martes, agosto 30, 2011

Preestrenos: "Cowboys & Aliens"

Nueva colaboración con "Nuestros Comics" y nuevo vínculo desde el Abismo. Ya sabéis cómo funciona esto, así que si sentís curiosidad por saber qué os deparará "Cowboys & Aliens", la última cinta de Jon Favreau ("Elf", "Iron Man" 1 y 2) que se estrena este viernes en España, no dejéis de hacer click aquí.


Por cierto: la imagen que ilustra esta entrada no es oficial, sino que es obra de un voluntarioso fan. Coincidiréis conmigo en que es bastante más molona que la horterísima cartelería photoshopeada que Dreamworks y Paramount Pictures han desplegado para publicitar el film...

lunes, agosto 29, 2011

Recomendaciones unisex: "Cien años de soledad"

Existe en el Abismo desde hace un tiempo una sección denominada “recomendaciones femeninas” en la que un servidor reseña los libros que las mujeres importantes de su vida le han aconsejado leer. No es que pretenda menospreciar las recomendaciones literarias hechas por varones; nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que sólo conozco a dos portadores del par cromosómico XY que me recomienden habitualmente lecturas, siendo éstos mi hermano J. (mayúscula) y mi buen amigo Lync. Comprenderéis que edificar un epígrafe bloguero sobre los gustos de dos únicos fulanos, por mucho que los quiera el abajo firmante, carecería de sentido más allá de la primera dupla de entradas. Para eso lo mejor sería que ellos mismos inaugurasen sus propias bitácoras (ojalá) y allí se quedasen a gusto desbarrando sobre sus descubrimientos literarios. Teniendo esto en cuenta, lo más lógico habría sido conservar en esta entrada el antetítulo “recomendaciones femeninas” con el X romano testificando que llevo ya una decena de libros leídos (desde que existe este blog, claro) por influencia de mis damas favoritas. Sin embargo, fue tanta la insistencia de mi compadrito Lync para que acometiese la lectura de “Cien años de soledad” como efusiva y reiterativa la glosa de sus bondades por parte de mi inseparable Eva, y situar la influencia de la una por encima del otro a la hora de justificar mi reseña de la novela de Gabriel García Márquez me parecía poco menos que un maleducado desplante. De ahí ese feo palabro, “unisex”, que le resta charme al título de esta entrada y que sin embargo se antoja más honesto y agradecido de lo que jamás habría sido su alternativa, “femeninas”.

Aclarado esto, entremos en materia:


“Cien años de soledad” cuenta la historia de Macondo, ficticia localidad caribeña donde Gabo ya situase en su momento los acontecimientos relatados en su novelita “La hojarasca”. Se trata de un pueblo imaginario no sólo por su condición irreal, sino también por lo fantástico (lo imaginativo) de cuanto allí acontece. Inspiración directa (no sé si confesa, pero sí perfectamente reconocible) del “Palomar” tebeístico de Beto Hernández, no es extraño encontrar en las casas y las calles de Macondo toda suerte de fenómenos paranormales que discurren, sin embargo, con la más campechana cotidianidad: fantasmas, maldiciones, profecías y plagas de proporciones bíblicas no suscitan más asombro entre los lugareños que la música producida por una pianola o la simple visión de un pedazo de hielo.

Al mismo tiempo y de forma inseparable, “Cien años de soledad” es también el desglose de una genealogía íntimamente ligada a la historia del municipio. A caballo entre la hagiografía y el esperpento, Gabo despliega durante más de 400 páginas las desventuras del clan fundado por José Arcadio Buendía (aventurero, inventor y soñador porfiado) y Úrsula Iguarán (columna vertebral de una familia que, más allá de los machistas usos y costumbres de la época, se revela desde sus orígenes como una velada ginecocracia). Durante un siglo, los Buendía nacen, crecen, se reproduce y mueren. Aman mucho, también, condenados a un destino circular en el que caben desde la guerra interminable hasta la irreverente santidad, desde la inocencia sublimada hasta el odio más puro y destilado.

A este mejunje de lo íntimo con lo fantástico, de lo veraz con lo soñado, lo denominan los críticos literarios “realismo mágico” y a mí es un término que, puesto en la misma frase que el nombre de Gabo (miradlo en la foto de aquí abajo, con esa sonrisa de ternura y esa mirada que parece decirnos "sé más sobre la vida que tú, pero sólo se me permite confesarte que es hermosa"), me sulibeya profundamente (que diría Carlos Mejía Godoy).


García Márquez, al igual que su gitano Melquíades, hace de las palabras alquimia y de cada capítulo una pequeña piedra filosofal. No sólo porque parezca estar poseído por el verbo mismo (el gramatical, no el religioso), habiendo abrazado el idioma o habiendo sido abrazado por él en una simbiosis que ríete tú de la anémona de mar y el cangrejo ermitaño. No sólo, también, porque los personajes resulten siempre próximos incluso en el disgusto; humanos a pesar de su naturaleza casi animal; familiares, en suma, pese a no compartir nuestras raíces ni apellidos. Sino porque a todo ello hay que añadirle además una capacidad única y milagrosa para verter un número incalculable de ideas por página. No bagatelas de vulgar juntaletras, sino conceptos rotundos y elevados. A veces ingeniosos chascarrillos, otras máximas vitales y en ocasiones incluso deliciosos guiños a Carlos Fuentes, Alejo Carpentier o Julio Cortázar (no os podéis imaginar el vuelco que me dio el corazón al encontrar el nombre de Rocamadour oculto entre tanto Aureliano y tanta Amaranta). Hay en cada párrafo, en cada oración de “Cien años de soledad” al menos una gota de filosofía o de sentimiento, como cuando el narrador constata que “en cierta ocasión en que el padre Nicanor llevó al castaño un tablero y una caja de fichas para invitarlo a jugar a las damas, José Arcadio Buendía no aceptó, según dijo, porque nunca pudo entender el sentido de una contienda entre dos adversarios que estaban de acuerdo en los principios”; o cuando otro de los personajes de la obra, un erudito librero catalán, afirma que “el mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga”. No son ejemplos meticulosamente escogidos, lo prometo, sino simples fragmentos tomados al azar de entre los miles de valiosos renglones que nutren esta obra maestra.

Obra maestra, sí. Esa palabrota que lees y oyes a diario sobre casi todo y desde casi cualquier púlpito. Cinco sílabas que parecen ya una fórmula rutinaria para ensalzar el artículo de turno, ya sea el disco de moda o la última película del realizador del momento. Yo las tengo guardadas en lo profundo del arcón de donde extraigo las palabras con que siembro el Abismo cada vez que me siento frente al teclado. Procuro mantenerlas siempre a buen recaudo, asumiendo no obstante que su uso no volverá a ser necesario, como esas mangueras de emergencia intocables tras la vitrina que reza “rómpase en caso de incendio”. Pero a veces, contra todo pronóstico, el edificio se quema hasta los cimientos.

Así pues: gracias, Lync; gracias, Eva. Por este fuego inextinguible; este diamante literario. Y también por todo lo demás.

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Un últime apunte: además de la propia novela, recomiendo encarecidamente interiorizar el discurso que Gabo ofreció el día de 1982 en que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Podéis leerlo al completo haciendo click AQUÍ o escucharlo de su propia voz en dos enlaces de YouTube (1 y 2).

viernes, agosto 26, 2011

Pimientos fuera de temporada

Los melómanos, oyentes o como queráis llamarles/llamarnos, son/somos bastante caprichosos. Cualquier excusa es buena para criticar a un músico o una banda con una carrera asentada. Si su último trabajo sigue la línea de anteriores títulos, no cabrá la menor duda de que su talento se ha agotado y se dedican a vivir de rentas, ofreciendo reediciones desvaídas de una creatividad remota. Si, por el contrario, su más reciente LP rompe con el pasado e indaga en fórmulas musicales inéditas en su trayectoria previa, la conclusión obvia es que o bien se les ha ido la olla (¿Iggy Pop cantando jazz en francés? ¡venga ya!) o se han vendido a la industria. Ya sabéis: “a mí me gustaban antes” (“antes de que tu interlocutor también los conociera”, querrás decir).


Os seré sincero: aguardaba el nuevo disco de Red Hot Chili Peppers, “I'm with you”, con unas expectativas francamente bajas. Pero, curiosamente, lo aguardaba. Muchas horas reproduciendo en bucle algunos de sus álbumes me han generado una suerte de fidelidad a la banda, a la que sigo la pista desde los tiempos de “Blood Sugar Sex Magik”, incluso aunque por el camino hayan ido dejando tubérculos como “Stadium Arkadium”, su penúltimo largo (larguísimo, de hecho) hasta la fecha.

“I'm with you” continúa la línea acomodaticia y domesticada que Anthony Kiedis y compañía han venido siguiendo desde que rozasen la túnica de Dios con “Californication”, un disco que con el paso de los años terminará por revelarse un hito generacional a la altura de “The Joshua Tree” o “Nevermind”. Los pimientos rojos son una máquina musical compacta y bien engrasada: tanto, que en “I'm with you” no se llega a percibir la ausencia del guitarrista John Frusciante, rebotado del grupo por segunda vez (ya los había dejado tirados en la gira previa a “One hot minute” para regresar a tiempo de grabar “Californication”) y sustituido aquí por Josh Klinghoffer. Chad Smith continúa aporreando la batería de forma ejemplar y el bajo de Flea sigue siendo la principal seña de identidad del sonido de los angelinos: temas más o menos anodinos como “Factory of faith” se alzan claramente sobre la media del tracklist gracias a los mágicos dedos del bajista de origen australiano.


El problema, me temo, son las canciones. Canciones decentes, competentes, sólidas, pero también terriblemente predecibles. Ecos de sus tres discos anteriores que en ningún momento llegan a calar como sí lo hacían “Under the bridge”, “Otherside”, “Road trippin'”, “Can't stop” o “Cabron” (que es una frívola debilidad personal). Así, cada nuevo corte de “I'm with you” se salda con un “oh, mira, otra canción más de los Red Hot Chili Peppers cuyo título no recordaré mañana”. Con todo, si uno escucha con atención e intenta percibir sus valores más allá del déjà vu y los lugares comunes, se sorprenderá al descubrir que “Brendan's death song”, “Ethiopia” o “Look around” hubieran encajado perfectamente en esos discos pretéritos a los que tanto cariño profesamos algunos.


Quiero pensar que muchos de sus seguidores obtendrán de “I'm with you” (que se publica oficialmente el 30 de agosto) exactamente lo que deseaban: más. Que no es tan bueno como mejor, pero sí bastante más agradable que menos. Quizás si hubiese llegado a mis oídos hace diez años, estas mismas líneas se las habría dedicado en su momento a “By the way”, el LP de 2002 que no es necesariamente mejor que éste que nos ocupa, pero que apareció en el momento adecuado y no una década tarde. Tal vez el quit de la cuestión sea que estos Red Hot Chili Peppers siguen ofreciendo la música que yo quería oír con 18 años y que ya no me estimula de igual manera con 28; que la culpa no sea suya sino que, como rezaba el título de aquella película argentina dirigida por Juan Taratuto: “no sos vos, soy yo”.

martes, agosto 23, 2011

Extraterrestres extemporáneos

Steven Spielberg, probablemente uno de los nombres propios de la industria del entretenimiento más universalmente reconocidos, es un tipo que se retroalimenta de sus propias obsesiones: alienígenas, nazis, dinosaurios y conflictos familiares. Es cierto que ha tocado muchos otros temas en sus películas, pero estos cuatro se repiten en un bucle aparentemente infinito. No es de extrañar, por tanto, que sus dos últimos proyectos televisivos (en calidad de productor ejecutivo) pivoten en torno a esas mismas fijaciones. Así, si la inminente “Terra Nova” nos narrará las aventuras de una familia desplazada temporalmente desde un futuro próximo hasta una Prehistoria engalanada por toda clase de saurios, la primera temporada de “Falling skies”, recientemente concluida, sigue los pasos de otra prototípica familia norteamericana inmersa en una invasión global extraterrestre.


“Falling skies” arranca ocho meses después del primer contacto con una civilización alienígena que ha puesto el planeta Tierra patas arriba. Noah Wyle, conocido principalmente por su interpretación del Dr. John Carter (nada que ver con Marte) en la longeva teleserie “Urgencias”, da vida a Tom Mason, profesor de historia, viudo reciente y padre de tres hijos: el atlético adolescente Hal (Drew Roy), el pequeño e inocente Matt (Maxim Knight) y el mediano Ben (Connor Jessup), secuestrado por los belicosos visitantes. Integrado en una de las escasas células que conforman la desesperada resistencia humana, Tom tratará por todos los medios de rescatar a su hijo abducido y de mantener vivos a los restantes miembros de su comunidad.


Con semejante sinopsis, los paralelismos y deudas a otros títulos saltan a la vista desde los primeros compases del episodio piloto. “Falling skies” parece responder a una fórmula matemática precisa: aquélla que combina el contexto de “La guerra de los mundos” (la del propio Spielberg, obviamente) con la indagación psicológica post-apocalíptica de “The walking dead” y el concepto de guerrilla anti-alienígena que vertebraba la primera versión de “V, los visitantes”.


Lo que sobre el papel prometía al menos un entretenimiento agradable (más cuando el envidiable estado financiero del tito Spielberg permite mostrar en pantalla cosas que otras series no aspirarían siquiera a soñar), en la pantalla acaba, sin embargo, convertido en un producto predecible, casposo y maniqueo, plagado de personajes estereotipados, giros argumentales de una obviedad insultante y que carece del principal ingrediente que todo armagedón precisa: la sensación de peligro constante. Nunca durante los 10 episodios que conforman la primera temporada de “Falling skies” tiene uno el presentimiento de que algo terrible puede llegar a sucederle a los protagonistas. Aquello que conformaba la esencia de los referentes citados más arriba (y de muchos otros donde uno sufre por el destino de los personajes) jamás hace acto de presencia en la serie que nos ocupa. Y así, claro, no hay manera de engancharse a una trama que se ve con el piloto automático puesto y se olvida en cuanto los créditos asoman al final de cada capítulo.


Tampoco ayuda, me temo, la naturaleza irritante de prácticamente todos los caracteres que pululan por “Falling skies”: mientras el resabido Tom insiste en comparar las maniobras bélicas efectuadas por los aliens con episodios históricos protagonizados por (oh, sí) los nazis durante la II Guerra Mundial y el jefe militar de la comunidad (un anodino, como siempre, Will Patton) ejerce de Michael Biehn en “Abyss” cada vez que le dejan, la escrupulosamente religiosa Lourdes (Seychelle Gabriel) se dedica a levantar la moral del personal con sus hosannas y sus homilías cristianas. Y así con todos y cada uno de ellos...


Inevitablemente, los descuidos argumentales y las concesiones al público W.A.S.P. norteamericano empañan una labor técnica notable, no tanto por el derroche de FX (a veces están mal integrados, como en el caso de los Mech alienígenas, que además adolecen de un diseño bastante mejorable) como por ciertos apuntes cinematográficos muy estimables (inesperados planos secuencia, alguna escena de acción francamente bien resuelta, etc.)


Quizás el gran problema de “Falling skies” es que llega con 15 años de retraso. Si se hubiese estrenado a mediados de los 90, hoy posiblemente se la recordaría con el cariño con que algunos (no me incluyo) todavía reivindican los méritos de “Buffy cazavampiros”. Pretender que compita en igualdad de condiciones con las actuales joyas de la producción televisiva, en un momento especialmente dorado para la caja-ya-no-tan-tonta, es condenarla a algo incluso peor que una cómoda mediocridad: un chirriante anacronismo.

sábado, agosto 20, 2011

"Beginners" y la historia de mis enamoramientos cinéfilo-platónicos

Lo confieso: cada vez que veo una comedia indie norteamericana existe un elevadísimo porcentaje de probabilidades de que acabe enamorándome de su principal personaje femenino. Creo que mi platonismo hacia las protagonistas de este tipo de films empezó con Laura (Iben Hjejle), la ex-novia carismática, sensible y honesta de Rob Gordon (John Cusack) en esa deliciosa maravilla melómana dirigida por Stephen Frears que es “Alta fidelidad”. Recuerdo que cuando terminé de ver la película por primera vez (la he visto muchas más desde entonces) pensé: “algún día saldré con una chica como ésa”.


Años después conocí a Juno (Ellen Page), epicentro de la película dirigida por Jason Reitman que lleva su nombre por título. Es cierto que ya por aquel entonces la chica era un poco joven para mí (yo ya había terminado la carrera y ella aún iba al instituto), pero no puedo negar que entendiese las razones que llevaron al personaje de Jason Bateman (mucho mayor, casado y pensando en adoptar un bebé) a poner en peligro su matrimonio por su atracción hacia esa adolescente deslenguada de aires grunge y afición por el cine de serie Z.


No obstante, supongo que el flechazo más potente lo tuve con Summer (Zooey Deschanel). La dulce, juguetona y caprichosa Summer: capaz de levantar pasiones en un ascensor parafraseando a Morrisey o de convertir una visita al Ikea en el momento más romántico de una vida. Durante los 100 minutos que dura "(500) days of Summer" amé a la muchacha del vestido azul tan intensamente como Tom (Joseph Gordon-Levitt, ese actor con cuya sonrisa forraría mi carpeta si tuviera 15 años menos y una errata tipográfica en mis cromosomas), no me cabe la menor duda.


Esta semana volvió a suceder. La chica en cuestión se llama Anna; es actriz, nómada y francesa. El físico lo pone Mélanie Laurent (lo cual ayuda, claro, y mucho). Sus frases (y también sus divertidos silencios) los escribió Mike Mills para la película que él mismo dirige: “Beginners”.


Ya sé que es pronto para decirlo, pero si tuviera que elegir a estas alturas mi candidata a “película indie del año” (siempre hay una, no le busquéis demasiadas explicaciones al fenómeno), ésa sería “Beginners”. La cinta, a caballo entre la comedia y el drama, narra mediante saltos temporales que avanzan y retroceden en el tiempo la historia de Oliver (Ewan McGregor) durante tres etapas de su vida: su infancia, profundamente marcada por la relación de complicidad con su excéntrica madre; los últimos meses de vida de su padre (monumental Christopher Plummer), un viudo septuagenario que sin previo aviso sale del armario para hacer buena la máxima “carpe diem”; y el período inmediatamente posterior al fallecimiento del mismo, en el que Oliver conocerá a Anna y entre ambos surgirá un romance basado en la espontaneidad y la mutua comprensión de sus respectivos dramas personales.


Ocurrente, divertida, humana y sensible (sin caer en la sensiblería), “Beginners” es una de esas películas que no inventa la rueda: ni se lo propone ni lo necesita. Funciona gracias a esos detalles cotidianos que hacen creíbles a sus personajes; pequeños arrebatos de sanísima locura como recibir consuelo sentimental de un Jack Russell, conversar con objetos inanimados poniendo voces para las que no existe referencia conocida o catalogar tus recuerdos personales según el presidente que gobernaba el año en que cada suceso importante de tu vida tuvo lugar. Son anécdotas mínimas que nos acercan a unos personajes que se perciben así veraces, complejos y familiares.


Es a través de esos caracteres bien construidos y magníficamente interpretados que nos interesamos entonces por la evolución de la asimilación social del colectivo homosexual en Norteamérica (con inevitable mención a Harvey Milk); que nos ponemos en el doliente pellejo de un hijo que siente cómo la vida de su padre se apaga cada día un poco más; que nos enamoramos, claro, de la lúcida Anna, capaz de definir el gran conflicto interior de la especie humana en tan sólo una oración.


Después del visionado de “Beginners” uno abandona la sala de proyecciones con ánimo reflexivo, un poco triste pero bastante contento, pensando que por un momento ha tenido ante sus ojos varias de las respuestas a esas preguntas incómodas que nos atosigan en las noches de insomnio y que conspiran contra nosotros para que nos perdamos en los enrevesados espejismos de nuestra historia personal. Sabiendo que los grandes quebraderos de cabeza que acompañan a las relaciones de pareja y de familia son mucho más simples de lo que nos empeñamos en creer: mientras no se demuestre lo contrario sólo tenemos una vida y, acabe siendo ésta mejor o peor, más nos vale tratar de vivirla siendo nosotros mismos y lo más cerca posible de las personas a las que amamos.


“Menuda moraleja”, me diréis; “eso ya lo habíamos oído antes”. Y es verdad: llevamos toda la vida leyéndolo, escuchándolo y viéndolo en cientos de novelas, canciones y películas. Quizás sea precisamente por ello que “Beginners” me ha gustado tanto: porque ha conseguido que me sintiera como si fuese la primera vez que alguien me descubría cuál es el imprescindible primer paso en la búsqueda de la felicidad.

jueves, agosto 18, 2011

El ballet minimalista de Vivès

Cada nueva obra de Bastien Vivès es, para mí, una lectura obligada. Pocos dibujantes de tebeo consiguen actualmente transmitirme tanto con su arte como este francés nacido en 1984. Hay algo milagrosamente sinestésico y enigmáticamente profundo en su trazo, en su sentido del ritmo, en su pericia compositiva, que consigue sumergirme en sus historias desde la primera viñeta sin soltarme hasta la última.


Comentaba hace poco, sin embargo, que la repetición de esquemas argumentales y personajes demasiado similares en sus trabajos de autoría completa comenzaba a dañar la percepción global que tengo de su obra. La capacidad de impacto de cada nuevo título entregado por el joven parisino mermaba al tiempo que la sensación de déjà vu se volvía más intensa y, en cierta medida, decepcionante. Vivès, concluía en aquella entrada, necesitaba pasar página y manifestar en su faceta como guionista las mismas inquietudes que en su vertiente gráfica.


Como si el galo hubiera atendido a mi recado, su última obra publicada en nuestro país, “Polina”, supone un paso al frente no sólo por parte del Vivès dibujante, sino también del Vivès contador de historias. El personaje que da nombre a la obra, Polina Oulinov, es una niña rusa de 6 años recién admitida en una escuela de ballet. Allí conocerá al exigente profesor Bojinski, un hombre de talante reservado y despóticos métodos didácticos con el que entablará una compleja relación que irá evolucionando a lo largo del tiempo.


A través de la pequeña devochka danzarina, el autor presenta con su habitual sutileza un mundo altamente competitivo, plagado de envidias, desencuentros y soledades, pero también de compañerismo, de autosuperación y de éxitos personales. La dedicación al ballet que ejercen los personajes que pueblan las páginas de “Polina” carece de la vertiente psicótica de “Cisne negro” (por citar una referencia que posiblemente muchos de vosotros tengáis ahora mismo en la cabeza); alude más bien a la conquista de la voluntad, al sacrificio personal (la vida privada es la primera en resentirse) y a la frustración de las lesiones, las audiciones fallidas o la cabriola que se resiste a una ejecución perfecta. Habla también “Polina” de la naturaleza caprichosa del éxito, de la imposibilidad de un criterio unánime dentro de un contexto artístico (distintas escuelas de danza que responden a filosofías diferentes e, incluso, contradictorias) y, sobre todo, del proceso de maduración personal.


Como ya viene siendo habitual, el Vivès narrador rehuye elegantemente la verbalización explícita de sus intenciones y permite que sean los silencios, las miradas y los gestos mínimos quienes desvelen las emociones ocultas tras cada personaje. Y es entonces cuando entra en escena el Vivès dibujante, purificando su estilo (“simplificando” me parece, valga la redundancia, una simplificación inadecuada) hasta alcanzar una suerte de “esencia última” de las formas y del movimiento que está casi tan cerca del esquematismo de Calpurnio como del expresionismo de José Muñoz, sin perder por ello ni un ápice del dinamismo y la energía que ya desbordaban en sus obras anteriores. Lo superfluo (fondos, detalles de las fisionomías) desaparece de la página para ser sustituido por un gris uniforme capaz de dirigir la mirada del lector y completar el sentido de cada viñeta mejor que cualquier exceso de equipaje visual. “Polina” es, a su modo, un rotundo manifiesto sobre las posibilidades expresivas del minimalismo; sobre cómo lograr que tres líneas gruesas y una masa de color desaturado se conviertan en una niña que baila grácilmente al son de una música que sólo está en nuestra imaginación.


Esta capacidad sintética de Vivès me fascina y me suscita serios interrogantes de cara a los próximos pasos de su evolución artística. Me veo dentro de tres o cuatro años con un nuevo trabajo suyo en las manos: un comic de una sola página con una una sola viñeta blanca con un único punto negro en el centro, como un lunar o una mosca posada. Lo miro y lo veo todo, como si fuera un aleph de Borges, pero muchos sostienen que sólo es una gota de tinta vertida sobre un trozo de papel. Se titula “Universo”. Kazimir Malevich estaría orgulloso.

miércoles, agosto 17, 2011

Preestrenos: "Conan el bárbaro"

Siguiendo la filosofía actual de reciclar éxitos pasados adaptándolos al público del nuevo milenio, Hollywood vuelve a orientar su mira hacia el anti-héroe cimmerio ideado por Robert E. Howard. Dirige este nuevo "Conan el bárbaro" un realizador de trayectoria más bien discreta, Marcus Nispel ("La matanza de Texas", "El guía del desfiladero"), mientras que el hawaiano Jason Momoa (reciente en la memoria su interpretación de Khal Drogo en "Juego de tronos") pone sus bíceps, tríceps, cuádriceps y otras tantas palabras terminadas en -íceps al servicio del personaje principal.


¿Satisfará esta nueva adaptación a los conocedores de la obra literaria de Howard? ¿Conseguirá Nispel superar los logros pretéritos de John Milius, director de la primera adaptación de Conan a la gran pantalla? ¿Logrará Momoa sustituir al culturista/¿actor?/político con el apellido más indeletreable del mundo como encarnación más popular del bárbaro? La respuesta a al menos dos de estas tres preguntas, haciendo click aquí.

domingo, agosto 14, 2011

El legado de Baby Huey

“(...)
There's three kind of people in this world
That's why I know a change is gonna come
I say, there's white people
There's black people
And then there's my people
(...)”

[“A change is gonna come”, en versión de Baby Huey & the Babysitters]


Una de las cosas que realmente me fascinan de internet es cómo, si uno hace el esfuerzo de indagar vínculo a vínculo en un asunto concreto, a veces incluso sin un rumbo claro, puede terminar en un lugar que resulte, inesperadamente, mucho más satisfactorio que aquello que buscaba en un principio. Así, curioseando un enlace a YouTube colgado en facebook por un conocido, el otro día me encontré en primer lugar con una versión del mítico “A change is gonna come” a cargo de una muchacha muy mona y uno de los protagonistas de “CSI: Las Vegas” (sí, ese negro de ojos verdes que revoluciona las hormonas de señoras, señoritas y algún que otro caballero). Total, que tras darle una escucha a la descafeinada cover (no es que sea absolutamente despreciable; es que las comparaciones son odiosas), sentí la necesidad de revisitar la inmortal interpretación de Sam Cooke; ésa que siempre consigue que se me ericen hasta los pelillos de los dedos de los pies. A su lado, en la columna de recomendaciones de YouTube, figuraba otra versión, desconocida para mí y de más de nueve minutos de duración, a cargo de un tal Baby Huey. Se trata de una aproximación canónica pero, al mismo tiempo, terriblemente moderna; con una producción arriesgada (ecos extravagantes, pequeños apuntes electrónicos) y una sección de metales que prácticamente ametralla el estribillo. La clase de descubrimiento que te produce un cosquilleo de felicidad en el telencéfalo y te obliga a seguir indagando...


Baby Huey (nombre real: James Ramey) fue un músico de soul que vivió apenas 26 años (1944-1970) y que dejó, como único testamento, un puñado de singles heredados de cantantes de bluesrockabilly y un LP póstumo grabado con su banda Baby Huey & the Babysitters y producido por Curtis Mayfield. “The Baby Huey Story: the Living Legend" suena como una jam session entre James Brown, Jimi HendrixJethro Tull. En apenas ocho cortes, Baby Huey & the Babysitters no sólo despachan fantásticos temas instrumentales propios, sino que entregan también enérgicas canciones (compuestas por Mayfield en su mayoría) como “Hard times”, "Mighty mighty" o “Running” y firman dos versiones gloriosas: por un lado el mentado “A change is gonna come” y por el otro una reinterpretación instrumental del “California dreamin'” de The Mamas & the Papas que entra, desde ya mismo, en mi selección personal de mejores versiones jamás escuchadas.

¿Podéis ahora entender mi fascinación por internet? Del negro de “CSI: Las Vegas” haciendo intrusismo profesional a mi disco favorito de (al menos) las últimas semanas en tan sólo tres clicks de ratón. El futuro es hoy, amiguitos. Y el pasado, por suerte, sigue siéndolo también.

viernes, agosto 12, 2011

Preestrenos: "Super 8"

El verano avanza implacablemente (en Madrid nos estamos derritiendo a 38ºC) y las distribuidoras siguen sacando su artillería pesada para atraer al público al agradable frescor de una sala de cine. La penúltima cinta que mi condición de colaborador en Nuestros Comics me ha llevado a visionar es "Super 8", dirigida por J.J.-humo negro-Abrams y producida por Steven-me sale pasta por las orejas-Spielberg.


Si queréis conocer mi opinión sobre el film, que se estrena en España el próximo 19 de agosto, podéis hacer click aquí.

jueves, agosto 11, 2011

Brian K. Vaughan y la ciencia-política-ficción

Considero que Brian K. Vaughan es un guionista más capacitado en el terreno de las ideas que en el de los resultados. Su tebeo más conocido hasta la fecha, “Y, el último hombre” (publicado dentro del sello para adultos de DC Comics, la línea Vertigo), partía de un planteamiento fascinante (un joven escapista y su mono capuchino se convierten en los últimos especímenes macho en un mundo poblado por mujeres) que, en lugar de derivar en bacanal pornográfica (como posiblemente a muchos lectores se les hubiese ocurrido imaginar), se convertía en un viaje del héroe en clave de ciencia-ficción que se dedicaba a explorar el impacto psicológico de una emasculación apocalíptica en la sociedad actual. Sin embargo, esa gran idea (y todas las que a Vaughan se le fueron ocurriendo por el camino) rara vez abrazaba sus últimas consecuencias, quedándose la serie en una lectura notable (quizás empañada por un apartado gráfico algo insulso) que, sin embargo, prometía más de lo que finalmente llegó a ofrecer.


Poco después de que “Y, el último hombre” comenzase a ser publicada en España, la editorial Norma puso en la calle el primer volumen de otra serie escrita por nuestro hombre, “Ex Machina”, que también nacía de una premisa de lo más interesante: Mitchell Hundred, único super-héroe en un mundo prácticamente idéntico al nuestro, decide colgar el uniforme de vigilante y presentarse como candidato a la alcaldía de Nueva York. Pese a su nula trayectoria política y a la polémica generada por la revelación de su identidad secreta, Hundred resulta elegido y, a partir de entonces, decide aplicar los principios altruistas de su pasado super-heroico a las coyunturas políticas, económicas y sociales que se le vayan presentando a lo largo de su mandato.


La colección, publicada originalmente en EE.UU. de forma mensual en 50 episodios, fue recogida en nuestro país por Norma en diez volúmenes, el último de los cuales acaba de ser editado, narrando los últimos días de esos cuatro años de legislatura que Hundred ejerció como máximo responsable de la ciudad más icónica de Norteamérica.

Gran aficionado a las anécdotas históricas, a la literatura política y a la cultura pop (como queda de manifiesto en todas sus obras), Vaughan se las arregló para escribir un arranque cautivador, planteando en los primeros números de “Ex Machina” una interesante galería de personajes secundarios (el fiel guardaespaldas Bradbury, el viejo camarada super-heroico Kremlin, el comprometido teniente de alcalde Wylie), un atisbo de prometedoras tramas por desarrollarse a largo plazo y un tono reflexivo que distanciaba al proyecto de lo que habitualmente ofrecen los tebeos de super-héroes en materia sociológica.


Así, Vaughan utiliza a Hundred para plantearse los límites de la expresión artística subvencionada, la implantación del matrimonio homosexual, la legalización del consumo de marihuana o el polémico maridaje entre política y religión. Con todo, consigue el escritor escabullirse casi siempre de emitir una opinión rotunda (por eso de no despertar las iras de los lectores de uno u otro signo político), dando cabida por boca de diferentes personajes a las distintas posturas relativas a cada debate, sin establecer claramente con cuales comulga y con cuales no.


Por si todo esto no resultase suficientemente tentador por sí mismo, en el apartado gráfico nos encontramos con un Tony Harris cuyas páginas han mejorado una barbaridad desde que comenzase a destacar en los años 90 gracias al divertidísimo “Starman” escrito por James Robinson. Si bien es cierto que el indisimulado uso de la rotoscopia puede resultar chirriante por momentos, también es menester reconocer que tanto el trazo final como el color infográfico lucen magníficamente a lo largo de toda la obra, consiguiendo una impecable estética realista que le sienta como anillo al dedo al entramado sociopolítico desplegado por Vaughan.


El problema, me temo, es que cuanto más se preocupa el guionista escocés por dar cancha a los controvertidos asuntos que afectan a la vida diaria del norteamericano medio, más pierde de vista la trama principal que sirve (en teoría) como hilo conductor de las correrías de Hundred: el origen incierto de los misteriosos poderes que le permiten dar órdenes a cualquier tipo de máquina (y que ésta las cumpla). A medida que se suceden los distintos arcos argumentales va haciéndose más evidente que el manifiesto político de Vaughan se moja menos que un gremlin en el desierto, mientras la cuestión puramente ciencia-ficcionera no acaba de arrancar. Llegado al ecuador de la serie comencé a sospechar que los defectos que ya habían menguado mi entusiasmo respecto a “Y, el último hombre” tomaban forma en esta otra cabecera, y la adquisición de los últimos tomos publicados por Norma se debía cada vez más al ansia completista que a un interés real por saber hacia dónde se dirigía la trama.


Pero he aquí que hace unos días llega a las librerías especializadas el décimo recopilatorio de la colección, “Fin del mandato”, y que un servidor se lo lleva a casa con más dudas que certezas, pensando que, si al final la cosa termina por desinflarse del todo, al menos la serie no quedará huérfana e inconclusa, cogiendo polvo hasta el fin de los tiempos en las estanterías de mi habitación. Y es este último ejemplar de “Ex Machina” el que consigue, cuando ya no daba un duro por ello, reconciliarme con Vaughan (con Harris no había necesidad) y con la desventuras políticas de Mitchell Hundred.

Pleno de ritmo e intensidad, con un velado tañer trágico de campanas alzándose en torno a todos los personajes que pueblan el relato, “Fin del mandato” manda un derechazo a la mandíbula del lector abotargado en su último episodio, un epílogo que tiene muchos aspectos en común con el que cerraba “Y, el último hombre” y que supone un giro de 360 grados respecto a todo lo leído con anterioridad. Una maniobra arriesgada por parte de Vaughan, que deja para las últimas 40 páginas (de las más de 1.000 que componen toda la colección) las mayores sorpresas argumentales de “Ex Machina”, pero que compensa con creces al lector que ha tenido la paciencia de seguir las andaduras de Hundred hasta su último día de legislatura.


Una conclusión sorprendente para una serie que empezó muy arriba, fue poco a poco asomándose a la mediocridad y finalmente remontó el vuelo y superó sus éxitos precedentes en un último capítulo que desde ya se postula, para mí, como lo mejor que Vaughan ha escrito desde que inició su carrera como guionista de tebeos.

Y la referencia al “I'm the walrus” de los Beatles (igual que aquella otra al “Sound of silence” de Simon y Garfunkel en el tomo “La marca”), impagable.

martes, agosto 09, 2011

Anillos y escudos: el cine de super-héroes a día de hoy

Recapitulemos:

Por un lado, Marvel Comics y DC Entertainment son las dos grandes editoriales de tebeos de super-héroes en EE.UU. y, por extensión, en todo el globo terráqueo. De un tiempo a esta parte, parece que las ventas de sus series han ido disminuyendo a medida que el manga se iba abriendo paso de forma masiva en las listas de los títulos más vendidos. Ni los cambios de uniforme, los crossovers injustificados o los oportunistas intentos de renumeración de sus cabeceras han servido para que las majors lograsen capturar el interés de nuevos lectores potenciales.

Póster de "Green Lantern", la apuesta de DC Enterntainment/Warner Bros. para llenar las salas este verano.

Por el otro, la industria cinematográfica hollywoodiense lleva una buena temporada sin estrujarse demasiado las meninges para parir historias originales, por lo que últimamente se limita a adaptar todo lo adaptable (desde novelas de ciencia-ficción con un siglo de antigüedad hasta juegos de mesa) y a remakear, rebootear o precuelizar (ésta palabra me la he inventado, pero juro que las otras dos existen) cualquier franquicia pasada con visos de dar unos réditos mínimos (ahí están “El origen del planeta de los simios”, “La cosa” o la futura nueva versión de “Desafío total”).

Cartel de "Capitán América: el primer vengador", última parada de Marvel Studios antes de "Los Vengadores".

Dadas las circunstancias, el binomio cine + super-héroes vino a manifestarse como solución idónea para ambas crisis: la de ventas en lo tocante a Marvel y DC, que comenzaron a percibir más beneficios desde las adaptaciones al medio audiovisual que desde sus propias publicaciones, y la de ideas en lo que respecta a Hollywood, que encontró en la mitología super-heroica toneladas de personajes e historias que transportar, con mayor o menor fortuna, a la gran pantalla.

En "Green Lantern", Ryand Reynolds intenta convencernos de que él es Hal Jordan. Pero no cuela.

Leí hace poco un comentario en la web sobre cine Las Horas Perdidas (lo siento, no consigo localizar la entrada exacta) en el que un espontáneo argumentaba que dentro de 30 años, cuando nuestros hijos enciendan la tele (si es que para entonces aún existe como tal) y se encuentren con una película protagonizada por tipos cachas disfrazados, probablemente les ocurrirá algo parecido a lo que la gente de mi generación siente cuando se cruza en una cadena autonómica con un western filmado hace medio siglo. Hollywood funciona por modas, y está claro que, al igual que en el pasado sucedió con los peplum o las pelis de vaqueros, lo que se lleva ahora son los super-héroes.

Con una técnica similar a la empleada en "El curioso caso de Benjamin Button", los efectos especiales logran que Chris Evans parezca un esmirriado aspirante a héroe en los primeros minutos de "Capitán América: el primer vengador".

No es de extrañar, entonces, que coincidan actualmente en cartel dos películas protagonizadas por sendos héroes enmascarados. Uno proveniente del universo Marvel, Capitán América, y otro llegado de la continuidad de la Distinguida Competencia, Green Lantern.

Tienen ambas películas mucho en común. Las dos presentan a un personaje desde su origen super-heroico, explican cómo se hizo acreedor de capacidades sobrehumanas y narran su primera gran aventura como justiciero enmascarado. Todo ello siguiendo un argumento más o menos predecible que recala ordenadamente en los inevitables lugares comunes del sub-género.

El Lantern Tomar-Re da la bienvenida a Hal Jordan al planeta OA. Posiblemente el mejor momento de toda la película.

En “Green Lantern”, Hal Jordan (desganado Ryan Reynolds) es un piloto irresponsable y mujeriego al que un día le es entregado un anillo de poder de manos de un moribundo alienígena morado llamado Abin Sur. Ha sido el anillo, que responde a una voluntad más o menos omnisciente, quien ha elegido precisamente a Jordan por vislumbrar en él las aptitudes que lo hacen idóneo para unirse a los Green Lantern Corps, una suerte de policía cósmica que protege la vida a lo largo y ancho del universo. La gran amenaza a la que Jordan deberá hacer frente es una entidad denominada Parallax que representa la encarnación del miedo, del mismo modo que la fuente de poder de los anillos de los Lanterns es la fuerza de voluntad.

Éste sí es el auténtico Chris Evans. Pollo y arroz: ya, claro.

“Capitán América: el primer vengador” nos traslada a la Nueva York de principios de los años 40 para presentarnos a Steve Rogers (un muy convincente Chris Evans), buenazo enclenque y enfermizo (al menos al principio de la película) que desea con todas sus fuerzas alistarse en el ejército y poder así viajar a Europa para luchar contra los nazis en la II Guerra Mundial. Rechazado en todas las pruebas de admisión, finalmente será captado por el honorable científico Abraham Erksine (interpretado por el siempre solvente Stanley Tucci) para participar en un proyecto militar que pretende potenciar las habilidades físicas de los combatientes hasta límites sobrehumanos.

Así, tenemos en ambos films a un héroe improbable escogido por una voluntad superior que le otorga super-poderes para que haga con ellos el bien. Tan simple como un arado, y sin embargo se trata de la esencia misma del concepto super-heroico.

Quizás Blake Lively no sea buena actriz, pero desde luego es una actriz que está bien buena.

También tenemos, como resulta inevitable, sendos intereses románticos encarnados por Blake Lively (“Gossip girl, “The town”), empresaria y poco creíble piloto en “Green Lantern”, y por Hayley Atwell (“Cassandra's dream”), agente británica de armas tomar en “Capitán América” (en lo sucesivo me permito prescindir, con vuestro permiso, de la coletilla “el primer vengador”). Tanto una cinta como la otra poseen dosis importantes de acción y aventura y recurren regularmente a los FX de última generación para ensalzar los momentos más pirotécnicos (que no serán pocos, precisamente).

Hayley Atwell es la chica del Capi. Más o menos.

No terminan aquí los parecidos entre estas dos películas: para el conocedor del material de partida no resultará difícil valorar la fidelidad respecto a los tebeos que adaptan. Tanto “Green Lantern” como “Capitán América” reflejan respetuosamente la mitología que rodea a ambos personajes, bebiendo la primera principalmente de la reciente etapa editorial capitaneada por el guionista Geof Johns y la segunda de las encarnaciones del icono americano que van desde los primeros números escritos por Joe Simon y dibujados por Jack Kirby (homenaje explícito a la portada de “Captain America Comics nº1” incluido) hasta la más actual encarnación a cargo de Mark Millar y Bryan Hitch en “The Ultimates”. Todo ello, claro está, permitiéndose ligeras licencias (un nuevo origen para Parallax o una apropiada reinvención del Cubo Cósmico que poco tienen que ver con los que conocemos por los tebeos) que permitan la viabilidad cinematográfica del producto.

Tim Robbins y Angela Bassett, secundarios de lujo totalmente desaprovechados en "Green Lantern".

Resulta entonces curioso, dado que ambos films se ajustan a un patrón muy semejante, que “Green Lantern” acabe siendo un producto infantiloide, casposo, montado con prisas, ligeramente aburrido y sin alma (que para más inri se toma demasiado en serio a sí mismo), y que “Capitán América” se postule como un sanísimo divertimento pulp (y bastante camp, también) que consigue exactamente lo que pretende: entretener al respetable durante dos horas que se pasan volando y que, aunque no quedarán para los anales de la historia del cine, suponen una celebración del cine de acción y aventuras en una tradición que va desde “James Bond” (con Howard Stark ejerciendo de Q) hasta “En busca del arca perdida” (con el malvado Cráneo Rojo, estupendo Hugo Weaving, emulando al grimoso Arnold Toht de la cinta de Spielberg).

Hugo Weaving se está encasillando en el papel de villano ("The Matrix", "Transformers"). Qué más da, si el tío lo borda.

Lo cual viene a demostrar, claro, que los super-héroes son un sub-género cinematográfico tan respetable como cualquier otro, y que un resultado mejor o peor no depende tanto de la validez del concepto original como del mimo que los estudios pongan en su producción. Y así, igual que entre los westerns encontramos joyas como “Los profesionales”, cintas entretenidas como “El tren de las 3:10” o bodrios como “Blueberry: la experiencia secreta”, también en el cine de cachas empijamados podemos hallar grandes títulos como “Superman” o “El caballero oscuro”, películas amenas como esta “Capitán América”, “Iron Man” o “X-Men: primera generación” y tubérculos fílmicos como “Green Lantern” o “Los Cuatro Fantásticos”.

La execrable “Ghost Rider” pertenece a una categoría muy (pero que muy) inferior.

La gente de Marvel sonríe satisfecha. Su película mola mucho más que la de la competencia.

P.D.: si alguno de mis (escasos) lectores toma por buena mi recomendación y decide ir a ver “Capitán América” o, desoyendo mi advertencia, se atreve a pagar entrada para enfrentarse a “Green Lantern”, debe saber que ambos films contienen tras sus créditos finales una escena extra de relativa importancia para el devenir argumental de ambas franquicias. Avisados quedáis.

domingo, agosto 07, 2011

David Simon runs the voodoo down

"“The Wire” es la vida y es la verdad", concluía la larga reseña que escribí hace unos meses sobre la serie creada por David Simon y Edward Burns.

Me pregunto cómo se sintió Simon al emitirse el último episodio de “The Wire”, sabiendo que acababa de cerrar la mejor obra serializada que la caja ya-no-tan-tonta había ofrecido al espectador en más de medio siglo. Me pregunto cómo decidió afrontar su siguiente proyecto. Posiblemente con un pensamiento en la cabeza: “la vida sigue adelante”.


Eso mismo debieron decirse los supervivientes del huracán Katrina cuando miraron al cielo de Nueva Orleans y vieron que las nubes se rasgaban para mostrar una vez más un tímido rayo de sol. Rodeados de piedra y de lodo, de edificios ruinosos e inundados. Rodeados de los muertos. Y ellos, no obstante, vivos como el día de ayer. Vivos para afrontar el mañana.

Para bien o para mal, la vida sigue adelante.


Fue allí, en la Nueva Orleans que amanecía para ver un nuevo día, donde el periodista Simon encontró la inspiración para su nueva novela. He dicho novela, sí. “The Wire” lo era: una gran novela audiovisual en 60 episodios; posiblemente una de las mejores que se hayan escrito en los últimos años. Y “Treme”, la nueva producción de Simon para la cadena HBO (que tiene merecida fama de hacer a día de hoy la mejor televisión del planeta), es, tras el breve paréntesis que supusieron los 7 episodios de la miniserie “Generation Kill”, su último grand roman.

“Treme” presenta una trama coral que arranca tres meses después del huracán y sigue a unos cuantos habitantes de Nueva Orleans en su lucha diaria por recobrar la normalidad: una camarera, un discjockey radiofónico, una reputada chef, un profesor universitario, una abogada y una larga lista de músicos cruzan sus caminos en las calles del barrio que da nombre a la serie mientras piensan, hablan, ríen, lloran, sueñan, hacen el amor y se enfrentan al futuro. Y tocan, por supuesto.


Porque “Treme” es, ante todo, una serie sobre la música. Desde los primeros compases de su capítulo piloto hasta el final de su primera temporada, 10 episodios y más de 600 minutos después, cada escena de este gran fresco humano transpira jazz, soul, funky y blues. Más incluso que una serie sobre Nueva Orleans tras la devastación (que también), “Treme” es una historia que habla sobre la música y su relación con las personas. Y lo hace, además, utilizando el lenguaje emocional de una partitura, ahorrándose las verbalizaciones superfluas (“que se joda el espectador medio”, ¿recordáis?) y dejando que sean la percusión, las cuerdas y los metales quienes lleven el peso del discurso.


Más asequible y emotiva que “The Wire” (que tenía la áspera frialdad del bisturí que disecciona sin compasión otra ciudad sumergida en su propia tragedia), cuenta “Treme” con algunos de los actores que hicieron grande (inmenso, diría) al drama policial situado en Baltimore. Así, para alegría de un servidor, se recuperan para la ocasión a Wendell Pierce y Clarke Peters, que dejan atrás a los detectives Bunk Moreland y Lester Freamon para convertirse, respectivamente, en Antoine Batiste (un músico de jazz con problemas con el dinero y las mujeres) y Albert Lambreaux (gran jefe indio de los Guardianes de la Llama). No serán los únicos rostros de “The Wire” que se pasearán por Nueva Orleans, aunque en algunos casos (como los de Jim “Pryzbylewski” True-Frost o Anwan “Slim Charles” Glover) se limiten a meros cameos.


Es el de “Treme” un reparto extenso, así que me conformaré con mencionar las excelentes interpretaciones de John Goodman (rostro inconfundible del cine de los hermanos Coen, amén de una larguísima trayectoria en la pequeña pantalla), Melissa Leo (cuando aún no había ganado su merecido Oscar como mejor actriz de reparto por “The Fighter”), Kim Dickens (a quien tuve la suerte de descubrir en otra gran serie de la HBO, “Deadwood”) o Steve Zahn (que cantaba aquel "That thing you do" en el primer largometraje dirigido por Tom Hanks). Sorprende positivamente el encontrar a una Khandi Alexander dramáticamente brillante, dejando atrás su estreñido rol en “CSI Miami” para componer un personaje fuerte y carismático (es lo que pasa, supongo, cuando abandonas una serie de Jerry Bruckheimer para recalar en una de David Simon). Mención aparte para las apariciones por sorpresa de tipos geniales como Steve Earle (que ya intervenía en varios episodios de “The Wire” y que aquí se marca un temazo para los créditos finales del décimo episodio) o Elvis Costello (que se interpreta a sí mismo con mucha guasa), amén de un montón de artistas del entorno jazzístico a quienes, dada mi ignorancia en la materia, no tengo la fortuna de conocer.


Pero el desfile de nombres no merecería ninguna atención si el guión que interpretan no resultase tan complejo, absorbente, emotivo, humano y rico en matices como el de “Treme”. Seducido por los ritmos del Mardi Gras y el colorido de las plumas indias, el espectador apenas tiene tiempo para plantearse cómo las tramas se suceden, convergen y entrelazan con la misma naturalidad con que lo hacen las vidas de los habitantes de una ciudad cualquiera en el mundo real. No hay diálogo que no resulte veraz ni escena que no sea absolutamente creíble. Tanto es así, que en apenas unos cuantos episodios uno siente que de algún modo ya pertenece al vecindario de Treme. Que se ha parado a escuchar a esa pareja de músicos callejeros, Sonny y Annie (mesmerizante Lucia Micarelli, violinista profesional que se atreve con lo que le echen). Que ha tomado un trago en Gigi's o se ha cruzado por la acera con la voluptuosa y anónima chica del perrito que trae de cabeza a Davis McAlary.


“Treme” también es, a su modo (un modo distinto, sí, pero indudablemente emparentado con “The Wire”), un pedazo de esa vida y esa verdad que David Simon se ha propuesto retratar a través de un medio por el que hace quince años nadie daba un duro y que últimamente se ha convertido en el mejor vehículo para un entretenimiento inteligente, reflexivo y de elevados valores artísticos.

Habiendo concluido recientemente el visionado de la primera temporada, se dibuja en mi rostro una enorme sonrisa al saber que ya está emitida en EE.UU. una segunda que poco tendrá que esperar para seguir animando con sus entrañables personajes y su deliciosa música mis calurosas noches de agosto.

Estamos de enhorabuena, pues, porque también en “Treme” la vida sigue adelante.