lunes, junio 02, 2014

Of wolf and man

Homo homini lupus”

Tito Macio Plauto


Yo por mi hija mato”

Belén Esteban Menéndez


Publicitada como “la mejor película del año según Quentin Tarantino, la cinta israelí “Big Bad Wolves” llega a las carteleras españolas siete meses después de su proyección en el Festival de Sitges, y lo hace generando controversia entre la crítica especializada y prometiendo emociones fuertes y una factura técnica de altos vuelos. Su argumento sigue a Miki, un detective de homicidios de métodos expeditivos convencido de que Dror, un profesor de secundaria, es el responsable de los secuestros, torturas y asesinatos de varias niñas. Apartado del cuerpo policial por sus actuaciones irregulares, Miki decide saltarse todas las normas e interrogar a Dror de forma extraprofesional. Inesperadamente, el padre de la última niña asesinada entrará en escena para tomarse la justicia por su mano y llevar los planes de Miki aún más lejos de lo que éste habría podido imaginar.


La sinopsis de “Big Bad Wolves” recuerda inevitablemente a títulos como “Prisioneros” (el padre vengativo que secuestra al principal sospechoso de la desaparición de su hija), “Hard Candy” (la tortura a un supuesto pedófilo) e incluso “La caza” de Thomas Vinterberg (el profesor acusado de pederastia que sufre el rechazo de su entorno), pero la diferencia entre aquéllos y la película escrita y dirigida a cuatro manos por Aharon Keshales y Navot Papushado estriba en el tono. Mientras las primeras son ásperos dramas con tintes de thriller (o violentos thrillers con su dosis de drama), “Big Bad Wolves” tira de humor negro (negrísimo) para orquestar una macarrada ultraviolenta de dudosa lectura moral.


Quizá me esté volviendo viejo, no sé, pero a mí “Big Bad Wolves” me ha parecido un chiste demasiado largo y sin pizca de gracia. Es verdad que contiene algunos momentos inspirados en lo que respecta al tratamiento de la imagen, pero en términos narrativos abusa en exceso de la cámara lenta y se apoya demasiado en la (estupenda, eso sí) banda sonora de Frank Ilfman. La dilatación de las escenas para generar tensión entre los personajes en un recinto cerrado, recurso muy apreciado por el citado Tarantino (véanse la escena de la cantina en “Malditos bastardos” o la cena en Candyland en “Django desencadenado”), acaba volviéndose una excusa para justificar los 110 minutos de duración de una película que podría haberse resuelto perfectamente como un mediometraje o un episodio de una serie antológica de televisión al estilo “Alfred Hitchcock presenta”. Tampoco ayuda, me temo, que me haya sido imposible empatizar con ninguno de sus protagonistas. Ni siquiera con el padre de la niña asesinada, que era quien más papeletas tenía para ponerme de su parte: ni me gusta cómo está escrito el personaje ni me convence la forma en que lo aborda el actor que lo encarna, Tzahi Grad. Todos los caracteres que pueblan “Big Bad Wolves” son, en mayor o menor medida, unos psicópatas caricaturescos que sólo saben responder a la violencia con mucha más violencia, reaccionando en ocasiones de forma poco creíble, dadas las circunstancias en las que se encuentran.


No se me escapa cierta intención social en el retrato de los prejuicios hacia la población musulmana, representada precisamente por el único personaje civilizado del film. Supongo que ahí subyace una crítica hacia lo desproporcionado de la respuesta (ya institucionalizada) de los israelíes hacia la violencia; a cómo el luchar contra el fuego con fuego se ha convertido en parte de la idiosincrasia nacional. O quizás el subjetivismo con el que cada espectador descifra una película esté entrometiéndose en mi interpretación de la cinta, adaptándola a los intereses de mi propia ideología.


Ni siquiera estas consideraciones sociológicas pueden, no obstante, salvar a “Big Bad Wolves” de mi quema particular. Sus intenciones, hacer humor de lo macabro, son tan obvias que el resultado final sólo admite dos opciones: o te ríes o te aburres. Yo me he aburrido, pero tengo perfectamente claro que eso no tiene tanto que ver con saber (o no) reírme de lo políticamente incorrecto (lo dice uno que se parte con “La hermandad de la Biblia Perry”) como con el hecho de que esta manifestación concreta de humor negro, simple en lo argumental y con un final bastante predecible, no me ha parecido especialmente graciosa.