lunes, agosto 09, 2010

La madre de las ucronías

No suelo leer novelas de ciencia-ficción.


Reconozco que esto se debe, en parte, a ciertos prejuicios hacia el género, mas sólo en su faceta literaria. No porque piense que la ciencia-ficción no es una temática tan capaz de albergar alta literatura como cualquier otra (siendo “1984” mi novela favorita, por cierto), sino porque, al igual que me ocurre con los tebeos de super-héroes, sospecho que se trata en ambos casos de géneros que atraen, por sus características más superficiales, a una cantidad insólita de patanes artísticos y juntapalabras de poca monta.

Por otro lado, sufro de cierta saturación de ciencia-ficción en el cine y los comics, donde el género me hace disfrutar de lo lindo (en breve os aburriré con un señor tocho a colación de la fantasía onírica de “Origen”), y cuando abro un libro busco, de algún modo, compensar esa sobreexposición a la irrealidad con otro tipo de argumentos que enriquezcan mi abanico particular de ocio. Es una opción personal que a muchos les parecerá algo tonta, lo sé, pero supongo que lo que a uno le apetece o no leer depende únicamente de ese uno y de nadie más.

Con todo, soy perfectamente consciente de que la ciencia-ficción novelada alberga no pocas obras maestras (más allá de géneros y denominaciones) que uno debe conocer si aspira a estar un poco al día en materia literaria. De todos los grandes autores que han tratado asiduamente el género, uno de los más destacados, tanto por obra como por influencia posterior, es Philip K. Dick.



Suele decirse que Dick estaba un poco (o bastante) majareta. Que afirmaba haber tenido experiencias paranormales de todo tipo, siendo una de ellas el haber atravesado el velo entre universos y haber visitado una realidad alternativa a la nuestra, parte (al igual que nuestro plano de existencia) de un multiverso mayor. De esa vivencia surgió, al parecer, la idea en que se asienta su novela ganadora del premio Hugo en 1963, “El hombre en el castillo”.

En “El hombre en el castillo” nos encontramos con uno de los más famosos ejemplos de ucronía, subgénero que consiste en reinterpretar la historia de la humanidad de acuerdo a un cambio puntual que desencadena una realidad distinta a la que actualmente conocemos. Así, en la novela que nos ocupa, el presidente de EE.UU. Franklin D. Roosevelt fue asesinado en el año 1933, iniciando un sucesión de acontecimientos que llevó a la derrota de los aliados en la II Guerra Mundial y al reparto del mundo por parte de las fuerzas del Eje. Lo que nosotros conocemos como EE.UU. queda entonces dividido en tres grandes zonas: los Estados Americanos del Pacífico, gobernados por autoridades japonesas; los Estados Unidos de América, propiedad del Reich alemán, y los Estados de las Montañas Rocosas, zona neutral entre ambos imperios.



“El hombre en el castillo” está planteada como una historia coral centrada principalmente en ciudadanos anónimos. Estos están esencialmente interconectados por la lectura de un libro titulado “La langosta se ha posado” (escrito por un misterioso hombre, Hawthorne Abdensen, del que se dice que vive en una fortaleza inexpugnable) y por el uso, muy arraigado entre los habitantes de la zona japonesa, del “Libro de los cambios” o “I-Ching”, oráculo milenario que permite a su usuario vislumbrar la decisión más ventajosa ante una encrucijada vital. Y es precisamente en el “I-Ching” donde finalmente se centra la atención de la novela; la cual, según declaraciones del propio Philip K. Dick, se escribió de acuerdo a las determinaciones que el propio libro iba dictándole, incluso cuando éstas contradecían las preferencias del autor.

No conviene desvelar mucho más acerca del argumento de la obra, pues se trata de una historia conceptualmente compleja que admite múltiples interpretaciones y que debe ser descubierta por cada lector, pues sus enigmas y misterios bien compensan el (por otro lado) escaso esfuerzo que supone su lectura. “El hombre en el castillo” es una novela corta, escrita de forma directa y amena, haciendo hincapié en el aspecto puramente narrativo, más allá de elaboradas descripciones. Además, elude con rotundidad los habituales clichés de la ciencia-ficción más arquetípica (olvidaos de coches voladores, especies alienígenas y demás parafernalia fururista; aquí todo es bastante mundano y terrenal) y pone el foco en la psicología de personajes y el factor socio-político.

Sin estar destinada a figurar entre mis novelas de cabecera, “El hombre en el castillo” supone uno de esos escasos acercamientos al género fantástico que, de tanto en tanto, sacuden con fuerza mis prejuicios literarios y me animan a indagar más profundamente en un terreno en el que, toca reconocerlo, aún tengo muchas alegrías por descubrir.

2 comentarios:

Sergi dijo...

Buf, mira que me gusta la ciencia ficción y se me atraganta a más no poder Philip K. Dick. Esta novela me disgusta bastante el desenlace,me parece tramposo a rabiar. Aunque quizás debería releermela, a ver si con el tiempo ahora le veo más matices...

De todas maneras, aprovecho para recomendarte Ubik, del mismo autor.

Jero dijo...

A mí el final de "El hombre en el castillo" no me resultó tramposo, aunque quizás sea una cuestión de percepción. Dependerá de las conclusiones a las que haya llegado cada uno, supongo, porque lo que sí me parece es ambiguo y dado a múltiples interpretaciones. Si te apetece, colgamos la etiqueta de CUIDADO SPOILERS y nos metemos alegremente en faena ;)

Yo de K. Dick sólo he leído esta novela (aunque tengo "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" en la Torre de Lecturas Pendientes). Hasta donde yo sé, "Ubik" y "Valis" son dos de sus libros más recomendables y, caso de que me siga picando el gusanillo, serán las siguientes que me lea.

Gracias por la recomendación, of course.