“Quien se traga un coco confía en su ano”.
[Proverbio de Costa de Marfil (leído hoy en el artículo de Rosa Montero en “El País Semanal”).]
domingo, febrero 08, 2009
sábado, febrero 07, 2009
Cine necesario
Hay películas que, más que por su calidad fílmica, debieran ser de visionado obligatorio por su contenido. “Mi nombre es Harvey Milk” es una de ellas.
Esto no significa que no sea una película cojonuda, que también lo es. Gus Van Sant (realizador con sus más y sus menos, pero siempre interesante) se luce con una dirección sobria siempre puesta a disposición de la historia y un montaje que incluye imágenes de archivo que contribuyen a dotar al film de un aire pseudo-documental acertadísimo. La recreación histórica es perfecta y el casting inmejorable. Destacan con luz propia un Sean Penn en estado de gracia (lo cual comienza a ser una constante; se ha convertido en uno de esos intérpretes que por sí solos justifican el ver una peli) y dos jóvenes que ya no son promesas sino grandes actores por derecho propio: James Franco y Emile Hirsch. Además, Josh Brolin repite como secundario de lujo, demostrando que sabe elegir papeles controvertidos y sacarlos adelante con algo más que solvencia.

Pero, como estaba diciendo, “Mi nombre es Harvey Milk” es una película que trasciende los juicios estrictamente cinematográficos y propone una lección de humanidad y valores positivos. La lucha por los derechos de los gays que Milk (el personaje real) encarnó es una lucha cuyos frentes siguen abiertos aún a día de hoy. El colectivo homosexual, que lleva siglos siendo injustamente discriminado en casi todas las sociedades (en la Grecia clásica no se sabía todo, pero resulta increíble la facilidad conque desdeñamos algunas de las cosas que sí se sabían), debe aún lograr reconocimientos y derechos fundamentales de los que se les sigue privando, no sólo sobre el papel, sino en la convivencia diaria. Por mucho que hayamos avanzado como sociedad, la homosexualidad continúa acarreando una desventaja que jamás tuvo razón de ser.
Por eso todavía necesitamos películas como “Mi nombre es Harvey Milk”. Necesitamos que se proyecten en los cines, que se vean en los institutos, que las pasen en la tele en horario de prime time. Nuestra sociedad necesita que el arte nos haga reflexionar, que nos obligue a plantearnos qué está bien y qué no. Que nos recuerde que aún hay batallas que ganar y que no podemos dejar que sean otros los que asuman la responsabilidad de librarlas. Porque es responsabilidad de todos.
Esto no significa que no sea una película cojonuda, que también lo es. Gus Van Sant (realizador con sus más y sus menos, pero siempre interesante) se luce con una dirección sobria siempre puesta a disposición de la historia y un montaje que incluye imágenes de archivo que contribuyen a dotar al film de un aire pseudo-documental acertadísimo. La recreación histórica es perfecta y el casting inmejorable. Destacan con luz propia un Sean Penn en estado de gracia (lo cual comienza a ser una constante; se ha convertido en uno de esos intérpretes que por sí solos justifican el ver una peli) y dos jóvenes que ya no son promesas sino grandes actores por derecho propio: James Franco y Emile Hirsch. Además, Josh Brolin repite como secundario de lujo, demostrando que sabe elegir papeles controvertidos y sacarlos adelante con algo más que solvencia.

Pero, como estaba diciendo, “Mi nombre es Harvey Milk” es una película que trasciende los juicios estrictamente cinematográficos y propone una lección de humanidad y valores positivos. La lucha por los derechos de los gays que Milk (el personaje real) encarnó es una lucha cuyos frentes siguen abiertos aún a día de hoy. El colectivo homosexual, que lleva siglos siendo injustamente discriminado en casi todas las sociedades (en la Grecia clásica no se sabía todo, pero resulta increíble la facilidad conque desdeñamos algunas de las cosas que sí se sabían), debe aún lograr reconocimientos y derechos fundamentales de los que se les sigue privando, no sólo sobre el papel, sino en la convivencia diaria. Por mucho que hayamos avanzado como sociedad, la homosexualidad continúa acarreando una desventaja que jamás tuvo razón de ser.
Por eso todavía necesitamos películas como “Mi nombre es Harvey Milk”. Necesitamos que se proyecten en los cines, que se vean en los institutos, que las pasen en la tele en horario de prime time. Nuestra sociedad necesita que el arte nos haga reflexionar, que nos obligue a plantearnos qué está bien y qué no. Que nos recuerde que aún hay batallas que ganar y que no podemos dejar que sean otros los que asuman la responsabilidad de librarlas. Porque es responsabilidad de todos.
miércoles, febrero 04, 2009
Animalada
“Is it much to admit I need
A solid soul and the blood I bleed
With a little girl, and by my spouse
I only want a proper house
I don't care for fancy things
Or to take part in a precious race
And children cry for the one who has
A real big heart and a father's grace
I don't mean to seem like I care about material things like a social status
I just want four walls and adobe slabs for my girls”

[Decir que los integrantes de Animal Collective hacen pop es como afirmar que Borges juntaba palabras: una verdad que a ambos se les queda muuuy pequeña. Acabo de descubrirlos hace un par de semanas gracias a su nuevo disco, “Merryweather post pabillion”, y debo decir que han llegado a mi vida como una auténtica revelación. Su carácter experimental hace que la primera escucha resulte algo durilla, pero las sucesivas consiguen que el álbum crezca imparable y sin límites conocidos (al menos yo aún no los he conocido). Con cada nueva escucha redescubro alguna de las canciones y ésta pasa a convertirse en otra de mis favoritas. Aún así, está claro que “My girls”, cuyos versos tenéis unas líneas más arriba (y el vídeo, tope psicodélico, pinchando aquí) era la candidata perfecta para primer single.]
[Oh, y la portada mola tanto que no podía dejar pasar la posibilidad de colgarla en el blog. ¡Está viva!]
A solid soul and the blood I bleed
With a little girl, and by my spouse
I only want a proper house
I don't care for fancy things
Or to take part in a precious race
And children cry for the one who has
A real big heart and a father's grace
I don't mean to seem like I care about material things like a social status
I just want four walls and adobe slabs for my girls”

[Decir que los integrantes de Animal Collective hacen pop es como afirmar que Borges juntaba palabras: una verdad que a ambos se les queda muuuy pequeña. Acabo de descubrirlos hace un par de semanas gracias a su nuevo disco, “Merryweather post pabillion”, y debo decir que han llegado a mi vida como una auténtica revelación. Su carácter experimental hace que la primera escucha resulte algo durilla, pero las sucesivas consiguen que el álbum crezca imparable y sin límites conocidos (al menos yo aún no los he conocido). Con cada nueva escucha redescubro alguna de las canciones y ésta pasa a convertirse en otra de mis favoritas. Aún así, está claro que “My girls”, cuyos versos tenéis unas líneas más arriba (y el vídeo, tope psicodélico, pinchando aquí) era la candidata perfecta para primer single.]
[Oh, y la portada mola tanto que no podía dejar pasar la posibilidad de colgarla en el blog. ¡Está viva!]
Abecedario personal: O de Orwell, George
No hablo con total conocimiento de causa cuando abordo la figura de George Orwell (pseudónimo del escritor inglés Eric Arthur Blair) porque no he leído toda su obra (escueta en cuanto a novelas, muy amplia en el terreno periodístico), pero siempre me he sentido fascinado por su figura.
Por un lado, porque fue un defensor a ultranza de la libertad de expresión. Él mismo cita a Voltaire en su prólogo para “Rebelión en la granja” cuando le refiere esta paráfrasis: “Detesto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”; sentencia que luego rubrica con la igualmente rotunda “Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír”. Orwell escribió sus novelas con convicción y nunca se doblegó ante lo políticamente correcto (cuando se editó por primera vez “Rebelión en la granja”, Inglaterra era aliada de Rusia contra los alemanes, y el libro era mordazmente crítico con el régimen stalinista), y eso merece una alabanza.
Por otro lado, también despierta mis simpatías por su vinculación con la Guerra Civil española, en la que luchó del lado de la República y que le inspiró a la hora de escribir “Homenaje a Cataluña”. Que un inglés se aliste en un país extranjero (el nuestro en este caso) para luchar por sus ideales es a todas luces loable.
La tercera razón de mi admiración hacia Orwell, más allá de su ideología y de su faceta humana, es que me parece uno de los mejores escritores que jamás he tenido la suerte de leer.
“1984” es posiblemente su obra maestra y, posiblemente también, mi novela favorita. Esta afirmación tiene tela, claro, porque no puede decirse que haya leído tanto como para tener un criterio literario perfectamente formado y porque, además, llegados a un punto de excelencia tal, resulta difícil decidirse entre varias obras que me han marcado a fuego a lo largo de los años (ahí están “El amor en los tiempos del cólera”, “La historia interminable”, “El conde de Montecristo”, “El principito” o “Rayuela”, y con estas y la de Orwell ya tendría una novela favorita para cada día de la semana y aún me quedaría el domingo para leerme tranquilamente un cuentecito de Borges o Asimov). Pero si esto fuera una de esas entrevistas en las que te preguntan una peli, un disco y un libro, seguro que el libro sería “1984”. Seguro.

Las andanzas de Winston Smith en un futuro totalitario en constante estado de guerra han inspirado durante los últimos 60 años a prácticamente todo hijo de vecino. Sin Orwell y “1984”, hoy en día no tendríamos películas como “Brazil” (Terry Gilliam), “The Matrix” (Hnos. Wachowsky) o “Equilibrium” (Kurt Wimmer) y comics como “V de Vendetta” (Moore/Lloyd), “Los Invisibles” (Grant Morrison) o “Superman: Red Son” (Millar/Johnson/Pluckett), y cito sólo ejemplos que tengo frescos, porque sé que la lista de referencias a esta novela y su mitología es extensísima (y no, no me olvido del reality show más chusco de la historia de la televisión, ni de aquel magnífico spot de Apple que Ridley Scott filmó en el año de marras).
Pero “1984” no es valioso únicamente por ser una puta maravilla de libro y por haber servido de inspiración a muchos que vinieron después. El gran valor añadido de esta novela es su carácter funestamente precognitivo. Mientras sus coetáneos se retorcían de espanto con sus jeremiadas atómicas, Orwell, cual Nostradamus del siglo XX, previó la llegada de una era en la que los gobiernos someterían a los ciudadanos a una pérdida total de las libertades en aras de una seguridad dudosamente necesaria. Michael Moore establece en su no-documental (no sé cómo catalogarlo) “Fahrenheit 9/11” una acertada comparación entre el sistema propagandístico del Gran Hermano orwelliano y su intromisión en la intimidad ciudadana y la situación que en EE.UU. se vivía con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Tampoco estuvieron tan lejos de las predicciones de Orwell las medidas de vigilancia establecidas durante el mandato de Margaret Thatcher en la Pérfida Albión a finales de los 80 (respecto a esto son muy interesantes las reflexiones de Alan Moore, que también se adelantó a la Dama de Hierro en “V de Vendetta”). Y qué decir de China o, sobre todo, Corea del Norte, donde la situación se antoja tan terrible como la que Orwell plasmó en su obra, y donde decir Kim Jong-Il no es más que poner nombre y rostro a un no-tan-fictio Gran Hermano.
“1984” se adelantó a su tiempo, cambió la forma de entender el futuro de las sociedades humanas (junto a otras obras capitales como “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury o “Un mundo feliz” de Aldous Huxley) y se convirtió por méritos propios en una inmensa novela de política-ficción y terror, con uno de los finales más inolvidables que servidor recuerda haber leído (¡qué última, perfecta, frase!).
La gran desgracia del futuro que Orwell escribió es que cada día está más presente en nuestras vidas, pero se ha vuelto tan cómodo y apacible que apenas sentimos la necesidad de rebelarnos contra él.
No pasa nada. Nos quedan cosas buenas como el sexo o el helado de vainilla, y el saber que podríamos haber nacido en Corea del Norte (y si estás leyendo esto, está claro que no vives allí).
Larga vida al Gran Hermano. Pero siempre encerrado en las cubiertas de un libro.
Por un lado, porque fue un defensor a ultranza de la libertad de expresión. Él mismo cita a Voltaire en su prólogo para “Rebelión en la granja” cuando le refiere esta paráfrasis: “Detesto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”; sentencia que luego rubrica con la igualmente rotunda “Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír”. Orwell escribió sus novelas con convicción y nunca se doblegó ante lo políticamente correcto (cuando se editó por primera vez “Rebelión en la granja”, Inglaterra era aliada de Rusia contra los alemanes, y el libro era mordazmente crítico con el régimen stalinista), y eso merece una alabanza.
Por otro lado, también despierta mis simpatías por su vinculación con la Guerra Civil española, en la que luchó del lado de la República y que le inspiró a la hora de escribir “Homenaje a Cataluña”. Que un inglés se aliste en un país extranjero (el nuestro en este caso) para luchar por sus ideales es a todas luces loable.
La tercera razón de mi admiración hacia Orwell, más allá de su ideología y de su faceta humana, es que me parece uno de los mejores escritores que jamás he tenido la suerte de leer.
“1984” es posiblemente su obra maestra y, posiblemente también, mi novela favorita. Esta afirmación tiene tela, claro, porque no puede decirse que haya leído tanto como para tener un criterio literario perfectamente formado y porque, además, llegados a un punto de excelencia tal, resulta difícil decidirse entre varias obras que me han marcado a fuego a lo largo de los años (ahí están “El amor en los tiempos del cólera”, “La historia interminable”, “El conde de Montecristo”, “El principito” o “Rayuela”, y con estas y la de Orwell ya tendría una novela favorita para cada día de la semana y aún me quedaría el domingo para leerme tranquilamente un cuentecito de Borges o Asimov). Pero si esto fuera una de esas entrevistas en las que te preguntan una peli, un disco y un libro, seguro que el libro sería “1984”. Seguro.

Las andanzas de Winston Smith en un futuro totalitario en constante estado de guerra han inspirado durante los últimos 60 años a prácticamente todo hijo de vecino. Sin Orwell y “1984”, hoy en día no tendríamos películas como “Brazil” (Terry Gilliam), “The Matrix” (Hnos. Wachowsky) o “Equilibrium” (Kurt Wimmer) y comics como “V de Vendetta” (Moore/Lloyd), “Los Invisibles” (Grant Morrison) o “Superman: Red Son” (Millar/Johnson/Pluckett), y cito sólo ejemplos que tengo frescos, porque sé que la lista de referencias a esta novela y su mitología es extensísima (y no, no me olvido del reality show más chusco de la historia de la televisión, ni de aquel magnífico spot de Apple que Ridley Scott filmó en el año de marras).
Pero “1984” no es valioso únicamente por ser una puta maravilla de libro y por haber servido de inspiración a muchos que vinieron después. El gran valor añadido de esta novela es su carácter funestamente precognitivo. Mientras sus coetáneos se retorcían de espanto con sus jeremiadas atómicas, Orwell, cual Nostradamus del siglo XX, previó la llegada de una era en la que los gobiernos someterían a los ciudadanos a una pérdida total de las libertades en aras de una seguridad dudosamente necesaria. Michael Moore establece en su no-documental (no sé cómo catalogarlo) “Fahrenheit 9/11” una acertada comparación entre el sistema propagandístico del Gran Hermano orwelliano y su intromisión en la intimidad ciudadana y la situación que en EE.UU. se vivía con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Tampoco estuvieron tan lejos de las predicciones de Orwell las medidas de vigilancia establecidas durante el mandato de Margaret Thatcher en la Pérfida Albión a finales de los 80 (respecto a esto son muy interesantes las reflexiones de Alan Moore, que también se adelantó a la Dama de Hierro en “V de Vendetta”). Y qué decir de China o, sobre todo, Corea del Norte, donde la situación se antoja tan terrible como la que Orwell plasmó en su obra, y donde decir Kim Jong-Il no es más que poner nombre y rostro a un no-tan-fictio Gran Hermano.
“1984” se adelantó a su tiempo, cambió la forma de entender el futuro de las sociedades humanas (junto a otras obras capitales como “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury o “Un mundo feliz” de Aldous Huxley) y se convirtió por méritos propios en una inmensa novela de política-ficción y terror, con uno de los finales más inolvidables que servidor recuerda haber leído (¡qué última, perfecta, frase!).
La gran desgracia del futuro que Orwell escribió es que cada día está más presente en nuestras vidas, pero se ha vuelto tan cómodo y apacible que apenas sentimos la necesidad de rebelarnos contra él.
No pasa nada. Nos quedan cosas buenas como el sexo o el helado de vainilla, y el saber que podríamos haber nacido en Corea del Norte (y si estás leyendo esto, está claro que no vives allí).
Larga vida al Gran Hermano. Pero siempre encerrado en las cubiertas de un libro.
Recuerdos del insti
No guardo un gran recuerdo de mis años de instituto. Tampoco es que tenga un trauma. No sufrí acoso por parte de otros chavales y nunca tuve problemas académicos, así que en comparación con otros, no tengo muchas razones para quejarme. Pero lo cierto es que el orden social que se vive en secundaria es como un puta jungla, llena de hormonas enloquecidas, luchas de poder entre machos-alfa y constantes demostraciones de crueldad hacia los elementos menos integrados de la manada. Llegado un punto, tomé la decisión consciente de hacerme invisible y participar lo menos posible de aquel juego de roles que siempre me resultó bastante ridículo. Supongo que también se debía, en parte, a que seguía de cerca la vida universitaria de mi hermano, tres años mayor que yo, y comprendía que el instituto era una etapa con caducidad inminente que poco o nada tenía que ver con la vida real. Estaba deseando escapar de allí (y de mi pueblo, contra el que no tengo nada en concreto, salvo el hecho de ser pueblo, que me parece más que suficiente) y llegar al siguiente nivel.

Creo que es por eso por lo que, amén de sus innegables virtudes, he disfrutado tantísimo con la lectura de “Inolvidable”, un comic de Alex Robinson. El argumento es el siguiente: Andy, un tipo de mediana edad, lo ha intentado todo para dejar de fumar pero nada ha dado resultado, así que, convencido por su mujer, decide someterse a hipnoterapia. Durante la sesión, Andy es mentalmente enviado de vuelta a los 15 años, donde revivirá los hechos que le incitaron a comenzar su adicción. Pero esta vez, claro, Andy mantiene su personalidad y recuerdos de adulto.

Llegados a este punto, el tabaquismo se manifiesta como una mera excusa para poner en marcha la trama del tebeo, que se centra principalmente en el recuerdo de los años de instituto y en la perspectiva que la madurez otorga de cara a extraer nuevas lecturas de lo vivido. Durante la secundaria Andy fue un tipo gris; ni el pringado más grande del reino ni el capitán del equipo de fútbol. El tiempo, por supuesto, demuestra que todos fuimos unos pringados en el instituto. Y el que aún no se haya percatado de ello es porque quizás no ha madurado lo suficiente como para verlo con sus propios ojos. Con 15 años nadie se salva de ser un pequeño gran capullo.
Descubrí a Alex Robinson con el tebeo “Malas ventas”, del que ya escribí aquí hace unos meses. Las virtudes de aquel comic (personajes entrañables, diálogos brillantes, constante búsqueda de nuevas posibilidades narrativas y visuales) siguen presentes en esta nueva obra, respaldadas además por los años de experiencia acumulados. Técnicamente “Inolvidable” es un puntazo, con algunas composiciones de página arriesgadas, originales y siempre acertadas.
Se trata, por consiguiente, de una lectura recomendabilísima, perfecta para quien esté acostumbrado a leer tebeos pero también para quien nunca haya hojeado uno. Por si eso no fuera suficiente, la edición española es de diez, tal y como nos tiene acostumbrados la editorial Astiberri.

Creo que es por eso por lo que, amén de sus innegables virtudes, he disfrutado tantísimo con la lectura de “Inolvidable”, un comic de Alex Robinson. El argumento es el siguiente: Andy, un tipo de mediana edad, lo ha intentado todo para dejar de fumar pero nada ha dado resultado, así que, convencido por su mujer, decide someterse a hipnoterapia. Durante la sesión, Andy es mentalmente enviado de vuelta a los 15 años, donde revivirá los hechos que le incitaron a comenzar su adicción. Pero esta vez, claro, Andy mantiene su personalidad y recuerdos de adulto.

Llegados a este punto, el tabaquismo se manifiesta como una mera excusa para poner en marcha la trama del tebeo, que se centra principalmente en el recuerdo de los años de instituto y en la perspectiva que la madurez otorga de cara a extraer nuevas lecturas de lo vivido. Durante la secundaria Andy fue un tipo gris; ni el pringado más grande del reino ni el capitán del equipo de fútbol. El tiempo, por supuesto, demuestra que todos fuimos unos pringados en el instituto. Y el que aún no se haya percatado de ello es porque quizás no ha madurado lo suficiente como para verlo con sus propios ojos. Con 15 años nadie se salva de ser un pequeño gran capullo.
Descubrí a Alex Robinson con el tebeo “Malas ventas”, del que ya escribí aquí hace unos meses. Las virtudes de aquel comic (personajes entrañables, diálogos brillantes, constante búsqueda de nuevas posibilidades narrativas y visuales) siguen presentes en esta nueva obra, respaldadas además por los años de experiencia acumulados. Técnicamente “Inolvidable” es un puntazo, con algunas composiciones de página arriesgadas, originales y siempre acertadas.
Se trata, por consiguiente, de una lectura recomendabilísima, perfecta para quien esté acostumbrado a leer tebeos pero también para quien nunca haya hojeado uno. Por si eso no fuera suficiente, la edición española es de diez, tal y como nos tiene acostumbrados la editorial Astiberri.
lunes, febrero 02, 2009
Dulce y devoto Dexter

Comentaba hace poco, a cuento de la segunda temporada de “Californication”, que últimamente las series se están poniendo el listón muy alto y que, después de una gran primera o segunda temporada, la siguiente siempre se espera con ilusión pero también con cierto temor, porque todo lo que sube baja y resulta imposible creer que durante varios años y decenas de episodios una misma historia pueda mantenerse en lo más alto y no repetirse, desviarse de las intenciones iniciales y, finalmente, decepcionar a sus fieles espectadores. También comentaba en esa misma entrada que la tercera temporada de “Dexter” tenía todos los votos para ser una de esas decepciones.
Porque la primera había sido grandiosa, una sorpresa inesperada que al llegar a su conclusión te dejaba mordisqueando un incómodo “¿y ahora qué?”
La segunda temporada resultó ser igual o mejor (pese a perder el valor sorpresivo inicial), haciendo evolucionar a los personajes y llevándolos a nuevos territorios que explorar. Pero al final, después de un último episodio de infarto, la misma ineludible pregunta: “¿y ahora qué?”
Hombre de poca fe.

Los responsables de “Dexter” han vuelto a conseguirlo. Me han colado una bola curva (metáfora ésta del béisbol muy querida en los EE.UU. de donde la serie proviene) imposible de anticipar. Los personajes siguen evolucionando lógicamente (signifique esto lo que signifique cuando hablamos de un psicópata como Dexter) y la trama discurre por derroteros diferentes a lo visto anteriormente, demostrando que las posibilidades de esta serie son tan infinitas como la vida misma. Porque de eso es de lo que va “Dexter”: de la vida en todas sus dimensiones, vista a través del prisma de un ser ajeno a las convenciones sociales. La vida y, por encima del resto de sus parcelas, la familia.
Si la primera temporada trataba sobre qué y quién es Dexter y la segunda sobre cómo Dexter debe enfrentarse a la responsabilidad por sus actos, la tercera nos explica qué ocurre cuando Dexter, el asesino más pulcro y meticuloso del mundo audiovisual, comete un error (y más de uno) por no seguir los dictados del código de Harry (ése que siempre ha seguido a pies juntillas y que hasta ahora le ha librado de dar con sus huesos en prisión o en la cámara de gas): ¿qué ocurre cuándo Dexter no toma precauciones?
Para no destripar el argumento de esta nueva tanda de capítulos, me limitaré a decir que finalmente esta tercera temporada consigue igualar (¿y de nuevo superar?) a las precedentes, logrando lo que hace sólo unos días me parecía prácticamente imposible. “Dexter” es una serie que continúa en ascenso, mejorando en cada entrega. Esperemos que Showtime no estire demasiado esta maravilla catódica y consiga dejarla en lo más alto, antes de esa caída de la que hablaba en el primer párrafo…
Ahora ya no temo a una inevitable cuarta temporada que, esta vez más que nunca, parece totalmente necesaria.

Modo maruja on:
¿Sabíais que Michael C. Hall, el actor que interpreta a Dexter Morgan, se ha casado recientemente con Jennifer Carpenter, la actriz que encarna a su hermana en la ficción? Es lo que le faltaba a la famila Morgan: ¡incesto!
Reyes del estribillo
“(…)
Oh, then suddenly you know
You’re never going home.
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never going home,
Like Ulysses, baby.
No.
Lalalala.
Uuuuhuuuu.
You’re not Ulysses.
Uuuuhuuuu.
Lalalala”

[Wow, poesía en movimiento, ¿eh? … Si hay algo que Franz Ferdinand sabe hacer bien es un estribillo pegadizo. Su música sigue a rajatabla el esquema estrofa-estribillo-estrofa dando forma a un sonido divertido y de fácil consumo. Por desgracia, el grupo de Alex Kapranos sufre en sus discos del mal de la caducidad inminente. Sus canciones tienen alma de hit con un índice de re-escucha tendente a cero, igual que su nuevo álbum “Tonight: Franz Ferdinand”. En él, los escoceses buscan un sonido más electrónico (rollo new-rave) que aplicar al mismo estilo compositivo desplegado en sus dos trabajos anteriores. Pero que nadie se asuste, Franz Ferdinand suena a Franz Ferdinand aunque la mona se vista de seda. Se trata, por tanto, de unas canciones perfectas para rayar un par de semanas (como este “Ulysses” que hoy nos ocupa o la pegadicérrima “Bite hard” -sorry, no video-) y luego olvidar hasta que la banda saque su primer “grandes éxitos”: al ritmo que van de dos o tres grandes temas por disco, seguro que el recopilatorio quedará fetén.]
Oh, then suddenly you know
You’re never going home.
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never
You’re never going home,
Like Ulysses, baby.
No.
Lalalala.
Uuuuhuuuu.
You’re not Ulysses.
Uuuuhuuuu.
Lalalala”

[Wow, poesía en movimiento, ¿eh? … Si hay algo que Franz Ferdinand sabe hacer bien es un estribillo pegadizo. Su música sigue a rajatabla el esquema estrofa-estribillo-estrofa dando forma a un sonido divertido y de fácil consumo. Por desgracia, el grupo de Alex Kapranos sufre en sus discos del mal de la caducidad inminente. Sus canciones tienen alma de hit con un índice de re-escucha tendente a cero, igual que su nuevo álbum “Tonight: Franz Ferdinand”. En él, los escoceses buscan un sonido más electrónico (rollo new-rave) que aplicar al mismo estilo compositivo desplegado en sus dos trabajos anteriores. Pero que nadie se asuste, Franz Ferdinand suena a Franz Ferdinand aunque la mona se vista de seda. Se trata, por tanto, de unas canciones perfectas para rayar un par de semanas (como este “Ulysses” que hoy nos ocupa o la pegadicérrima “Bite hard” -sorry, no video-) y luego olvidar hasta que la banda saque su primer “grandes éxitos”: al ritmo que van de dos o tres grandes temas por disco, seguro que el recopilatorio quedará fetén.]
domingo, febrero 01, 2009
Corre, Jero, corre
Llevo bastante bien la soledad, no soy de los que echan mucho de menos a nadie (lo cual no significa que no me importe la gente, es sólo que el no tenerlos cerca no me afecta tanto como a otros/as). También llevo bien la abstinencia, en todas sus vertientes (sí, sorprendido lector, incluso los bloggers atractivos como yo tenemos nuestras noches solitarias, aunque sean menos que las tuyas). No me importa no salir de marcha en tres meses, no es algo que eche en falta en mi vida (aunque a veces se agradezca una buena juerga).
Lo que llevo realmente mal es no hacer ejercicio. Ahí, lo reconozco, mi paciencia es terriblemente limitada.
Hasta ayer, llevaba más de un mes sin machacarme un poco el cuerpo, encerrado en mi estudio dibujando y coloreando non-stop para poder entregar cuanto antes mis páginas para el tercer volumen de “Historias de Galiza”, y así compensar el inexcusable retraso que llevo acumulado. Pero el viernes dije “no aguanto más”. Me fui a la cama reventado de currar y puse el despertador para bien temprano.

El sábado me levanté, me puse ropa cómoda y salí a correr. El frío de la mañana jodía como nunca, como cuchillas bajándome por la garganta hasta los pulmones. Troté sólo un rato por la alameda de Compostela, una zona preciosa para un buena carrera mañanera (toda Santiago lo es). Luego volví a casa a sufrir el ya clásico ataque de asma y flema (no británica, sino de la otra) del “primer-día-de-carrera-jódete-cuerpo-abotargado” y ducharme. El primer día siempre es el peor, pero en un par de semanas uno ya vuelve a estar otra vez a tope, enseñándole el dedo corazón al frío y al asma y a la pereza.
Porque hacer ejercicio es una de las mejores cosas en la vida. Alivia frustraciones, mata los estreses, calma los nervios. Da paz y sosiego. Te hace dormir como un bebé de 3 meses. Te da tiempo para pensar en las cosas que de verdad importan (y también en las que no) mientras machacas el asfalto y la tierra y las hojas caídas con las suelas de tus tenis. Te regala un rato para escuchar la música que sale de tus auriculares coordinada con tu pulso y tu respiración. Te hace sentirte vivo.
Hoy es domingo, tengo mucho que dibujar y el gimnasio está chapado. Pero mañana tiraré unas series de press-banca, algo de brazo y hombro. Y seguro que unas buenas dominadas. Mi cuerpo necesita que le recuerden dónde está cada cosa.
Un mes sin hacer ejercicio es mucho tiempo.
[Tengo otros tres vicios confesables. Si habéis sido lectores atentos seguro que los habréis adivinado ya. Son la música, los comics, y el cine. De los dos primeros voy bien servido, después de casi dos meses dibujando duramente, hojeando el trabajo de otros autores para inspirarme y escuchando continuamente el inagotable listado de cd’s nuevos que amueblan mi disco duro. Lo del cine, por otro lado, también estaba empezando a afectarme (la última peli que había visto en pantalla grande fue “RocknRolla”), así que ayer de noche fui con unos amigos a ver “Valkiria”, cuya reseña tenéis un poco más abajo. Aunque curré mis buenas 5 ó 6 horas, fue un día de desconexión necesaria.]
[Un último apunte: la ilustración que acompaña a esta entrada es obra de Ashley Wood. Se trata de la imagen promocional para un proyecto en colaboración con Mark Millar que nunca vio la luz. Se llamaba, como parece obvio: “Run”.]
Lo que llevo realmente mal es no hacer ejercicio. Ahí, lo reconozco, mi paciencia es terriblemente limitada.
Hasta ayer, llevaba más de un mes sin machacarme un poco el cuerpo, encerrado en mi estudio dibujando y coloreando non-stop para poder entregar cuanto antes mis páginas para el tercer volumen de “Historias de Galiza”, y así compensar el inexcusable retraso que llevo acumulado. Pero el viernes dije “no aguanto más”. Me fui a la cama reventado de currar y puse el despertador para bien temprano.
El sábado me levanté, me puse ropa cómoda y salí a correr. El frío de la mañana jodía como nunca, como cuchillas bajándome por la garganta hasta los pulmones. Troté sólo un rato por la alameda de Compostela, una zona preciosa para un buena carrera mañanera (toda Santiago lo es). Luego volví a casa a sufrir el ya clásico ataque de asma y flema (no británica, sino de la otra) del “primer-día-de-carrera-jódete-cuerpo-abotargado” y ducharme. El primer día siempre es el peor, pero en un par de semanas uno ya vuelve a estar otra vez a tope, enseñándole el dedo corazón al frío y al asma y a la pereza.
Porque hacer ejercicio es una de las mejores cosas en la vida. Alivia frustraciones, mata los estreses, calma los nervios. Da paz y sosiego. Te hace dormir como un bebé de 3 meses. Te da tiempo para pensar en las cosas que de verdad importan (y también en las que no) mientras machacas el asfalto y la tierra y las hojas caídas con las suelas de tus tenis. Te regala un rato para escuchar la música que sale de tus auriculares coordinada con tu pulso y tu respiración. Te hace sentirte vivo.
Hoy es domingo, tengo mucho que dibujar y el gimnasio está chapado. Pero mañana tiraré unas series de press-banca, algo de brazo y hombro. Y seguro que unas buenas dominadas. Mi cuerpo necesita que le recuerden dónde está cada cosa.
Un mes sin hacer ejercicio es mucho tiempo.
[Tengo otros tres vicios confesables. Si habéis sido lectores atentos seguro que los habréis adivinado ya. Son la música, los comics, y el cine. De los dos primeros voy bien servido, después de casi dos meses dibujando duramente, hojeando el trabajo de otros autores para inspirarme y escuchando continuamente el inagotable listado de cd’s nuevos que amueblan mi disco duro. Lo del cine, por otro lado, también estaba empezando a afectarme (la última peli que había visto en pantalla grande fue “RocknRolla”), así que ayer de noche fui con unos amigos a ver “Valkiria”, cuya reseña tenéis un poco más abajo. Aunque curré mis buenas 5 ó 6 horas, fue un día de desconexión necesaria.]
[Un último apunte: la ilustración que acompaña a esta entrada es obra de Ashley Wood. Se trata de la imagen promocional para un proyecto en colaboración con Mark Millar que nunca vio la luz. Se llamaba, como parece obvio: “Run”.]
1261 d.C.

Ésta es una página acabada del proyecto en el que estoy currando ahora. Se trata de una historia medieval ambientada en el pueblo de Vimianzo para el tomo 3 de “Historias de Galiza” publicado por la editorial Difusora de Letras, Artes e Ideas en colaboración con la Vicepresidencia da Igualdade e do Benestar de la Xunta de Galicia.
Visitar Vimianzo para documentarme fue una experiencia estupenda, y además el castillo se conserva en muy buen estado (aunque no presenta el aspecto que tenía en el siglo XIII porque en 1467 fue asediado y casi destruido en su totalidad por los Irmandiños y lo que hoy se mantiene en pie es una reconstrucción posterior).
Esta página del comic en concreto (y la siguiente, que podréis ver cuando el libro esté en las tiendas) es de las que más he disfrutado haciendo porque Carlos Rafael, el guionista, me dio total libertad para planificar el combate a espadas. Siempre me lo paso como un enano coreografiando las escenas de acción, así que si por mí fuera habrían sido 5 ó 6 páginas de hostias, y no sólo las 2 que finalmente han sido (cuestión de espacio, jeje).
¡Espero que os guste!
Esta entrada no se titula "Algunos nazis buenos"
No pienso extenderme mucho hablando de “Valkiria”, la nueva película protagonizada por Tom Cruise. Es una cinta técnicamente impecable y bien escrita (salvo algunas aproximaciones a la imaginería nazi sesgadas por la visión actual: a la escena de los niños marcando el paso de la oca me remito), accesible para todo tipo de públicos y rodada con profusión de medios y avances tecnológicos. En otras palabras: correcta. Ése es su gran defecto. Te da únicamente lo que ya puedes suponer de antemano que vas a encontrar: un héroe mártir interpretado por Cruise (frío e inexpresivo como un androide, imposible empatizar con él), unos secundarios desaprovechados (grandes nombres para papeles intrascendentes; sólo el siempre sublime Tom Wilkinson merece mención) y un final conocido de antemano que lastra inevitablemente el conjunto (la historia es la que es, y aunque supongo que sólo Tom Cruise y Chuck Norris podrían haber matado a Hitler, eso es algo que hasta que se descubra la forma de alterar los taquiones no va a suceder).

Al final, “Valkiria” es una película entretenida y bien facturada, pero sin alma. A la medida de Tom Cruise, vamos.

Al final, “Valkiria” es una película entretenida y bien facturada, pero sin alma. A la medida de Tom Cruise, vamos.
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