martes, mayo 06, 2014

El último vuelo de Miyazaki

Quienes hayan seguido la trayectoria de Hayao Miyazaki como animador, dibujante de manga y director de cine ya sabrán, a estas alturas, que el patriarca del estudio Ghibli es un apasionado de la aeronáutica. Desde el planeador de la princesa Nausicaä en el tebeo que lleva su nombre hasta el Savoia S-21 de Marco Pagot en “Porco Rosso”, pasando por los recurrentes artefactos steampunk que inundaban los capítulos de “Sherlock Holmes” (“único y genial”), la imaginación de Miyazaki ha estado habitualmente propulsada por el amor a la tecnología que permite al hombre (o al cerdo) volar.


Ahora el maestro se despide del cine con “El viento se levanta”, biopic de Jiro Horikoshi, el ingeniero que diseñó el caza insignia del Servicio Aéreo de la Armada Imperial Japonesa durante la II Guerra Mundial. El adiós de Miyazaki suena a dejà vu, pues el padre de Totoro y de la princesa Mononoke ya había amenazado con retirarse del mundo de la animación en anteriores ocasiones, aunque el anuncio oficial realizado tras la presentación de “El viento se levanta” en el último Festival de Venecia parece tristemente definitivo.


Su nuevo film no sólo narra la vida de Jiro desde su infancia, cuando sus sueños de ser piloto comienzan a truncarse debido a sus problemas de vista, hasta el momento en que culmina su obra maestra, el avión Zero-sen con el que Japón combatió a las Fuerzas Aliadas en enclaves como Pearl Harbor o el Mar de Coral; también es el fresco de una época de grandes cambios para el país del sol naciente. La juventud de Jiro está marcada por el terremoto de Kanto en 1923, por la Gran Depresión, la epidemia de tuberculosis o el clima de represión política imperante durante la alianza del Imperio nipón con el gobierno alemán de Adolf Hitler. Pero, por encima de todo, “El viento se levanta” es un drama romántico de gran sensibilidad lírica.


Tal vez suene a perogullada, dada la trayectoria previa de Miyazaki, pero uno no puede sino quedarse boquiabierto ante la belleza plástica de cada plano proyectado en pantalla durante la película. El detallismo con el que se recrea el Japón de entreguerras sólo se ve superado por la magnificencia de los escenarios naturales (bosques, ríos y, sobre todo, cielos) que siempre han subrayado el sentir ecologista del estudio Ghibli. El aspecto visual del film es arrebatador y su prodigiosa técnica de animación concede la misma atención tanto a los grandes gestos, como el épico despegue de un hidroavión de dimensiones descomunales, como a los pequeños, como el ademán de un hombre cansado que enciende un cigarrillo tras una larga noche de trabajo ante su mesa de dibujo. La elegancia narrativa de Miyazaki se manifiesta en numerosos recursos visuales que traducen las emociones de Jiro al terreno de lo onírico. Su deliciosa banda sonora, apoyada en el sonido de las mandolinas, evoca la nostalgia de tiempos pasados y el romanticismo de los grandes amores trágicos. “El viento se levanta” es, en resumidas cuentas, una maravilla técnica.


Es un pena, por tanto, que su ritmo excesivamente contemplativo y, sobre todo, su desmedida duración (126 minutos que podrían perfectamente haber sido 100) terminen por adormecer al espectador (a mí, al menos) en sus compases finales. Como el dolor o la audición, también la belleza tiene un umbral, y una exposición prolongada al más hermoso de los estímulos puede acabar por insensibilizar al sujeto paciente. Lo cual me recuerda a aquella larguísima tarde que pasé recorriendo los pasillos del Louvre en diciembre de 2005, pasando del síndrome de Stendhal al de Asperger en algo menos de cuatro horas.


Los defensores más apasionados de Miyazaki encontrarán en “El viento se levanta” un nuevo motivo para alabar al maestro del anime, subrayando además la importancia del film como cierre a una trayectoria cinematográfica de altura. Yo, que he disfrutado más con algunas de sus películas que con otras, reconozco en esta cinta muchos de los valores que han hecho de Miyazaki uno de los realizadores más venerados de los últimos 30 años en el campo de la animación, pero no puedo evitar sentir que “El viento se levanta” está un par de peldaños por debajo de sus films más redondos, e incluso de otros títulos del estudio Ghibli que no están necesariamente dirigidos por él.