viernes, octubre 28, 2011

Viva la guita

Cuando escucho “Myxo Xoloco”, el quinto LP de estudio de Coldplay, no puedo evitar imaginarme al productor Brian Eno susurrándole a Chris Martin al oído que “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”. Me da por evocar al cuarteto británico que fundió los corazones de medio mundo con “Yellow” y “The scientist” decidiendo, conscientemente, que ya no quieren jugar en la primera división musical. Porque, seamos honestos: resulta incómodo y laborioso estar siempre bordeando abismos creativos, tomando decisiones artísticas que pueden resultar correosas para el oyente o difíciles de llevar a cabo en un estudio. Arriesgar, en una palabra. Es más fácil bajar de categoría y comprobar que, sin hacer derroches de talento, poniendo la inspiración en piloto automático y dejando que el toque electrónico añada todo ese background que tanta pereza da componer, los éxitos comerciales se cosechan con una facilidad pasmosa. Hacer música para las masas es pan comido cuando aquello para lo que estabas realmente predestinado era conmover a las élites melómanas.

Brian Eno, arreglos electrónicos, portada colorida de formas abstractas... ¿alguien ha dicho "Zooropa"?

Y así, a rebufo del single “Viva la vida”, pieza que marcó un antes y un después mediático en la carrera de Coldplay, la banda vuelve ahora a la carga con un álbum creado para competir en las listas de ventas con Katy Perry y Beyoncé, no con Radiohead, Travis o Arcade Fire. ¿“Creado”? La palabra que busco es “planeado”. Todo en “Xuxo Pyloto” parece pensado (desde el punto de vista del marketing) para ser radiable, pegajoso, poblado de uoooh-oooh's que animarán al personal en los mega-conciertos en estadios de fútbol (mi espinita clavada, en lo que respecta a Coldplay), sobreproducido con tal saturación sonora que uno apenas pueda percibir lo esquemático de sus melodías y lo irrelevante de sus letras. “Xuxa Enlamoto” es el disco ideal para aquéllos que se aburrían como ostras con la sobria delicadeza de “Trouble”; los que no sabían qué hacer con los pies y el cubata si alguien pinchaba “Fix you”. Más allá de la pobre excusa conceptual y de los interludios innecesarios (dos factores que me recuerdan al “A thousand suns” de los peores Linkin Park), lo que realmente tenemos ante nosotros es un disco emocionalmente inofensivo al que se le descubren las costuras desde la primera escucha.

El de en medio se llama Chris Martin; los otros nadie lo sabe. ¿De verdad soy el único que no puede dejar de pensar en U2? 

Pero... (sí, siempre hay un pero) ...también es una colección de (potenciales) singles festivos perfectamente funcionales. “Every teardrop is a waterfall”, “Paradise”, “Hurts like heaven” y “Charlie Brown” (mi automática favorita, puestos a buscar una) son hits inmediatos que contagian una frívola alegría pop, del mismo modo en que lo hacen el “Bad romance” de Lady Gaga o el “Umbrella” de Rihanna (quien, por cierto, se reserva una chapucera colaboración en el peor corte de “Muxo Potato”). No os quepa duda de que son canciones hechas para ser disfrutadas desde la parte reptiliana del cerebro humano. Yo lo hago y así lo manifiesto, pero no como uno de esos “placeres culpables” (concepto en el que no creo demasiado) tras el que la mayoría de supuestos eruditos se escudan en sus momentos de vulgaridad manifiesta. Me gustan porque, sin removerme nada por dentro, hacen que me sienta cómodamente vivaracho.

Usan botes de pintura para graffiteros y llevan chaquetas de colores, así que deben ser guays... no como antes.

¿Quién sabe? Tal vez sea cierto aquello de que “más vale ser señor en el infierno que siervo en el cielo”. Sea como fuere, a Chris Martin y compañía les espera una buena temporada churruscándose en compañía del tentador demonio Mammón.

Coldplay ha muerto. Larga vida a Coldplay.

jueves, octubre 27, 2011

Preestrenos: "Eva"

Mi nueva colaboración con la web Nuestros Comics me lleva a hablaros de "Eva", el film de ciencia-ficción dirigido por Kike Maíllo que llegará a las pantallas españolas mañana mismo.


Podéis conocer mis impresiones sobre la película haciendo click aquí.

miércoles, octubre 26, 2011

La Srta. Welch contra la objetividad

Florence + the Machine, alias artístico de la über-pelirroja inglesa Florence Welch y su grupo de pop-rock, debutaron en 2009 con un primer álbum, “Lungs”, que se convirtió en poco tiempo en un celebrado éxito por parte de crítica y público (dentro de unas ciertas coordenadas, claro). El disco era (y es) tan rematadamente bueno que cuando un servidor lo descubrió a finales de 2010 no tuvo más remedio que disculparse públicamente por no haberlo incluido en su lista de álbumes favoritos del año anterior. Desde entonces he venido recopilando con creciente interés cualquier noticia relacionada con un nuevo LP; interés que devino renovada admiración e infantil impaciencia cuando los primeros singles de “Ceremonials” hicieron su aparición. No puedo imaginarme una presentación mejor para un segundo disco de Florence + the Machine que “What the water gave me” y “Shake it out”, dos temas que reinciden en esa combinación de atmósferas lúgubres y pop sinfónico con un punto bailongo que ya recorría de arriba a abajo su trabajo anterior.


“Ceremonials” sigue a pies juntillas esa tónica, engordando el componente épico que “Lungs” mostraba en cortes como “Cosmic love” o “Drumming song” y saturando aún más la producción con capas de coros e instrumentación que amenazan con atragantar al oyente de preferencias minimalistas. Empleando un símil algo atrevido, podríamos decir que “Ceremonials” suena por momentos (“Spectrum” o “Heartlines”) como Donna Summer y Peter Gabriel poniéndose hasta las cejas de MDMA en la luna de Endor.

Yo personalmente echo de menos algún número que rebaje el elemento megalomaníaco del conjunto (no hay ningún corte que remita a la ¿contención? de “Dog days are over” o “Between two lungs”), pues sólo la soulera “Lover to lover” (con un agradabilísimo regusto, salvando distancias, a la más icónica Aretha Franklin) y la más sosegada “Leave my body” parecen levantar ligeramente (y aún a regañadientes) el pie del pedal de la grandilocuencia.


Pero por mucho que a “Ceremonials” le hubiese venido bien algo más de variedad y cierta moderación en la mesa de mezclas, nada eclipsará el hecho de que prácticamente todos y cada uno de sus doce cortes parecen diseñados como perfectas píldoras monodosis: canciones enérgicas y adictivas, de las que se te meten en el córtex cerebral desde la primera escucha, ya sea por un ritmo alegre y contagioso como el de “Breaking down”, por un crescendo orquestal como el de “Seven devils” (que me recuerda, salvando distancias nuevamente, al de “Signal to noise” del mentado Gabriel) o por un estribillo como el de “No light, no light”, pegajoso como un chicle en la suela del zapato (de ahí que, hago mi apuesta, sea la candidata ideal para un tercer single).


Tal vez “Ceremonials” no sea objetivamente perfecto. A mí eso no me importa demasiado, la verdad: la objetividad es para los jueces, los jurados y los periodistas. Y yo, ¡ja!, soy sólo un humilde blogger. Lo nuevo de Florence + the Machine me pone los pelos de punta y me hace mover el trasero y cantar a viva voz, lo cual en términos subjetivos significa que es, en mi nada modesta pero siempre discutible opinión, un pepinazo de disco.

A reescuchar hasta la saciedad.

sábado, octubre 22, 2011

Así que el pop era esto

Después de un primer semestre bastante anodino en términos musicales, la segunda mitad de 2011 promete ser una temporada especialmente prolífica en cuanto a lanzamientos (a priori) interesantes: a los ya comentados últimos trabajos de Kasabian, GirlsJustice hay que sumarles los regresos de Coldplay, Florence + the Machine, Metallica (acompañados de Lou Reed; o tal vez sea Lou Reed el que regresa, acompañado por Hetfield y cía.), Nacho Vegas, Tom Waits, Björk, M83, Zola Jesus, Fanfarlo... ¡incluso vuelve William Shatner! Y, sin embargo, el disco sobre el que más me apetece escribir estos días es el debut de Veronica Falls, un grupo de cuya existencia no tenía constancia hasta que leí una elogiosa reseña en la que es, para mí, una de las webs musicales de referencia en nuestro idioma: Hipersónica.


Veronica Falls son unos muchachitos ingleses (siempre son británicos, ¿os habéis dado cuenta?) con pinta de hipsters redomados que han publicado un LP que suena como si The Mamas & the Papas versionasen durante poco más de 35 minutos el morboso “Don't fear the reaper” de Blue Oyster Cult. Bueno, más o menos. “Veronica Falls”, el disco, tiene un punto punk y lo-fi cautivador (lo suficientemente low como para sonar espontáneo, pero con la limpieza sonora de un trabajo que no deja nada al azar) y está constituido por doce cortes que sólo en un caso (la concluyente y fantástica “Come on over”) superan los cuatro minutos de duración.


Cada pista del álbum funcionaría estupendamente como single sesentero o setentero, pero también como inmediato éxito para el nuevo milenio. Olvidaos de los dos párrafos anteriores y escuchad por ejemplo “The fountain” intentando adivinar (sin googlearla) cuándo se ha compuesto. Haced lo propio con “Bad feeling” y tened los bemoles de decirme que no se os ha quedado irremediablemente incrustada en el telencéfalo: da igual, no os voy a creer.


Es cierto que Veronica Falls no inventan absolutamente nada. Toman prestado de aquí y de allá con total descaro y no pretenden, bajo ningún concepto, producir algo que suene original o innovador. Pero componen tonadas maravillosas (siguiendo la clásica estructura estrofa-estribillo-estrofa) y las interpretan con una sencillez desarmante que esconde prodigiosos juegos vocales y un sentido genuino de lo que la música pop nunca debió dejar de ser.

Yo no me lo pienso dos veces: compro.

viernes, octubre 21, 2011

El viaje (hipoglucémico) del héroe

Existe desde hace mucho, en los fundamentos de la teoría del guión, un concepto clave alrededor del que se articulan infinidad de narraciones procedentes de todas las eras de la humanidad. Se trata del “viaje del héroe”: el paradigma más básico de la aventura, en el que el protagonista crece y mejora al realizar una transición tanto física (un viaje real) como psicológica (un viaje mental) de un estado previo a otro posterior que lo devuelve a su origen con nuevos conocimientos y perspectiva de la vida. Gilgamesh, Ulises, Bilbo y Frodo Bolsón o Luke Skywalker son claros exponentes de esta “búsqueda” que se repite como un arquetipo absoluto en los relatos de todas las culturas.


No es de extrañar, entonces, que el lisérgico guionista Grant Morrison siguiese a pies juntillas todos los pasos del viaje del héroe cuando por fin se decidió a escribir su primera aventura fantástica de corte (digamos) clásico: “Joe el bárbaro”.

Publicadas originalmente como una miniserie de 8 comic-books y recientemente recopiladas en nuestro país en un solo tomo de tapas duras, las andanzas de Joe, un adolescente huérfano de padre, inadaptado y diabético que sufre una alucinatoria crisis hipoglucémica son, posiblemente, uno de los trabajos más accesibles del creador de “Los Invisibles” hasta la fecha. Lo cual no significa que por sus páginas no pululen roedores espadachines gigantes, mechas, dinosaurios y super-héroes, ni que su forma de plasmar un argumento bastante simple y convencional no abuse del cripticismo al que Morrison ya nos tiene acostumbrados.


Es inevitable tener ante “Joe el bárbaro” la sensación de que se trata de una obra menor del escocés; de que el escritor de "All-Star Superman" tenía ganas de darle al estupendo ilustrador y eficaz narrador Sean Murphy una serie de elementos inconexos que éste pudiese plasmar sobre el papel sólo por el placer de verlos convivir en un contexto absolutamente irreal. La auténtica chicha de la trama que envuelve al introvertido Joe se concentra en los extremos de la obra, haciendo que el entretenido desarrollo (con evidentes ecos autoparódicos de "La historia interminable", "Las crónicas de Narnia" y todo ese subgénero de "niño en un país de maravillas" del que Lewis Carroll es el principal exponente) se dilate más de lo necesario y sirva, a la postre, como inevitable peaje a través del cual llegar a las conmovedoras páginas finales. Que son, eso sí, de un emotivo que tira para atrás.


“Joe el bárbaro” no es especialmente sorprendente en lo que respecta a su guión, pero sí bastante efectivo. Se lee con agrado (sobre todo por la buena labor de Murphy) y tiene la virtud de resultar tierno y épico por momentos. No cambiará la vida de nadie, desde luego, pero tal vez le alegre una tarde sin pretensiones. Conmigo lo ha logrado.

miércoles, octubre 19, 2011

...and Justice for all

Se hizo de rogar, pero por fin llegó el día en que el mundo pudo escuchar al completo el segundo LP del dúo francés formado por Gaspard Augé y Xavier de Rosnay, más conocidos como Justice. "Audio, Video, Disco" aterriza cuatro años después de que su puesta de largo, “†” (a.k.a. “Cross”), generase una ola de fanatismo y admiración como pocas formaciones debutantes han logrado en la pasada década. En aquel primer trabajo, singles bailongos y pegadizos como “D.A.N.C.E." o "DVNO" compartían soporte con temas más densos como “Waters of Nazareth”, siempre en el marco de una electrónica claramente deudora del sonido de sus compatriotas Daft Punk. La espera se hizo larga, y ni siquiera el álbum en directo que se editó junto al documental “A Cross the Universe” y el EP “Planisphere” (un largo tema en cuatro partes originalmente compuesto como banda sonora para un evento de la firma de moda Dior) lograron saciar el hambre y sed de Justice que muchos sentían desde 2007.


“Audio, Video, Disco” llega ahora lastrado por unas expectativas mantenidas durante años en un nivel altísimo y por un mal dominio de los tiempos por parte de Augé y de Rosnay. El single de presentación “Civilization” apareció demasiado pronto (en marzo, nada menos) y el segundo adelanto (el corte que da título al álbum) no tuvo la recepción deseada. Probablemente porque no era un single (digamos) claro, lo cual queda bastante patente al observar su emplazamiento en la secuencia de pistas definitiva de “Audio, Video, Disco”. Por consiguiente, el hype comenzó a desinflarse semanas antes de la fecha oficial de lanzamiento, y mucho me temo que el contenido del LP no ayudará a que quienes esperaban un nuevo “†” vean reverdecer su amor hacia la pareja gala.


“Audio, Video, Disco” comienza con un poderoso déjà vu, ese “Horsepower” que remite directamente a “Genesis”, el rotundo tema que abría aquel primer disco. Nada que objetar por mi parte. Resulta agradable empezar en terreno conocido para luego ir poco a poco tomando un rumbo nuevo: el que ya anticipaba “Civilization”, segundo corte del álbum. Justice lo tiene claro: ya no quieren hacer música sólo para fans de la electrónica (por mucho que “†” sedujese a muchos otros, como yo, que habitualmente preferimos un sonido más orgánico). Ahora quieren llegar al gran público: estar presentes en anuncios, bandas sonoras y grandes eventos multitudinarios. En todas partes, vamos. Y para lograrlo, es obvio, nada mejor que seguir la senda del pop-rock.

No hay nada en “Audio, Video, Disco” ni remotamente parecido a la dupla “Phantom” o a aquel “Stress” que tanto acojonaba cuando iba acompañado de las imágenes que Romain Gavras filmó para su violento videoclip. En su lugar, unas (emuladas) guitarras casi heavies aportan riffs y melodía a “Canon”, “Brianvision” o “Newlands”, temas que con otra producción podrían colarse sin levantar sospechas entre la discografía de alguna formación de rock ochentera. Lo de “Ohio”, por otro lado, es directamente irreconciliable con la imagen previa de la banda.


“Eppur si muove”.

O lo que es lo mismo: contra todo pronóstico, “Audio, Video, Disco” funciona. Bastante bien, además. No me cabe la menor duda de que éste será uno de esos “álbumes de la discordia” que provocan acaloradas discusiones entre partidarios y detractores. Muchos devotos de “†” lo crucificarán sin remisión (¡toma juego de palabras!) sin pararse a pensar que, de hecho, ambos discos son obras con intenciones muy diferentes y perfectamente satisfactorias siempre que uno no cometa la injusticia (sí, hoy estoy que me salgo) de enfrentarlas.

“Audio, Video, Disco” no es “†” ni lo pretende. Es otra cosa; otro sonido; otro género musical, si me apuras. Otros Justice. Para todos.

Preestrenos: "Transgression"

La penúltima colaboración del abajo firmante con la web Nuestros Comics tiene como objeto de crítica una co-producción a tres bandas entre España, Italia y Canadá protagonizada por Michael Ironside y Maria Grazia Cuccinotta. El desaguisado responde al nombre de "Transgression" (que suena a título de disco de Björk) y al culpable último lo encontramos en la figura del realizador catalán Enrich Alberich.


"Cosas veredes...", que decía aquél. La reseña, si es que interesa, aquí.

domingo, octubre 16, 2011

Markéta y la soledad

Me resulta complicado pensar en Markéta Irglová sin acordarme inmediatamente de Glen Hansard. En lo que a mí respecta, ambos forman un todo, The Swell Season, con un importante peso específico en mis vivencias musicales, cinematográficas y, por qué no decirlo, personales. Los conocí gracias a “Once”, ese musical low-cost que jamás me cansaré de recomendar a toda persona, animal, vegetal o mineral que se cruce en mi camino; luego tuve la fortuna de disfrutarlos en uno de los mejores conciertos que he experimentado jamás, y también suponen un particular vínculo con unos meses extraños que viví hace siglos (o eso parece) y que me resultan imposibles de olvidar.

Glen y Markéta. Markéta y Glen. Ay.


Y ahora ella publica su primer disco en solitario y yo sólo puedo echar de menos. Echar de menos a Glen, por un lado: su rugido irlandés de cantautor folk, cálido y cercano, perfecto contrapunto a la fragilidad de Markéta, mucho más técnica y espiritual. Echar de menos aquellos meses, por el otro; de una manera contradictoria, además, porque fueron agridulces como pocas etapas de mi vida.

Por todo esto me resulta muy difícil ser objetivo con “Anar”, el LP que el 50% femenino de la oscarizada pareja ha sacado bajo el paraguas del sello discográfico Anti Records. Dice la checa que la inspiración para esta docena de canciones proviene de la experiencia de marcharse a vivir a Nueva York con su marido, el bajista y productor Tim Iseler, y de la influencia del soul de Otis Redding. Lo primero no soy quién para discutirlo; lo segundo es más difícil de percibir, pues el disco carga las tintas en un piano omnipresente y delicado y en una atmósfera íntima, casi susurrada, que en nada me recuerdan, a priori, a la enérgica instrumentación repleta de metales con que inevitablemente relaciono al Rey del Soul.

Sí hay un evidente acercamiento al alma afroamericana en “Go back”, primer (y fabuloso) single extraído del álbum, pero es un caso aislado en un disco que, por todo lo restante, tiene más que ver con Enya haciéndole los coros a la Sinnead O'Connor de “Sacrifice” que con la música de raíces negras. Nada nuevo, todo sea dicho, si atendemos a los temas de “The Swell Season” en los que el protagonismo de Markéta era mayor. Tampoco nada negativo, por otra parte: a mí esa Markéta me gusta mucho y es precisamente la que esperaba reencontrarme en “Anar”.


Así pues, hay poco que pueda reprochársele a la Irglová en el aspecto puramente musical. Sus canciones son conmovedoras, están interpretadas con gran sentimiento y una voz hermosísima, y consiguen, desde luego, superar todas mis defensas para llegar directamente al meollo emocional de la cuestión. Dos asuntos, sin embargo, empañan el resultado final y me impiden ser más rotundo en mi apreciación sobre la (obvia) calidad del disco.

Primero, que demasiadas canciones me parecen, con sus virtudes, excesivamente intercambiables: ya sabéis, el “síndrome de Manolo García”, que hace que a uno le resulte imposible saber si lleva tres o diez temas escuchados. La homogeneidad de “Anar”, interrumpida puntualmente por la mentada “Go back” y por el binomio formado por esa preciosidad instrumental titulada “Last fall” y su inmediata continuación, una étnica “Dokhtar Goochiani” cantada en checo (o eso supongo), hace difícil recordar los títulos concretos del resto de canciones, por mucho que cada una de ellas suponga, por separado, un motivo de alabanzas al trabajo de la compositora, multi-instrumentista y cantante.

Segundo (y sé que me repito): echo de menos a Glen. Mucho. Del mismo modo, por cierto, en que echaría en falta a Markéta si el objeto de esta reseña fuese un disco en solitario del músico irlandés. Hay una maravilla sinérgica en las canciones de The Swell Season que se pierde al observar a sus elementos por separado. Una maravilla que “Anar” casi acaricia, pero que no llega a hacerse tangible (todo lo tangible que puede ser la música) como sí lo hacía en los trabajos previos ideados a cuatro manos y dos voces.


Quizás por eso “Anar” me parezca un disco tan triste: porque me recuerda que algunas cosas sólo pueden alcanzar la plenitud a través de la comunión. Que la música, como la vida, es infinitamente mejor cuando no se vive en soledad.

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(Siento que falten enlaces a alguna de las canciones mencionadas. Es lo que tiene no hablar del último disco de Katy Perry, que a veces cuesta encontrar los títulos concretos que uno busca. Si alguien tiene mucha curiosidad, puede escuchar el disco al completo en Spotify siguiendo este vínculo).

miércoles, octubre 12, 2011

Isaías 57:21

Venga, vamos a caer en todos los tópicos.

Hablemos de ese cine español que muchos consideran prototípico, poblado de episodios edulcorados (con claras intenciones apologéticas) de nuestra no tan lejana Guerra Civil. Hablemos de los dramas urbanos de “putas y maricones”, de parados bonachones y de víctimas de malos tratos. Como si en el cine patrio no cupiera nada más. Como si aquí no se hubiesen rodado “El día de la bestia”, “Tesis”, “Intacto”, “Rec”, “Celda 211” o la más reciente “La piel que habito” (y eso teniendo en cuenta sólo los últimos 15 ó 20 años de cine autóctono de género). Menospreciar las posibilidades del cine español es un error de bulto. Tanto, que si echamos un sereno vistazo al volumen de producción nacional y comparamos su media de asunción de riesgos con la de la industria estadounidense, lo más probable es que se nos infle la vena patriótica y ondeemos mentalmente la rojigualda con el pecho henchido de orgullo cinematográfico.

Vale, sí, estoy exagerando. Es lo que tiene ponerse a bloggear un 12 de octubre.

Visto en conjunto, el cine español parece un cúmulo de lugares comunes que deja bastante que desear en términos cualitativos, pero al menos cada año se cuelan entre toneladas de mediocridad cuatro o cinco grandes películas que realmente merece la pena ver. Trabajos hechos con amor y dedicación, además de sobrado oficio, que (al menos a mí) me devuelven la esperanza en que otro cine español es posible. Uno que no mire acomplejado al abusón yanki o al más moderno e intelectual primo-hermano francés. Un cine que salga de las tripas y no se amilane (“...bonita”; perdón por el juego tonto de palabras) a la hora de narrar lo que sea y como sea. Cine con cerebro, corazón y cojones. Como el que hace Enrique Urbizu.


Muchos ya sabréis, supongo, que el director bilbaíno presentó hace unas semanas su última propuesta: “No habrá paz para los malvados”. Como en sus dos cintas inmediatamente anteriores (“La caja 507” y “La vida mancha”), Urbizu vuelve a contar con José Coronado como cabeza de reparto, dando vida en este caso a Rafael Santos Trinidad, un policía alcohólico, pendenciero y autodestructivo que una noche de borrachera se mete en un peligroso berenjenal homicida y desde entonces hace todo lo posible para "atar" los cabos sueltos que podrían costarle su placa y su libertad.


Sin hacer apenas concesiones a un espectador que no sólo ha de estar atento sino que (¡sorpresa!) tendrá que llegar solito a ciertas conclusiones que el libreto da por sobreentendidas, “No habrá paz para los malvados” plantea un thriller policial gélido y áspero en el que los supuestos buenos son los malos y los malos siguen siendo unos hijos de mala madre (separado; nada que ver con Luis Tosar). Las andanzas de Santos Trinidad, protagonista casi exclusivo de un film puramente narrativo y aparentemente poco introspectivo, tienen algo de Sam Peckinpah, algo de Clint Eastwood y también un poco del gran tite televisivo David Simon.


La película se construye sobre elegantes y sobrios movimientos de cámara, ejemplares juegos con la profunidad de campo, un montaje inteligente que no da respiro pero tampoco atosiga, silencios cargados de intenciones y un espectacular trabajo interpretativo por parte de Coronado. Porque si hay algo que llama la atención desde el primer momento en esta “No habrá paz para los malvados” es la maravillosa composición del personaje principal llevada a cabo por un actor infravalorado al que conviene, en vista de sus colaboraciones con Urbizu, perdonarle cualquier desliz lácteo o periodístico cometido tiempo atrás. Del mismo modo en que “Taxi Driver” era Travis Bickle y “There will be blood” era Daniel Plainview,“No habrá paz para los malvados” es Santos Trinidad. Y Santos Trinidad es José Coronado.


Se entiende, por consiguiente, que el resto del reparto y sus respectivos personajes queden totalmente eclipsados ante la bestia parda protagonista. Urbizu y su co-guionista habitual, Michel Gaztambide, son plenamente conscientes de tal circunstancia, y es por eso que deciden (sabiamente) dejar los pormenores dramáticos de los caracteres secundarios en un tercer plano casi invisible, dibujándolos con apenas cuatro pinceladas dispersas y poniendo todas sus energías en calcular al milímetro una trama con varios niveles de lectura y tan cercana al ciudadano de a pie que asusta.


El Madrid retratado en el film es casi un personaje más. Sucio, decadente, pero también perfectamente reconocible para todos aquellos que lo pateamos cada día, inmersos en nuestros pequeños dramas cotidianos. Todo en “No habrá paz para los malvados” posee una textura terroríficamente real, una proximidad inquietante y veraz. Es por eso que la violencia, escasa y concentrada en los extremos de la cinta, resulta tan impactante cuando hace acto de presencia. Es además una violencia descarnada y directa, como un puñetazo en el estómago, acompañada del estruendo de unas armas de fuego ensordecedoras como truenos; nada que ver con los afectados excesos pirotécnicos a los que Hollywood nos tiene acostumbrados. Estos estallidos de destrucción suponen apenas unos segundos de locura que, sin embargo, enmarcan una historia que empieza con sangre y termina con sangre, dejando además una puerta abierta a todo tipo de especulaciones morbosas.


“No habrá paz para los malvados” no es sólo mi película española favorita del año (lo cual tampoco sería decir demasiado, vaya). Se trata (y esto sí me parece relevante) de uno de los cuatro o cinco mejores largometrajes que he podido ver en pantalla grande en lo que va de 2011. Una cinta que demuestra que el cine patrio ya es mayorcito para tanto complejo de inferioridad y tanta zarandaja; que pone de manifiesto que un señor de Bilbao puede rodar en Madrid un polar que le aguante la mirada al yanki, al coreano y al gabacho sin un solo parpadeo. Un estupendo ejemplo de buen cine, más allá de presupuestos, géneros y denominaciones de origen.

martes, octubre 11, 2011

¿Ultraviolencia?

En lo que respecta a los niveles de sangre y destrucción presentes en los comics de super-héroes, es muy posible que el máximo exponente (aún no superado) de ultraviolencia pijamera sea la Batalla de Londres narrada en el número 15 de la edición norteamericana de “Miracleman”. Dentro de los cientos de títulos que he tenido la fortuna o desgracia de leer, aún no he visto nada que supere en impacto y escalofrío a aquellas imborrables páginas escritas por Alan Moore y dibujadas por John Totleben que vieron la luz en noviembre de 1988, hace ya 23 años.

Desde entonces la escalada de violencia en el género super-heroico ha sido considerable en cuanto a su difusión y normalización, pero desgraciadamente en un alto porcentaje de casos se trata de un recurso empleado gratuitamente y sin un sentido dramático justificado. Supuestos héroes como Punisher, Spawn o el Lobezno más desquiciado han cometido barbaridades sangrientas con excusas absurdamente maquiavélicas y han sido aplaudidos por gran parte de un público lector que parece dar más importancia a los desmembramientos y decapitaciones que a un buen argumento y unos personajes sólidos.

Antes de que me acuséis de hipócrita o santurrón, debo aclarar que a mí me divierte la hiperviolencia tanto como al que más. De hecho, nada me resulta tan lúdico y vigorizante como un buen tebeo de hostias. Lo que pasa es que dichas hostias no significan nada para mí si no están al servicio de una trama interesante ni son propinadas o recibidas por personajes con los que empatice de algún modo. Lo mismo que una frase de tío duro puede "alegrarme el día" si la dice el tío duro adecuado y en el contexto adecuado, un puñetazo aplasta-cráneos debe responder a un cómo y un por qué concretos. Es la misma diferencia que uno puede encontrar entre una película de la saga Bourne o una protagonizada por Steven Seagal: los dos rompen brazos con ese característico crujido sordo que la mayoría sólo conocemos gracias al cine, pero cuando lo hace el primero mola todo lo molable y cuando lo hace el segundo resulta casposo y aburrido.


Recientemente se han publicado en nuestro país dos comics de super-héroes que ejemplifican a la perfección ambas caras de esta moneda.

En primer lugar tenemos el “Némesis” del escritor Mark Millar y el dibujante Steve McNiven, dos fulanos que habían firmado en el pasado uno de los tebeos de hostias más divertido de los últimos años, “Lobezno: el viejo Logan”. Sin ser un derroche de originalidad, aquella historia crepuscular protagonizada por el mutante canadiense conseguía pulsar las teclas correctas para entretener al respetable con unos diálogos divertidos, un montón de desmadradas escenas de acción y un dibujo espectacular. Millar, además, ya había dado muestras de su saber hacer en el terreno de la hiperviolencia sana y sin complejos en títulos como “The Authority” o “Wanted”, gracias a los cuales se ganó la fama de enfant terrible que últimamente parece empeñado en dilapidar. Desde luego, “Némesis” no será el título que reconcilie al guionista escocés con aquellos de nosotros que empezamos a estar cada vez más hartos de sus repetitivos lugares comunes y de su cansina y pueril vocación transgresora.


Los seis números de “Némesis” que Panini ha recopilado en un bonito tomo de tapas duras parten de la siguiente premisa: ¿y si Batman fuese el Joker? O lo que es lo mismo: ¿y si Bruce Wayne, un multimillonario entrenado en múltiples técnicas de lucha y con acceso a tecnología militar de valor incalculable decidiese utilizar sus recursos y su intelecto superior para hacer del mundo un lugar peor? Esta sinopsis, que podría dar para mucho o para muy poco dependiendo de quién sea el responsable de su desarrollo, se queda en lo puramente anecdótico transcurridas las primeras páginas del título que nos ocupa. Millar, en un acto de flagrante autoindulgencia, asume que al lector no le interesa (ni por asomo) disfrutar de un desarrollo dramático lógico, de unos diálogos con sentido o de una estructura argumental coherente y se dedica a pasear a su personaje (disfrazado de obra de Malevich; para que la sangre de sus víctimas destaque ún más sobre la tela blanca, supongo) por medio globo terráqueo mientras el unidimensional super-villano mata a todo bicho viviente e idea planes de lo más rocambolesco para poder partirse de risa a costa de los mejores policías del mundo.


Tras 120 páginas de palabrotas que sólo harían gracia a un niño de 8 años y toneladas de la más absurda violencia gratuita, “Némesis” concluye dejando al lector (a mí, al menos) con cara de primo y la sensación de que le han estafado 15 euros. Ni siquiera por el arte de McNiven merece la pena acercarse a este tebeo, pues el dibujante que antaño ilustrara viñetas impactantes en cabeceras como “Marvel Knights: 4” o “Civil War” se manifiesta aquí perezoso, poco imaginativo y perjudicado además por un entintado y un color que aplanan su estilo, firmando así algunas de las peores páginas que le recuerdo.

¿Ultraviolencia? Así, desde luego, no.


Por suerte, el título que ejemplifica la otra cara de este fenómeno me ha dado todo lo que “Némesis” no ha podido/sabido/querido ofrecerme. Se trata del volumen 14 de la serie “Invencible”, escrita por Robert Kirkman, dibujada por Ryan Ottley y publicada en nuestro país por Aleta/Dolmen.

Quienes estén al tanto de las perrerías que Kirkman ha cometido durante 80 y tantos números (y subiendo) con los personajes de su serie más célebre, “Los muertos vivientes”, ya sabrán que este guionista mofletudo de aspecto bonachón es un gran aficionado a las carnicerías salvajes y a las escenas truculentas. Lo que tal vez no sepan es que a estas alturas, su odisea zombi ya no es “el comic de Robert Kirkman que hay que leer”. Cierta repetición de ideas y el inevitable agotamiento de una larga colección que por todo lo demás es absolutamente recomendable, han provocado que sea “Invencible”, una serie en continuo e imparable crecimiento, el título por él escrito del que con más ansiedad y mayores expectativas aguardo noticias en la actualidad.


Afortunada amalgama entre la versión Ultimate de Peter Parker y el Clark Kent adolescente de "Superboy", Mark Grayson es uno de los héroes más poderosos del universo Image. Además de lidiar con invasores alienígenas, hombres-lobo, científicos locos y criaturas subterráneas que homenajean descaradamente a cierto villano de los Cuatro Fantásticos, Mark tiene también una compleja vida familiar y sentimental que le mantiene ocupado las 24 horas del día. Pese a todas las aventuras y enemigos que ha debido superar en su ya larga trayectoria como héroe enmascarado (60 números al inicio de este decimocuarto recopilatorio), Invencible no está preparado para lo que se le viene encima.

Kirkman, muy consciente de que las series regulares funcionan mejor si se le aplica ese principio básico de la animación conocido como “squash & stretch”, ha asumido que la calma antes de la tormenta es tan importante o más que la tormenta en sí, pero también que cuando ésta llega debe ser rotunda y marcar un punto de inflexión en el statu quo de una colección. Y eso es precisamente “Todavía en pie”: la mayor tormenta de hostias, gore y destrucción masiva que el guionista haya orquestado jamás.


Más próxima a las grandes mega-peleas que Toriyama planificaba en “Dragon Ball” que a la mentada Batalla de Londres de “Miracleman”, la enorme contienda que ocupa la práctica totalidad de este tomo resulta adictiva, trágica y demoledora gracias al trabajo previo que el guionista ha sabido desarrollar en los capítulos anteriores de la colección. Llevados los personajes a este punto, confrontados con sentido héroe y villanos y establecidos los valores dramáticos del argumento, lo lógico era precisamente dar paso a la acción y dejar que fueran los puños, las explosiones y el gore desatado quienes tomasen momentáneamente el control de la serie.


El dibujante Ryan Ottley produce aquí, además, algunas páginas memorables. Es cierto que su estilo es algo limitado y que narrativamente no aporta nada a los archi-conocidos recursos del medio, pero sus escenas de acción son brutalmente plásticas y efectivas, y en ellas se perciben claramente la diversión y entusiasmo con que han sido afrontadas.

El resultado es uno de los mejores tebeos de hostias de la década (sí, como lo leéis), punto álgido de una serie todavía infravalorada pero que, con el tiempo, será un clásico de culto: un absoluto referente del género super-heroico en el siglo XXI.

¿Ultraviolencia? Si es como ésta, dádmela toda.


jueves, octubre 06, 2011

Mi canción favorita del 2011 (y otras 10 que tampoco están nada mal)

Esto sí que no me lo esperaba. Que un grupo con un nombre tan tontorrón, cuyo debut había volado hace un par de años por debajo de mi radar (lo cual no es de extrañar, dada mi habitual reticencia a probar suerte con bandas de calidad no contrastada), se encarame apenas unos días después de descubrirlo al podio de mis álbumes favoritos del año en curso es toda una novedad.

Arriesgando ya desde la portada, que contiene TODAS las letras del disco. Con un par.

Hablo de Girls y su segundo LP, “Father, Son, Holy Ghost”, un disco que arranca como una centella con “Honey Bunny”, una alegre oda surf al complejo de Edipo, y de ahí en adelante no hace más que mejorar. Las referencias más variopintas a la música de los 60 y los 70 van y vienen mientras Christopher Owens entona con su voz de beach boy unas letras de un romántico fatalismo naïf que uno sólo puede entender como broma autoconsciente.

Está claro que esa pose de muchacho hipersensible (“Alex has a boyfriend / Oh well, I'm in hell”) le sienta como un guante a tonadas dulces y desesperadas como “Alex” o “Just a song” (donde el cantante recita un “it feels like nobody's happy now” tan exageradamente dramático que me hace sonreír). Entre éstas, sin embargo, los muchachos de Girls tienen tiempo para acelerar el pulso del oyente con la metalera (sí, metalera) “Die”, que parece salida del repertorio de unos Deep Purple encabronados, y de virar poco después, con total naturalidad, a los medios tiempos teatralmente depresivos con la rotunda “My ma”, que además deja el terreno preparado para la que ya es, por derecho propio, mi canción favorita en lo que llevamos de año (mientras ningún otro disco ya editado venga a demostrar lo contrario y a falta de saber qué más nos deparará este 2011, claro).

"¡Cuidado, Nota, son nihilistas!"

El corte en concreto se llama “Vomit” y es el primer single extraído del álbum. Un tema que lo tiene todo: guitarras furibundas, cambios de ritmo, órganos épicos, una letra tan concisa como contundente (“I need your love / Come into my heart”), un increíble trabajo coral y una voz solista femenina alla “Dark Side of the Moon” que me seducen, me elevan y me retuercen el alma exprimiéndole hasta la última gota de melomanía. Impetuous! Homeric!”, que decía Michaleen Flynn en una de las escenas más memorables de “El hombre tranquilo”.

Luego el disco sigue manteniendo el tipo hasta el final, lo cual en este caso es decir mucho, recordando a los Beatles en “Magic” (igual son imaginaciones mías, pero cada vez que la escucho me parece que Sir Macca va a empezar a cantar “Getting better”), firmando unas guitarras alucinantes al final de “Forgiveness” y versionando (o casi) el “Stop” de Sam Brown al estilo oldies en “Love like a river”. Remata la jugada “Jamie Marie”, uno de esos lentos y elegantes fines de fiesta que te dejan instalada en el cuerpo la necesidad de darle otra vez al play y volver a tragarte de cabo a rabo los pucheros desconsolados de estas Girls californianas.

Y... ¿cómo decíais que se llamaba vuestro grupo?

Así que ya podéis iros haciendo a la idea de encontraros “Father, Son, Holy Ghost” en todas las listas de los mejores discos del 2011 que se publicarán, como ya viene siendo habitual, en el navideño mes de diciembre. Que estará en la mía, ni lo dudéis.

martes, octubre 04, 2011

Preestrenos: "Son of Babylon" y "El ilusionista"

Desde mi estatus de colaborador en la web Nuestros Cómics, hoy os propongo dos nuevas reseñas para que vayáis decidiendo qué ir a ver este fin de semana en vuestro cine más cercano. O quizás en uno algo más alejado, porque las dos películas cuyas respectivas críticas están desde ahora a vuestra disposición no son de ésas que uno pueda catar en cualquier multisala de centro comercial, precisamente.


Por un lado tenemos "Son of Babylon", del cineasta irakí Mohamed Al Daradji. Por el otro, una cinta de animación dirigida por Sylvain Chomet que adapta un guión de Jacques Tati: "El ilusionista".


Podéis leer mis impresiones sobre ambos films clickando en sus correspondientes imágenes.

lunes, octubre 03, 2011

El bastardo de Parker

Frank Miller abandonó la lluviosa “Sin City” hace unos años, cuando su capacidad como guionista comenzaba a mostrar los primeros síntomas de la demencia que le ha llevado a restregar por el lodo su leyenda personal, y no volvió a ella más que para perpetrar una adaptación al cine (a seis manos con Robert Rodríguez y Quentin Tarantino) tan prescindible como incomprensiblemente sobrevalorada. Brian Azzarello y Eduardo Risso dispararon la última de sus “100 Balas” en 2009 y se dispersaron en trabajos alimenticios que no han hecho honor a su colaboración conjunta para el sello Vertigo. David Lapham puso en hiato sus “Balas perdidas” en 2005 y desde entonces, desgraciadamente, nada más se ha vuelto a saber de Amy Racecar, del misterioso Harry y compañía. Ed Brubaker y Sean Phillips decidieron ralentizar el ritmo de publicación de su epopeya “Criminal” para (des)centrarse en proyectos super-heroicos y llevamos ya casi dos años aguardando una continuación que se está haciendo de rogar en demasía. La otrora gran esperanza (roja) del género (negro) en el tebeo, “Scalped”, es ahora una serie de culto por méritos propios que enfila sin remedio su recta final, a tan sólo diez episodios de una conclusión previamente anunciada por sus responsables. Ante tan desalentador panorama, un servidor, que es muy aficionado a las historias de gangsters, policías corruptos y de esos hombres que pegan duro y besan aún más duro, se preguntaba qué aspecto tendría el futuro del comic noir norteamericano.

Hasta que descubrí al bastardo de Parker.


Guionizadas e ilustradas por Darwyn Cooke, las hazañas delictivas de Parker publicadas en EE.UU. por la editorial IDW Publishing adaptan al Noveno Arte las novelas escritas por Donald E. Westlake (bajo el seudónimo Richard Stark) desde 1962 hasta su muerte en 2008. Dichas novelas fueron llevadas al cine en varias ocasiones, siendo los títulos más conocidos “A quemarropa” de John Boorman (con Lee Marvin como protagonista) y “Payback” de Brian Helgeland (con Mel Gibson interpretando el papel principal). Entre los actores que alguna vez dieron vida al personaje en el celuloide constan también Robert Duvall (en “The Outfit” de John Flynn) y Peter Coyote (en “Slayground” de Terry Bradford) aunque curiosamente, y por voluntad de su creador, ninguna de las versiones cinematográficas empleó jamás el nombre de Parker, recurriendo a alternativas de parecida sonoridad como Walker o Porter. La única adaptación a la que el escritor permitió el uso de la identidad con que el criminal fue bautizado en la primera entrega de sus aventuras literarias, “The Hunter”, es precisamente ésta que nos ocupa. Antes de fallecer, Westlake tuvo la oportunidad de ver el trabajo que Cooke estaba desarrollando para la traslación al comic de esa primera novela y se sintió totalmente satisfecho con el enfoque y la fidelidad al original ofrecidos por el artista canadiense.


“Parker: El Cazador”, como fue titulada por Astiberri cuando vio la luz en nuestro país en febrero de 2010, es una apuesta por el eclecticismo narrativo y el trazo ágil. Combinando páginas mudas que funcionan a modo de storyboard cinematográfico (algo comprensible si tenemos en cuenta la larga experiencia previa de Cooke en el terreno de la animación) con segmentos que se asemejan a una novela ilustrada (con largos párrafos de texto en off salpicados por viñetas que complementan la narración), “El Cazador” nos introduce en el submundo criminal en el que Parker, un atracador de métodos expeditivos, avanza imparable en su búsqueda de venganza contra quienes lo traicionaron y dieron por muerto durante la consecución de un golpe.


Siendo una obra notable que basaba su atractivo en un personaje moralmente deleznable y en un fantástico dibujo que hacía de la economía gráfica y el inteligente uso de un bitono azul verdoso sus principales armas, “El Cazador” resultó ser, visto en perspectiva, un jugoso aperitivo del auténtico festín que hace apenas unos días llegó a las librerías españolas de la mano, una vez más, de la firma vasca Astiberri.


“La Compañía” retoma el relato allí donde “El Cazador” lo interrumpía con un prometedor “Parker volverá”, y lo hace cargando las tintas en esa experimentación que ya se insinuaba en la entrega anterior. Variando de registro visual según las escenas y los puntos de vista de la acción y explorando las posibilidades del medio sin temor a asumir riesgos radicales (aquí encontramos desde episodios completos desarrollados íntegramente de forma literaria hasta páginas que recuerdan a las tiras de prensa clásicas), Cooke ofrece una lección magistral de cómo enriquecer una historia más o menos convencional con un contundente valor añadido formal, logrando un tebeo que se devora con avidez y que deja con muchas, muchísimas ganas de echarle el guante a la próxima entrega de las correrías de este asesino amoral, mujeriego anti-romántico y enemigo indeseable que parece tener cuerda para rato en el mundo del tebeo.

Se han despejado mis dudas: el de Parker es el rostro del futuro del comic noir norteamericano.


domingo, octubre 02, 2011

Preestrenos: "Tímidos anónimos"

Habemus nueva colaboración con la web Nuestros Comics, esta vez en la reseña del film de próximo estreno en nuestro país "Tímidos anónimos", co-escrito y dirigido por el francés Jean-Pierre Améris. Para conocer mis impresiones sobre la cinta, ya sabéis, haced click tal que aquí.

sábado, octubre 01, 2011

Jero, Eva, Aguirre y los demás

Voy a contaros una cosa, pero tenéis que prometerme que guardaréis el secreto. Es importante que lo hagáis, porque si esta información llega a oídos de mis amigos hipsters, comenzarán primero a hacerse los suecos conmigo cuando les proponga ir a ver pelis de Von Trier o Kore-eda, luego se desharán sutilmente de mí cuando sepan que Micah P. Hinson viene presentar su nuevo disco a Madrid y finalmente dejarán de hablarme de forma permanente y de darle al “me gusta” en mis ingeniosos estados de Facebook. Así que tenéis que prometérmelo, ¿vale?

En fin, voy a decirlo. Ejem. Venga. Decisión. Ahí va:

Me gusta Amaral.

(Ya está, ya lo he dicho. Alea jacta est.)

Los discos de Amaral nunca se caracterizaron por tener grandes portadas...

Es terrible, lo sé. Yo he intentado con todas mis fuerzas que no me gusten, porque sé que han tenido mucho éxito y que suenan en las radios generalistas y en las cadenas de televisión donde también se emiten videoclips de El Pescao y de Amaia Montero, pero por más que me he esforzado, no he conseguido cogerles manía.

Un amigo muy moderno que tengo, que sabe mucho más de esto que yo porque compra todos los meses la "Rockdelux", me dijo una vez que si escuchas a Amaral te salen granos y hasta te puedes quedar ciego, pero yo sigo teniendo la piel igual de grasienta que cuando tenía 15 años y mis dioptrías no aumentaron durante los días que me pasé dándole vueltas a “Gato negro, dragón rojo”. Y eso que era un álbum doble.

Míralos, si hasta parecen limpios.

Lo que pasa es que me caen bien, ¿sabéis? Eva y Aguirre. Me parecen un par de muchachos simpáticos, con sentido del humor, que hacen lo que les gusta y lo hacen además lo mejor que saben. Que no tienen miedo a emprender nuevas etapas en su propio sello discográfico, por ejemplo, y que cuando hablan no sueltan 20 tonterías por minuto. Además un día vi a Eva caminando por Fuencarral y me pareció una chica muy normal. Una más entre la gente. La vi y pensé: “mírala qué maja, tan campechana ella; parece mentira que guarde todo ese vozarrón ahí dentro”, y no pude odiarla por no ser indie y por vender miles de discos y por haber taladrado a media España con aquel pegajoso “El universo sobre mí”. No pude. Soy débil, lo sé.

Y ahora sacan nuevo disco, “Hacia lo salvaje”, y yo me lo pongo en casa muy bajito, de noche y a oscuras, cubierto por las sábanas de la cama para que nadie pueda ver en la pantalla de mi iPod lo que estoy escuchando, y me conformo con mover los labios para que no me oigan cantar la letra de la canción que da nombre al disco, que además tiene un vídeo muy bonito sobre superación personal hecho con imágenes de animalillos asilvestrados.

Aunque los focos le den calor, Aguirre no se descubre la cabeza ni a tiros.

Hay más temas que me gustan en el disco nuevo, lo reconozco. “Si las calles pudieran hablar” me recuerda mucho a las tonadas urbanas del penúltimo Quique González. “Robin Hood” es una desnuda composición intimista y triste que me llega precisamente por su simplicidad. “Como un martillo en la pared” posee un atractivo fatalismo que casa muy bien con la situación actual del mundo (o igual es sólo una cuestión de perspectiva). Y luego está “Hoy es el principio del final”, que a veces parece a punto de caer en el ridículo, con esas guitarras tan a lo The Edge (entre gorricos anda el juego, ya lo decía Bono*) y esas modulaciones tan raras que hace Eva con su voz. Pero, ay, también me gusta, qué le vamos a hacer.

De todos modos, “Hacia lo salvaje” es el disco perdedor de Amaral: poco radiable (dentro de los estándares habituales de la banda), derrotista en sus letras, virado hacia un sonido americano que lo alejará de los gustos del público mainstream nacional... Es, desde luego, un trabajo pensado por y para ellos dos, sin tener en cuenta lo que demandasen sus fans o sus antiguos mecenas. Un disco agradable, fácil en todos los sentidos, que me hace sentir cómodo, como cuando quedo con un viejo conocido para tomar algo en un bar y a los cinco minutos ya me siento otra vez próximo a él, como si el tiempo se hubiera detenido desde la última vez que charlamos y nos pusimos al día. Y lo que creo, en resumen, es que de una forma extraña e inexplicable Eva y Aguirre también son, a su modo, mis amigos.

Pero que todo esto quede entre nosotros, por favor.

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* Si me dieran un euro por cada vez que he enlazado este vídeo... tendría muchos euros.