martes, julio 30, 2013

El sonido de Albión

Miles Kane ha encontrado su lugar en el mundo: tras formar parte de tres proyectos musicales diferentes (los fugaces The Little Flames y The Rascals y los exitosos The Last Shadow Puppets, junto a Alex -Arctic Monkeys- Turner), el británico debutó en solitario y bajo su propio nombre con el notable “Colour of the trap”, un álbum que ponía el acento en el rock de la vieja escuela y que contenía singles tan redondos como “Rearrange”  y (sobre todo) “Come closer”. Su siguiente trabajo, el EP “First of my kind”, traía bajo el brazo una de mis canciones favoritas del 2012, y recientemente Kane ha publicado un segundo larga duración, “Don’t forget who you are”, en el que pule la fórmula de su sonido para posicionarse definitivamente como uno de los más prometedores compositores pop del momento.


Con tan sólo 27 años y una imagen desvergonzadamente mod que homenajea/imita a su ídolo Paul Weller, Kane logra en este nuevo disco algo que parece muy fácil cuando se escucha pero que está sólo al alcance de unos pocos: presentar 11 singles potenciales que suenan como algo que has conocido toda la vida pero que, maravilla, no se había publicado jamás. Con ecos innegables de los buques insignia de la British Invasion y de la primera hornada del britpop (con Oasis a la cabeza), Kane construye rutilantes melodías que se instalan en el cerebro desde la primera escucha y estribillos pegajosos como un chicle en la suela del zapato. Lo hace sin complejos, con letras directas ajenas a artificios, y sin pretender ser algo más de lo que es: pop-rock desenfadado, capaz de transmitir esa energía jovial que acompañe a las piernas al aire y las altas temperaturas de la estación estival; algo que sin duda descubrirá todo aquel que tenga la fortuna de presenciar su contundente directo.


Y así, desde la distorsión que abre “Taking over” hasta el “gotta be ready for it” que cierra “Darkness in our hearts”, pasando por los lalala’s del tema titular, los elegantes violines de “Out of control” (tan Gallagher ella) o el ritmo bailongo de “Tonight”, “Don’t forget who you are” se postula en poco más de media hora como uno de los discos más divertidos y reescuchables que he descubierto a lo largo del presente curso. Porque no inventa nada (ni falta que hace), pero combina a la perfección los elementos que han definido una de las corrientes musicales y culturales más celebradas del último medio siglo: Dios salve al pop británico.

domingo, julio 28, 2013

Aquellas monstruosas juergas universitarias

Si uno analiza con cierto detenimiento la filmografía del estudio Pixar descubrirá que cada trabajo firmado por la compañía de John Lasseter incide en un género o temática cinematográfica diferente. Pese a las evidentes dosis de humor y aventuras que definen la producción del estudio, no es difícil advertir que “Los Increíbles” es la peli de super-héroes de Pixar, “Wall-E” la de ciencia-ficción, “Cars 2” la de espías, “Brave” la de fantasía medieval y así más o menos con todas. La particularísima visión que Pete Docter, Lee Unkrich y David Silverman propusieron de los códigos del terror en “Monstruos S.A.” (exacto: la peli de miedo de Pixar) toma en su precuela, “Monstruos University” (qué gracioso que traduzcan sólo la mitad del título), derroteros radicalmente distintos: los de esa retahíla de comedias universitarias que va de “Desmadre a la americana” y “La revancha de los novatos” a “American Pie”.
 

El debut en el largometraje del realizador Dan Scanlon, que había dirigido a cuatro manos junto a Lasseter el corto “Mate y la luz fantasma”, nos traslada al primer año de facultad del cíclope paticorto Mike Wazowski, novato de la Monstruos University decidido a convertirse en el mejor asustador de todos los tiempos. En su primer día de clase conocerá al fanfarrón James Sullivan, descendiente de un linaje de célebres asustadores, y, pese a que el espectador ya sabe que años después serán amigos inseparables, las diferencias entre ellos los convertirán en un primer momento en enemigos declarados.


No es el más original de los argumentos, pero Pixar no necesita más para asentar las bases de un guión inteligente que contiene acción, muchísimo humor y una profunda humanidad capaz de llegar al corazoncito de grandes y pequeños. ¿Se puede hacer una precuela con un planteamiento diferente al film original, con sentido dramático propio y que no tire únicamente del carisma de unos personajes ya conocidos? ¿Se puede escribir una comedia universitaria que mueva a la carcajada sin recurrir a manidos tópicos sexuales y al humor escatológico? ¿Se puede, por el camino, deslizar una moraleja universal carente de moralina, y reflejarla con una claridad expositiva desarmante? La respuesta a estas preguntas es “Monstruos University”.


El resto es más o menos lo que uno ya se espera de Pixar: perfección formal, toneladas de inventiva y una precisión narrativa a prueba de bombas. Que la crítica no la haya recibido con un aplauso unánime sólo confirma que a estas alturas al estudio de Sillicon Valley no se le exige menos de 10, y cuando la cosa se queda en un 8 es momento de sacar las hoces y las antorchas. Servidor, a mil años luz de la decepción, recomienda hacer caso omiso a todo aquel que raje de la comedia universitaria de Pixar, y acudir al cine sin prejuicios, con ganas de echarse unas buenas risas y abierto a la posibilidad de que una peli ¿para niños? le ofrezca un par de sabias lecciones sobre la vida.

lunes, julio 15, 2013

Into boredom

Aún a riesgo de que se me acuse de “hater”, debo decir que lo que J.J. Abrams ha hecho con la franquicia “Star Trek” me parece un rollo patatero. Tal consideración no se debe a mi predilección absoluta por el universo “Star Wars” antes que por la saga ideada por Gene Roddenberry, puesto que, fútbol aparte, yo siempre he sido de los que no ven problema alguno en disfrutar tanto de Marvel como de DC, de los Beatles y los Stones o de las rubias y las morenas. Siempre que estén bien hechas, no hay asomo de prejuicio en mi opinión sobre las aventuras de Kirk, Spock y el resto de tripulantes de la USS Enterprise, y menos cuando se trate del trabajo del creador de “Lost” y director de una de mis películas favoritas de los últimos años, “Super 8”.

Póster molón. De cuando el hype estaba por las nubes.

Al igual que su inmediata antecesora, “Star Trek: Into darkness” (“En la oscuridad” en España) posee un estupendo arranque que, guiño a “En busca del Arca Perdida” mediante, le pone a uno en situación. Abrams y sus guionistas de confianza Roberto Orci, Alex Kurtzman y Damon (no, please no!) Lindelof se las arreglan para, en apenas diez minutos, reintroducirnos en el universo trek, presentarnos al elenco principal y establecer el tono de la historia: aventuras para todos los públicos con algo de bicherío intergaláctico, unas pinceladas de humor blanco y la búsqueda constante del sentido de la maravilla. Tras el intenso prólogo viene la prometedora presentación del villano de la función, un tal John Harrison (jugando al despiste nolaniano) encarnado por el espléndido actor británico Benedict Cumberbatch (protagonista de “Sherlock”, secundario en “El topo” y voz del dragón Smaug en la próxima entrega de “El Hobbit”)… y ahí se acaba lo bueno. Más o menos.


Ni la fantástica (como es costumbre) banda sonora de Michael Giacchino ni la lustrosa puesta en escena logran que “Into darkness” resulte algo más que un blockbuster funcional que encadena situación al límite tras situación al límite para ocultar el hecho de que tiene muy poquito que contar. Y lo poquito que tiene que contar (el origen de Harrison y sus motivaciones, por ejemplo) está muy mal desarrollado: ¿tanto costaba sustituir el monólogo de Cumberbatch por un flashback explicativo?

El protagónico Sr. Spock (Zachary Quinto) y la desaprovechada teniente Uhura (Zoe Saldana).

No me cabe duda de las buenas intenciones del film, salpicado por constantes guiños a la retrocontinuidad de la saga, pero uno se aburre de ver a este reparto escasamente carismático (se salva Zachary Quinto, aunque yo le cortaba el flequillo) correteando por el puente de mando y discutiendo constantemente sobre quién debe sacrificarse por el bien mayor en la siguiente escena. Todo es tibio y predecible: los apuntes cómicos me dejan indiferente, las situaciones de supuesta amenaza apenas motivan un leve arqueo de ceja y el capitán Kirk paleto encarnado por Chris Pine me cae rematadamente mal (no me lo creo ni como estratega ni como humanista ni, si me apuras, como seductor).

El capitán James T. Kirk (Chris Pine) y una rubia maciza aleatoria que pasaba por allí (dice IMDb que la actriz se llama Alice Eve).

Tan sólo el clímax emocional del film, ultimatización desvergonzada (para regocijo del trekkie histórico) del de “Star Trek II: la ira de Khan” ofrece cierto atisbo de profundidad dramática. Pero no es suficiente para salvar un proyecto de 190 millones de dólares que sabe más a episodio televisivo sin trascendencia que a gran super-producción veraniega. Que la crítica cibernáutica le ponga ojitos y la califique como uno de los mejores films palomiteros del 2013 (¡ja!) es otro de esos misterios irresolubles que rodean al infinito mundillo virtual. ¡Ah, internet, la última frontera…!

domingo, julio 14, 2013

It's NOW! or never

No es la primera vez y me temo que tampoco será la última: me digo a mí mismo que se acabó el comprar tebeos de grapa, fugaces entregas mensuales del macrofolletín interconectado que es/son el/los universo/s superheroico/s; porque son una inversión estúpida, habida cuenta de la tendencia cada vez mayor por parte de las editoriales patrias a recopilarlo todo en tomos (de lujo, para más inri) apenas uno ha terminado de leerse la saga de turno en su primigenia edición en cuadernillos de 24 páginas; porque existe además la opción, poco noble pero enormemente práctica, de seguir en “formato digital” (las comillas implican calavera y tibias) las cabeceras a ritmo USAmericano y luego esperar tan contento al tomito en tapa dura de rigor. Pero supongo que soy un bobo y un romántico, porque siempre vuelvo a caer.

Esta vez Marvel Comics (y de rebote Panini, la editorial que publica en España al estudio-de-cine-que-todavía-imprime-tebeos) no ha tenido más que cambiar a sus autores punteros de colección (como si alguien todavía ignorase que son los editores quienes realmente dirigen creativamente el cotarro), renumerar cabeceras y anunciar la maniobra con la palabra “NOW!” junto a su logo de toda la vida.


¿Resultado? Jero ahora colecciona cinco nuevas series mensuales (que podrían convertirse en nueve a poco que el menda se deje seducir por los cantos de sirena de Jonathan Hickman al frente de la franquicia Vengadora, por el “Capitán América de Rick Remender y por los “Guardianes de la Galaxia de Bendis y McNiven) y siente la necesidad de compartir sus primeras impresiones con sus (asumo) cada vez más escasos lectores: un caso típico de blogger en proceso de desintoxicación que vuelve a recaer, también, en eso.

Dichas impresiones, claro, a continuación:


Indestructible Hulk


¿Por qué he picado? Porque el guionista Mark Waid está haciendo un trabajo fascinante en “Daredevil” (que no entra en esta lista porque en España está siendo publicada directamente en tomos) y porque el goliat esmeralda me parece un personaje con un potencial enorme siempre que el escritor al mando intente pensar “outside the box” (¿cuál es la traducción más apropiada para esta expresión en nuestro idioma?).


Lo que me gusta: la nueva actitud proactiva de Bruce Banner, cansado de esconderse del mundo cuando podría usar su intelecto para convertirlo en un lugar mejor. La intención de Waid de llevar al personaje en un tour por las cuatro esquinas del Universo Marvel, desde la sumergida Lemuria hasta el helado Jotunheim.


Lo que no me gusta: por ahora la serie no ha hecho más que presentar un planteamiento prometedor y rellenar los huecos con el clásico (y repetitivo) “Hulk aplasta”. Leinil Yu, dibujante del primer arco argumental, es un notable ilustrador pero también un narrador algo confuso. Por ahora no hay viajes en el tiempo.





Imposibles Vengadores


¿Por qué he picado? Porque dibuja John Cassaday (“Planetary”, “Astonishing X-Men”) y porque Rick Remender consigue las mayores y más húmedas erecciones por parte del núcleo ya-de-por-sí duro de seguidores del universo Marvel, motivo por el cual he decidido darle también una oportunidad a su trabajo pretérito en “Imposibles X-Force” y “Veneno”… pero ésa es otra historia y deberá ser contada en otro momento.


Lo que me gusta: la idea de unos Vengadores comprometidos con la causa mutante. El villano escogido para propiciar la unión entre héroes. Cassaday dibujando a Thor. Viajes en el tiempo (o algo así).


Lo que no me gusta: en estos primeros números Cassaday no está a la altura de sus mejores trabajos. Por otro lado, todavía no he calado a Remender, pero por momentos me parece más un fan al que han dejado utilizar los mejores juguetes de la guardería que un guionista profesional con un plan sólido a largo plazo.




La nueva Patrulla-X


¿Por qué he picado? Porque se trata de Brian Michael Bendis haciendo algo inesperado tras más de una década jodiendo la marrana escribiendo las principales series de los Vengadores. Bendis era un tipo fiable a principios de los 2000 (ahí están “Alias”, “Powers”  o su “Daredevil” para atestiguarlo) y se echó a perder entre macro-sagas y crossovers de los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Si se centra de nuevo y recupera sus mejores virtudes (diálogos divertidos, caracterización de personajes) puede hacer una etapa memorable al frente de los mutantes. Bueno, y por Stuart Immonen, un dibujante de supers como la copa de un pino.


Lo que me gusta: por ahora Bendis se está dedicando a los diálogos divertidos y la caracterización de personajes (¡bien por él!). Viajes en el tiempo. Las reacciones de los inocentes X-Men originales al descubrir cuán trágico y desesperado es su futuro. Stuart Immonen.


Lo que no me gusta: la certeza lampedusiana de que tarde o temprano tendrán que meter al genio en la botella y deshacer todo el entuerto espacio-temporal devolviendo a la vieja Patrulla-X a donde pertenece.





Lobezno y la Patrulla-X


¿Por qué he picado? Por Jason Aaron, uno de los mejores guionistas norteamericanos del momento. Si no has leído “Scalped”, ya tardas: corre a comprarlo.


Lo que me gusta: aventuras frescas y desenfadadas protagonizadas por un elenco casi ilimitado de mutantes adolescentes liderados/educados por Lobezno y Kitty Pryde. Aunque no se parece en absoluto a “X-Statix” (vale, sí, aquí también sale Doop), me recuerda a la serie de Milligan y Allred en su capacidad para sorprenderme con decenas de ideas por episodio sin salirse de los estrechos márgenes de la continuidad oficial. Además, sospecho que tarde o temprano tendremos viajes en el tiempo.


Lo que no me gusta: la cantidad de números asociados al crossover “Vengadores Vs. X-Men”, que ralentizan notablemente los planes de Aaron para la serie. Chris Bachalo, pésimo narrador que a partir del mentado evento editorial es sustituido como dibujante oficial (que no permanente) de la cabecera por el espléndido Nick Bradshaw (discípulo evidente de Arthur Adams).





Thor: Dios del Trueno


¿Por qué he picado? Jason Aaron again. ¡He dicho corre, así que... CORRE!


Lo que me gusta: épica nórdica mezclada con sense of wonder de escala cósmica. Que por ahora la trama se presente autocontenida y, sobre todo, alejada del aspecto más super-heroico y mundano del personaje. Dioses mutilados y desollados en los confines de la creación. Viajes en el tiempo. Y Esad Ribic volviendo a Asgard tras su espectacular trabajo en la miniserie “Loki”.


Lo que no me gusta: si acaso, la certeza de que Ribic no será capaz de mantener el ritmo mensual que una serie como ésta requiere. Aparte de eso, por ahora, nada.


jueves, junio 27, 2013

La S significa esperanza

“No es una S…”, responde Henry Cavill, el nuevo Superman, a una Lois Lane con el rostro de Amy Adams: “en mi mundo significa esperanza”. Lo dice sonriendo con la boca y con los ojos, con esa mirada limpia, todo nobleza, que uno espera de la versión en carne y hueso del icono que durante 75 años ha alimentado los sueños de todos aquellos que una vez quisimos levantar los pies del suelo y echar a volar. Pero éste no es el Superman que conocías: “El hombre de acero”, la nueva película de Zack Snyder y Christopher Nolan (¿cuánto es mérito de cada uno?), es una adaptación que traiciona en apariencia algunos de los pilares fundamentales del universo ficticio creado hace tres cuartos de siglo por Jerry Siegel y Joe Shuster para el número 1 de “Action Comics”.

Olvídate de ver al tímido y miope periodista Clark Kent entrando en una cabina de teléfono para salir revestido de rojo, azul y amarillo, con los calzoncillos por encima del pantalón. Olvídate de un Perry White anglosajón, con las sienes plateadas, invocando airado al “fantasma del gran César”. Olvídate de Jimmy Olsen, jovencísimo reportero gráfico con tendencia a meterse en apuros con tal de lograr la mejor instantánea del héroe de Metropolis. Olvídate del enorme globo terráqueo que corona el edificio del Daily Planet. Olvídate (de momento) de Lex Luthor. Ni siquiera la S es ya una S.

“Eppur si muove”. O, para el caso, vuela.


Porque si uno es capaz de dejar a un lado la nostalgia (y, creedme, nadie se pone más nostálgico que yo cuando se trata del “Superman” de Richard Donner), tal vez pueda darse cuenta que, como decía Ovidio en ese latinajo célebre, “omnia mutantur, nihil interit”: todo cambia, pero nada se pierde. Ya no están las inolvidables fanfarrias de John Williams, pero tenemos en su lugar a uno de los Hans Zimmer más inspirados de los últimos tiempos. Sin kryptonita que debilite al personaje protagonista, el co-autor del libreto, David S. Goyer, se las arregla para buscar una alternativa que sustituya de forma más verosímil los nocivos efectos del verdoso mineral alienígena. Ante la ausencia de un Marlon Brando cuasi-divino tenemos a un nuevo y carismático Jor-El, jinete de una montura insectoide en un entorno que bebe más de “Avatar” y de los diseños de H.R. Giger que de aquel acristalado y olímpico Krypton que conocimos en los años 70. Por esto y por “Master & Commander”, sí o sí, hay que querer a Russell Crowe.


Poco importa que Glenn Ford jamás vaya a alcanzar ese granero solitario en lo alto de una colina, poniéndonos los pelos como escarpias mientras se lleva la mano al pecho, porque aquí Kevin Costner se resarce de sus últimos traspiés cinematográficos haciendo como nadie del San José de Smalville: ese progenitor superado por la divinidad de su hijo adoptivo que antepone la seguridad de su chaval a su sacrificio por el bien de los demás. La comparación no podría ser más apropiada: de Moisés alienígena en las versiones más canónicas, Kal-El ha pasado en “El hombre de acero” a ser un mesías bíblico en toda regla, y para que no se nos olvide ahí tenemos esa esclarecedora (y bastante obvia) vidriera en la única escena que se ha podido rescatar de la olvidable etapa viñetera a cargo de Brian Azzarello y Jim Lee.


Al final, uno a uno, la mayoría de los elementos icónicos que han definido al personaje durante más de siete décadas acaban asomándose al metraje de “El hombre de acero” de un modo u otro, aunque a veces parezcan irreconocibles (¿Laurence Fishburne como Perry White?) y otras no pasen de meros apuntes superficiales (¿Lana Lang? ¿Krypto el super-perro? ¿la Fortaleza de la Soledad?). Que los aficionados más ortodoxos no sean capaces de entender que éste es el camino del éxito para la nueva era cinematográfica de los personajes de DC Comics ya es otro cantar. Si funcionó con el Batman de Christopher Nolan, que se parecía tanto al de Bob Kane, o al de Neal Adams, ¡o al de Adam West!, como un huevo a una castaña, ¿por qué no habría de hacerlo con Superman?


Y luego, claro, está él: Henry Cavill. Cada fotograma en que el hipertrofiado actor británico, apenas conocido anteriormente por sus intervenciones en “Los Tudor” e “Inmortals”, aparece flotando sobre el hielo antártico o el desierto norteamericano, uno sabe que está ante el último hijo de Krypton. Cavill mira como Superman, habla como Superman, vuela como Superman. Y pega como Superman.


Ése es otro de los aspectos en los que más se nota el cambio en esta reimaginación del personaje. Lo que Bryan Singer no supo entender en su enternecedora aunque trasnochada “Superman Returns” es que el público ha cambiado, la tecnología ha cambiado y el cine de acción, sí, ha cambiado más que ninguna otra cosa. En la era de los Michael Bay y los Joss Whedon, el espectador ya no se emociona al ver cómo el héroe rescata de un destino fatal al enésimo helicóptero/avión/transbordador espacial averiado. Lo que el Superman moderno necesita para conquistar a los miles de gamers, otakus y fanboys del siglo XXI es un villano de alto octanaje que le pueda poner en apuros serios (Michael Shannon, bendito seas) y un sentido de la pirotecnia que rivalice en igualdad de condiciones con la gran traca final de “Los Vengadores”.


Y, pese a las decisiones caprichosas de Goyer, Nolan y Snyder, y los evidentes agujeros de guión (que los tiene y son llamativos por su torpeza), “El hombre de acero” (me) enamora porque posee la fuerza visceral de las mejores ensaladas de hostias que se recuerden en el Noveno Arte. El enfrentamiento de Superman contra Zod remite a otras inolvidables palizas dibujadas, como Goku Vs. Freezer, Invencible Vs. Conquest o, por encima de todas, Miracleman Vs. Kid Miracleman (¿la mejor pelea de super-tipos de todos los tiempos?). El acto final de “El hombre de acero” es orgásmico en su condición de espectáculo palomitero de destrucción masiva; esa gran escena de acción protagonizada por Superman que Hollywood nos venía negando hasta la fecha y que, por fin, me ha reconciliado con uno de los directores a los que más tirria estaba pillando últimamente: Zack Snyder, apúntate una.


Ni “El hombre de acero” es una película perfecta ni, con certeza, la mejor adaptación posible de la gran S a la pantalla grande, pero tampoco “Batman Begins” (con la que comparte muchos rasgos en común) era mi película soñada sobre el Hombre Murciélago y hoy por hoy se la reconoce como la piedra de toque de un nuevo modo de entender el cine de super-héroes. Este remozado Superman es, por lo de pronto, un reboot emocionante e intenso, divertido como pocos títulos que haya visto en pantalla grande un servidor en lo que va de 2013, y una base sólida sobre la que (re)construir una saga que, ahora sí, tiene el viento a favor para volar a mach 3 hasta la estratosfera.

Esta vez, quizás más que nunca, la S significa esperanza.

jueves, junio 20, 2013

La música de la sabana

"Nants ingonyama bagithi Baba
Sithi uhm ingonyama"


Para todos aquellos que nacimos en los 80 (y tuvimos una infancia más o menos feliz) existen una retahíla de clásicos Disney que forman parte fundamental de nuestro imaginario generacional. Hablo de la década de largometrajes animados (y sus impagables momentos musicales) que va desde “La Sirenita” (1989) hasta “Tarzán” (1999), y que tuvo sus últimos coletazos de brillantez en la estupenda “Lilo & Stitch” (2002). En lo que respecta a la animación tradicional, desde entonces no ha habido nada igual en occidente (Japón, ya sabéis, va a su bola) y dudo mucho que vuelva a haberlo. De todos aquellos clásicos que forjaron el carácter de muchos de los veinteañeros y treintañeros de hoy, uno de los más admirados es “El Rey León”.


Remake animalizado de “Hamlet” y plagio evidentísimo de “Kimba, el león blanco” de Osamu Tezuka, el film protagonizado por el desterrado príncipe Simba, legítimo heredero de “toda la tierra que baña la luz” (que decía -snif- Constantino Romero), supuso con toda probabilidad el cenit creativo de la Disney de los 90 y uno de los mayores éxitos comerciales en la historia del estudio. Al igual que en los casos de “Aladdin”, “La Bella y la Bestia” o la descacharrante “Hercules”, recuerdo haber visto docenas de veces “El Rey León” en el VHS original que alguien me regaló (por un cumpleaños, creo), y haber berreado sus canciones en las más insólitas circunstancias en compañía de J. (mayúscula), de Nocciolita o del CD con la banda sonora original compuesta por Hans Zimmer y Elton John.


Pese a lo complejo, conceptualmente, de una adaptación teatral inspirada en dicho material, en 1997 la artista multimedia Julie Taymor (a quien los más cinéfilos recordarán por su esteticista adaptación al celuloide del también shakespeariano “Tito Andrónico” en “Titus” y por ser la máxima responsable del biopic de Frida Kahlo protagonizado por Salma Hayek) presentó en Broadway el musical que recogía el argumento (con ligeros añadidos de guión) y las composiciones originales (más un par de temas nuevos) del film de animación. El inmediato éxito de crítica y público motivó su exportación a otras latitudes e idiomas, siendo hasta la fecha la producción de Madrid, representada en el Teatro Lope de Vega desde octubre de 2011, la única en lengua castellana estrenada hasta la fecha.


La dificultad para conseguir entradas decentes si no es con sorprendente antelación y lo inasequible de los precios me tuvieron con los dientes largos durante año y medio, a la espera de una ocasión propicia para dejarme llevar por las ganas y dilapidar parte de mis ahorros en ese espectáculo teatral del que todo el mundo hablaba maravillas. La ocasión llegó (se creó, más bien) el pasado domingo, y lo cierto es que no podría alegrarme más de haber pasado por taquilla.


No sé cuánto ha tenido que ver la nostalgia y cuánto el hecho de que “El Rey León”, el musical, es un espectáculo que entra por los ojos y los oídos como un arrollador torbellino de color y música, pero lo cierto es que, salvo algunas dudosas decisiones que buscan el humor localista (el andalucismo moranco de Timón, básicamente) y el hecho de que las canciones no respeten la traducción del doblaje original al castellano (ahora, por ejemplo, el himno fascista “Preparaos” se llama “Conspirad”), no se me ocurren mayores peros que ponerle a esas dos horas largas (casi tres) de show que me mantuvieron directamente conectado con la memoria del niño que un día fui. El niño que, para orgullo de Saint-Exupéry, aún sigo siendo por momentos.


El multitudinario ballet, la orquestación en directo, las poderosas voces de los intérpretes principales (con la actriz que interpreta al chamán Rafiki a la cabeza), los imaginativos recursos visuales con que se representan algunos de los momentos más difíciles de trasladar a las tablas (como la escena en que Mufasa se aparece a Simba entre las estrellas) y, sobre todo, el superlativo trabajo de maquillaje y vestuario, convierten al musical de “El Rey León” en una de esas experiencias artísticas “más grandes que la vida”, que impactan y emocionan y se graban a fuego en la memoria del espectador.


Y aunque fui a verla con quien más deseaba hacerlo, inevitablemente me acordé también durante la función de todas aquellas personas (como J. (mayúscula), Nocciolita, el Padre Karras o mi reverendísima madre) con quienes me gustaría poder compartir algún día esta experiencia una vez más. Porque tenía ganas de vivirla antes de hacerlo y, ahora que ya la he vivido, tengo ganas de repetir.

Es, literalmente, un ciclo sin fin.

martes, junio 04, 2013

Micro-reseñas primaverales

Últimamente el tiempo vuela. El mío, quiero decir. Entre el trabajo, la vida personal, lo poco que consigo ir al gimnasio y dormir un rato de vez en cuando, estas últimas semanas/meses he tenido el blog bastante desatendido. Y no será porque no se me ocurran temas sobre los que escribir: lo que pasa es que no tengo tiempo para sentarme a hacerlo. Literalmente. Hace unos días, durante una (muy) fugaz visita a Galicia, mi buen amigo Home de Xeo constató amablemente que hacía mucho que no escribía sobre comics; que no “lo tenía al corriente de mis últimas lecturas”. Así que a ver si hoy subsanamos eso con una batería de micro-reseñas primaverales… por mucho que me apene no poder dedicarle a alguno de los siguientes títulos una entrada monográfica en condiciones. Al lío:


Ojo de Halcón #1: Seis día en la vida de…


Como probable efecto colateral de la película sobre “Los Vengadores”, el arquero Clint Barton estrena nueva serie en solitario bajo la batuta del sólido guionista Matt Fraction y el excepcional trabajo gráfico de los españoles David Aja (adoro a este tío desde que lo descubrí en “El inmortal Puño de Hierro”) y Javier Pulido. Es precisamente la parte visual de “Ojo de Halcón”, con una narrativa y un diseño de página primorosos, la que eleva notablemente la calidad de una serie marcada por un tono urbano que mezcla humor, espionaje y toneladas de acción. No será el tebeo del año, pero sí una lectura divertida y sin pretensiones que da exactamente lo que promete. “Yippee ki-yay”, que diría John McClane.


The Boys #1 (edición integral)


Reedición en libracos muy gordos de la serie regular con la que el escritor irlandés Garth Ennis pretendía superar el éxito de su conocida “Predicador”. El argumento es tan simple como, a priori, tentador: “¿Quién vigila a los vigilantes?” Pues The Boys, un grupo de mercenarios de la CIA dedicados a extorsionar, humillar públicamente y (si es preciso) eliminar a cualquier super-héroe que se pase de la raya, cosa que hacen muy a menudo… con erótico resultado. Teniendo a Ennis como guionista, la cabecera asegura altas dosis de violencia explícita, sexo sucio, cantidades ingentes de alcohol y palabrotas que hacen llorar al niño Jesús: la clase de contenido ¿para adultos? que me alegraría la vida con 15 años pero que hoy por hoy me resulta un poco infantil. Teniendo a Darick Robertson (lo peor de la sobrevalorada “Transmetropolitan” de Warren Ellis) como dibujante, uno se asegura también un acabado visual expresivo y grotesco que encaja perfectamente con el tono de la serie, por mucho que el artista norteamericano no sea santo de mi devoción. “The Boys” tiene sus momentos… pero no es “Predicador”. Ni de lejos.


Fatale #1: La muerte me persigue


Ed Brubaker y Sean Phillips, el equipo creativo detrás de pepinazos como “Sleeper” y “Criminal” (y también “Incógnito”, que no estaba mal), se reúnen de nuevo en una colección que hermana la serie negra más canónica (años 50, detectives con gabardina, mujeres fatales) con el rollo lovecraftiano de las sectas ocultistas y los horrores primigenios inenarrables. Es decir: “Criminal” + “Los mitos de Cthulhu”. ¿Es original y sorprendente? No, son Brubaker y Phillips haciendo más o menos lo de siempre. ¿Funciona? ¡Pues claro, son Brubaker y Phillips, maldita sea!


Invencible #17: Ser inteligente


La mejor serie regular de super-héroes que se publica hoy en día (según el 100% de los redactores de este blog) prosigue su andadura en la edición de Aleta/Dolmen y alcanza los 84 números yankis con la frescura de los guiones de Kirkman y el buen hacer gráfico de Ottley intactos. Tras el punto y aparte que supuso la “Guerra Viltrumita” (os hablaba de ella hace relativamente poco), Mark Grayson debe decidir qué significa para él ser un héroe: ¿se trata sólo de patear el trasero al villano de turno o existe la posibilidad de hacer algo más para mejorar el mundo? A su manera ligera y desenfadada, Kirkman explora conceptos que ya habíamos visto en títulos como “Miracleman” o “The Authority” (el super-héroe como fuerza de oposición al statu quo) en un tomo de descompresión dramática que expande los horizontes del Universo Invencible. Y yo feliz.


Hombre #1 (edición integral)


Una de las mayores deudas del actual panorama editorial hacia el tebeo español de los 80 se ve por fin subsanada: la hasta ahora ilocalizable obra maestra de José Ortiz y Antonio Segura se reedita en dos volúmenes integrales que hacen justicia a un clásico que se mantiene tan fresco y actual como el primer día. Las aventuras de Hombre, superviviente anónimo en un apocalipsis que antecede en espíritu a “La carretera” de Cormac McCarthy, son un trabajo artesanal de primera magnitud, con guiones sencillos pero contundentes a cargo de Ortiz y un dibujo atmosférico, expresivo, detallista e -introduzca aquí su superlativo favorito- obra de Segura. Posiblemente, junto a “Paracuellos” de Giménez y “Torpedo” de Bernet y Abulí, mi clásico hispano favorito de todos los tiempos.