sábado, agosto 23, 2014

Start spreading the news...

Viendo en los noticiarios las imágenes de las llamadas fuerzas del orden enzarzadas con la población civil en las actuales revueltas raciales en Misuri no resulta complicado encontrar peligrosamente factible el escenario que el guionista Brian Wood y el dibujante Riccardo Burchielli proponen en su tebeo "DMZ". Editadas por el sello Vertigo de DC Comics entre noviembre de 2005 y febrero de 2012, las 72 entregas de la colección narran el trabajo de campo de Matty Roth, becario convertido a su pesar en reportero bélico en una Nueva York situada en el epicentro de una hipotética Segunda Guerra Civil estadounidense. DMZ son las siglas en inglés para Zona Desmilitarizada, término con el que se conoce a la isla de Manhattan en el conflicto que enfrenta a los Estados Unidos con los autoproclamados Estados Libres, un movimiento separatista que aglutina una creciente ola de disturbios contra las políticas del gobierno central de Washington.

Portada de Brian Wood para el número 1 USA de "DMZ".

La DMZ es el lugar donde las fuerzas armadas de los EE.UU. consiguieron detener el arrollador avance del ejército de los EE.LL., y por consiguiente el enclave estratégico que decantará la contienda en favor de uno u otro bando. El papel de Roth en este contexto comienza siendo meramente testimonial: él es el único periodista que reside permanentemente en la DMZ, cuya población se ha visto mermada por una desastrosa maniobra de evacuación y por el peligroso día a día en el que bandas callejeras y milicias ciudadanas se reparten los cinco barrios de Nueva York. Sin embargo, pronto Roth se convertirá en un relevante personaje público, la voz de los civiles en la DMZ, y tanto los EE.UU. como los EE.LL. pretenderán manipularlo para aprovecharse de su creciente influencia mediática.

Todos los días son 11-S: presentación de Matty Roth en el número 1 USA de "DMZ". Dibujo de Riccardo Burchielli.

Parece inevitable entender la serie de Wood y Burchielli como una respuesta en forma de ficción a tres de los grandes eventos que marcaron la historia de Norteamérica en la década pasada: los atentados del 11-S y las invasiones de Afganistán e Irak. Por un lado, la destrucción del World Trade Center despertó en la población estadounidense, y más concretamente en la ciudad de Nueva York, una percepción de guerra en casa que no se conocía desde el ataque japonés a Pearl Harbor. Además, la paranoia frente al atentado impredecible y al terrorista potencial, infiltrado entre la ciudadanía, encajan perfectamente con el clima de miedo e inseguridad constantes que acompaña a diario a los habitantes de la DMZ: en una guerra callejera de norteamericanos contra norteamericanos, nunca se sabe cuándo ni dónde se producirá la siguiente emboscada o el próximo bombardeo.

Página del número 11 USA, dedicado al personaje de Zee, a cargo del dibujante de fill-in Kristian Donaldson.

Por otro lado, las estrategias militares de ocupación y reconstrucción que los EE.UU. han venido realizando en Oriente Medio en los últimos años permiten una lectura ecónomica demasiado evidente como para que uno se crea, a estas alturas, el cariz humanitario y democrático con el que los medios oficiales pretenden justificarlas. Las guerras siempre han sido, son y serán un negocio. En "DMZ" estas políticas ultracapitalistas están representadas por Trustwell, una empresa de reconstrucción aliada con el gobierno de Washington y con el grupo mediático Liberty News, y que además defiende sus intereses en la antigua Manhattan empleando un ejército privado con obvias reminiscencias de los mercenarios reales de Blackwater.

Los cascos azules cumplen con su papel decorativo en el irreconocible barrio de Tribeca. Dibuja Riccardo Burchielli.

En el epicentro de estos intereses territoriales, politicos y económicos se encuentran los vecinos de Nueva York, sitiados por ambos frentes por uno y otro ejércitos, tratando desesperadamente de reconquistar la normalidad en una ciudad cuya catastrófica arquitectura recuerda más a la franja de Gaza que al imponente skyline homenajeado en el cine de Woody Allen o Martin Scorsese. En las calles de la DMZ el lector conocerá a Zee, una estudiante de medicina obligada por su brújula moral a convertirse en asistente sanitaria para cualquiera que lo necesite; a Década Después, un graffitero que continuará dejando su impronta en calles, trenes y azoteas hasta el día en que se derrumbe la última pared de la ciudad; a Wilson, el mafioso/caudillo protector de Chinatown... Músicos, artistas, arquitectos, civiles al fin y al cabo, que tienen su propia historia personal en un relato bélico que condiciona inexorablemente sus vidas pero que, en última instancia, no los supera. Porque ni siquiera la guerra puede acabar con el alma de Nueva York.

Portada del número 67 USA, obra del ilustrador Jean Paul Leon.

Pese a haber nacido en Vermont, el guionista Brian Wood es uno de esos neoyorkinos de adopción que proclama a los cuatro vientos su devoción por la ciudad que nunca duerme. Y, de una forma un tanto extrema, "DMZ" es su carta de amor hacia esas calles y, sobre todo, sus habitantes. Según Wood el auténtico neoyorkino, ya sea nativo o prohijado, no se parece al resto de los estadounidenses. Pese al totum revolutum de razas, culturas y religiones, el neoyorkino posee una idiosincrasia propia y, de hecho, es antes neoyorkino que cualquier otra cosa. Incluso que estadounidense.

Portada de Jean Paul Leon para el número 54 USA.

"DMZ" pone el dedo en algunas de las llagas más sangrantes de las actuales políticas exteriores e interiores de los EE.UU., presentando además un rico escenario en el que desarrollar tantas historias potenciales (con puntos de vista muy diferentes) como habitantes tiene esta ruinosa isla de Manhattan. Y es precisamente ahí donde un servidor encuentra uno de los mayores problemas de la coleción: el marco creado por Wood tiene un potencial inmenso, casi infinito, pero el escritor de "Local" y "Northlanders" no acaba de sacarle todo el jugo posible. Ni desde el punto de vista bélico, donde el guionista no ahonda en los orígenes, la cronología ni el desarrollo de esta Segunda Guerra Civil estadounidense, cuyos principales actores y sus respectivas posturas políticas y sociales apenas aparecen bosquejados en el argumento principal; ni desde el punto de vista de los personajes protagonistas, entre los cuales sólo unos pocos (Roth, Zee y en menor medida el líder populista Parco Delgado) me parecen plenamente desarrollados.

Parco Delgado, la alternativa política, en un acto de campaña dibujado por Riccardo Burchielli.

En el conmemorativo número 50 USA de la colección se incluye una historia corta protagonizada por un personaje que colecciona obras de arte para protegerlas de la progresiva destrucción de los museos de Nueva York. Es un ejemplo perfecto de la clase de argumentos que Wood podría haber llevado a sus últimas consecuencias a lo largo de la colección, pero que se quedan en mera anécdota al igual que las tramas de un montón de personajes secundarios, sepultados por las vivencias en primera persona de Roth, que progresivamente pasa de testigo presencial de la contienda a protagonista destacado de la misma, en una maniobra de focalización de la trama que no acaba de convencerme. Me hubiera gustado encontrar en "DMZ" una mayor coralidad e interrelación de personajes pues el punto de partida, creo yo, demandaba precisamente esa clase de protagonismo compartido. Esperemos que la inminente adaptación televisiva para el canal SyFy (cadena que no ofrece demasiadas garantías de calidad) y que actualmente desarrollan los guionistas Andre y Maria Jacquetton (que sí ofrecen una mayor confianza, dado su trabajo previo en las primeras temporadas de "Mad Men") incida en todos los aspectos insinuados pero apenas desarrollados por Wood y Burchielli.

Matty Roth en horas bajas. Página de Buchielli para el número 54 USA.

Mi otro gran reproche a "DMZ" es el abuso en la segunda mitad de la colección del decompressive storytelling, tendencia actual del tebeo comercial norteamericano de dilatar la narración para cubrir las 20-24 páginas mensuales que demanda el formato comic-book, por mucho que los mismos acontecimientos pudieran haberse desarrollado en la mitad de espacio. Desde luego, no hacían falta 72 comics de grapa, 12 tomitos recopilatorios en la edición española a cargo de Planeta de Agostini y (en última instancia) ECC Ediciones, para desarrollar lo que Wood y Burchielli proponen en "DMZ".

Página de Nathan Fox para el flashback que ocupa gran parte del número 18 USA.

El problema, me parece, no está tanto en las decisiones tomadas por el dibujante italiano y sus ocasionales sustitutos (para cubrir con las fechas de entrega), los cuales realizan un trabajo competente aún sin grandes alardes, sino en la escritura y planificación de Wood, que sacrifica la calidad y densidad del relato en favor de la cantidad y comercialidad del mismo. Leyendo "DMZ" uno se vuelve de pronto consciente de cuánto echa de menos a los guionistas que definieron el tebeo angloparlante de los años 80; tipos como Frank Miller ("Ronin", "Give me liberty"), Alan Moore ("V de Vendetta", "Watchmen") o Howard Chaykin ("American Flagg!") que en 4, 8 ó 12 números podían presentarte una distopía cargada de lecturas políticas y sociales y un buen puñado de caracteres interesantes y llevarlos hasta sus últimas consecuencias aprovechando hasta la viñeta más pequeña para introducir el mayor número de conceptos posible.

Una comparativa caprichosa: la densidad de una página del "Give Me Liberty" (1990) de Miller y Gibbons frente al decompressive storytelling de Woods y Burchielli en "DMZ" (2011).

"DMZ" es un tebeo interesante. Una lectura agradable que posee un arranque muy prometedor y una conclusión arriesgada y honesta, pero que entre uno y otra da demasiadas vueltas alrededor de sus planteamientos sin entrar casi nunca a matar. Y así, se queda en el cómputo global unos cuantos peldaños por debajo de títulos históricos de la línea Vertigo como "The Sandman", "Predicador", "Scalped" o "100 Balas", y más próximo a la irregularidad de otros bastante recomendables aunque evidentemente menos meritorios, como "Transmetropolitan", "Y, el último hombre" o "The Unwritten". Siempre, eso sí, infinitamente mejor que "Fábulas": qué manía le tengo a "Fábulas", madre mía.

Portada de Jean Paul Leon para el número 64 USA.

Un apunte final: la sinestesia, ese curioso fenómeno por el que relacionamos sensaciones propias de un sentido (por ejemplo la vista) con otro (como el oído) ha despertado en mi cabeza numerosas asociaciones musicales mientras leía del tirón los 12 volúmenes que recogen "DMZ" en castellano (y que merecen un tirón de orejas para Planeta de Agostini por su traducción plagada de errores). La más evidente ha sido con el excelente álbum "The Monitor" de Titus Andronicus, inspirado en la Guerra Civil estadounidense (la primera, la de verdad). Pero también ha habido ramalazos del "Gold" de Ryan Adams o del "The Rising" de Bruce Springsteen. Son asociaciones muy personales, desde luego, porque sospecho que Wood tenía en mente los ritmos del hip-hop y de la música electrónica cuando describía el ambiente cultural de la DMZ (en el número 12 USA hay bastante de eso), pero así funcionan mis conexiones neuronales...

Dos viñetas del número 4 USA: Matty Roth se queja de que Radio Free New Jersey pincha demasiado Springsteen para su gusto.

jueves, julio 24, 2014

Scary Monsters (and Super Creeps)

En el ámbito de las cadenas estadounidenses de televisión por cable que ofrecen series de televisión para un público adulto, podríamos considerar a Showtime como la tercera en discordia por detrás de HBO (que actualmente emite títulos como “Juego de Tronos”, “Boardwalk Empire” y “True Detective”) y AMC (responsable de “Mad Men”, “The Walking Dead” y la recientemente finalizada “Breaking Bad”). En un momento dado, justo antes del gran despegue de AMC, parecía que Showtime podía convertirse en el gran relevo tras tantos años de hegemonía por parte de HBO: las primeras temporadas de “Weeds”, “Dexter” y “Californication” entraron con fuerza en las parrillas televisivas norteamericanas y en los hogares de un montón de teleadictos por descarga de todo el mundo, pero ninguna de estas series consiguió a la postre mantener el nivel prometido por sus primeras entregas. Tampoco la sobrevalorada “Homeland”, elevada a los altares catódicos en los Premios Emmy de 2012, logró cumplir con las expectativas generadas por una primera temporada repleta de agujeros de guión y caprichosos giros argumentales. Más allá de las desventuras conspiranoides de la agente de la CIA Carrie Mathison, el futuro de Showtime parece ahora marcado por dos producciones de nuevo cuño con perfiles bien distintos. La primera es “Ray Donovan”, una narración de género negro protagonizada por Liev Schreiber y Jon Voight que la semana pasada estrenó su segunda temporada. La otra es una de las grandes candidatas al podio del género de terror para este 2014, en pugna, presumiblemente, con “The Strain” y “American Horror Story: Freak Show”.


Se trata de “Penny Dreadful”, un pastiche de horror victoriano creado y escrito por John Logan, autor de los libretos de “Gladiator”, “El último samurai”, “El aviador” y “Skyfall”, en el que los iconos imaginados hace más de un siglo por Bram Stoker, Mary Shelley u Oscar Wilde son reinventados y situados en un universo compartido que remite inevitablemente al comic “The League of Extraordinary Gentlemen” de Alan Moore y Kevin O'Neill y, en menor medida, al “Van Helsing” dirigido por Stephen Sommers. Sin embargo, lo que en las viñetas de Moore y O'Neill es puro malabarismo enciclopédico, en “Penny Dreadful” sirve simplemente como base para un relato genérico sin grandes complicaciones metaficcionales: una historia de aventuras, acción y terror salpicada con referencias bastante asequibles para cualquier espectador que no haya estado en coma durante los últimos 50 años.


En el epicentro del relato, rodeado por los mismos monstruos que en su día la Hammer convirtió en franquicias fílmicas en blanco y negro, se encuentra el personaje de Vanessa Ives, una misteriosa médium encarnada por la hipnótica actriz Eva Green. La intérprete francesa, a quien pronto veremos en cines en la secuela (con polémica pezonil) del “Sin City” de Frank Miller y Robert Rodríguez y acompañando a Mads “Hannibal” Mikkelsen en el western danés “The Salvation”,  ofrece en “Penny Dreadful” un auténtico recital dramático a través de un personaje complejo, cargado de matices y registros diferentes, logrando que la serie alcance sus picos de máximo interés cada vez que sus ojos azules asoman por la pantalla. Cuando su descubridor para el cine, el sátiro Bernardo Bertolucci, la describió como “tan bella que es indecente” se olvidó de aclarar que mi chica Bond favorita (en “Casino Royale”) es además una actriz espléndida.


Le acompaña, casualmente, el peor agente 007 que se recuerde (porque nadie recuerda a George Lazenby): Timothy Dalton, cuyo trabajo más memorable en los últimos 25 años ha sido prestar su voz al erizo Mr. Pricklepants en “Toy Story 3”. Josh Hartnett (actor discreto por quien siento simpatías a raíz de “El caso Slevin”), Harry Treadaway y el gran Rory Kinnear (en un rol muy alejado de aquel Primer Ministro británico al que daba vida en el primer episodio de “Black Mirror”) completan el reparto principal: un improvisado equipo de investigadores de lo paranormal reclutado para encontrar a una joven desaparecida que responde al nombre de Wilhelmina Murray. Resulta llamativo que sean precisamente los episodios más orientados hacia la búsqueda de la Srta. Murray, el primero y el último, los que rebajen mi entusiasmo hacia “Penny Dreadful”. Los seis capítulos que discurren entre uno y otro son tan entretenidos y disfrutan de un desarrollo de personajes tan interesante que uno lamenta que la trama (teóricamente) principal sea poco más que un enorme mcguffin para reunir a los extraordinarios caballeros de John Logan y dejar que sea la dinámica entre sus protagonistas la que realmente lleve la serie por otros derroteros.


No obstante, hay mucho más en “Penny Dreadful” para la alabanza que para el lamento: desde la exquisita puesta en escena, con Juan Antonio Bayona (“El orfanato”, “Lo imposible”) ejerciendo de maestro de ceremonias, hasta el elegante diseño de producción y los muy convincentes efectos especiales y de maquillaje, pasando por una banda sonora memorable a cargo de Abel Korzeniowski (con especial hincapié en el tema que acompaña a los créditos iniciales). En términos de producción, la serie de terror de Showtime juega en las ligas mayores, y cada centavo (o penique) invertido en su presupuesto luce magníficamente en pantalla. Habrá que ver si las buenas vibraciones transmitidas por esta primera temporada se corresponden el próximo año con una segunda entrega a la altura de las circunstancias. Yo, aunque sólo sea por ver de nuevo a Eva Green en uno de los mejores papeles de su carrera, la estaré esperando con ganas.

lunes, julio 21, 2014

Monkey gone to heaven

Pese a mi reticencia habitual hacia los remakes, reboots y precuelas oportunistas de sagas cinematográficas con solera, "El origen del Planeta de los Simios" me sorprendió en 2011 de muy grata forma: al contrario que el despropósito pergeñado por Tim Burton diez años antes, la cinta dirigida por el prácticamente desconocido Rupert Wyatt no sólo atesoraba un apartado visual magnífico, apoyado en uno de los mejores ejemplos de motion capture que se recuerden, sino que se erigía sobre un guión sólido, plagado de personajes carismáticos con motivaciones creíbles... o al menos todo lo creíbles que pueden ser las motivaciones de un chimpancé super-inteligente dispuesto a rebelarse contra el homo sapiens para romper las cadenas (metafóricas y literales) que mantenían en cautividad a sus peludos hermanos primates. "El origen del Planeta de los Simios" era una película de ciencia-ficción con trasfondo ecologista que uno podía tomarse en serio, capaz de remover las emociones del espectador y conseguir que empatizásemos precisamente con el elemento extraño de la narración: frente a la crueldad del ser humano, resultaba inevitable alinearse con el bando de los simios oprimidos y disfrutar enormemente de su odisea hacia la libertad.


Dado el éxito comercial del film y su obvia condición de punto de arranque para una nueva saga, tres años después nos encontramos en las carteleras con su secuela directa, "El amanecer del Planeta de los Simios". En ella el realizador Matt Reeves, conocido por su trabajo en "Cloverfield" (el título de esta película en castellano sí que es realmente "monstruoso") y en el remake norteamericano de "Déjame entrar", retoma la historia del libertador Caesar varios años después de los hechos narrados en la entrega anterior. Mientras la raza humana está al borde de la extinción a causa de una plaga vírica derivada de la investigación con animales, la tribu de Caesar vive pacíficamente en los frondosos bosques del área de San Francisco, ajena al apocalítptico porvenir de los hombres. La llegada de un grupo de exploradores humanos a los dominios de los simios obligará a ambas sociedades a establecer un frágil plan de convivencia envenenado desde el principio por la desconfianza mutua.


Aún sin desviarse demasiado de los principios que llevaron al éxito a su antecesora, "El amanecer del Planeta de los Simios" supera a aquélla en todos los aspectos. Desde lo puramente técnico, perfeccionando las herramientas que permiten exportar los movimientos y gestos faciales del especialista Andy Serkis a la anatomía simiesca de Caesar, hasta la cuidada planificación visual llevada a cabo por Reeves, con algunas soluciones narrativas realmente inspiradas (como el movimiento circular de la cámara sobre la ametralladora de un tanque o el plano secuencia con que se resuelve la infiltración del héroe humano en el campamento de San Francisco). Salvo en el caso de Gary Oldman, secundario camaleónico que aporta empaque y galones a cualquier reparto, el estudio ha tomado la decisión más lógica y económica: relegar los papeles humanos a intérpretes poco conocidos, como el cumplidor Jason Clarke, dejando que la atención recaiga en los auténticos protagonistas de la función.


El director neoyorkino (co-creador de la teleserie "Felicity", a cuya protagonista Keri Russell repesca aquí en un rol de mediana importancia) se toma su tiempo para presentar la sociedad de los simios y el destacado papel que Caesar juega en ella. Desde el prodigioso arranque, deudor tanto del segmento prehistórico de "2001: una odisea en el espacio" de Stanley Kubrick como de los apuntes pseudo-documentales del "Apocalypto" de Mel Gibson, la identificación del espectador con el primate protagonista es total. La intromisión en este atávico equilibrio de un elemento tan poderoso como el miedo al otro (el ser humano, en este caso, aunque es inevitable sustraer de todo esto una lectura geopolítica tristemente actual) pondrá en jaque los principios elementales en que se sustenta la civilización simia. El desmoronamiento del reino de Caesar es un reflejo (simplificado, sí, pero dolorosamente obvio) del devenir intrínseco a toda sociedad humana; una alegoría animal tan contundente como lo fue en su momento la sublevación agraria de George Orwell. Al igual que en el clásico literario de 1945, "Rebelión en la granja", la evolución social de los animales protagonistas los acerca inexorablemente a posturas peligrosamente humanas. El mensaje no podría ser más pesimista: una creciente complejidad socio-política genera luchas de poder y derramamiento de sangre. Cuando dos culturas, dos ideologías, dos pueblos coinciden en el mismo palmo de tierra, la respuesta instintiva, el impulso más básico, es aplastar al otro. Morir, matar y morir matando.


Aunque este planteamiento no es en absoluto novedoso, la forma en que se articula desde el punto de vista dramático me parece ejemplar. Todos los personajes implicados en "El amanecer del Planeta de los Simios" tienen razones de peso para actuar del modo en que lo hacen. Su progresión es tan lógica como, en realidad, humana. Incluso el gran villano de la función tiene sus motivos, perfectamente comprensibles, para tomar las decisiones que desembocarán en el clímax final de la cinta: una batalla urbana espléndidamente coreografiada que en ningún momento antepone los alardes pirotécnicos al interés emocional del relato. No se puede afirmar que la cinta firmada por Reeves sea precisamente cine de autor, pero sin duda es bastante más contenida, reflexiva y conmovedora que el típico blockbuster hipervitaminado de la temporada estival. Valorándola además como secuela, "El amanecer del Planeta de los Simios" entra por méritos propios en la selecta categoría de segundas partes que expanden, enriquecen y superan a sus predecesoras, en la liga de hitos como "El imperio contraataca", "El mito de Bourne" o "El caballero oscuro".


De forma absolutamente coherente, el final de la película deja una puerta abierta a una tercera entrega que aterrizará en las salas (si todo va bien) en dos o tres años, y el nombre de Matt Reeves aparece de nuevo vinculado al proyecto desde sus primeras fases creativas. Si éste es el camino a seguir, por mí como si continúan haciendo películas del Planeta de los Simios hasta que conozcamos a las tataranietos de Caesar.

sábado, julio 05, 2014

Colaboraciones con ECC Ediciones: "Astro City: Victoria" y "Trillium"

ECC Ediciones, propietaria de los derechos de publicación de los tebeos de DC Comics en España, acaba de comunicar a través de su web oficial su listado de novedades para el mes de septiembre. En él se incluyen dos títulos en los que colabora un servidor, redactando en ambos casos epílogo y contraportada. Por un lado aparece el segundo recopilatorio del relanzamiento de "Astro City", la serie con la que Kurt Busiek, Alex Ross y Brent Anderson recuperan el sentido de la maravilla de la Silver Age en historias super-heroicas que van de lo cósmico a lo intimista.


Por el otro, Jeff Lemire entrega en "Trillium" su mejor trabajo como autor completo. Reconozco que no sabía demasiado sobre la trayectoria de Lemire hasta que tuve que hacer los deberes para esta colaboración con ECC, pero títulos como "Sweet Tooth" y "The underwater welder" (desgraciadamente inéditos en España) me convirtieron en un apologista convencido del canadiense. Con "Trillium", sin embargo, el autor da un salto de gigante tanto a nivel argumental como, sobre todo, narrativo, y aunque no me gusta dar excesivo bombo a los tebeos en los que colaboro (tal vez porque me da pudor, o porque temo que suene a publicidad engañosa), éste es uno de esos casos, como lo fueron en el pasado "Scalped: el final de la senda" o "Punk Rock Jesus", en los que mi entusiasmo le gana la partida a dichos reparos. "Trillium" es uno de mis candidatos fijos para el futurible Top 10 comiquero del 2014, y estoy seguro de que también lo será para mucha más gente.


viernes, junio 20, 2014

Arquetipos con sombrero y pistola

Por mucho que uno intente estar al día de todos los tebeos que se publican en España (aunque luego acabe picoteando sólo de una parte mínima), es inevitable que entre la marea de publicaciones mensuales más de una novedad interesante se escape por debajo del radar. Desde luego, a mí se me habría pasado por alto el brillante debut en nuestro país de la serie francesa “Tyler Cross” si no llega a regalármelo sin previo aviso J. (mayúscula). Sospecho que el tebeo escrito por Fabien Nury (del que hasta ahora sólo había leído los álbumes publicados por Norma de la interesantísima “Yo soy legión”) y dibujado por Brüno (a quien no conocía en absoluto) dará bastante que hablar entre los comentaristas y recomendadores habituales de las webs de comics, o al menos así debería ser, pero lo cierto es que yo no tenía ni idea de su existencia hasta que mi hermano me lo entregó envuelto en papel de regalo el pasado fin de semana.


“Río Bravo”, primer álbum de la colección, fue publicado en abril por Dibbuks en una excelente edición en tapa dura, y supone la presentación de un anti-héroe de serie negra muy en la línea del Parker de Richard Stark: un bastardo de sangre fría y mandíbula cuadrada metido en problemas con los cárteles mexicanos y la mafia italiana, víctima de traiciones por parte de sus supuestos aliados y objeto romántico (a su pesar, o tal vez no) de sensuales mujeres de dudosas intenciones. Un arquetipo, en fin, situado en el epicentro de una trama no menos arquetípica, a caballo entre el western y el hard boiled, que dedica sus 90 páginas a pulsar sin descanso los resortes de ambos géneros. Tanto es así que los propios Nury y Brüno incluyen en el libro unas notas finales en las que desvelan, sin asomo de vergüenza, de dónde han salido muchas de las influencias tomadas para dar forma a la narración: “Más allá de Río Grande”, “El último refugio”, “La Dalia Negra”, “La huida”, “Los profesionales”, “Grupo salvaje”, la Trilogía del Dólar de Sergio Leone...


El dibujo de Brüno, una curiosa simbiosis entre el estilo cartoon de Michael Avon Oeming y el trazo indie (término un tanto impreciso, lo sé) de Seth, puede parecer esquemático o poco trabajado en un primer acercamiento, pero a la larga se revela como uno de los mayores atractivos de “Tyler Cross”. Sus diseños de personajes son certeros en su simplicidad y su puesta en página es elegante y diáfana. Una herramienta narrativa idónea para la historia y el tono planteados por Nury, que parece sentirse muy cómodo escribiendo el argumento que su compatriota plasmará luego en viñetas sobre el papel.



Hay ciertos comics que, mientras uno los lee, inevitablemente siente el disfrute con el que sus autores los han ido construyendo. A veces esa diversión se percibe como algo ajeno, un juego privado entre guionista y dibujante en el que uno no consigue involucrarse. En otras ocasiones (las mejores), el equipo creativo consigue transmitir ese sentido lúdico al lector y hacerlo partícipe del disfrute. “Tyler Cross: Río Bravo” es un buen ejemplo de esto último. Ni su absoluta falta de originalidad, ni su narrativa convencional, sin grandes alardes narrativos, consiguen empañar el hecho de encontrarnos ante un comic divertidísimo, que se coge con curiosidad desde la primera página y no se suelta ni a tiros hasta la última. Y tiros, os lo aseguro, hay muchos.


lunes, junio 16, 2014

El factor Cruise

No sabéis la manía que le tengo a Tom Cruise.

No porque sea mal actor, porque creo que algunos directores (Oliver Stone, Paul Thomas Anderson, Michael Mann, Ben Stiller...) han sabido sacarle mucho partido en determinadas películas. Tampoco por su impúdica forma de airear su vida personal en los medios de comunicación, normalmente buscando la polémica y cayendo en el ridículo. Ni siquiera por haberse proclamado mesías de la Iglesia de la Cienciología, una secta (o religión, o lo que sea) tan ridícula, a priori, como cualquier otra secta o religión que yo conozca. Lo que realmente me fastidia de Tom Cruise es que su sola presencia en una película le resta potencial. Es un caso muy similar al de Will Smith, otra superestrella a la que le hacen las cintas a medida, cargándose por el camino la posibilidad de que títulos como “Yo, robot”, “Soy leyenda” o “Hancock” llevasen hasta sus últimas consecuencias sus buenas intenciones iniciales. Hay excepciones, claro, pero si uno repasa la carrera más o menos reciente de Cruise (desde, pongamos, el año 2000) se encontrará con un puñado de películas que acabaron siendo menos de lo que podrían haber sido precisamente por ese elemento autolimitante: el factor Cruise.


Un buen ejemplo de ello es “Al filo del mañana” (buena traducción, para mi sorpresa, del “Edge of tomorrow” inglés), última cinta protagonizada por el actor estadounidense y realizada por el irregular Doug Liman, capaz de dirigir films muy interesantes (“El caso Bourne”) y bodrios de difícil digestión (“Sr. y Sra. Smith”, “Jumper”). La película está basada en la novela “All you need is kill” del escritor japonés Hiroshi Sakurazaka, adaptada también al manga en colaboración con los ilustradores Ryosuke Takeuchi, Yoshitoshi Abe y Takeshi Obata (al que muchos asociarán con títulos como “Death Note” o “Bakuman”), y nos sitúa en un futuro cercano en el que la humanidad libra una guerra desesperada contra un ejército alienígena dispuesto, cómo no, a eliminarnos y hacerse con el control del planeta. En este contexto Cruise encarna al Mayor William Cage, burócrata del ejército de los Estados Unidos sin experiencia en combate real y dedicado a labores propagandísticas con el fin de reclutar soldados para las filas de la resistencia. Por razones que no quedan del todo claras, este ex-publicista egoísta y cobarde termina formando parte de la última ofensiva de la alianza internacional humana contra las fuerzas invasoras: una suerte de desembarco de Normandía reescrito según los códigos estéticos y narrativos de videojuegos como “Gears of War” o “Killzone”. Como era de esperar, el inexperto Mayor Cage muere durante la batalla, pero sólo para despertar, sorprendentemente, justo durante la jornada anterior al día D, iniciándose así una dinámica de muertes y resurrecciones con ecos evidentes de “Atrapado en el tiempo” de Harold Ramis que obliga al protagonista a revivir las mismas 24 horas en un bucle aparentemente infinito. La clave para romper este ciclo recurrente y de paso garantizar la supervivencia de la humanidad residirá en la aguerrida Sargento Rita Vrataski, interpretada por una Emily Blunt que parece haberle cogido gusto a la ciencia-ficción tras las positivas experiencias de “Destino oculto” y “Looper”.


“Al filo del mañana” es una película de acción y fantasía sumamente entretenida, dirigida con solvencia por Liman, protagonizada por dos personajes carismáticos y aderezada con un sanísimo sentido del humor que la libera de la grandilocuencia y pomposidad de muchas otras propuestas del ramo que se toman demasiado en serio a sí mismas. Es verdad que su guión contiene lagunas narrativas y pequeños errores de coherencia interna (casi tantos como “X-Men: Días del futuro pasado”), pero como revientataquillas primaveral el film cumple sobradamente con las cuotas de espectacularidad, desenfreno y risas que uno puede exigirle a un producto de estas características. Yo me lo he pasado muy bien viéndolo y no he mirado el reloj ni una sola vez durante sus casi dos horas de metraje.


Pero también es igualmente cierto que “Al filo del mañana” es una película protagonizada por Tom Cruise, y que eso la condena a ser, en última instancia, mucho menos de lo que sin duda podría haber sido. El error de casting es evidente desde la primera escena del film: por mucho que el libreto se empeñe en presentarnos a Cage como un cobarde sin experiencia militar, el rostro de Cruise, al que irremediablemente asociamos con los Maverick, Ethan Hunt, Claus Von Stauffenberg y Nathan Algren que el de Syracuse lleva toda la vida interpretando, nos dice exactamente lo contrario. La presencia de Cruise en una cinta es en sí misma un spoiler. Más o menos como la de Sean Bean, aunque por razones bien distintas. La gracia de “Al filo del mañana” reside en ver cómo Cage pasa “de cero a héroe”, que dirían las Musas de Disney, y eso sólo tiene sentido si uno duda de las posibilidades heroicas iniciales del personaje, como ocurría en la estupenda “Distrito 9” de Neill Blomkamp. Por desgracia, sólo puedo imaginarme cuánto habría ganado la película si el protagonismo hubiese recaído en un actor al que pudiera creerme de entrada como carne de cañón. Alguien como Simon Pegg, Elijah Wood u, ojalá, Joseph Gordon-Levitt. Por supuesto, sin Cruise en los créditos el presupuesto de producción se reduciría en un 70%, las previsiones de recaudación caerían en picado y el estudio posiblemente hubiese preferido gastarse los millones en estrenar cuatro nuevas comedias de Adam Sandler en lugar de regalarnos una película de ciencia-ficción con halo de culto.


El otro elemento limitado por el factor Cruise es el uso de la violencia. Ahí, de nuevo, “Al filo del mañana” se revela tan conservadora y políticamente correcta como su casting. En manos de un director con redaños (Paul Verhoeven hubiera sido mi candidato ideal, pero Edgar Wright, Joe Cornish, Bong Joon-ho, Drew Goddard o el mentado Blomkamp también me parecerían grandes opciones) el film hubiera sido un despiporre gore con calificación R. Es lo que la historia pedía, desde luego, con un protagonista que muere innumerables veces en una batalla a caballo entre la Segunda Guerra Mundial y una partida de “Warhammer 40.000”. Que las muchas muertes de Cruise no salpiquen ni una mísera gota de sangre a cámara le resta parte del encanto a su planteamiento, y convierte un proyecto de ci-fi macarra para mayores de 18 años en un blockbuster funcional para toda la familia.


Lo que nos queda, al final, es una buena película de acción y FX que renuncia a todo su potencial para amoldarse al perfil de su celebridad protagonista, a las ambiciones de sus productores y a la triste lógica mercantil de la industria cinematográfica. Un “pudo haber sido y no fue” que no duele tanto como otros, pero que le deja a uno soñando con una película más valiente y atrevida que podría haber pasado a los anales de la historia del género.

No sabes qué manía te tengo, Tom Cruise.

lunes, junio 09, 2014

Todas las fiestas mutantes del mañana

Se puede afirmar sin miedo a equivocarse que la etapa más determinante en la larga historia editorial de los mutantes de Marvel Comics estuvo protagonizada por el guionista Chris Claremont y los dibujantes Dave Cockrum y John Byrne, a la postre co-argumentista, entre 1975 y 1981. El canto del cisne de Byrne en la colección fue un arco argumental de dos números (“Uncanny X-Men” 141 y 142), considerado actualmente por el fandom como una de las mejores historias de la Patrulla X jamás contadas. En esta aventura, titulada “Días del futuro pasado”, el lector viajaba al (por aquel entonces) lejano futuro del año 2013, en el que el Homo superior había sufrido su propio Holocausto a manos de su prejuicioso hermano sapiens. Este distópico porvenir en el que los supervivientes a las purgas eran perseguidos por gigantes robóticos conocidos como Centinelas tenía su origen en la radical reacción antimutante iniciada en 1980 tras el asesinato del senador de los EE.UU. Robert Kelly a manos de la Hermandad de los Mutantes Diabólicos. Para evitar la cadena de acontecimientos que conducirían al genocidio, un grupo de rebeldes liderado por Magneto (confinado, irónicamente, a una silla de ruedas) proyectaría hacia el pasado la consciencia de una Kitty Pryde adulta, que tomaría el control de su cuerpo adolescente y advertiría a los X-Men de los años 80 del oscuro futuro que les aguardaba tras la muerte del senador Kelly.


Tomando esta premisa como base argumental, el realizador Bryan Singer, artífice de las dos primeras entregas de la franquicia cinematográfica que adapta las aventuras de los mutantes, ha hecho converger la línea temporal de la trilogía inicial (“X-Men”, “X-2” y “X-Men: la decisión final”) y de los spin-ofs protagonizados por Lobezno (“X-Men. Orígenes: Lobezno” y “Lobezno Inmortal”) con la del inteligente reboot orquestado por Matthew Vaughn en “X-Men: Primera generación”. Así, “Días del futuro pasado” supone un sofisticado ejercicio de retro-continuidad en el que el espectador se reencontrará con la gran mayoría de personajes (e intérpretes) que han pasado por la saga en los últimos 14 años, muchos de ellos en sus versiones pasada y futura. La maniobra recuerda en cierto modo a la estrategia de reseteo propuesta por J. J. Abrams en su primer acercamiento a “Star Trek”, y además de funcionar como lógica segunda entrega de las aventuras de la Patrulla-X junior (James McAvoy, Jennifer Lawrence, Michael Fassbender,...) podría servir tanto para revitalizar a la Patrulla-X senior (Hugh Jackman, Patrick Stewart, Halle Berry,...) como para darle a su trayectoria fílmica un cierre más digno que el propuesto por Brett Ratner en la olvidable “La decisión final”.


Además de la lógica argumental, existe una lógica mercadotécnica que ha obligado a realizar algunos cambios sustanciales en el argumento original ideado por Chris Claremont y John Byrne, siendo ahora Lobezno el mutante escogido por los rebeldes del futuro para viajar a la Norteamérica de la década de los 70 y así impedir el atentado contra la vida del Dr. Bolivar Trask, aquí en una versión acondroplásica encarnada por Peter -Tyrion Lannister- Dinklage. Pese a todo, la presencia de Hugh Jackman en el film es menos prominente de lo que un servidor a priori suponía, recayendo casi todo el peso dramático en el triángulo formado por los jóvenes Charles Xavier (McAvoy), Mística (Lawrence) y Magneto (Fassbender). De lo cual me alegro.


La polémica utilización de Peter Maximoff (a.k.a. Mercurio) por parte de Singer, cuando el personaje ya había sido reclamado por Joss Whedon para la próxima entrega de “Los Vengadores” (que, recordemos, pertenece a Marvel Studios mientras que la franquicia X está en manos de la Fox), se salda muy positivamente gracias a la traviesa reinvención post-hippie del velocista, que acapara algunos de los momentos más divertidos del film (por mucho que alguno de ellos se pase por el arco del triunfo las más elementales leyes físicas sobre la propagación del sonido).


Hay muchas licencias llamativas en “Días del futuro pasado”: poderes mutantes que aparecen de la nada, personajes cuyas versiones pasada y futura se contradicen, paradojas temporales que harán que los más intransigentes aficionados a la ciencia-ficción pongan el grito en el cielo... Varias de estas (oportunistas) lagunas tienen mucho que ver con la endeble coherencia interna demostrada por la saga desde un buen principio, pero otras son fruto del capricho de Singer y de su guionista Simon Kinberg, responsable de joyas como “xXx 2”, “Jumper” o el primer “Sherlock Holmes” de Guy Ritchie.


Sin embargo, si uno consigue ver más allá de estos pequeños inconvenientes, lo que encontrará en “Días del futuro pasado” es una cinta de acción y aventuras pletórica de ritmo y sentido del humor, con personajes que sobrepasan con creces el cliché del cine super-heroico y algunas pinceladas de épica que aportan la necesaria intensidad dramática a sus compases finales. Es cierto que los efectos especiales resultan simplemente correctos para un film cuyo presupuesto se estima en 200 millones de dólares, pero las escenas de acción están tan bien resueltas y, sobre todo, perfectamente justificadas, que pocos peros se le pueden poner a “Días del futuro pasado” como blockbuster palomitero. Además, dada la cantidad de personajes y subtramas que desfilan por la pantalla, resulta casi milagroso que Singer haya conseguido mantener el metraje final en unos muy ajustados 130 minutos que se pasan volando y que, estoy convencido, en otras manos habrían ascendido perfectamente hasta unos megalomaníacos 150 ó 160.


“Días del futuro pasado” supone un compendio casi perfecto de lo que la saga mutante ha dado de sí en la gran pantalla, aunando las virtudes de las que hasta ahora habían sido las mejores cintas de la franquicia (“X-2” y “Primera generación”) con algunas de las incoherencias argumentales heredadas de las peores (“La decisión final” y “Orígenes: Lobezno”). Una carambola narrativa no apta para neófitos que sin embargo resultará muy gratificante para los que llevamos siguiendo a estos personajes desde hace años, tanto en las viñetas como en la gran pantalla. Por lo que a mí respecta, el regreso de Bryan Singer al universo X ha sido un éxito rotundo. Esperemos que la próxima entrega de la saga, cuyas intenciones quedan desveladas en la inevitable escena post-créditos, mantenga el altísimo nivel de estos “Días del futuro pasado”.

miércoles, junio 04, 2014

Did he say "justice"?

Como en tantas otras ocasiones, y muchas más que vendrán, cada vez que paso cerca de una tienda de comics me veo impelido irremediablemente a entrar y echar un vistazo. Lo cual es una malísima idea, porque el 90% de las veces acabo llevándome a casa algún tebeo que en realidad no entraba dentro de mis gastos planeados para ese mes. Pero así soy yo, un ociópata irredento y un comprador compulsivo de celulosa pintarrajeada. Una parte importante del tiempo que paso en el interior de las tiendas de comics lo dedico a hojear publicaciones que sé que no me voy a comprar. A veces se trata sólo de comprobar si Jim Lee sigue dibujando igual de mal, pese a que el fandom continúe inexplicablemente postrado a sus pies, o si ese manga con portada genérica de muchacha con ubres generosas es otro ejemplo de erotismo soft con nulo sentido de la puesta en página. Es un gesto casi mecánico, como el de quien hojea el “Hola” en la peluquería, por poco que le interese el nuevo romance de la prima segunda por parte de padre de ese torero tan bien parecido que hace diez años que no pisa la arena de una plaza. Otras veces, sin embargo, lo que me interesa es comprobar cómo una editorial ha vuelto a publicar un material que ya tengo: echarle un ojo a la enésima edición definitiva de “Dragon Ball”, al color ultra-saturado de la nueva recopilación de “La Cosa del Pantano” de Alan Moore o, y aquí es donde quería llegar desde un buen principio, a la reciente reedición en rústica de “Planetary” por parte de ECC Ediciones.


Me encanta “Planetary”. Es uno de mis tebeos favoritos de la última década. Empecé a coleccionarlo en la edición mensual en grapa, a la postre incompleta, que Planeta de Agostini lanzó hace un montón de años. No fue hasta mucho después que conseguí leerla entera en la edición en dos tomos de tapa dura publicados por Norma en algún momento entre 2009 y 2010. Poco después la misma editorial sacó un tochal enorme, tanto por dimensiones como por número de páginas, recopilando la obra completa de Warren Ellis y John Cassaday. Y ahora ECC vuelve a ofrecernos las fascinantes aventuras de Elijah Snow, Jakita Wagner y The Drummer en una edición más económica que constará, si todo va bien, de 5 tomitos en tapas blandas. Si aún no has leído este tebeo no sé a qué estás esperando.

Mi interés al hojear en la tienda esta nueva presentación de “Planetary” en castellano tenía un objetivo muy concreto: descubrir qué se había hecho con la última página del tercer episodio de la colección. Esta página, concretamente (aquí en su versión original en inglés):


¿De dónde proviene mi fijación con esta plancha en particular?



En la primera edición, la de Planeta, la traducción de las últimas líneas de diálogo era algo así como (no tengo los tebeos delante así que cito de memoria):

          Viñeta 3:
                 Shek Chi-Wai: Vinisteis buscando un misterio. Pero no lo hay. Sólo nosotros.

          Viñeta 5:
                 The Drummer: ¿Ha dicho “justicia”?

                 Elijah Snow: No. Sólo nosotros.

En efecto, es una traducción literal del texto en inglés, indudablemente correcta y que mantiene el sentido dramático del original. El problema es que el original juega con el parecido fonético entre las expresiones “justice” y “just us”, lo cual explica la confusión de The Drummer y el hecho de que Snow tenga que corregirle. La edición de Planeta se limitaba a traducir los diálogos al pie de la letra sin explicar este juego de palabras, con lo cual el lector español se quedaba un poco extrañado con ese final tan críptico. Yo tardé un tiempo (y numerosas relecturas) en darme cuenta de por dónde iban los tiros y, cuando por fin me percaté del juego de palabras propuesto por Ellis, aquella historia de “Planetary” subió un par de escalones en mi ranking de números favoritos de la colección.

La edición por parte de Norma era un poco más imaginativa en cuanto a la traducción del diálogo en cuestión. De nuevo cito de memoria:

          Viñeta 3:
                 Shek Chi-Wai: Vinisteis buscando un misterio. Pero no lo hay. Sólo los otros.

          Viñeta 5:
                 The Drummer: ¿Ha dicho “justicia”?

                 Elijah Snow: No. Sólo los otros.

¿“Sólo los otros”? ¿Y esto qué se supone que significa? ¿Acaso el traductor estaba enganchado a “Lost” por esas fechas y decidió que era una buena ocasión para hacerle un guiño a la serie de J.J Abrams y Damon Lindelof? Una vez más, el final del tebeo no acaba de encajar y el lector español se queda con la sensación de haberse perdido algo. “¿Qué le pasa a The Drummer”, pensaría más de uno, “está medio sordo o es que es directamente lelo?”

Finalmente llegamos a la reciente edición de ECC, la que hojeé esta semana en la tienda. Y el resultado, me temo, no es mucho mejor:

          Viñeta 3:
                 Shek Chi-Wai: Vinisteis buscando un misterio. Pero no lo hay. No hay noticia.

          Viñeta 5:
                 The Drummer: ¿Ha dicho “justicia”?

                 Elijah Snow: No. No hay noticia.

Aquí se prima la importancia del juego de palabras por encima del sentido original del diálogo, buscando el parecido fonético entre “justicia” y otra expresión que se le asemeje. La ganadora ha sido “no hay noticia”, pero podría haber sido “malicia”, “Doña Letizia”, o, qué sé yo, “Oscar Dertycia”.

Tres traducciones distintas y ninguna consigue que el lector español se entere de que ahí, en efecto, hay un mensaje nihilista envuelto en un juego de palabras perfectamente comprensible en su idioma original. Puestos a elegir me quedo con la versión de Planeta, porque al menos respeta el guión escrito en inglés por Ellis, pero ninguna me convence, y las dos últimas directamente me horrorizan. Ante lo cual yo me pregunto: ¿tanto costaba hacer una llamada con un asterisco y poner una nota a pie de página explicando de dónde proviene realmente ese diálogo? Es algo que lleva haciéndose desde hace décadas y, que yo sepa, nunca ha estorbado a la hora de leer un tebeo. De hecho, se agradece contar con esa clase de información cuando se lee algo en un idioma que no es el original.


Es una pena que las dos ediciones que poseo de “V de Vendetta” se encuentren en casa de mis padres, en Galicia, a 600 km. de donde vivo ahora, y que no haya podido encontrar en internet ningún escaneo de la versión publicada por Norma Editorial. Recuerdo que en ella, debajo de estas viñetas había una nota con el diálogo original de V en inglés, explicando además que los versos que recita pertenecían a la canción “Sympathy for the devil” de los Rolling Stones. Algo que se pasaba por alto en la edición de Zinco, que además los traducía como le salía del bálano:


Este desliz, por cierto, sí está solventado en la edición Absolute publicada por Planeta (acabo de hojearla, es la que tiene mi novia en la estantería de casa), obviando la expresión original en inglés pero añadiendo a pie de página, asterisco mediante: “Nota del traductor: V cita los primeros versos de Simpathy for the devil, de los Rolling Stones” (le ha bailado una y en el título de la canción, pero al menos le ha acreditado el texto a sus legítimos autores). Lo que no sé es si la última versión a cargo de ECC, en rústica y a tamaño comic-book, también se hace eco de la autoría de estos satánicos versos. Lo comprobaré la próxima vez que pise una tienda de comics.

Volviendo a la página de marras: la conclusión evidente es que no habrá de momento edición canónica de “Planetary” en castellano. Que sí, que es una menudencia, pero es la clase de menudencia que hace que uno se pregunte a qué juegan exactamente los traductores y editores de tebeos de nuestro país, justificando después algunos precios de sus publicaciones con el argumento de que, entre otras muchas tareas, la traducción del inglés al castellano tiene un coste que encarece el producto final. Para traducir las cosas así yo me quedo con las ediciones USAmericanas; al menos en ellas los personajes respetan el diálogo que el guionista les ha escrito. Yo al menos tengo la suerte de defenderme más o menos bien en la lengua de Shakespeare; no como para leer a James Joyce, pero sí para enterarme de lo que pasa en la mayoría de comics que se publican mensualmente en Estados Unidos... si exceptuamos a guionistas como Dave Sim o Grant Morrison. El problema realmente gordo lo tienen aquellos lectores españoles a los que les cuesta más el idioma extranjero. Esos, me temo, seguirán sin saber qué decía exactamente el atormentado fantasma del policía hongkonés Shek Chi-Wai en una de las mejores series que el comic de super-héroes ha dado en lo que va de siglo.

lunes, junio 02, 2014

Of wolf and man

“Homo homini lupus”

Tito Macio Plauto


“Yo por mi hija mato”

Belén Esteban Menéndez


Publicitada como “la mejor película del año” según Quentin Tarantino, la cinta israelí “Big Bad Wolves” llega a las carteleras españolas siete meses después de su proyección en el Festival de Sitges, y lo hace generando controversia entre la crítica especializada y prometiendo emociones fuertes y una factura técnica de altos vuelos. Su argumento sigue a Miki, un detective de homicidios de métodos expeditivos convencido de que Dror, un profesor de secundaria, es el responsable de los secuestros, torturas y asesinatos de varias niñas. Apartado del cuerpo policial por sus actuaciones irregulares, Miki decide saltarse todas las normas e interrogar a Dror de forma extraprofesional. Inesperadamente, el padre de la última niña asesinada entrará en escena para tomarse la justicia por su mano y llevar los planes de Miki aún más lejos de lo que éste habría podido imaginar.


La sinopsis de “Big Bad Wolves” recuerda inevitablemente a títulos como “Prisioneros” (el padre vengativo que secuestra al principal sospechoso de la desaparición de su hija), “Hard Candy” (la tortura a un supuesto pedófilo) e incluso “La caza” de Thomas Vinterberg (el profesor acusado de pederastia que sufre el rechazo de su entorno), pero la diferencia entre aquéllos y la película escrita y dirigida a cuatro manos por Aharon Keshales y Navot Papushado estriba en el tono. Mientras las primeras son ásperos dramas con tintes de thriller (o violentos thrillers con su dosis de drama), “Big Bad Wolves” tira de humor negro (negrísimo) para orquestar una macarrada ultraviolenta de dudosa lectura moral.


Quizá me esté volviendo viejo, no sé, pero a mí “Big Bad Wolves” me ha parecido un chiste demasiado largo y sin pizca de gracia. Es verdad que contiene algunos momentos inspirados en lo que respecta al tratamiento de la imagen, pero en términos narrativos abusa en exceso de la cámara lenta y se apoya demasiado en la (estupenda, eso sí) banda sonora de Frank Ilfman. La dilatación de las escenas para generar tensión entre los personajes en un recinto cerrado, recurso muy apreciado por el citado Tarantino (véanse la escena de la cantina en “Malditos bastardos” o la cena en Candyland en “Django desencadenado”), acaba volviéndose una excusa para justificar los 110 minutos de duración de una película que podría haberse resuelto perfectamente como un mediometraje o un episodio de una serie antológica de televisión al estilo “Alfred Hitchcock presenta”. Tampoco ayuda, me temo, que me haya sido imposible empatizar con ninguno de sus protagonistas. Ni siquiera con el padre de la niña asesinada, que era quien más papeletas tenía para ponerme de su parte: ni me gusta cómo está escrito el personaje ni me convence la forma en que lo aborda el actor que lo encarna, Tzahi Grad. Todos los caracteres que pueblan “Big Bad Wolves” son, en mayor o menor medida, unos psicópatas caricaturescos que sólo saben responder a la violencia con mucha más violencia, reaccionando en ocasiones de forma poco creíble, dadas las circunstancias en las que se encuentran.


No se me escapa cierta intención social en el retrato de los prejuicios hacia la población musulmana, representada precisamente por el único personaje civilizado del film. Supongo que ahí subyace una crítica hacia lo desproporcionado de la respuesta (ya institucionalizada) de los israelíes hacia la violencia; a cómo el luchar contra el fuego con fuego se ha convertido en parte de la idiosincrasia nacional. O quizás el subjetivismo con el que cada espectador descifra una película esté entrometiéndose en mi interpretación de la cinta, adaptándola a los intereses de mi propia ideología.


Ni siquiera estas consideraciones sociológicas pueden, no obstante, salvar a “Big Bad Wolves” de mi quema particular. Sus intenciones, hacer humor de lo macabro, son tan obvias que el resultado final sólo admite dos opciones: o te ríes o te aburres. Yo me he aburrido, pero tengo perfectamente claro que eso no tiene tanto que ver con saber (o no) reírme de lo políticamente incorrecto (lo dice uno que se parte con “La hermandad de la Biblia Perry”) como con el hecho de que esta manifestación concreta de humor negro, simple en lo argumental y con un final bastante predecible, no me ha parecido especialmente graciosa.