martes, marzo 04, 2014

Hachas, puentes y flechas

Mi novia es más heavy que una lluvia de hachas.

Bajo sus mechas rubias de niña buena se esconde una meninge valkiria que vibra al ritmo de Megadeath, Disturbed y el reverendísimo Ronnie James Dio (que Satán lo tenga en Su gloria). Su Gibson Les Paul, modelo Zakk Wylde, comparte pared con una Behringer blanca y negra bautizada, apropiadamente, James. Cuando discutimos de cine, mi argumento definitivo suele ser “a ti no te ha gustado la película porque no explota nada”. Cuando hablamos de bandas y discos, el punto final de su refutación lo pone el modo tierno en que me mira y susurra “¿acaso me meto yo con tu mierda de música?”. Para nuestra fortuna y por el bien de nuestra relación, existen millones de líneas de diálogo de “Los Simpson” y “Futurama” que podemos escupirnos mutuamente como ametralladoras gatling. O los libros de Orwell. O la saga de Fénix Oscura. O “Breaking Bad”. O el sushi. Aún así, a veces yo consigo arrastrarla al cine para ver alguna película que acaba gustándole aunque no salga Bruce Willis, caso de “Philomena”, o le descubro un grupo que no conocía y que le toca la fibra desde la primera escucha, como sucedió con Graveyard. Otras veces es ella la que insiste en que yo le dé una oportunidad a alguno de sus films favoritos y un servidor termina abrazado a un cojín con los ojos vidriosos y la garganta atragantada en un puchero, como en los minutos finales de “El gigante de hierro”, o se pone a escuchar con cierta desgana la última de sus recomendaciones musicales y descubre uno de esos álbumes que deberían haber estado en lo más alto del top 10 del 2013 que publiqué hace un par de meses.

Las listas con lo mejor del año son así, queridos: mientras las redactas parecen La Verdad Absoluta, pero en cuanto las subes al blog se convierten automáticamente en un puñado intrascendente de kilobytes en un mar de spam infinito. O, citando otra de esas frases que ponen tierna a mi chica, se pierden “en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.


“Fortress”, cuarto trabajo de estudio de la banda estadounidense Alter Bridge, llegó a mi disco duro por petición expresa de F., y ya antes de terminar la primera escucha tomé la decisión de pasarlo al iPod para poder degustarlo el resto del día (y de la semana) reventando mis tímpanos desde los auriculares: mis vecinos no se merecen el volumen atronador que se necesita para disfrutar plenamente de este disco.

Por ponernos en antecedentes (grosso modo y tirando de Wikipedia): Alter Bridge son un cuarteto de hard-rock/post-grunge/ponga-usted-aquí-la-etiqueta-que-prefiera afincado en Florida y formado por el vocalista principal y guitarrista Myles Kennedy, el también guitarrista Mark Tremonti (miembro fundador de la banda Creed), el bajista Brian Marshall (Creed again) y el percusionista Scott Phillips (que, vaya, también es miembro de Creed). Abreviando: Creed – Scott Allan Stapp + Myles Kennedy = Alter Bridge. ¿Qué significa eso en lo que a mí respecta?

1) Poco, en realidad, porque antes de “Fortress” no había escuchado nada de Alter Bridge ni de Creed

y 2) que quizás debería escuchar los discos anteriores de Alter Bridge y de Creed. De hecho, F. dice que si pongo el “Weatehered” de Creed reconoceré inmediatamente el sonido guitarrero que Alter Bridge esgrimen en “Fortress”. Ella es la experta, así que me lo creo.


¿Y cuál es la opinión del lego en la materia?

“Fortress” es uno de esos discos que puedo escuchar entero una vez al día durante un mes (el tiempo que hace que lo conocí) sin aburrirme. Me vale para ir en metro, para pasar la fregona en casa, para entrenar en el gimnasio o para salir a correr. Menos para dormir, todo. Está repleto de canciones enérgicas, con estructuras sorprendentes y estribillos pegadizos, nada obvias en su desarrollo pero fáciles de asimilar. De las que apetece cantar a grito pelado. Como coger todo lo bueno de un grupo de rock progresivo (como Tool o Dream Theatre, por poco que se parezcan entre sí) y juntarlo con todo lo bueno (que también lo tienen) de bandas tan comerciales como Bon Jovi o Kiss. Todos los cortes mantienen un nivel consistente, sin altibajos durante los más de 60 minutos que dura el álbum, aunque si debo escoger sólo uno para ilustrar las virtudes de este cuarto LP de Alter Bridge, que sea “Calm the fire”.

Lo mío con “Fortress” ha sido un auténtico flechazo. De esos que hacen que te preguntes: “¿dónde has estado toda mi vida?”. La misma cuestión que a veces uno se plantea con una persona. Y si resulta ser la persona adecuada, puede que incluso la metáfora de la flecha acabe resultando poco contundente. Como decía Foxy Shazam en otro de esos discos que entraron directos en mi lista de favoritos desde la primerísima escucha: “the only way to my heart is with an axe”.