la desintegración de las estructuras familiares y de pareja), “Yuki y Nina” propone en una sola película dos concepciones del cine arraigadas a la tradición geográfica de cada uno de sus responsables. Así, la parte de la película que transcurre en Francia tiene el sello inconfundible del cine de aquellos lares (ausencia total de artificios, preeminencia de la caracterización sobre la ambientación y un estilo narrativo casi dogma) mientras que lo acontecido en el país del sol naciente adopta el lirismo y el tono de ensoñación con que habitualmente asociamos al cine de procedencia nipona.


Es este desajuste calculado, este enfrentamiento entre dos formas tan diferentes de hacer cine, lo que consigue que “Yuki y Nina” sea una película tan interesante (no empleo la palabra de forma imprecisa, pues precisamente “interés” es lo que despierta su particularidad) y, al mismo tiempo, tan difícil de asimilar en un primer visionado. La escena del bosque que sirve como bisagra entre la parte francesa y la parte japonesa me dejó en su momento totalmente fuera de juego, con un impredecible “¿pero qué carajo...?” en la punta de la lengua y la sensación de que el film se había echado a perder precisamente por modificar tan bruscamente sus pretensiones y su tono. Analizada un tiempo después de su visionado, me descubro pensando que sin ese giro de timón hacia Oriente estaríamos ante otra película más de cinema verité, mientras que la decisión tomada por Suwa y Girardot me parece ahora providencial, pues consiguió por sí sola que “Yuki y Nina”, sin haber llegado a deslumbrarme, perviva en mi memoria.

Mucho más entusiasta es mi veredicto sobre “Donde viven los monstruos”, la película de Spike Jonze que adapta el estupendo cuento infantil escrito e ilustrado en 1963 por Maurice Sendak.


Tras su excelente debut en “Cómo ser John Malkovich” y su perfecta confirmación como director de culto en “Adaptation: el ladrón de orquídeas”, Jonze se libera de las directrices impuestas por la burbujeante imaginación del guionista Charlie Kaufman (artífice de los libretos de las dos cintas antes mentadas y, en mi nada modesta pero siempre discutible opinión, el mejor guionista del cine norteamericano actual) y se embarca en un proyecto más personal, pese a ser, precisamente, una adaptación.

El argumento sigue a pies juntillas lo establecido en el cuento de Sendak: un niño, Max, castigado por su madre sin cenar, viaja desde su casa hasta un mundo poblado por gigantescas criaturas peludas que, impresionadas por sus supuestas habilidades mágicas, lo coronarán rey de los monstruos.

Pese a estar férreamente ligado al original literario (tanto los acontecimientos narrados como el aspecto visual están abordados con un respeto y una fidelidad encomiables) y estar éste considerado como un producto eminentemente infantil, “Donde viven los monstruos” supone una extraordinariamente lúcida visión del mundo interior de Max y, por extensión, de cualquier niño que sufre las consecuencias de un hogar desestructurado. Es probable que algunos espectadores pasen por alto las (por otro lado) evidentes connotaciones psicoanalíticas de la película y se queden en una lectura superficial de su mensaje, o que se quejen del hecho (infrecuente en el cine comercial familiar) de que en sus más de 100 minutos de metraje no pasen demasiadas cosas a nivel argumental. Pero eso sería una injusticia para con la nueva propuesta audiovisual del señor Jonze.


Porque resulta que “Donde viven los monstruos” no es una cinta de clara vocación infantil o familiar (pese a que puede ser disfrutada, asumo, tanto por niños como por padres y abuelos), ni narra una historia en el sentido convencional al que el cine mainstream nos tiene acostumbrados. No conviene olvidar que Spike Jonze no es un realizador cualquiera, un mero artesano del cine o un mercenario del estudio de turno, sino un genuino artista audiovisual que no se conforma con ofrecer horita y media de entretenimiento o conseguir unos números resultones de recaudación.

Y es precisamente por ese algo más que Jonze se exige como director y guionista que “Donde viven los monstruos” se atreve a mirar sin pudor en el interior de la mente de un niño de verdad, sin edulcorar de cara al abotargado espectador bienpensante (olvidaos del estereotipo de niño bueno, inteligente y cariñoso de Disney), con frustraciones reales (una hermana adolescente que ya no le dedica su atención, una madre que pretende rehacer su vida sentimental, la soledad) y un mundo interior tan bullicioso y efervescente como el que todos tuvimos a su edad (o al menos yo; y quiero creer que tú también). Y es también por esa mirada alocada, juguetona y divertida, pero al mismo tiempo sincera, certera y por momentos cruel del terreno de la infancia, que “Donde viven los monstruos” se erige como una película referencial en lo que respecta a la psicología de los niños, más allá de ser un espectáculo visual realmente gozoso y de contener algunos de los momentos más evocadoramente emotivos que nos ha regalado el cine en los últimos doce meses. A tal respecto, resulta sorprendente comprobar cómo un monstruo peludo de 2 metros y medio puede llorar con más sinceridad y convicción que casi cualquier actor de los que últimamente he visto desfilar por la gran pantalla.


“Donde viven los monstruos” es una película que destila sensibilidad sin sensiblería, humor surrealista, emoción, imaginación y, sobre todo, un olvidado sentido casi mágico de la maravilla. Es cine hecho para trascender y generar culto... pero como esto se alarga, concluyo mi reseña con dos pequeñas menciones a tener, no obstante, muy en cuenta:

Una primera a la excelente banda sonora compuesta para la cinta por Karen O (vocalista del grupo Yeah Yeah Yeahs): si la señora no se hace con el Oscar a mejor canción por “All is love” y se lo lleva, por ejemplo, Leona Lewis por su insulso “I see you”, juro por Kirby que 2010 será el último año en que servidor le preste un mínimo de atención a los sobrevaloradísimos premios de la Academia (con el “asunto Slumdog” estuve a punto de renegar, advirtiendo de que ésa era la última vez que transigía con semejante despropósito).

Y finalmente una segunda mención al soberbio trabajo del niño actor Max Records (capaz de sacarme de quicio o resultarme irresistiblemente encantador dependiendo de las intenciones concretas de cada escena del film) y a la magnética presencia de Katherine Keener, actriz fetiche de Jonze, que consigue resumir lo que significa ser madre con una sola mirada. Chapeau, señora mía.